Agulha - Revista de Cultura

revista de cultura # 17 - fortaleza, são paulo - outubro de 2001

Agulha - Revista de Cultura






 

Ramón Fernández Larrea: en la punta de la espada (entrevista)

René Fuentes Gómez

Ramón Fernández Larrea (Bayamo, Cuba, 1958) es poeta, humorista, realizador de radio, cine y televisión. Actualmente reside en Barcelona y su obra poética abarca los siguientes títulos: El pasado del cielo, 1987; Poemas para ponerse en la cabeza, 1989; El libro de las instrucciones, 1991; Manual de pasión, 1993; El libro de los salmos feroces, 1994 y Terneros que nunca mueran de rodillas, 1998: Premio de poesía "Julio Tovar" 1997, Santa Cruz de Tenerife, España. Los poemas que se comentan en esta entrevista pertenecen a su último libro, o mejor dicho, el último hasta dentro de unas semanas, pues en breve publicará en Guadalajara, México, su Cantar del tigre ciego. (R. F. G.)

Ramón Fernández Larrea

Quien lee tu poesía es muy probable que no escape a la suposición de que (después del libro Los puentes de F. Jamís) eres el más surrealista por partida doble de los poetas cubanos. ¿Cuánto opinas que hay de errado o cierto en este comentario?

En Fayad Jamís hubo un deslumbramiento sincero por el surrealismo. Él llegó a sentir y pensar surrealistamente en París. De ahí Los puentes. De ahí los poemas "El ahorcado del café Bonaparte" o "Vagabundo del alba". Igual postura asumió Baragaño, un poeta muy interesante y malogrado, que desgraciadamente enloqueció luego con la Revolución y se perdió en una intrascendente poesía social del entusiasmo momentáneo, y que murió joven. Esa misma turbulencia pasional hace confundir al Rolando Escardó joven con el modo surrealista. Lo que en Fayad fue visión momentánea, calidoscopio parisino, en Cuba se atemperó, o sucumbió ante el peso de una imaginación mucho más desquiciada. Nuestra realidad era absolutamente más fértil y desbordante que todo intento surrealista de encontrar lo absurdo del mundo. Nosotros vivimos en el vórtice del absurdo. Algo así como un surrealismo con música atronadora y sensualidad de disparate, más cerca de lo que habría de ser la torre de Babel mezclada con el paraíso. En mi poesía el delirio es normal, y lo que alguien llamó "asociación violenta de imágenes" o "ferocidad lírica", no es más que una intención desmesurada de enumerar catástrofes humanas vistas con rabia o con candor, con impotencia o con asombro.

¿Por qué precisamente ahora, cuando en la poesía y en el mundo actual se simplifica al máximo el yo poético y las afirmaciones se tornan relativas o desaparecen, en tus libros ocurre todo lo contrario? Es más, resulta difícil imaginar tu poesía sin el peso fermental del lirismo y la primera persona.

Nunca lo he analizado fríamente. Se dice que mi generación impuso el yo, como contrapartida a una banal socialización que la Revolución echó a rodar, y que socialmente era aceptada y bien vista por el estalinismo cultural de Cuba. Tal vez esa fue la primera rebelión y un punto de partida para una imprescindible introspección en el ser humano. Hay que empezar por casa los análisis. Creo que en mi caso fue también como una manera de apartarme de ese cuento social que mi interior rechazaba por burdo. No me tragaba el cuento de hadas de la igualdad natural. Es posible que haya habido necesidad de reafirmación, respeto casi presidiario por los demás. Pero en mi poesía ese yo ha sido isla, atalaya, puente, catalejo, garganta múltiple y desollada. Hay muchas maneras del yo en mi poesía, como un desfile interminable de complicidades, un juego de máscaras donde puedo ser muchos yos a la vez, o un humilde yo en el fondo de una imagen. El niño desamparado que teme al cielo puede confundirse con el rebelde que increpa a Dios; quien habla de su madre quizá es el mismo que se burla del color del día. Y hay otros rostros para el yo. Ya te digo que, aunque nunca he intentado explicarlo, intuyo que el yo funciona como un trampolín natural para traducir lo que siento y asemejarlo a lo que siente otro o compararlo con lo que sentiría alguien que fuera yo mismo, o si yo fuera ése que creo que ha de sentir. Es a la vez disfraz y asunción, es enmascaramiento y mística, es explosión y estupefacción. Y la metáfora, del modo que yo siento la poesía, ha de llevar una voz conductora de su bajeza o realeza, de manera que el yo dejó de ser actitud contestataria a una ideología de sumisión y rasero forzado para convertirse en algo mucho más peligroso: un conjunto de visiones que tienen un singular en la punta de la espada.

Hace unos años te escuche decir algo así como que la poesía o tu relación con la escritura de la poesía tiene mucho que ver con el recuerdo que guardas del olor a cigarro en las manos de tu madre. ¿Poemas como "Foto de 1954" y "Escrito a los treinta años"tienen una relación directa con ese tipo de impresiones autobiográficas? ¿Por qué?

