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revista de cultura # 1 - fortaleza, são paulo - agosto de 2000 |
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Tomás Segovia: los ojos abiertos a la noche (entrevista) Daniel González Dueñas e Alejandro Toledo
Para numerosos periodistas
el atractivo de la entrevista radica en descolocar al entrevistado y crear
un texto intermedio entre la obra personal de éste y el lector. No
obstante, para Segovia ese puente resulta espurio: en su trabajo personal,
un escritor lo dice todo (o intenta decirlo con sus propios recursos y sólo
con ellos), la obra habla suficientemente y cualquier agregado es una mera
curiosidad adventicia. Bajo ese ángulo, la entrevista con un escritor no
tiene mayor validez que una mera charla de café. Una misma entrevista es
muy diferente según la transcriba una u otra persona. En una rueda de
prensa un autor puede emitir una frase que cada periodista ahí reunido
entenderá y transcribirá a su manera (puede incluso no modificar la
frase: bastará el contexto en que la coloque para cambiarla por
completo). ¿Radica el valor de la entrevista en la pregunta que el
entrevistado nunca se habría hecho, o en la capacidad del entrevistador
para registrar una respuesta? Y finalmente, la subjetividad
capturada en el "seudotexto", ¿corresponde a la del
entrevistado, a la del entrevistador o a una mezcla de ambas que se da,
por una irrepetible ocasión, en una tierra de nadie? En todo caso, reacio
a jugar ese juego de equívocos, Tomás Segovia solicita que se asiente un
hecho oculto en las entrevistas mayoritarias: no se trata de
"sus" palabras textuales sino del reflejo de su pensamiento en
la subjetividad de los entrevistadores. Por lo tanto, en las líneas
siguientes Segovia habla a través de sus escuchas: éstos han
transcrito "lo que piensan que Segovia dijo" aquella mañana de
marzo de 1988 (o más bien "lo que piensan haber escuchado",
puesto que se basan en la parte de la entrevista en que el poeta autorizó
el uso de una grabadora). Dicho de otro modo: los entrevistadores han
armado un texto que no pertenece a Segovia ni a ellos mismos sino a la
conjunción de subjetividades (tan válida o inválida como cualquier
conversación, según el nivel en que se le considere). No se trata de un
texto, entonces, sino del pretexto para angular un espejo. [D.G.D.] Los años recientes han
visto surgir el cuerpo central de la escritura de Tomás Segovia, sobre
todo a partir de la publicación del volumen Poesía (1982), que reúne
textos escritos entre 1943 y 1976. Más tarde, en 1985, aparece Poética
y profética, uno de los textos capitales de la ensayística mexicana,
un gran tejido de ideas en torno a las grandes preocupaciones de este
siglo acerca del lenguaje como sustento y abismo de la cultura humana. Uno
de los apartados de este libro marca con su título el tono que insufla el
juego del pensamiento en Segovia: "Las tareas del iconoclasta". En 1988 se inicia la
recopilación de sus ensayos en tres tomos. El primero recoge sus dos
libros iniciales como ensayista: Actitudes (1970) y Contracorrientes
(1973), sobre los cuales escribe el crítico Salvador Espejo Solís:
"Con un rigor estilístico sólo proveniente de la poesía (lo que no
significa ligereza o adorno sino justamente lo opuesto, hondura y renuncia
a los lugares comunes, a los sobreentendidos virulentos), Segovia se
interna en los conflictos primigenios del individuo a través de un
siempre móvil juego de propuestas que alterna la audacia con el humor, la
más desnuda honestidad con el más fundamentado acopio de fuentes. No es
'fácil' esta prosa precisamente por su transparencia [...], pero a la vez
resulta arduo (difícil) no jugar el abierto juego que propone, no
adentrarse en estos usos inéditos de la inteligencia y el gozo, no
convertirse en activo interlocutor y prolongar cuestionamientos y
hallazgos".
Los tomos restantes
(publicados uno en 1990 como Trilla de asuntos, y el otro en 1991
como Sextante) conjuntan ensayos aparecidos en diversos medios
desde 1952 hasta 1988. Un nuevo título complementa la obra ensayística
de Tomás Segovia, Cuaderno inoportuno, así como otros volúmenes
extienden y diversifican su obra poética, entre ellos Casa del nómada
y Noticia natural. En el año 2000 se le otorga en México el
Premio Octavio Paz. HUBO UNA VEZ "Mi familia era de médicos.
