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revista de cultura # 18/19 - fortaleza, são paulo - nov/dez de 2001 |
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El silencio de Ludwig Zeller A. F. Moritz El silencio de Zeller nos exige escuchar. En este respeto es análogo al espacio blanco que rodea las imágenes, un espacio en blanco que es una característica particular de sus creaciones, una innovación decisiva en la historia del collage. Me he referido a ella como la condición de estar sin mundo de los seres puestos en existencia por sus tijeras. Estas conjunciones de herramienta, parte de maquinaria, arma, instrumento, ropaje, mueble, planta, animal, ser humano, diagrama, etcétera, se hallan de repente en la existencia ya sea solos, o en otros collages, parados en relación a una extraña estrella que es un molusco, o a un pequeño montón o desparrame de componentes, o a uno o dos individuos "como" ellos mismos sólo en el hecho de que son igualmente sin precedentes e imposibles. Nos contemplan a veces con la inocente melancolía y sufrimiento de las bestias. En otros casos deben ignorarnos, porque tienen sólo una mano, un solo cuarto trasero, un torso, una cola: no tienen rostro. O sino ellos (o alguna parte de ellos) están en inmovilidad congelada, en posturas de instrucción o ilustración para las cuales los diseñó su grabador original, funciones ahora hace mucho muertas y caducas. Han sido brutalmente amputados, en un sentido rescatados, de la antigua irrelevancia de sus funciones, perdidas en alguna vieja revista o enciclopedia, pero encuentran que las poses en que fueron puestos originalmente, las actividades congeladas para las que fueron hechas, persisten sin descanso, incluso cuando ellos mismos han sido reducidos a fragmentos y barajados y rehechos. Por eso este mundo "sin mundo" no es enteramente tal: el espacio blanco llena nuestra mente con varios mundos desvanecidos, cada uno de ellos antaño completos, pero cortados y recombinados aquí, en este vacío: un collage de ausencias, de nostalgias, fracasos y remordimientos. Y el espacio blanco también se llena de profecías abortivas de un mundo nuevo, falsos inicios hacia un imaginar el mundo en el cual estos seres puedan encontrar un hogar: un mundo imposible, la imaginación frustrada por sus propios productos. Porque primero que nada queremos imaginar, queremos profetizar un ser nuevo, y entonces queremos imaginar y profetizar el buen lugar en que pueda vivir para siempre. Pero ¿qué nos pasa cuando el ser que imaginamos no posee ningún mundo posible? Hace ya mucho se ha reconocido que este espacio blanco, con el ingenioso y profundo "collage" que crea al cortar y pegar lo abstracto y lo figurativo (conjunciones figurativas hechas de abstracciones de previas figuraciones puestas en un fondo abstracto), es la razón clave, en la historia del collage, de que Zeller pertenezca, con Picasso, Braque, Ernst, Matisse, Duchamp, Cornell, Rauschenberg, y ningún otro. A pesar de que ha hecho collage de muchos tipos, él es más connotado por haber renovado, al recrear enteramente el collage "de viejos grabados" del que Max Ernst fue el inventor esencial y que, anteriormente a Zeller, se había osificado en formas repetitivas determinadas por Ernst mismo como el modelo clásico. Zeller vio y reveló un mundo de posibilidades enteramente fresco en lo que por décadas había parecido establecido y exhausto. Edouard Jaguer ha comentado que
Es verdad que una imagen de Zeller convierte toda la tradición de collage de viejos grabados en mera precursora. La extraña colocación de elementos que ha logrado Ernst ya no tiene lugar en un espacio naturalísticamente determinado tal como una habitación, sino actúa firmemente en el personaje mismo. Y este personaje sale a zancadas de esos viejos salones, jardines y escenas callejeras del siglo diecinueve, para llegar al lugar que es sólo visión y es siempre novedoso, pararse y actuar allí, donde se mueve el tumulto y la recombinación incesante de signos. Como lo dijo Zeller, "Seguimos viviendo, quizás en un desierto, donde la vida es tan sólo la piel de un espejismo". El de Zeller es un desierto global, incluye historia, civilización, cultura. A través del aspecto referencial de los elementos del collage, el "cuadro" logra incluir el pasado y el mundo de conceptos de un modo pocas veces hallado en lo artístico fuera de las artes literarias, donde opera el collage inherente dentro de la palabra. En los collages de Zeller el que mira, el lector, encontrará la Anunciación unida al tintero y al teléfono, encontrará sarcásticamente cambiado de papel el famoso encuentro entre la máquina de coser y el paraguas sobre la mesa de disección, encontrará a un virtuoso extraer su música del cuerpo de una mujer desnuda estirada y con el gesto de venparacá en una versión dada vuelta de la concha de Afrodita y mucho más de la misma especie, liberado a una movilidad supra-Ernst de la visión y la sátira. En el limpio fondo blanco del collage de Zeller ocurre un profundo renacer del moderno "mito de las máquinas celibatarias", que identificara y nombrara por primera vez el escritor francés Michel Carrouges en su obra donde compara la máquina en la "Colonia penitenciaria" de Kafka con el "Gran vidrio" de Duchamp, quien llamó a la parte inferior de ésta una "máquina celibataria". El formato básico de este mito, visible en el vidrio de Duchamp e igualmente en el comentario que hace de él, nos muestra una conjunción de "célibes", seres de humanidad reducida reunidos mecánicamente y también en sistemas sociales de carácter mecánico; producen vaciados para gas, nos dice Duchamp, y forman "el cementerio de uniformes y libreas". Y sin embargo están unidos por medio de su masturbación y voyeurismo a una sección superior, una Novia, que es una impalpable "cuarta dimensión" femenina, pero quien al mismo tiempo está representada, concebida, en términos de otro aparato. Esta cópula de elementos que no comunican, célibes y Novia, cuya interpretación es como la de una máquina entre máquinas, es sondeada en busca de toda su retumbante sonoridad humana en el arte gráfico de Zeller y en su poesía. Omnipresente en su obra está la diosa que podría salvar, pero que o se oculta o aparece como parte de una demoniaca máquina de la existencia, meramente una mujer sufriente e involucrada. Y de ahí la nota particularmente inquietante que hace resonar la presente colección para aquellos que están familiarizados con la obra de Zeller: aquí encontramos una relativa reducción de esa presencia femenina.