Es posible que mi recuerdo sensorial más profundo sea el olor del cigarro en las manos de mi madre, mezclado con el puré de papas. Siempre el olor del tabaco ha tenido un efecto sensual en mí. Se transmuta en imágenes. Yo sé, aunque parezca increíble, si quien fuma es hombre o mujer. Por eso me gustan las mujeres que fuman. Las miro y "siento" ese olor, mezclado con el olor de su piel, de su vagina, y hasta de cómo mueven sus ojos. Para mí la manera que tienen las mujeres de mover los ojos posee una cadencia que huelo y escucho más que miro. Tal vez con ese olor de mi madre, sobre todo sus manos, y el tabaco, tengan algo de edípico. Pero lo edípico como protección y ternura. Es posible que tenga que ver muchísimo esa imagen de protección contra el desamparo de la página en blanco, de la aventura de comunicar, de traducir en palabras los sentimientos. El primer poeta que leyó lo que yo hacía fue Raúl Doblado, un amigo querido e inteligente. Murió en un absoluto desamparo hace algunos años, terriblemente solo. Él, que era un hombre de campo, con una sensibilidad muy aguzada para los olores y los sonidos, me dijo que la poesía debía olerse, tocarse, sonar. Pero sonar a trino, no a la palabra trino. Cuando se hablara del mar, el mar tenía que escucharse. La palabra mar no tiene yodo, ni salitres, ni ternura, ni calidez o frialdad, ni oscuridad ni transparencia. De manera que a la palabra mar había que buscarle sonidos y olores para que fuera el mar que uno quería decir. Le agradezco aquel primer enfrentamiento mío a la comunicación, con aquellos conceptos puros e ingenuos que tenía Raúl Doblado de la poesía. Recuerdo también que nunca escribí un sólo verso a mano.

Mi estreno en la poesía tiene que ver con el sonido y con mi madre. Era una noche de sábado. Yo había salido de pase de la beca. Estudiaba entonces en una escuela militar y tenía once años. Había escrito prosa, y eso sí lo escribía a mano, con una letra vergonzantemente redonda, como de niño asombrado. Pero nunca me pareció que la poesía pudiera expresarse así de redonda. Esa noche mi madre había llevado a la casa una máquina de escribir que le prestaron. Era blanca, de cubierta de plástico. La máquina, no mi madre. Una máquina portátil. Yo recuerdo aún el sonido de sus teclas, mezclado con el olor de mi madre que fumaba en ese momento. Yo estaba como paralizado por el amor y el deslumbramiento. Y me senté a la máquina y lo que escribí fue un poema. Un soneto endecasílabo, porque me parecía que la cadencia que llevaba la máquina era de endecasílabos. Mi relación con mi madre me marcó de manera muy profunda. Ella está en el inicio y en el final de todo. Así como yo la veía como una mujer muy hermosa, era a la vez un ser humano muy simpático, con un devastador sentido vivencial, y un humor trepidante, un humor que venía de mi abuela, y que era toda una actitud ante la vida, de burla, de hacerles sentir a los demás que éramos iguales, que no vinieran a creerse ni mejores ni peores. Era como una barrera de contención. Y ahora veo que en el caso de mi abuela y de mi madre, era también una manera muy natural de protegerse y expresar la ternura. Fueron mujeres muy desamparadas, muy solas, porque eran incontrolables emocionalmente y ellas lo sabían. Eran personas con una increíble capacidad para la pasión, y su sistema defensivo era el humor, porque en el fondo sabían que nadie iba a comprender el profundo agujero de sus corazones, y la manera más humana o su puente menos derrumbable para relacionarse con sus semejantes era el humor, la capacidad para la alegría y hasta la burla. Mi madre me transmitió todo eso, o yo lo aprendí diariamente de ella sin darme cuenta. Pero a su vez mi madre fue el primer poder al que me enfrenté, mi primer desafío. Ella nos educó muy independientes a mi hermano y a mí, pero de todos modos había como una autoridad sentimental en nuestro colectivo, y yo solía dinamitarla, burlándome, fingiendo cosas, actuando. Nunca de manera directa, con perretas y eso, sino con inteligencia, para aprovechar sus momentos, sus proclividades momentáneas. No se le podía ir de frente, porque era muy inteligente y se daba cuenta de tus planes. Por eso te digo que tal vez ande la imagen de mi madre en el origen de mis rebeldías posteriores. Y mi madre era el sonido de su voz, el color de su risa, y el olor del cigarro rubio.

"Sé muy tierna mijita..." es un poema con mucho humor, como tú mismo en la vida real y en tu trabajo en la radio. Háblanos un poco de tu experiencia en Radio Habana con El programa de Ramón y de lo que haces ahora en Barcelona.

Todo eso venía de unas ganas tremendas de comunicación y un deseo enorme de subvertir conceptos que yo veía equivocados. En Cuba, de pronto, el chiste era como clandestino. Todo lo oficial era como muy solemne. En los actos políticos engolaban la voz, intentaban imitar el modelo oratorio de Fidel Castro, que es un hombre abrumadoramente denso, un clásico pesado, que sólo habla de sacrificios, holocaustos, asociaciones tremendistas. Él tiene mucho de jefe de secta. Nunca he escuchado a Fidel hablar con ternura. Cuando crees que habla con simpatía de algo, no es más que un recurso más para ablandar a la audiencia. Y es su punto de vista, no son sus sentimientos. Como mismo se puso de moda el "nosotros", una manera impersonal de socializar al ser humano, el estilo que comenzó a imperar era el engolamiento, la sacralización de lo humano; cuando lo humano no es así, sino que tiene muchos colores, muchos tonos. El poema al cual te refieres es un producto de esa visión desacralizadora. Es un poema de amor dicho con desparpajo natural. Una sensualidad sin vulgarizar o caricaturizar, sino que usa un lenguaje que transmite limpiamente lo que se piensa. En Cuba se usa el término "mijito" con muchas tonalidades. Puede ser burlesco y a la vez tierno. Tiene de perdonavidas o de compasión, o también de franca ternura, como para querer sólo hasta ese punto, de ese tamaño. Cuando alguien te dice: "¿Qué tú piensas de la vida, mijito?", te está derrotando de antemano, porque te ubica verbalmente en otra categoría, te minimiza y te castiga. Pero "mijita" resta a su vez importancia a toda una dimensión y es un modo contenido de demostrar algo muy grande, pero hasta un límite. El poema viene de esa intención de volver real lo irreal en que se estaban convirtiendo las cosas en Cuba. Ese poema, por ejemplo, en la radio de aquellos momentos se hubiera prohibido. Rompía toda una dinámica estancada del lenguaje que se aceptaba como el único, o el que cubría las formas. La Revolución era lo máximo, el sumun de lo bueno; y de lo bueno no te puedes reír, porque reírte es burlarte. Lo sagrado no acepta burlas. El día que a Fidel le suenen una buena trompetilla, le da un infarto.