Yo estaba destinado, pues, a la medicina; incluso estudié un año de la
carrera. Se suponía que todos debíamos ir por ese rumbo; por ejemplo,
todas mis hermanas son biólogas. Cuando empecé a escribir hacia los
quince años de edad, luego de una niñez trashumante, viviendo en
distintos países, no tenía la menor información humanística. Empecé a
escribir con una ignorancia absoluta de lo que fuera literatura y arte. Rápidamente
fui quemando etapas y a los diecinueve años pude más o menos
relacionarme, pero todo dentro de un universo muy pequeño: el mundo de
los españoles refugiados en México. Me movía en ese medio, en mi
familia, en la escuela, con mis amigos. De modo que los primeros textos un
poco logrados aparecían inmediatamente en revistas de refugiados españoles.
A los veinte años hice una lectura de poemas en el Ateneo Español de México,
y no sólo estaba llena la sala sino los pasillos y la escalera. Creí que
esto era lo natural para un escritor que se iniciaba; que uno escribía y
era casi al mismo tiempo reconocido. No me había dado cuenta de que el
mundo no es así. La explicación que encuentro ahora es que ese mundo de
refugiados (que aún creían que iban a derrocar a Franco) era un ambiente
muy cerrado donde importaba mucho la continuidad, es decir que hubiera una
nueva generación, que todo siguiera. Así que cada vez que un muchacho
empezaba a escribir le hacían un caso enorme, todos se enteraban. Había
una especie de solidaridad extrema". -¿Continuó en ascenso su
carrera literaria? -Como yo era soberbio, me
dije muy pronto: el acto más orgulloso que uno puede hacer a los veinte años
es casarse. Y lo hice. Claro, la cosa se empezó a poner difícil. Al
principio me ganaba la vida como mecanógrafo (suelo decir que trabajaba
de "mecanógrafa", eran los puestos más bajos que siempre son
ocupados por mujeres). Había tenido que abandonar los estudios, aunque mi
transcurso por las universidades siempre fue incierto: de la medicina pasé
a la filosofía; luego opté por la carrera de letras, que dejé porque
había que mantener a la familia. Ocurrió así que sin tener ningún título
solicité una beca al Colegio de México. Ya antes solía asomarme de vez
en cuando por ahí; conocí a Antonio Alatorre y Margit Frenk, así como a
Ernesto Mejía Sánchez, José Durand, Enrique González Rojo, Ramón
Xirau... Y por ese entonces di mi primera conferencia, naturalmente en el
Ateneo Español. Era aniversario de Victor Hugo y me invitaron con el
pretexto de que yo hablaba francés (también me había ganado la vida
enseñando ese idioma). Cada vez que se preparaba un ciclo de
conferencias, los españoles querían que hubiera un joven. Me puse a leer
y estudiar a Hugo, y escribí un texto que fue a la vez mi primer ensayo y
mi primera conferencia. A esa lectura asistió Raymundo Lida, un gran
maestro argentino discípulo de Amado Alonso y formado en aquella escuela
filológica que por los años cuarenta logró un periodo muy fecundo; vino
a México, imagino que traído por Alfonso Reyes, entonces presidente del
Colegio de México.
