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revista de cultura # 1 - fortaleza, são paulo - agosto de 2000 |
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Marosa di Giorgio: las nupcias exquisitas y el collage onírico Luis Bravo
Previamente intentaré
resituar la escritura de la autora ajustando la clasificación de "apólogos
fantásticos", planteada por Angel Rama. Según J.A. Cuddon, "apólogo"
es sinónimo de "fábula" que se define como "una breve
pieza narrativa, en prosa o en verso, que señala un aspecto moral, donde
criaturas no-humanas o inanimadas son sus protagonistas". El primer punto a señalar
es que siendo la escritura de di Giorgio de naturaleza eminentemente
"activa" y no "reflexiva", no puede identificarse con
la aspiración finalista a la que apunta la moraleja del género "fábula".
Puede tomar de ésta el protagonismo de seres divinos, mitológicos,
vegetales y animales, personificados, pero sus breves argumentos, lejos de
remitir a un referente moral, se instalan o fugan hacia un territorio que
anula todo juicio moral. En El arte de lo fantástico,
Roger Callois distingue lo féerico y lo fantástico como
dos especies de lo Maravilloso. Mientras lo féerico se
coloca en un mundo donde lo imposible no existe, lo fantástico se
nutre de los conflictos entre lo real y lo posible. Si partimos de que en
el mundo de Los Papeles Salvajes nada es imposible, esa misma libertad
impide juzgar cualquier situación que allí acontece con el estigma de lo
escandaloso. Cualquier mecanismo de censura racionalista, y su vicaria
moral, se halla, por tanto, desactivado. Esta poesía, entonces, no cabría
en la definición de lo fantástico en tanto conflicto entre lo
real y lo posible, sino en una singular transfiguración de lo real.
Una clave de su arte
consiste en introducir visiones, terrores, alucinaciones, en un mundo
donde las condicionantes reales pasan definitivamente a un segundo plano.
En la conjunción de lo féerico y lo fantástico se produce
un cruce que el propio Callois reconoce, y que a nuestro entender, es el
que calza ajustadamente a esta escritura: lo maravilloso negro. En
esa subcategoría del género - donde transitan sin ataduras lo horrible,
lo exótico-erótico y lo sobrenatural - las figuras mitológicas (el
Diablo, Dios, los ángeles, las santas) no son fantásticas por sí mismas
sino porque encarnan con plenitud lo salvaje y sus instintos. En lo maravilloso
negro de di Giorgio lo "monstruoso" representa o pone en
juego, la dicotomía del inconsciente, haciendo real el deseo oculto
(inefable), activándose así una poderosa carga de horror y atracción
simultáneas. Esta escritura, como la autora lo ha señalado más
de una vez, es la plasmación lúcida y atenta del hilo de los sueños,
donde la velocidad de transfiguración de los personajes se halla liberada
de los marcos espacio-temporales que la vigilante conciencia impone.
El tópico de la devoración
Recalemos en este tópico característico de lo maravilloso
negro, uno de los más relevantes en el discurso marosiano. El mismo
se vincula a una estética cara a románticos y surrealistas, donde
comparecen variantes tales como: el vampirismo, la antropofagia y el
sacrificio ritual. Tales variantes, entre otras, aparecen en di Giorgio
estrechamente asociadas al juego erótico y a la copulación, provocando
una tensión entre los extremos de placer y muerte. A modo de ejemplo, el
éxtasis del orgasmo se superpone, en reiteradas ocasiones, a la tajante
decapitación. En el texto número 4 (Camino de las pedrerías, pg
13) el león, amante de la mujer - de quien ella ha parido doce señoritas
de caras ambiguas, "de fémina a leoncitas" - transfórmase
hacia el final del episodio en verdugo. Mientras la mujer-madre pregunta
por sus crías, el león no parece interesado en ellas, que ya se acercan
a otros varones-machos. Esta diferente actitud paterna y materna frente a
las crías parecería ser la causa por la cual el león-macho termina
distanciándose de la leona-hembra. El desenlace se describe así: "el
pensamiento de él (el león) se hizo espeso. Como una mancha de aceite
grueso". Luego "la arrastró al lugar más hondo de la
cueva. Le lamió la cara. Ella se sonrió. Le hizo los mimos íntimos muy
adentro. La médula de ella dijo ¡ay!...¡aaaay!..
Cantó cual mandolina, se la oyó en el aire. Ahí le comió la cabeza. De
golpe y a pedacitos. Luego, le durmió un rato sobre el corazón." El
valor de la interjección ay, en principio como placer del orgasmo,
adelanta su otra variante, la del dolor o el asombro, la del cuerpo
decapitado. El aaaay que queda flotando en el aire cual canto de
mandolina, contrasta con la inmediata devoración de la cabeza y su
imposible voz. Es en una suerte de lirismo cruel donde se resuelve
la tensión planteada. La imagen final "le durmió un rato sobre
el corazón" reafirma que a la violencia del acto (sexual y
homicida) sucede la mansedumbre de una siesta por parte del macho, en
quien la digestión se asocia a la placidez del postcoito. Lo que va de casa a caza
El macho siempre aparece más experiente, posee y
luego desecha, agarra, desgarra, mutila o devora, y luego sigue su camino.