En "Generación" hay también una referencia directa al poema "El otro" de Retamar, y a una épica revolucionaria que tratas con respeto pero escribes con minúsculas...

Retamar es un interesante poeta y pensador, y un buen ser humano. Su proyección política me disgusta, pero juzgarlo no es mi tarea. El poema de Retamar es el resumen del pensamiento culpable de una generación anterior a la del "Caimán", aunque algunos de sus miembros sintieran esa obligada deuda respecto al proceso cubano, bien por extracción social, bien por turbia heroicidad momentánea. Retamar escribió sinceramente el poema "El otro", que es una visión bastante de la época, la confesión del que no ha participado en la rebelión y se siente inferior, en franca desventaja ante los que habían muerto y hecho posible la victoria que él iba a vivir. Era como un sentimiento de culpa, de que estaba usurpando un aire que no le tocaba, y eso fue también muy bien utilizado por los ganadores para defender su recién adquirido poder. Es muy representativo de la generación de nuestros padres. Porque en Cuba, el hecho participativo en la Revolución ha sido siempre excluyente, y la semilla de todo lo antidemocrático: "Tú hiciste, tú tienes derecho. Tú no, cállate la boca". Incluso, muchas veces se confundió al que no hizo nada, con cómplice del enemigo. A mí me daba coraje ese punto de vista. Hasta el Ché Guevara, equivocado como casi siempre, y en ese afán desquiciado de protagonismo e intolerancia personal, marcó profundamente más las culpas cuando quiso opinar sobre cultura en el socialismo, y meterse donde nadie lo llamaba. Él escribió esa cosa tan atroz, El socialismo y el hombre en Cuba, que ha mutilado a mucha gente y le dio armas justificantes a todos lo cazadores de brujas. El Ché dijo que "El pecado original de los intelectuales cubanos es que no son auténticamente revolucionarios", y estoy citando de memoria. Esa frase, que es soberbia, machista, excluyente, estalinista hasta el tuétano, y, para decirlo en argentino moderno "de una boludez " impresionante, fue faro para toda una política de aplastamiento de la cultura. Esa frase y la otra imbecilidad que dijo Fidel Castro en la Biblioteca Nacional armaron la larga noche de los cuchillos largos que parió al Congreso Nacional de Cultura de 1971. Ese cuchillo le cercenó la garganta a Lezama, Eliseo, a homosexuales, cristianos, negros creyentes, abakuás, a Cabrera Infante, Sarduy, y por supuesto, a toda la parte anterior formada por Lidia Cabrera, Mañach, Labrador Ruíz,. Escritores y pensadores que se fueron. Y lo más jodido es que armó los barrotes para los que veníamos. Y en la punta de la piragua quedaron los que vivían en Cuba pero habían estudiado en Universidades norteamericanas o francesas. Fue horrible. Muchos de ellos, algunos de gran talento, perdieron tiempo e inteligencia vistiéndose de milicianos y payasos, o escribiendo tonterías épicas, con tal de que no les pusieran la sucia bota de los bárbaros en la cabeza. Hasta Alejo Carpentier dejó de escribir cosas coherentes, porque su almita temblorosa se la regaló al máximo líder. Una transacción bastante ridícula para seguir respirando en París. Dicen que yo fui uno de los primeros rebeldes de eso que llaman mi generación. No me lo propuse así. También creí que la obra era buena. Porque la obra es buena sobre el papel, o al menos hermosa. Pero, como decía Gutiérrez Alea, la puesta en escena ha sido un asco.

Susana Wald

¿Se podría esperar un cambio sustancial en tu poesía que desmintieran a quienes, como yo, consideran que El pasado del cielo es la piedra angular de todo cuanto has escrito?

Coño, ésa sí que es buena. No voy a caer en esa idiotez de que los libros son como hijos y a todos los quiero por igual. Un libro es un poco cada una de las etapas de la vida, y uno puede recordar con mayor o menor agrado determinada etapa. El pasado del cielo fue mi propuesta inicial y lo quiero mucho, porque he descubierto a muchísima gente que se sabe poemas de ese libro de memoria, y hasta algunos dicen que los influenció de cierto modo. Quiero todos los cambios de lenguaje de mis libros, porque son mi ruta de evolución. El libro de los salmos feroces tiene mayor desgarramiento que El pasado…, pero un lenguaje más maduro, más cínicamente respetuoso, donde no me asombro del mundo, sino que estoy convencido de que es una mierda. Ahora está al salir en México Cantar del tigre ciego, y estoy convencido de que el mundo es una inmensa laguna de asco, pero donde palpita un poco la idea de que no debemos desgraciarlo más, que hay maneras de acercarnos un poco y golpearnos con menos ferocidad.

Partiendo de la admiración, las influencias asumidas o los encantos y desencantos de un proceso de aprendizaje: ¿cuáles son los poetas cubanos y extranjeros que celebras o detestas con más fuerza haber leído o conocido?