-Elegí, claro, el tema más
abstruso de Victor Hugo, a partir de un poema suyo que nadie conocía,
llamado Dios. Titulé mi charla "La epopeya filosófica en
Victor Hugo", según esta idea: en la época moderna (abarcando el
propio siglo XIX) no se podía hacer epopeya guerrera, pero en cambio la
forma válida de la epopeya era la filosofía. Afirmé que eso era lo que
había emprendido Hugo en ese poema: una epopeya filosófica en la que el
héroe no era un guerrero sino el propio Dios. Desde luego, difícilmente
pude manejar un tema tan vasto, pero me pareció natural que Lida me
felicitara al terminar la lectura, alabando mi traducción de algunos
fragmentos del poema de Victor Hugo. Yo había hecho una traducción en
verso, quizá de unos quinientos alejandrinos de Hugo, de los que
seleccioné cuarenta o cincuenta para la conferencia. Lida quiso ver la
totalidad de los versos traducidos, sugirió algunos cambios y al mes
siguiente yo tenía una beca en el Colegio de México. Bajo la coordinación de
Raymundo Lida, Tomás Segovia y los otros becarios (entre ellos Antonio
Alatorre y Margit Frenk) forman un grupo de estrecha colaboración en las
investigaciones: "De vez en cuando nos reuníamos a comentar lo que
estábamos haciendo e intercambiar informaciones; a veces Lida proponía:
'Me parece que ustedes no conocen bien la poesía mística del siglo XVI,
¿qué tal si hacemos un curso?' Entonces él mismo daba el curso, o
contrataba a un profesor. Lida era un hombre que lo sabía todo, y la suya
era una transmisión artesanal y paternal. Al ingresar me pidió que
propusiera un tema de investigación, y pensé trabajar algo que a la vez
me sirviera para la tesis (de este modo simplificaba mi trabajo: no podía
recibir todos los cursos, ir a clases en la facultad y además trabajar de
mecanógrafo). Después de mis lecturas de T.S. Eliot, a quien nadie leía
en esa época, me interesaba ante todo una pregunta: ¿qué es el
clasicismo? Me había impregnado de las ideas de Eliot, pero para
discutirlas, como siempre: quería proponer otra idea del clasicismo. Fue
el tema que propuse: a Lida le pareció que era muy ambicioso y me sugirió
estudiar primero el clasicismo en un sentido más estrecho. Indicó a Lope
de Vega; leí casi entero su teatro marcando las referencias al mundo
grecolatino. Yo estaba furioso por ese encargo, pero me daba cuenta de que
Lida era un maestro; por apego a él soporté esa tarea". Años después Antonio
Alatorre relata a Tomás Segovia una conversación con Raymundo Lida. Éste
comentó: "Me preocupa Segovia porque siento que mi deber es darle
una formación de erudito y asentarlo porque vuela demasiado; pero a la
vez pienso que él es un poeta y que lo puedo ahogar". Alatorre
respondió: "No me lo parece: esa formación no le hace daño a
nadie. Si Segovia es poeta lo será de todos modos". Comenta al respecto Tomás
Segovia: "Así que Lida mantuvo su rigor para conmigo, pero yo trabajé
muy mal: ése fue el año de mi divorcio y se me vinieron encima los líos
de la separación. Además fue entonces cuando descubrí el mundo de las
mujeres. Yo había pasado del nido familiar al otro nido, el matrimonial,
es decir de una dependencia a otra; y entonces, cuando me divorcié,
descubrí a las 'señoras' y me di cuenta de sus grandezas. Con todo esto
yo no había trabajado muy bien en el Colegio de México, y Lida me tuvo
paciencia. A veces me decía: 'En fin, a ver si el año que entra
trabajamos más en serio'. Pero el 'año que entra' Alfonso Reyes me cortó
la beca y todo eso acabó. Ahora me doy cuenta de que viví en una especie
de paraíso, pero el que está en el paraíso no sabe que está ahí hasta
que lo pierde. Oficialmente se me dijo que debían renovarse las becas y
que el presupuesto no les alcanzaba para mi permanencia. Pero todo se debió
a un altercado que tuve con Alfonso Reyes". ESTATUAS BAJO LA
LLUVIA "Cuando era muy joven
estaba en constante protesta. No quería tener relación con mi tiempo ni
con mis contemporáneos. Me había vuelto orgulloso. No leía sino a los
clásicos. Estudié latín, empecé a traducir a Virgilio, por ejemplo.
Viví en una especie de torre de marfil. Esto cambió cuando me divorcié
porque, como el sexo es una de las claves de la vida, empecé a andar en
la vida real, a conocer a las mujeres, y eso rompió mi aislamiento. Esto
implicó también que leyera a los modernos, literatura mexicana..." -¿Su lectura de Eliot
cambió luego de haber estudiado a los clásicos? -A Eliot lo había
descubierto cuando joven, súbitamente. Era un pensador que justificaba mi
tendencia a la soberbia. En esa época lo que me formó como ensayista,
los autores que estaban configurando mi pensamiento, eran ante todo Eliot
y Paul Valéry, dos poetas de torre de marfil, de mirada por encima de la
batalla.