La caza aparece así como una variante argumental del tópico de la
devoración.
Este asunto queda explícito, con una variante más
compleja, en el texto 8 (pgs 18 a 21) cuyos protagonistas son la niña y
dos lobos, Naré y Cruz. Allí se dice que todas las niñas del pueblo
eran las pretendientes de ambos lobos. Naré interviene primero: "De
un zarpazo sacó mi blusa y dijo: - Y, bueno, de tu pecho sale agua, un
poquito de agua rosa. Nada más". Ella agrega "que él
bebió ligero, y otra vez, nos casamos presto". Mientras copulan
ella dice "aquí mismo pariré un lobito", y él contesta
"No, eso no". Luego de gozar, Naré se retira a la
sombra, a reposar un poco, como antes el león. Luego aparece el lobo
Cruz. Cuando en igual circunstancia ella dice "soy yo la que va a
parir a tus lobitos", el macho responde con desgano "Va"
y con fanfarronería agrega "ya están hechas todas las
mujeres de este pueblo. Faltabas tú. Pero ya estás". Luego Naré
y Cruz luchan ferozmente por la presa-hembra. Mientras tanto alrededor de
ella ya "andaban muchos pequeños seres, gimiendo". De
pronto los machos dejan de disputarse a la hembra y desde la perspectiva
de la niña, el texto cierra diciendo: "Y sin ninguno mirar
siquiera hacia mi lado, dijeron al unísono: - Hala...! Nos vamos a
cazar".
En el sutil morfema diferencial de la s y la z,
entre casar y cazar, aparece el rasgo identificatorio de los
universos genéricos de lo femenino y lo masculino.
"Casar", unir en matrimonio, y aquí unión
carnal, deriva del más antiguo "casa", por lo que el
significado primitivo de "casarse" proviene (según Corominas)
de "poner casa aparte". A su vez los místicos consideran la
"casa" como el elemento femenino del universo por excelencia. La
casa remite también al cuerpo, y según Artemidoro Daldi especialmente en
lo que concierne a las "aberturas", lo que nos remite otra vez
al sexo femenino, incluso al útero. En cuanto a "la caza",
Lao-Tse nos da una clave de interés: "La carrera y la caza
enloquecen el corazón del hombre" , lo que sugiere que la presa
a quien persigue insaciablemente el macho es su propio deseo. No es casual que en los relatos eróticos de di
Giorgio las protagonistas femeninas, en sus múltiples variantes,
aparezcan como perseguidas presas codiciadas, y a veces violadas, por
lobos, perros, leones, cazadores, etc. Es cierto que ellas también desean
y no son inocentes víctimas de esa posesión. La diferencia podría
radicar en que el deseo femenino remite al interior de su propio cuerpo, a
parir, dar leche, a poner huevos (que tanto aparecen en estos relatos) a
reencontrar en su propio cuerpo el fruto posterior al deseo. Mientras
tanto el deseo del macho es siempre otra presa, algo que está fuera de su
cuerpo, sujeto del deseo del que sólo puede apropiarse si es devorado. Las nupcias exquisitas
Bajo el rótulo "nupcias exquisitas", o su
variante "bodas tremendas", lo maravilloso negro aparece
en varios textos (números 3, 34, 46, entre otros) confirmando que en lo
orgiástico marosiano las figuras mitológicas de Tánato y Eros se
alternan, inseparables. En ambos casos estamos ante "genios"
considerados hijos de la Noche. Eros, intermediario entre dioses y
mortales, asegura la continuidad de las especies naciendo de un huevo que,
engendrado por la Noche, forma al romperse en dos mitades, la Tierra y el
Cielo. Imagen ésta que puede asociarse a la reiterada aparición de
"huevos" en toda la obra de di Giorgio. Por su parte Tánato,
alado y netamente masculino, personifica la Muerte, siendo hermano de
Hipnos, el Sueño. Como puede apreciarse en la etología del mundo
marosiano es común que el "sueño alado" (imagen de referencia
homérica) conduzca en su vertiente erótica a la proliferación de esos
huevos (de texturas y colores disímiles) en distintas partes del cuerpo
de las hembras. Por otra parte el desenlace de muchos argumentos coincide
a su vez con actos de vampirismo, recurrentes en sus personajes. Ambos
comportamientos nos confirman la presencia de estructuras cíclicas de lo
erótico-tanático en su discurso. Hay una variante de tono más bien lúdico en el
texto 26 (páginas 64 a 66) donde convergen varios de los elementos
planteados: los deseos de la hembra ("la desovadora") y el macho
("el de traje negro"), la sensualidad (bailan tango) y la
necrofilia (penetración fálica asociada a la del cuchillo en la carne).