Sólo te hablaré de los cercanos. Los que detesto, mejor los olvido, porque olvidar es la manera más precisa de alejarlos de los sentimientos. En mis inicios tuve asombros firmes por Fayad, Escardó, Heberto Padilla y Raúl Rivero; éste último era como un puente entre la generación anterior y la mía. Luego crecí y sólo seguí siendo un poco cercano a Fayad Jamís, no todo, sino algunos de sus momentos. En esa etapa entraron otros poetas como Eliseo Diego. Y no me acuerdo de qué manera, tal vez elíptica, o de sucesivas y diferentes formas, llegó José Martí; que entró más lúcido luego de mi segunda lectura de César Vallejo, que viene siendo la primera realmente. La primera consciente, con voluntad y alguna inteligencia. La primera vez que leí algo de Vallejo fue a los doce años, yo estaba de cuartelero en una escuela militar, limpiando baños y albergues ese día. Quedé aplastado por la poesía de Vallejo, porque parece que la leí con el corazón, aunque no entendía nada a derechas. Y esa ha sido la principal sombra que me ha acompañado. Lo he leído tan sucesivamente que ya confundo los momentos. Y a través de él llegué a otros cercanos: Roque Dalton, Antonio Cisneros y Juan Gelman. Neruda, Huidobro, Paz y otros, me aportaron precisas técnicas poéticas, cosas de lenguaje, pero nunca cosas del corazón. Tal vez sólo momentos del corazón, como "El tango del viudo", de Neruda, que me parece misterioso y espumoso como un mal vino de la rabia, pero sensual e inteligente a la vez. Y, como te dije, a partir de toda una humanidad golpeada y gloriosa de César Vallejo, llegué a José Martí, a quien hay que leer de muchas maneras y bajo todas las luces y las oscuridades. Pero me siento muy de la familia burlona de otro grande: Francisco de Quevedo, que pasa por Roque Dalton y otros sufridores alegres. Hijos dolorosos que ponían la otra mejilla para recibir, pero te hundían luego el dedo en el alma con rabia. Y poco a poco fue llegando T. S. Eliot y su ajedrez místico. También a muchos ingleses y norteamericanos, de los que bebí más el eco de la sombra que sus palabras reales, como Ezra Pound, que es para mí un sonido más que imágenes. En una etapa en que leí desaforadamente con el alma en vilo, entré a los territorios de Ungaretti, Leopardi, Giorgos Séferis, hasta llegar a dos inmensos cielos muy queridos, dos mitades de un mismo dolor: Constantinos Kavafis y Carlos Drummond de Andrade. Fueron cercanías por puro delirio, o por decantación, o por aventura distraída. Pero, increíblemente, y aunque me deslumbró la serenidad de William Carlos Williams, los narradores me han tocado más fuerte que muchos poetas. No puedo negar la gran influencia en mis cosas de Bradbury, Hemingway y Sallinger con sus cuentos y The catcher in the rye. Seguramente puedo olvidar a otros, otras semejanzas y cercanías que han sido fulgores en algunos de sus momentos o en determinados momentos míos, como Baudelaire, Eugene Montale, y todo el Gregory Corso conocido y mucha poesía beat. Los surrealistas franceses también, con Robert Desnos a la cabeza, y ciertos guiños de Suppault. Pero mi universo no es estático, nunca lo ha sido. Toda la amarga sonoridad del rock duro me ha marcado, así como una lejana esencia de Bob Dylan. Y un día, a través del mismo Eliseo Diego, creo, le entré a los ropajes falsos de Rubén Darío para descubrir el luminoso esqueleto humano que poseía. Sólo hay que leer "A Francisca", o ese clamor doliente que comienza "Buey que vi en mi niñez echando vaho un día", que es toda una escuela de resonancias.

¿Te consideras un exiliado? De ser así, ¿qué ofreces y exiges para los otros cubanos, escritores o no, que viven dentro y fuera de la isla pero "no tienen problemas" con el gobierno de Castro?