Un día un nuevo día me hace pensar en el objeto que atesoro ¿Acaso a alguien se le puede escapar observar la atención y el amor con el cual Zeller ha descubierto, estudiado, convivido, disecado y rearmado los viejos grabados? El innegable desconcierto y sufrimiento que experimentan los elementos, despertando en formas nuevas y extrañas, en comunicación y en combinación con objetos y tribus contra los que antes estuvieron confortablemente amurallados, en un sin lugar donde deben sugerir su propio lugar este innegable desconcierto y sufrimiento está equilibrado por un don de animación. En su dislocación las imágenes reciben los dones que acompañan al dolor: espíritu, apertura, y actividad anteriormente desconocidos para ellas. El silencio de Zeller es el mapa de este equilibrio, un análisis detallado de esta co-presencia de desconcierto y revelación, sufrimiento y posibilidad. Mapa y análisis son términos que apuntan a un sentido persistente de lógica, exactitud y totalidad sinóptica que comunica el mundo visual de Zeller, un rasgo que ha sido notado por muchos de sus intérpretes, por ejemplo José María Espinasa, quien da el título "La magia de un nuevo racionalismo" a su texto introductorio en un libro de collages de Zeller publicado recientemente en México, Espejo para insomnes. Lo que yo he llamado equilibrio es más profundamente la identidad de opuestos y parece, cuando se vislumbra, una visión poética y una lógica racional. Es un misterio, un hecho inagotable para la contemplación, y asunto apropiado para contemplar. Es el origen y el blanco de las palabras, y por ello un silencio, articulado y expresivo. Es esto lo que Zeller ha podido percibir y expresar.
En relación a la poesía de Zeller, que constantemente emplea imágenes del artista y de los fragmentos que recorta su tijera, los collages de Zeller constituyen una pre-dicción poética. En un sentido son, para tomar prestado uno de sus grandes descubrimientos-imágenes, "los tatuajes del fantasma", imágenes calladas incisas en la superficie, en la piel, del invisible misterio que él busca. Estas imágenes hacen que el misterio sea ambíguamente visible para nosotros, visible como aquello que no lo es, visible en una catarata incesante de formas que de alguna manera define la forma invisible que subyace. Y porque este misterio se viste de imágenes, un ropaje que es su propia piel invisible revelada por tatuajes visibles, podemos ubicarla y dirigirnos a ella en la poesía. He aquí un breve poema de Zeller, "Escuchando a Venus", que abre con la típica madeja de imágenes que aluden sutilmente, y sin embargo con bastante llaneza, a los elementos y el fondo blanco abstracto de los collages: Nevó sobre mi vida y la blanca ceniza mezcló con lodo El poema logra, dentro de una claridad que es esencialmente dramática e interpersonal, una fluida morfología o evolución de imágenes, donde cada imagen produce otra o se cambia en otra; las discretas imágenes de los collages, bastante extrañamente sólo logran aproximarse a esta fluidez, muy como sucede en el jazz o blues interpretados en el piano, con sus notas discretas y precisas, que deben aproximarse a la fluidez de la voz o de la trompeta por medio de tonos estrujados, tonos de gracia, y varias otras yuxtaposiciones y deslizamientos. En el mundo hecho añicos y dolorosamente, desesperadamente, esperanzadamente conjuntado del collage, el poema da voz a una vida que aún persiste y lucha en sus signos, y luego vuelve a invitarnos al silencio blanco para oír la respuesta. Oír que Ella responde. Yo diría que incluso aquí, en esta colección atrozmente dolida, esa espera persiste. |
| A. F. Moritz, nativo de los Estados Unidos de América que reside en Canadá desde 1974, es un poeta prominente en ambos países. Ha publicado doce libros de poesía y ha recibido honores importantes como la Guggenheim Fellowship (una beca-asociación para investigación de la Fundación Guggenheim). Una selección de sus poemas en traducción castellana, Ciudad Interior, fue publicada por la Universidad de Zacatecas, México, en 1993. En América del Norte ha trabajado ampliamente en la traducción al inglés de poetas latinoamericanos, incluyendo a Ludwig Zeller. Ensayo en traducción de Susana Wald. Página ilustrada con collages de Ludwig Zeller. |
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