Agulha - Revista de Cultura

revista de cultura # 21/22 - fortaleza, são paulo - fevereiro/março de 2002

Agulha - Revista de Cultura






 

Camille Claudel y el espíritu romántico

Víctor Sosa

Camille ClaudelEl romanticismo -nacido a fines del siglo XVIII- no fue un estilo, un ismo más en el devenir artístico de la cultura occidental. Fue, más bien, una actitud existencial y una reacción ante la dictadura racionalista impuesta por el llamado Siglo de las Luces. El mundo y la inasible realidad, no pueden ser entendidos ni descifrados solamente por medio de la razón y el cálculo objetivo -como así lo hicieron los artistas neoclásicos formados en las rígidas academias francesas. Para los románticos, junto con el culto al yo omnipresente, se imponen los valores intrínsecos de la subjetividad: la emoción, el sentimiento y la imaginación. La obra de arte se libera así de las corazas académicas y se abre a los mecanismos del inconsciente y a las imprecisas pulsiones de la inspiración. El mundo -o la llamada realidad- deviene tierra incógnita que es necesario conquistar a partir de leyes no escritas y de procedimientos no escolásticos. La mirada se abre hacia el abismo del ser y hacia el asombro de lo sublime, pero también se abre al sentimiento trágico de la vida. A pesar de los intentos románticos de unir los contrarios -como testimonia la poesía de Blake-, dichos artistas vivieron como nunca la escisión -ya pergeñada desde el Siglo de las Luces- entre la emoción y la razón, entre la intuición poética y la, cada vez más predominante, consciencia analítica del hombre.

"El artista romántico se propone -nos dice Rafael Argullol en su libro La atracción del abismo-, como una tarea básica, liberar a esta potencia poética oculta -a esa ‘poesía involuntaria’, en palabras de Jean Paul- que es el Inconsciente. El artista romántico se propone convertirse, voluntariamente, en sonámbulo para sí, más allá de la consciencia diurna, ser capaz de indagar en la torrencial riqueza de las sombras". Por eso, al festín industrialista de su época opusieron el culto a la naturaleza -y el culto a los antiguos dioses- y perfilaron, involuntariamente, la llamada conciencia desdichada. La desdicha como actitud ética ante la indiscriminada algarabía de una civilización que marchaba, con paso firme, bajo el ritmo del progreso científico-técnico. Ser desdichado era ser digno. Sólo un indigno podía ser feliz ante un mundo que avanzaba hacia su propia perdición. Goethe -otro romántico- así lo vio y lo describió en el Fausto.

Camille ClaudelPero, recordemos ahora algunos nombres ilustres: Francisco Goya; Henry Füssli -más conocido como Fuseli-; el genial Caspar David Friedrich -tal vez el más representativo pintor romántico de todos los tiempos-; William Turner y sus enérgicas deconstrucciones de lo real; Eugéne Delacroix -en sus mejores momentos-; Arnold Böcklin -recordemos su magnífico cuadro La isla de los muertos-, y si saltáramos hacia atrás, Brueghel; El Bosco; incluso un Tintoretto, un Tiziano, pueden ser vistos como románticos en sus formas o -más correctamente- es sus deformaciones y en sus extremosas peculiaridades colorísticas. ¿Y si saltáramos hacia delante?: Eduard Munch -El Grito, que todavía resuena en el oído y en la mirada de todos aquellos que lo hemos visto, aunque sea en alguna inapropiada reproducción-; Nolde, Ensor y su estático baile de máscaras macabras; casi todos los expresionistas alemanes de Die Brüke -nadie más deudor del romanticismo que ellos-; surrealistas como Max Ernst, Víctor Brauner, Leonora Carrington o Remedios Varo. Escritores: Samuel Beckett; Franz Kafka, Louis Ferdinand Céline; Herman Hesse; ¿Rulfo? -ese genial inclasificable-; poetas de difícil dicción como Paul Celan, César Vallejo, Herman Bloch, Paremos por aquí: las ramificaciones serían inmensurables.

Es, sobre todo, a partir del romanticismo que el artista adquiere la categoría excéntrica -el raro, el inadaptado, el loco- que la sociedad moderna le impone, incluso, hasta en nuestros postmodernos días. No es casual, entonces, que la locura haya sido un signo frecuente en los artistas y poetas románticos. Hölderlin y Blake, son los paradigmas, pero la estirpe de la "locura" romántica -como patología o como actitud- llega hasta Van Gogh y -en su vertiente del malditismo- Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Artaud, y hasta la escultora Camille Claudel, hermana del poeta católico Paul Claudel.

Camille ClaudelCamille Claudel responde al espíritu romántico tanto por su vida como por su obra. Sin embargo, la artista, nacida en 1864, es más conocida por su atormentada vida que por su trabajo. Hace algunos años pudimos apreciar una muestra -en el Palacio de Bellas Artes- de más de cincuenta piezas de la escultora francesa.