Soy un exiliado. No hay vuelta de hoja. Y no menciono la palabra "desterrado", porque realmente la carga de despotismo que tenía en el siglo XIX, tal vez no la tenga hoy, cuando la opinión pública es tan fácil de manipular por parte de un gobierno que pone empeño desmesurado en maquillar su rostro hacia el exterior. Dejémoslo entonces sólo en exiliado, que nada tiene que ver con el emigrante. Cuando un hombre se despierta en su país y comprende que su futuro inmediato pueden ser la locura, la prisión, la muerte o la mentira, y que ninguna de esas amables opciones le complacen, y sólo le queda el agujero del adiós, entonces se valoran mucho las cosas. Tú sabes cuánto cuesta comenzar otras vidas desde cero. Porque pueden salirte mal, o a medias, y siempre te queda la rabia de la comparación. El mar, que todo lo une, también abisma. Me parece terrible que exista un sistema que no te permita vivir en tu tierra, un ambiente de asfixia, de todo o nada, de tómame o muere, quiéreme o vete. Y en el caso de Cuba se hace más cruel por su condición de isla. Y parece como simbólico romper ese aislamiento cuando te marchas. Y aquí viene otro de los trucos del gobierno cubano, uno de los sistemas más rencorosos que he conocido, pues ni en la distancia te deja vivir. En el caso de los escritores o de gente conocida en el arte, te dan todas las facilidades para salir con cualquier pretexto. Aunque sepan que la invitación para viajar es falsa. Te lo dan todo, para lavarse las manos como Pilatos, pues con ese gesto te desarman, te invalidan el futuro. Porque si pretendes pedir asilo político, las autoridades del país donde pretendes vivir te dicen: "¿Pero usted no salió legalmente? Eso significa que usted no está perseguido?" Y ¿cómo tú explicas que la ronda de los lobos es más sutil, que no aúllan pero que sus ojos brillan en la oscuridad. Corres el riesgo de que te acusen de paranoico. La crueldad está muy bien montada y estudiada. Pero yo no soy un emigrante, condición que también respeto con la excepción de Cuba. El que se considera un emigrante económico se presta al juego del gobierno. Salgo y entro si me callo la boca. Así que allí no pasa nada, porque no quiero perder la posibilidad de entrar y ver a mi vieja, y sentirme rey mago alguna vez en mi puñetera y frustrada vida. Eso piensan, y el estado cubano lo sabe. Juega con ventajas y usa ese chantaje emocional. Y luego puede decir que los que salen de Cuba son emigrantes económicos, que buscan mejorar su vida, pues allí, por culpa del bloqueo norteamericano, no podían trabajar. Y han montado así el más impresionante negocio de corazones humanos que se conozca. El gobierno de Fidel Castro es la empresa esclavista que mejor funciona en el mundo. Toda una dorada red invisible de chantajes familiares y emocionales la sostiene. Siempre hay un hijo, un padre, un hermano de rehén. Y a cambio, tú mandas divisas para tu familia, y de eso vive el gobierno. Negocio redondo. Un país donde la economía está en bancarrota, y no funciona ninguno de sus supuestos renglones de producción. Ni la caña, ni el níquel. Y el tabaco vendido al mejor postor, y el turismo en un porciento controlado, se puede dar el lujo de mantener a sus habitantes en un constante turismo ideológico de marchas combatientes, protestas y reafirmaciones. Nadie trabaja. ¿Para qué? Si cuesta más producir una tonelada de algo que comprarla en el mercado mundial con las remesas familiares. No es un gobierno rentable, sino rentista. Lo cómico es que sueña serlo a perpetuidad. Yo salí como la mayoría, con una carta de invitación, pasando por todos los controles de rigor. Pero siempre sospeché, desde que fui a Francia en 1991, que en el caso mío me estaban acomodando el terreno para que no volviera. Sabían que afuera podía ser incómodo, pero más lo era dentro. Mi casa, la que tuve una vez, era un centro casi conspirativo, donde se respiraba libertad. Y decidí quemar las naves en esta jugada terrible de ajedrez que significa sacrificar tus piezas para quitarte la presión. Tal vez por eso estamos a mano, porque no me pueden chantajear. Los míos están avisados. Cualquier cosa que les suceda en sus vidas, en sus trabajos: una hoja de árbol que les caiga, una cagada de paloma, puede ser una represalia por mis declaraciones y mi conducta. Y no es que no me duela qué le pueda suceder eso a mi gente, pero soy capaz de resistirlo. En este nivel de cosas puedo ser libre, abrir los pulmones y gritar, opinar y hacer el humor que hago y no lo perdonan. Con esto no quiero decirte que soy enemigo de los que viven dentro. Creo que lo más importante que he aprendido en estos años es a respetar el derecho de cada cual a opinar y vivir donde decida. La tolerancia es el mayor símbolo de libertad humana que existe. Tengo muy buenos amigos dentro de la isla. Incluso algunos que aún creen o dicen creer en el gobierno. Y no hablamos de política. Mientras no usen sus cargos para hacer daño, siempre voy a defender y rescatar mi amistad para con ellos, porque es más importante que cualquier posición ideológica, cualquier credo. Ya perdí demasiado como para perder también a gente que quiero hace más de veinte años. Y estoy dispuesto a que no se repita la historia del rompimiento y el silencio entre la familia y los seres cercanos de los sesenta y setenta. Ningún gobierno en el mundo me va a arrebatar un sentimiento más. Y por suerte esos amigos míos de adentro piensan igual. Los gobiernos pasan, y siempre hay un punto de reunión en el béisbol, en la música, en los recuerdos. Sé lo difícil que resulta para muchos de ellos habitar en la mentira, en la doblez, en estarse cuidando constantemente. Y publican en el extranjero, y se ganan sus dólares sin hacer daño a nadie. Puede que el estado los use para mostrar la gran libertad que supuestamente existe. No me importa. Todos sabemos que es sólo un juego de espejos. Lo que más me importa es que sigan vivos, que no vuelen desde un tejado como Angel Escobar, que no desenfunden en la tristeza de la madrugada una vieja pistola como Hernández Novás. Los quiero vivos en el futuro. Y los defenderé así siempre. De todos modos, alguien tiene que quedarse para contar el final de la película. A quienes no acepto son los mesías. Los que viajan a título del gobierno, dando conferencias sobre la maravilla; y los ves intolerantes, incapaces de sostener un diálogo sereno, porque siempre tienen a mano el pretexto del enemigo o de la provocación de la CIA o la mafia de Miami. A veces te niegan el saludo o se hacen los que no te han visto. Pobres espíritus. Se caen por sí solos, su circo se desploma. Y eso es otra cosa terriblemente cómica del gobierno cubano: que necesita enemigos. El día que no los tenga, alquila uno.

Susana WaldTienes una columna de humor en una revista cubana independiente que se edita en España. ¿Cuáles son las características de tus lectores? ¿Qué diferencias hay entre los exiliados cubanos que conoció Martí –o desterrados, como él mismo lo era- y los más de dos millones de cubanos que hoy están fuera del país?