-Creo que puede haber esa
convivencia. Hubo una época en que yo sentía que me forzaban a hacer
ensayo, y lo que deseaba era escribir poesía. A raíz de mi altercado con
Alfonso Reyes fui sometido a un ostracismo; durante un tiempo estuve fuera
del medio. Cuando me "perdonaron" y volví a la vida literaria
estuve muy activo. Escribía en la Revista de la Universidad,
preparaba críticas y artículos también para la Revista Mexicana de
Literatura, colaboraba en Difusión Cultural de la Universidad... Sentía
que me forzaban a eso, que no era espontáneo en mí, que yo hubiera
preferido escribir poesía. De vez en cuando trataba de resistirme y tenía
el puritanismo de decir: un poeta no debe hacer ensayos, un poeta no debe
hacer más que poesía y no dar explicaciones, no entrar en alegatos teóricos.
Pero eran exabruptos, volvía siempre al ensayo porque hay en mí una
parte netamente teórica. Un grave prejuicio sostiene que "el
pensamiento mata" y que "un poeta inteligente es frío". Yo
sentía ese reproche un poco como desprecio, porque cuando empecé a
relacionarme otra vez con lo que me rodeaba, casi en seguida lo que
descubrí fue a los Contemporáneos, entre otras cosas porque en esa época
ellos estaban más o menos condenados y por lo tanto me interesaron.
Siempre me ha pasado eso, tiendo a la disidencia. En 1961 Tomás Segovia
sustituye a Juan José Arreola como director de la Casa del Lago, el
centro cultural de la Universidad que se encuentra a las orillas del lago
de Chapultepec. "Entre otras cosas hicimos mucho teatro; yo estaba
rodeado por los que entonces eran los jóvenes directores fuera de las
mafias y de los circuitos oficiales, principalmente Héctor Mendoza, Juan
José Gurrola y José Luis Ibáñez. Este último era el que más se
interesaba en la versificación en el teatro clásico. Hicimos entonces un
curso para actores sobre la estructura del verso, cómo está construido y
cómo leerlo en voz alta. En la Casa del Lago presentamos una serie de
espectáculos sobre poesía que en algún sentido fueron muy
innovadores." -A la vez que usted tiene
esta educación clásica hay un interés por la experimentación, por los
rompimientos. -En mis años de formación
se entendía el verso clásico como algo ingenuo; en cambio, lo atrevido
eran las vanguardias, especialmente el surrealismo. Al cabo de unos años
pensé todo lo contrario, es decir, que este siglo es tremendamente
infantil y donde ello se nota más claro es en las vanguardias. Por
contraste, los clásicos siempre me han parecido mucho más maduros: no
rompen nada pero lo ponen en su sitio, no se aferran a un fragmento de lo
real ni creen que eso lo es todo. Son más conscientes de la riqueza de
las experiencias, más respetuosos de lo real, de la realidad del
pensamiento, e incluso de la realidad de la lengua. -En su ensayo "La
tercera vida de Nerval" se afirma que los románticos son nuestros clásicos,
sin contradecir el hecho de que el romanticismo es una gran vanguardia. -En ese sentido lo es.
Creo que el romanticismo es la última gran revolución del espíritu. No
revolución en el sentido político sino espiritual; cada vez me convenzo
más de que no es una vanguardia. Es la modernidad, pero en otro sentido
mucho más profundo. El romanticismo es nuestra época, y me parece
que las vanguardias banalizaron esa revolución profunda. Además (esto ya
es más sutil, habría que afinar para ser convincente) las vanguardias,
quizá sin percatarse del todo, son tentativas de recuperación que
finalmente desactivaron la potencia subversiva del romanticismo. Parece
que no, pero por eso parece que no: porque son tentativas insidiosas y más
o menos inconscientes. No digo que un vanguardista lo haga a propósito.