El episodio acontece así: "Lejos, se oían cantares, un cántico
solo, lejano, como de nupcias exquisitas. Nunca vistas. (...) (Él) Dijo:
- Vamos al panteón. Se habría equivocado. Seguíamos bailando. Dijo:- O
a la cocina. ¿Dónde es en esta casa? Yo estaba asombrada pero lo conduje
allí. Buscó entre los cubiertos un punzón; decía:- Trabajo así. Tendrás
que entender. No, éste más grueso. Este, éste más espeso ¿Te vendría
bien éste? Yo miré y contesté: - Creo que sí".
Finalmente en el texto18 (páginas 38 a 43) la doble
lectura de la penetración (el arma, el falo) produce una escena homoerótica
entre los personajes Pablo y Roderick, que como antes Nalé y Cruz,
parecen disputarse una misma mujer. Pablo narra así su triunfo ante su
adversario masculino: "Ya maté un animal. Con un cuchillo le
levantaba las gruesas tapas. Eso también son bodas. (...) Fue un asunto,
largo, de amor. Al ser asesinado daba temblores lúbricos. Parecía que
pecábamos juntos; jadeábamos, nos mirábamos. Sus ojos no se apartaban
de mí. Él tuvo un terrible sacudón en la entraña antes de morir".
No recuerdo otro texto de di Giorgio que aluda a la relación homosexual
con tanta evidencia y donde pueda confirmarse de manera tan explícita el
tópico referido, en tanto la libido desborda hasta el sacrificio del
cuerpo del otro. Max Ernst y el collage onírico
En base a otros elementos puede apreciarse un vínculo
con la pintura del ruso-francés Marc Chagall. Por ejemplo en la
interrelación de objetos de la vida rural con reminiscencias de una atmósfera
infantil, que da como resultado momentos líricos. En ambos, pintor y
poeta, lo figurativo adquiere una aparente sencillez, que remite a una
iconografía trascendente que sin embargo, se resuelve sin falsa
solemnidad. El cromatismo de azules y rosados también los emparenta, así
como "el vuelo" de los personajes, que reúne con total
naturalidad, el plano simultáneo de lo invisible y lo cotidiano. En este libro puede rastrearse una vinculación,
extraordinaria por su nitidez, con la gran novela gráfica del surrealista
alemán Max Ernst, titulada Una semana de bondad o Los siete elementos
capitales (Francia, 1934) donde la figura del león-macho que seduce y
castiga a la hembra-mujer, así como la presencia de huevos en las
protagonistas femeninas, son motivos pictóricos reiterados. A partir de
un singular manejo de la técnica del collage, utilizando imágenes de las
novelas folletinescas de finales del siglo XIX, Ernst publica en cinco
fascículos esta obra visual a la que llama "novela";
recordemos, de paso, que hay quienes se han preguntado si la obra conjunta
de di Giorgio no es acaso una "larga novela inconclusa",
o fragmentaria, concebida como un gran espectáculo del lenguaje poético.
En la "novela
muda" de Ernst, la atmósfera es sutil y ambigua, mezcla de humor,
crueldad y erotismo, rasgos compatibles con Camino de las pedrerías. En
la obra de Ernst es protagónica la simbiosis de lo animal y lo humano,
donde las figuras masculinas con cabezas de león, pájaros, gallos y
rostros de piedra, someten a bellas doncellas, o gozan con ellas, en
escenas de corte sadomasoquista. Son varios los textos de di Giorgio donde
los personajes comparten esa doble naturaleza, humana y animal, en sus
cuerpos y en la forma en que se relacionan sexualmente entre sí. Puede
afirmarse así que los rasgos de lo maravilloso negro aparecen con
impacto dramático en este nuevo libro de Marosa di Giorgio, así como en
el impacto visual de los collages de Ernst. El hallazgo nos incita a considerar que ese "imaginario del inconsciente", que los surrealistas prodigaron e hicieron visible, tanto en la literatura como en la pintura del siglo XX, comparece con esta autora en el discurso poético uruguayo - de fuerte raigambre reflexiva y racionalista - brillando como piedra angular de lo distinto. Fuerza y estilo acaso sólo comparables a la estirpe poética de un Lautréamont (por tanto tiempo acallada o soterrada en nuestras letras); estirpe que la obra de Marosa di Giorgio representa hoy con singular maestría en el discurso rioplatense, y en la literatura de lengua castellana de todo el mundo. |
Luis Bravo (Montevidéu, 1957). Poeta e ensaísta com larga obra publicada, cabendo destacar: Gabardina a la sombra del laúd (1989), La sombra es el arco (1996) e Árbol veloz (1998). Contato: tarja@netgate.com.uy. Página ilustrada com obras do artista Víctor Chab (Argentina). |