He regresado al humor activo, y eso me ha hecho revivir. He vuelto por mis fueros a todo lo que aprendí con aquel Programa de Ramón, dentro de Cuba. Pues ese programa estaba la clave para comunicarme ahora con absoluta libertad. De modo que aprovecho todo un antiguo sistema de señales para burlarme de la política hecha en Cuba, a través de cartas inocentes que dirijo a hombres o cosas importantes en la historia, en la cultura, en la vida nacional. A quienes escribo están muertos, o son personajes ficticios de la mitología popular. Y son un pretexto, una especie de pibots para llegar al aro. Simples excusas para que un hombre aparentemente inocente recuerde cosas o se las trate de explicar. Siempre con el absurdo, que es lo que realmente caracteriza nuestra idiosincrasia. Un absurdo cuyos mecanismos ocultos funcionan a la perfección por el camino de la ilógica. De manera que, cuando intentas enderezarlos, la lógica racional los convierte en caricatura. Por otro lado, como la columna es semanal, y de unas mil palabras, me obliga a hurgar en la historia cubana, en su santoral al dorso, en sus leyendas, en la música, en su literatura. Siempre a la caza de un personaje y su resonancia, su posible justificación para una reflexión actual que funcione bien con la mentalidad de mi gente. Y ahí vienen dos dificultades, que se convierten en muchas. Una es el lenguaje. Escribir en cubano, para cubanos, me obliga a ser muy cuidadoso porque las sucesivas oleadas del exilio dejaron atrás un tipo de lenguaje que es el que recuerdan, y poco o nada les fue llegando de la acelerada renovación metafórica en la isla. Entonces eso me plantea un terreno espinoso. ¿Cómo llegar a todos a la vez, si el tíbiri tábara, que se convirtió luego en envolvencia y más tarde en volá, vuelta, sirigaña, son el mismo modo del nirvana mental, pero de difícil semejanza. Tienes que jugártela al contexto donde usas las palabras para que todos las entiendan por aproximación. La otra dificultad son los hechos históricos. Cada generación vivió las cosas de modo diferente. Y el que se exilió en los sesentas o setentas no recibe de igual manera toda aquella ridícula cadena de sucesos votivos en torno a Ubreblanca, la vaca que daba cien litros de leche al día. El lector tiene que conocer primero lo que sucedió alrededor de ese fenómeno para convertirse en cómplice total, si no pierde el 80 % del verdadero significado de lo escrito. La otra dificultad, y recibo cartas que así me lo dicen, es que hay diferentes actitudes "dentro" y " fuera" de la isla, aunque no es mi objetivo primordial el "dentro", por la casi absoluta imposibilidad de acceder a Internet en Cuba. Es realmente difícil, y sufro buscando el camino más claro para hacerlo sin que resulte ofensivo para los que viven dentro. Ese lenguaje y el ceñirme sólo a temas cubanos limita el acercamiento de un público latino o hispanoparlante más amplio. Porque es "entre cubanos", y de algún modo tiene mucho de discriminatorio.

En cuanto a la segunda pregunta... paso. Sólo puedo decirte que son cubanos diferentes, posiblemente con más preparación cultural, con más nivel participativo porque todos saben leer y escribir, con otras inquietudes y mayor cultura política. También acceden a los avances de la técnica, que ha convertido al mundo en un pañuelo. Internet, televisión, radio, viajes. Estás más cerca que nunca de todo. Y eso condiciona otra manera de sentir y de funcionar. El cubano de hoy es más participativo. El del exilio actual no hace ghetos. Sigue girando alrededor de ciertos lugares de reunión, pero, en general, se integra más a los nuevos países, domina sus lenguas, comprende la economía y la política de esos lugares. Ése nunca regresará. O serán menos los que lo hagan, porque ahí también entra a jugar la confianza en que sólo el destino y el tiempo acabarán con Fidel Castro. Eso que puede parecer abulia, indiferencia, también puede llegar a ser bueno. El cubano de adentro soporta porque sabe que la pelea es entre Dios, o el destino, y el gobernante que se desliza hacia la muerte. Nadie se mete. ¿Para qué? Si esa es la única pelea que tiene perdida de antemano. Dejen que se vuelva más viejo y muera. Y el cubano de afuera piensa de igual modo, con la diferencia que en su lucha diaria por sobrevivir, ganar dinero, trabajar, disfrutar, el tema interno le es cada día más lejano. Sólo existe porque allí vive su familia. Y vuelve a chocar con ese monstruo cuando decide viajar de visita o precisa de papeles en su consulado. Ahí comprende que todo sigue igual o peor. Pero también, si lo analizas a fondo, el exilio en Europa o en Latinoamérica es diferente al de Estados Unidos. Incluso dentro de Estados Unidos, el de Miami tiene características que no tiene el de New Jersey o California. Somos dos millones de islas diversas y dispersas. Por cierto, no he promocionado la página, www.encuentro.net/lachistera.

Tú fuiste a Angola en una brigada artística -si mal no recuerdo- con José Vedia, y Santiago Feliú. Corrígeme si me equivoco. ¿En qué año fue? ¿Cuáles recuerdos tienes de ese viaje que no cupieron en este libro?

Eso fue en 1985, y Santiago Feliú no estaba con nosotros. Estaba Pepe Bedia, dos magos y un grupo musical, el grupo Distensión, que así se llamaba entonces. Fue un verano entre mágico y terrible. Y tengo todos los imborrables y terribles recuerdos que puedas imaginarte. Incluso de ser la primera vez que conscientemente me medí con la muerte real, la palpable. Y mírame aquí, no era mi hora. Más que a la muerte, me reté a mí mismo. Y comencé también a entender muchos resortes de la política cubana, porque, al fin y al cabo, si despojas a aquel ejército de la endeble justificación de la solidaridad y tantas mentiras similares, éramos un ejército de ocupación. Un ejército extranjero llamado a terciar en un conflicto nacional. Ninguna ideología justifica eso a esta altura. Un ejército de ocupación se comporta siempre de la misma manera con los pobladores del sitio ocupado, que son los hijos de la derrota. Conocí incluso los límites desagradables a los que llega el ser humano si tiene un mínimo de poder. Fue realmente bueno para mí, porque significó otra hermosa jugada de ajedrez contra los militares cubanos. Un artista tenía cojones, y era hombre hasta el delirio de enfrentar la muerte con cinismo, porque ellos sabían que yo no lo hacía por una entrega guevariana ni otras tonterías de mequetrefe. Puro cinismo que calificaban de temeraria locura. Y cuando no quise medallas se quedaron más preocupados todavía. Pero lo que no cupo en la poesía, que son hechos puntuales, sí entró en la esencia de mi mirada hacia el mundo. Hay poemas como "Mi Cid cabalgó a Burgos" donde bailan, en el fondo, todas las conclusiones que esa experiencia me dio. Habrá una novela. Algo sucederá cuando todo esté sedimentado.