Voy a simplificar demasiado, pero se trata más o menos de esto: me parece
que la mirada vanguardista, de un modo similar a lo que hizo el
positivismo, reduce la potencia subversiva del romanticismo porque no es
capaz de abarcar esa potencia, porque no es capaz de resistirla. Sólo por
ello se hace una reducción; por eso digo que toda vanguardia es
terriblemente reductiva. A medida que pasa el tiempo es más claro para mí
que el romanticismo no es reducción; es una tentativa de hacer la síntesis
del mundo clásico y el mundo antiguo. No cabe duda de que en parte esa búsqueda
ha abortado pero aún está aquí esa propuesta, podemos seguir tratando
de cumplir esa promesa, porque todavía está viva: hacer la síntesis. No
negar, suprimir o superar el mundo clásico, sino reconciliarlo con la
verdadera antigüedad. -Desde luego no es esa la
noción de romanticismo que enseñan las escuelas. -Uno recibe la noción
francesa del romanticismo, que es absolutamente deformada y chauvinista:
la de que es un movimiento "individualista", de nostalgia por la
Edad Media, volcado al sentimiento. ¿Qué significa eso? Es más
individualista Ovidio que Victor Hugo, ¿por qué llamar a esto una
literatura individualista? Cuando redactaba aquella primera tesis sobre el
clasicismo compartía la postura de Valéry y Eliot según la cual
"ya hemos superado el romanticismo" (era lo que estos dos poetas
tenían en común y con lo que yo me identificaba). Sin embargo, al leer
el libro de Albert Béguin El alma romántica y el sueño me
sorprendió descubrir que el romanticismo no era lo que yo creía; y me
reconocí en los autores que estudia Béguin. Como poeta me siento más afín
a Novalis o Hölderlin que a Eliot. Leyendo de verdad a estos poetas lo
primero que uno descubre es que la calificación de individualista es
falsa: uno de los problemas primordiales del romanticismo es precisamente
la locura, entendida como una tentativa de fundirse con el cosmos. ¿Cómo
puede llamarse a eso individualismo? "El romanticismo
inventa a Hegel y Marx. Es la primera vez que unos filósofos, sabiendo
netamente lo que quieren, exigen disolver el yo. Es la primera vez que un
europeo puede en verdad sentirse otro, por ejemplo budista. En
cuanto a ese interés que se les adjudica de volver a la Edad Media, muy
bien, sí, por supuesto, pero si uno examina los textos románticos
descubre que se ocupan treinta veces más de Grecia que del Medievo. El
romanticismo entendió que hubo una desviación en el pensamiento
occidental. Este desvío tiene, desde luego, orígenes muy remotos:
probablemente ocurre en Grecia, y luego tiene un desarrollo en el
Renacimiento y en el siglo XVII con el surgimiento del racionalismo. En el
siglo XVIII viene el estallido, la apertura; porque el romanticismo
pertenece al XVIII y no al XIX. Todo sucede entre 1750 y 1800. El
racionalismo era incapaz de entender la relación que hay entre Grecia,
Roma y la Edad Media. Los románticos se dan cuenta de que estos tres
momentos son lo mismo, y que el pensamiento racionalista (llamémoslo así
para simplificar, porque es mucho más que eso) estaba generando un desvío,
un corte tajante de la tradición. En darse cuenta está lo moderno; al
descubrir eso los románticos descubren simultáneamente (no como
consecuencia) que el pensamiento del hombre es el mismo en todas
partes."
Y SIN EMBARGO, A
VECES, TODAVÍA
-En la época en que
escribí los primeros ensayos sobre Villaurrutia, aún no había leído el
libro de Béguin y todavía desconfiaba del romanticismo; dejé de hacerlo
muy poco a poco. El primer ensayo con un enfoque distinto es "La
tercera vida de Nerval"; ahí aclaro un nuevo camino con un total
apego al credo romántico. Uno de los poetas a los que en su tiempo
acusaban de intelectual (y que también se manifestó contra el
romanticismo) fue Gilberto Owen; sin embargo tiene un poema en el que
confiesa: "Yo, nuevo Ulises, yo, nuevo romántico". En una carta
Owen envió algunos de sus últimos poemas a Elías Nandino, con una
posdata: "En mis versos estoy usando la palabra 'corazón'. Ni
modo". Está asumiendo su romanticismo. -¿También la actitud del
ensayista sería mantener los ojos abiertos en la oscuridad? -Claro. El ensayo es un género muy amplio pero, en fin, en la medida en que se "oponga" a la poesía el ensayo siempre presentará una parcialidad porque representa una metalengua, es decir, un lenguaje que habla de otro lenguaje. Por el contrario, no considero a la poesía una metalengua, a pesar de que ha estado de moda decir que lo es, que el tema de la poesía es la poesía. Yo no lo creo. Afirmo que es también su tema (no "únicamente"). La poesía es un lenguaje de primer nivel, es lo que en términos de los lingüistas se llama "lengua natural", una cuyo contenido no es otra lengua. A la permanente discusión
en el reino de la lingüística acerca de la correspondencia entre la
realidad y las palabras, Segovia dedica Poética y profética.
