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revista de cultura # 21/22 - fortaleza, são paulo - fevereiro/março de 2002 |
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André Breton o el dolor de los objetos Benjamin Valdivia La objetualidad tiene
siempre una respuesta para todo. De hecho la ciencia procura que las respuestas estén al
alcance de la mano por medio de la tecnología. Así es como llegamos a escuchar la
música en un aparato de sonido, vemos mediante un aparato de imágenes, degustamos a
través de un aparato de sabores y amamos maquinadamente. La realidad de los objetos, de
ese polo oscuro de la vida que son objetos, nos impone una condición de esclavos
objetivos. Y en esa tiniebla, nos brota la insatisfacción: deseamos más (incluso más
objetos), cosas que la vida externa no puede darnos ni ofrecernos. En esa atmósfera de
insatisfacciones, buscamos soñar, poseer a voluntad los objetos, los cuerpos, en el
sueño. André Bretón ha sintetizado el sentir de la modernidad, extendido ahora hasta la
denominada postmodernidad: "El hombre, soñador sin remedio, al sentirse cada día
más descontento de su sino, examina con dolor los objetos". Es entonces cuando
voltea al paraíso perdido de la infancia, tierra sin compromisos ni deberes, esplendor de
la facilidad y meollo del psicoanálisis. Rilke le recomendaba al joven Kappus que
recurriera a su infancia para abastecerse de poesía. Huidobro señala igualmente ese
reino aislado, esa tierra robinsoniana "sin leyes ni abdicación ni compromiso".
Mas la infancia, como todo lo del tiempo, no dura. Bretón atisba el camino: "Aquella
imaginación que no reconocía límite alguno, ya no puede ejercerse sino dentro de los
límites fijados por las leyes de un utilitarismo convencional; la imaginación no puede
cumplir mucho tiempo esta función subordinada, y cuando alcanza aproximadamente la edad
de veinte años prefiere, por lo general, abandonar al hombre a su destino de
tinieblas".
Los locos, "víctimas de su imaginación", dejan de andar sueltos por la vida. Sin embargo la locura, como imperio de la inutilidad de la imagen, no es apta para la poesía. Los locos no introducen la imaginación en la realidad: viven una realidad imaginaria, y por tanto ajena, enajenada. Pero la poesía, en tanto instauración del orden imaginario en los terrenos de lo objetual, es una tarea revolucionaria de regeneración de lo que el utilitarismo empirista ha echado a perder. La poesía se emparenta con la locura; o mejor dicho utiliza el recurso de la locura, el razonamiento de los locos, para lograr su objetivo disgregador de una materialidad fétida. Pero el poeta no es un enajenado, aunque muy bien puede ser un loco. Sobre todo un loco en el sentido que Bretón apunta: en que hace poco caso de las reconvenciones de la sociedad. La locura del poeta, como la del visionario, como la de Colón, descubre un continente en compañía de una parranda de locos, pero con "frutos reales y duraderos".
El problema fundamental en el proceder poético consiste en que ya tenemos mucho pasto en el cerebro: hay paja de todo tipo, cosas conocidas que se acumulan como los trebejos en el desván del cuerpo. Y cada nuevo conocimiento se anuda a los demás en terrible cadena hasta que nuestra experiencia presente, incluso una experiencia de placer real, se convierte en una figuración de experiencias previas. Todo está enlazado en la tragedia de lo que ya sabemos, de lo-ya-conocido. Es que "la insoportable manía de equiparar lo desconocido a lo conocido, a lo clasificable, domina los cerebros". Una parte crucial es el hecho de que los objetos, y con ello los objetos experimentados en tanto que ya son experimentados, detienen la primicidad de la experiencia imaginaria, o al menos imaginativa. "El solo hecho de que un acto sea glosado determina que, en cierto modo, ese acto deje de producirse". El referente nulifica la fuerza poética. Y como una sociedad fincada en la ciencia requiere imponer su lógica sobre todas las conciencias, "se ha llegado a proscribir todos aquellos modos de investigación que no se conformen a los usos imperantes".
Los locos y los soñadores no son poetas, pero los poetas usan del sueño y la locura para su vida poética. ¿Por qué es así? Ciertamente porque ni los locos ni los que sueñan acceden a la expresión de su maravillamiento a voluntad, por su solo deseo. Y este elemento es el central: el deseo, la manera decidida de hacer de las maravillas una presencia entre la objetualidad, o dicho de otro modo, la violentación del orden de la cordura y la vigilia por el deseo maravilloso. No se refiere a una burda eroticidad desbocada, que ya bastante comprometida está con el mundo de los objetos, con el comercio y la propaganda materialista. El deseo maravilloso se acerca más al Fiat, al "hágase tu voluntad", a la potencia de la creación implantando un mundo maravilloso en las tierras baldías de un mundo denominado eufemísticamente "real".
Cuando Bretón, tras haber preparado a su lector, llama a cuentas un texto denominado Secretos del arte mágico del surrealismo, aconseja prescindir del genio y talento propios "y del genio y talento de los demás". Ese arte mágico tiene remedios para no aburrirse en sociedad, hacer discursos, escribir falsas novelas, tener éxito con una mujer ocasional y finalmente contra la muerte. Algunas cosas que se pueden hacer son: dar respuestas marginales, trasladar la ausencia de razón a la razón, mirar lo otro, sentirse dominado por una relación imperceptible entre las cosas divergentes. Concluyamos que el surrealismo deja campo ancho a la poesía al señalar lo irrazonable de la razón, aunque otros como Reverdy propongan instaurar la razón de lo no razonable. Para Bretón, hay materia suficiente en el deseo, el sueño y la locura para un poema. Con ello se "revive exaltadamente la mejor parte de su infancia [del espíritu]". Conforme la realidad se muestra en su belleza, está en un estado maravillante. Cuando la falta de objetualidad es maravillante o cuando un objeto determinado se asocia a elementos no objetuales pero igualmente maravillantes, se tiene casi un poema. Cada cual aduce sus maneras: "Vivir y dejar de vivir son soluciones imaginarias. La existencia está en otra parte". |
Benjamin Valdivia nasceu em Aguascalientes, México, em 1960. Doutor em Filosofia e Educação. Trabalhou em universidades no Canadá, Estados Unidos, Espanha e México. É membro correspondente da Academia Mexicana da Língua. Publicou poesia, novela, conto, teatro, ensaio e traduções por diversas editoras no México e em outros países. Foto de André Breton: Man Ray. Contato: b_valdivia@hotmail.com. Página ilustrada com obras do artista Rudy Espinoza (Costa Rica). |
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