Susana Wald

¿Cómo influyeron en tu obra Bayamo, La habana y la música tradicional cubana?

Voy por partes: Bayamo fue toda la carga emocional de una infancia equilibrada, vivida a tope, tal vez apurada por el divorcio de los viejos, pero intensa, plena. Y fue mi primera pérdida. Mi primera tierra imposible. Mi primera mutilación sentimental, porque mi madre nos llevó a vivir a La Habana, con lo que Bayamo se convirtió de pronto en el alimento fundamental de la imaginación. Fue la isla de Nunca Jamás de Peter Pan. Y allí sucedió mi primer amor y mis primeros combates sexuales y tal vez el inicio de un imborrable paisaje interior, y la formación de un carácter, por toda la implicación histórica que tiene Bayamo; una especie de responsabilidad de signos y significados que me hacen pensar en aquel pueblo, con su campanario y sus montañas azules recortadas en el horizonte, como algo muy vivo y doloroso a la vez. No sé si lo has notado, pero en Bayamo y en La Habana no hay el mismo sol. Hay como intensidades de la luz, y cuando mezclas esas intensidades de luces, olores, sonidos en un muchacho de once años, que llega a una ciudad que ruge y huele de otra manera, se amalgaman con el sentimiento desolado de la pérdida, de la renuncia, de lo no posible o cercano, y surgen cosas muy crueles y muy tiernas a la vez. En mi memoria de Bayamo está la música con aquellas serenatas que los amigos de mi padre daban en mi casa. Donde incluso un dentista amigo, serenatero y cumbanchero, quiso montar un piano de cola en la cama de un camión militar para llevar a la calle Cisneros, al mismísimo Ignacio Villa, "Bola de Nieve", en una madrugada desaforada. Y está la memoria de mi casa siempre abierta, por donde se paseaban los vecinos como en una prolongación de las suyas, y donde la música me marcó desde el inicio de la mañana. Una mañana con el aire repleto de Benny Moré, Lucho Gatica, Pacho Alonso, Los Zafiros, Roberto Cantoral con Los Tres Caballeros, Daniel Santos, Carlos Gardel, Fernando Albuerne, Luis Aguilé, la Orquesta Aragón, Roberto Faz, Lalo Guerrero con sus Tres Ardillitas y aquella primera versión de Mack the knife, que se llamaba Macario el carnicero. Y en esa memoria estaban los sucesivos personajes que nos creíamos ser en las azoteas y los patios: Sandokan, Robin Hood, El Zorro. Y los juegos al natural de soldaditos de plomo o pasta, en la vegetación de los canteros, donde yo mezclaba con mis amigos las figuritas inmóviles con animales de verdad que no me daban miedo, y que manipulaba con certeza de zoólogo, que fue mi primera vocación: alacranes, arañas peludas, lagartijas, bayoyas, grillos, esperanzas, majases, jubos, murciélagos. Hasta una lechuza tuve. Y perros, jicoteas, ratones de dos colores, pigmeos, gallos de pelea. Mi padre nos llevaba de cacería, y así aprendí a disparar, a conocer el monte, a hablar solo. Montaba a caballo en una finca de amigos, buscaba cuanto bicho aparecía, porque mi vocación de zoólogo me llevó a la taxidermia, a la química, a los injertos, con una increíble sed de saber cómo estaba hecho el mundo. Tuve cernícalos amaestrados, culebras a las que no les quedaba más remedio que hacerme caso, ratones levemente obedientes. Era una fiesta del espíritu. Bayamo fue el delirio y la cordura, la desmesura y el sereno equilibrio de sus noches. Una ciudad pueblerina donde aprendí a querer esquinas y personajes, oscuridades y olores de mujer, bombillas, sonidos de puertas, vegetación incontrolable. En Bayamo vi el primer cadáver, el primer sexo de muchacha, el primer sí y el primer no, la primera pelea por una novia, el inicio de una vida bastante bandolera, entre la exageración y la dulzura de la paz.