Comenta: "Me parece que el dogmatismo es un rasgo característico de
nuestra época; sucede además que es una época fuertemente metalingüística,
saturada de lenguajes operativos (esos subsistemas estructurales que
pretenden ser universales, esos códigos de especialistas), y el
dogmatismo está en la naturaleza misma de esos lenguajes. En Poética
y profética se afirma que hoy en día el dogmatismo es una forma del
conocimiento, es conocimiento pero también tiene un lado que es obstrucción
del conocimiento. Esos subsistemas no se pueden contener a sí mismos. No
pueden decir: 'Yo explico hasta aquí, y lo demás es misterio y
oscuridad'. No, no pueden detenerse; pretenden explicarlo todo porque si
no, sienten que todo lo que han explicado pierde fuerza, vigencia". -Y la poesía no pretende
explicarlo todo, es un todo en sí misma. ¿Qué sucede entonces con la
poesía amorosa, que es un proceso de integración con lo otro? Por
ejemplo, usted inicia un poema con estos versos: "Quisiera haber
nacido de tu vientre / haber vivido alguna vez dentro de ti". -Me gusta ese poema, porque me parece de esos que a veces escribe un poeta sintiendo que casi no le pertenecen; es como una idea que circula por ahí y que todo mundo ha tenido y uno está encargado de expresarla. No quiero decir con eso que no lo haya sentido como experiencia personal, pero al tener el hallazgo, al encontrar en mí ese deseo de haber nacido de ese vientre, inmediatamente sentí que era uno de esos temas universales, de esos sentimientos que todos van a reconocer porque de una u otra manera todos lo han tenido. Es una de las alegrías del poeta (que no son muchas), cuando de pronto siente eso: que tiene el encargo de expresar lo que otros quizá no pueden, o de ayudarlos a reconocer lo que estaban sintiendo. Recuerdo muy bien lo que sentí en ese momento, esa gana de haber nacido de un vientre amado. Me da la impresión de que no es muy frecuente en un hombre, de pronto y por puro amor, sentir ese deseo de maternidad, de que la amada sea madre. En la época en que empecé a reflexionar sobre estas cosas (por supuesto después de un desengaño amoroso, que es lo que lo hace a uno pensar, abrir los ojos en la oscuridad), relacionándolo con mi caso, traté de entender lo que significa el mito de la madre virgen, que aparece por todas partes. Una de las cosas que significa es la tentativa de participar simultáneamente en lo femenino y la maternidad. En ese tiempo descubrí afinidades profundas con Gérard de Nerval y lo veía en él, que no conoció a su madre y no la recordaba (y que es también mi caso, por eso me identificaba con él), y me parecía reconocer en su obra el mito de la madre virgen; en cierto modo ese mito representa el deseo de ser hijo y padre de la misma mujer, y la manera de realizar eso es ser hijo de virgen. Por otro lado eso siempre se relaciona con la figura del poeta/profeta. Es muy frecuente el personaje mítico del profeta (que es también a su vez una imagen del poeta) como hijo de virgen. Es frecuente el semidiós hijo de virgen. En todo poema hay una anunciación. |
Daniel González Dueñas (México, 1958). Poeta e ensaísta. Autor de La raíz eléctrica (2000). Alejandro Toledo (México, 1963). Poeta, contista e ensaísta. Autor de Cuaderno de viaje: James Joyce y sus alrededores (1999). Contatos: goduenas@df1.telmex.net.mx e toolal@df1.telmex.net.mx. Página ilustrada com obras do artista Víctor Chab (Argentina). |