Hagamos un poco de historia. A los diecinueve años Camille conoce a Rodin -quien tenía cuarenta y tres años y ya era un escultor oficialmente consagrado-; colabora, como alumna singular, en los trabajos de Los Burgueses de Calais y Las puertas del infierno, entre otras obras de Rodin. La relación discípulo-maestro pronto deviene amatoria. Un amor ardiente y secreto que se prolongará por diez años. Sin embargo, Rodin nunca abandonará a su mujer, Rose Beuret, con la que finalmente contraerá matrimonio en 1917.

Camille vive cierta efímera fama gracias al apoyo de Rodin. Logra exponer en galerías y Salones y además frecuenta las tertulias en casa de Mallarmé y Jules Renard quienes -se dice- admiraron su trabajo. Pero cuando Rodin retorna a su antiguo amor, comienza la tragedia para Camille. Se encierra en su estudio y se entrega a una soledad obsesiva, signada por la pobreza y el deterioro físico y mental. Sólo sale en las noches. A partir de 1906 arremete contra su obra destruyendo gran parte de su producción. Posiblemente como exorcismo, como una manera de liberarse de aquello que aún la vinculaba con el hombre amado y con el obsesivo dolor del abandono. Rodin intenta verla, pero es rechazado. El padre protector del comienzo deviene, de pronto, perseguidor en el delirio paranoico de Camille. El 10 de marzo de 1913, por orden de su madre y su hermano, Camille Claudel es internada en el asilo de Ville-Evrard y un año después es transferida al hospital psiquiátrico de Montdevergues que le dará albergue hasta su muerte, treinta años más tarde. Su madre jamás irá a visitarla y rechaza, a finales de los años veinte, el consejo de los médicos de regresarla a su hogar. Paul Claudel, embajador y célebre poeta adinerado, se niega, en 1933, a pagar la pensión hospitalaria. Visita a su hermana en diez ocasiones -lo cual no es mucho si tomamos en cuenta los treinta años de cautiverio-, pero no hace prácticamente nada por lograr su liberación a pesar de las suplicantes cartas de ésta donde describe las condiciones infrahumanas del lugar. Rodin, por su parte, envía a Camille algo de dinero e intenta exponer sus obras y promocionar periodísticamente su trabajo pero nada, legalmente hablando, puede hacer por su liberación, sobre todo teniendo en cuenta que la madre lo ve como el culpable de la ruina y la locura de su hija.

Camille ClaudelCamille Claudel muere en su prisión psiquiátrica en 1943 a la edad de 78 años. Olvidada por el mundo sus restos - como los de Isidore Ducasse, el Conde de Lautréamont- fueron arrojados a una fosa común.

Sería anodino entender la locura de Camille Claudel por el amor no correspondido de Rodin -en ese caso, casi todos estaríamos condenados a la locura. Por qué unos enloquecen y otros no, viviendo experiencias emocionales análogas, es algo que la psiquiatría moderna -esa ineficiente brujería aséptica- no puede explicar, o -lo que tal vez sería más estimable- es algo que no nos es dado entender. El arte y la locura como ecuación, no solamente abre un falso postulado, no solamente es un reduccionismo intelectual de mercachifles y tenderos, sino que mistifica un fenómeno seriamente complejo que requiere otros medios y modos de abordaje, y -lo que es peor- se acaba por no entender ni el arte ni la locura. Camille Claudel formó parte del espíritu trágico de una época -los albores de esta modernidad-, pero cargaba con una doble culpa: ser artista y ser mujer. Tal vez en esa ecuación se potencie su personal tragedia.

Como Van Gogh, como Artaud, como Hölderlin, hoy Camille Claudel alimenta biografías y artículos periodísticos -como el que aquí se escribe-, pero, más allá de su vida queda su obra -aquélla que no alcanzó a ser destruida por mano propia-, quedan los cuerpos de bronce y de mármol como indelebles radiografías del dolor; espejos, no del mundo, más bien de las impostergables pulsiones de un alma atormentada; encarnación -una vez más- de esa consciencia de la desdicha que el espíritu romántico supo reflejar y seguramente seguirá reflejando en el abismo de la creación.

Víctor Sosa (Uruguay, 1956) é poeta, crítico e pintor. Em 1983 naturalizou-se mexicano. Entre os livros de poesia encontram-se Sujeto omitido (1983), Sunyata (1992) e Gerundio (1996). Na obra ensaística destacam-se La flecha y el bumerang (1997) e El impulso. Inflexiones sobre la creación (2000). Contato: adhyasa@hotmail.com. Página ilustrada com obras da artista Camile Claudel (Costa Rica).

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