Mi Habana particular empezó bastante tarde. Porque al principio de mi infancia era el lugar donde vivían las abuelas, las tías y los primos que siempre veía en la playa. Era una aventura distinta. Los cines, el olor de los veranos en el pueblecito de mi padre, que se llama Madruga, y es donde nacieron los Urfé, que tanto aportaron al danzón. Donde se sentaba mi abuelo Paco en la serenidad de la tarde a contar los cuentos fabulosos que sus nietos nos creíamos; con leones, negritos, jigües, chichiricús, peces que hablaban; en la sombra de una casona colonial con un techo muy alto por donde viajaban libres los murciélagos, y donde al mediodía estallaban los jardines. Cuando fui a vivir a La Habana, estaba inmerso en la rabia de mi desgaje de Bayamo, y durante otros dos años y medio más estuvo la beca militar que fue otra resonancia en mi vida. Entonces ya, con trece años, sí comenzó para mí el descubrimiento de La Habana secreta. Una Habana con sus primeros hippies tardíos, o algo parecido, la música norteamericana prohibida, una ciudad que se mantuvo, durante mucho tiempo, solamente en El Vedado, a través un poco de la perspectiva de mi madre y la Escuela Secundaria. Hasta que comencé a estudiar la carrera de Historia y Pedagogía, y volví a marcharme de la casa, a conocer un poco más de mundo. Pero fíjate que mi otro lento descubrimiento de La Habana comienza desde Guanabacoa, a donde fui a vivir cuando cambiamos la casa de Bayamo, en una doliente despedida, pero que fue mi primera casa de adulto, porque allí viví cuando me casé a los 19 años, y nació mi hijo al año siguiente, allá por 1978. Ya me había relacionado con la literatura, con la UNEAC, la Casa de las Américas, y había publicado mis primeros poemas en El Caimán. Entonces fue otra aventura de La Habana a la que le quedaban algunos reductos: clubes nocturnos, pequeños cabarets, rincones aún inexpugnables de cierta música y gastronomía. El Johnny, el Alí Bar de una tristura infinita sin el Benny. Ahí sí comencé a desandar por los barrios, pero ya consciente de lo que quería. Tragando olores y sabores. Sexo, alcohol, música. Y, aunque te parezca extraño, ciertos intensos momentos de ajedrez, porque también quise ser campeón del mundo, o un Gran Maestro con el estilo de Mijaíl Tal. En La Habana la música crece a tu alrededor. Tú no lo notas, pero jamás hay silencio. La gente tararea o canta, o silba, o lleva el compás en las manos, en la cintura, en el caminar. Siempre hay música. Desde un toque de santo hasta unos cajones en la esquina. La gente ama cantando, lava cantando, tiende la ropa cantando. Así llegué al Gato Tuerto que tenía todavía a Portillo o a José Antonio. Al Scherezada. Al Pico Blanco. Y en muchos restaurantes había pianistas que amenizaban de manera natural. Y estaba la tropa de Felipe Dulzaides en el Hotel Riviera. Y en Las Cañitas del Habana Libre siempre había gente tocando. Estaba la Nueva Trova en todas partes. Sobre todo el arrastre del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC en esos años. Yo decía poemas en muchos lugares con gente de la trova que empezaba: Donato Poveda, Santiago Feliú, Alberto Cabrales, Frank Delgado. Todo eso me fue llevando a lo otro que preguntas. A trabajar en la C.O.C.O, una emisora que difundió la música cubana en las décadas del ‘40 y ‘50; y que se consideraba, al borde del inicio de los ’80, una emisora tradicional cubana. Lo que era también muy simpático, porque conservaba un programa de rancheras mexicanas desde hacía más de treinta años, y un espacio diario fijo para Estela Rabal y Los 5 Latinos, y donde aquel Paco Lara, que había sido amante de Rita Montaner, y puntal en la producción de ese fenómeno inacabable de humor social que sigue siendo "La tremenda corte", convertido ya en el "Abuelito Lara", hacía gratuitamente los domingos un programa para los niños. Era una emisora que mantenía, aunque habían desaparecido de otros lugares, a Panchito Riset y Vicentico Valdés todas las tardes. Y donde estaba uno de los mejores programas de tango, con grabaciones auténticas de Irusta, Fugazot y de Mare, hechas en La Habana de los años treinta. Y en esa ciudad convivían Miguelito Cuní con Mike Pourcell, Almas Vertiginosas con Ñico Saquito en la Bodeguita del Medio, y luego Carlos Puebla y sus Tradicionales.

La nieve es un tema y una imagen recurrente en la poesía cubana de todos los tiempos, tanto como la imagen del ciervo junto a la fuente en la poesía medieval española. ¿Cuáles registros simbólicos o de cualquier otra índole tiene en tus primeros libros?

Algunos críticos encontraron palabras que funcionaban como símbolos perplejos y puntuales en esos primeros libros. Yo no me daba cuenta. Siempre hay cosas que reflejan la luz, pero la luz violenta, el destello de la cólera, como cuchillos, navajas, espadas que de algún modo siempre he relacionado con el honor. Mi poesía estaba también llena de dientes. Dientes que tenían cualquier connotación menos mansedumbre. Y ha habido siempre muchos ojos, madrugadas, dedos como si el afán de desbordar el cuerpo para llamar, tocar, comprobar, acariciar y señalar que estoy vivo fuera acuciante, urgente, de primera necesidad. Hay también otros símbolos de los que todavía no he podido escapar, como perro o perros, donde veo una honda sombra de muchas virtudes y ferocidades, lealtades y vitalidad. Creo necesitar menos de signos precisos, y he probado un discurso más fluido, limpio, donde hay pocos símiles, y la carga emocional está en el tema, o en cómo se le aborda. Eso sucede fundamentalmente en el más reciente, todavía inédito: Si yo me llamase Raimundo, que parte de unos versos de Drummond de Andrade: Mundo mundo, vasto mundo / si yo me llamase Raimundo / sería una rima, no sería una solución. Hay como un discurrir de agua, que se rebela de vez en vez, sólo cuando la ocasión lo precisa, y evito abiertamente símbolos fijos que fueron mi universo cerrado en largo tiempo, pero que me parecía ya repetitivo.

¿Cómo imaginas a Cuba, sus poetas y su tradición poética dentro de unos años?

No quiero imaginar nada, sino pedir un deseo. Sólo espero que todos estemos vivos. Con eso me basta. Vivos y ardientes, como pedía Pasternak. Y que gane la poesía por encima de todas las cosas. Y que la obra de cada cual vuelva a reunirse, sin odios, sin distancias, sin absurdas menudencias, sin resquemores. Y que quede lo hecho hasta hoy como un testimonio imprescindible de lo sufrido, de todo el amargo esplendor del siglo XX.

Esta entrevista fue realizada vía Internet, durante mayo y junio del 2001. Aquí se publica una parte, una gran parte; la otra saldrá en el suplemento Cultural, del diario uruguayo El País en este mismo octubre. O poeta e ensaísta René Fuentes Gómez é cubano, atualmente residente no Uruguai. Página ilustrada com obras da artista Susana Wald.

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Collage, Floriano Martins

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