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revista de cultura # 23 - fortaleza, são paulo - abril de 2002 |
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Materia y pintura: aproximaciones a la obra de Albert Rafols-Casamada Miguel Ángel Muñoz Los
primeros años del siglo XX trajeron en su proceso histórico-artístico el triunfo de
muchos valores revolucionarios. En dicho contexto, en 1907 artistas como Georges Braque y
Pablo Picasso encabezaron el movimiento cubista. Robert Delaunay, Lionel Feininger, Albert
Gleizes y Juan Gris rompieron con la perspectiva tradicional y con la apariencia ilusoria
de la profundidad pictórica.
Los objetos se mostraban desde varios puntos de vista simultáneamente, fragmentados en planos geométricos. A diferencia del cubismo, el expresionismo alemán buscó la expresión del mundo interior del artista. Kandinsky, Ernst Ludwig, Oskar Kokoschka y Egon Schiele comunicaron emociones únicas mediante colores vivos y un agitado trazo en su exploración de formas subjetivas. Ua década después, Kandinsky rechazaría en sus Improvisaciones cualquier vestigio del mundo natural, influido, al igual que Paul Klee, en la composición de sus cuadros. En la cuarta década del siglo emergieron simultáneamente en España diversos baluartes de la abstracción: Rafael Canogar, Antonio Saura, Manolo Millares, Joan Hernández Pijuan, Esteban Vicente, Josep Guinovart. Entre todos estos nombre sobresalen dos: Antoni Tàpies (Barcelona, 1923) y Albert Ràfols-Casamada (Barcelona, 1923). Tàpies defendía una estética universal que enfatizaba los principios del surrealismo y, después, los de una abstracción pura. Ràfols-Casamada abogaba por una abstracción geométrica y por una teoría del color, inspirada tanto en el mundo del inconsciente como el del pintor uruguayo Joaquín Torres García y en el italiano Giorgio Morandi. No retoma: transforma su forma de ver la pintura. Le da conciencia. Diálogo que le abrió nuevos caminos. De Torres García descubrió la oscilación entre el balbuceo y la iluminación; de Morandi, la pureza esencial del color.
La pintura de Ràfols-Casamada se construye sobre cierta precariedad de elementos que el artista va explorando y convirtiendo en juegos de figuras sobre el fondo del cuadro. Cada forma es un equilibrio momentáneo. Su propuesta ha culminado en la recomposición y descomposición de la línea: irrupción, fragmentación y limitación de la pintura. En esto se basa su fuerza y su agresión en contra de las formas, destaza y construye el trazo sobre la simple mancha. Línea mágica y veloz, creadora de sensaciones pictóricas que tienen actualidad y antigüedad. La uniformalidad de la forma recuerdan a Gris, Klee, Miró, Léger y Mondrian, pero no como logro sino como rebeldía extrema. Mundo contradictorio: la línea y la forma, el color y la mancha, lo vacío y lo pleno. Es ahí donde el artista busca el equilibrio. Convergencia entre fuerzas, entre levitación y gravitación, que definen el espacio magnético de su pintura. Recorrer el espacio, pero no echar Al igual que el poeta francés René Char, Ràfols-Casamada extrae toda la magia del espacio y la genealogía ancestral del tiempo. En ese momento descubre otros espacios y, de nuevo, tropieza con ellos. No hay salida. Lo mismo sucedió con Giorgio Morandi; no negó la figura, la revolucionó; le dio un orden, un sentido. Rigurozo aprendizaje. El artista lecha durante años por conquistar su lenguaje, apenas lo logra, debe abandonarlo y comenzar nuevamente, sólo que en dirección contraria. Es la vía descubierta: purificación, eliminación. Esta operación es un acto creativo: no niega, busca espacios indeterminados. Las primeras iniciativas de Ràfols-Casamada fueron figurativas. No con un estilo definido, pero en ellas ya aparece el manejo del color y del dibujo que caracteriza a sus cuadros posteriores. No es la búsqueda de un lenguaje lo que las define sino la sutileza de cada trazo. En ciertos momentos Casamada se ha referido a su "universo interior", que ha desplegado a lo largo de toda su producción artística. Hay que decir que ese "espacio interior" es la energía concentrada en cada forma, sea ésta un óleo, un dibujo, un trazo.
A partir de los años setenta, las texturas pictóricas de Ràfols-Casamada adquieren un sentido arquitectónico-constructivista, conseguido mediante gruesos empastes: composición estética que descubre la correspondencia entre el flujo de la poesía y el reflujo de la pintura. En este proceso logró colores transparentes y una gran variedad de tonos; el color es trabajado en superficies planas y en profundidades delirantes. El trabajo es poético y esa poesía es ritmo: cada línea es prolongación del trazo del artista; con esa mano descubre, hiere, delimita, pule, transforma y acaricia los materiales hasta convertirlos en parte de una composición definitiva. Y más: una forma que se hace y se deshace sin cesar. No existen los límites, lo ilimitado lo limita todo. El espacio consigue desvanecerse, pero tenemos la posibilidad de descubrirlo. En los años ochenta y noventa, períodos de gran madurez y vitalidad, Ràfols-Casamada retoma, cuestyiona y cambia de materiales y formas, revela no sólo uno de los rasgos de sus intelectos (la inteligencia) sino la dirección de su espíritu. En estas síntesis se regresa a los grandes espacios planos, presentes ya en las formas de los primeros años, sólo que transportando al lienzo de manera más sabia, paciente. La llegada de esta sabiduría al mundo del artista no es accidental: es parte del proceso que lo llevó de la figuración a la abstracción. En el admirable libro Huésped del día, el diario de Ràfols-Casamada, guía insustituible, el artista recoge una frase de su cuaderno de apuntes: "Salvar la luz, pero atacar los colores. Intensidad. No contenerse nunca con el 'que quede bonito'. Llegar a los límites de la desmesura. Por la medida, por el color, por la composicíón".Y en otro momento escribe: "Trabajar el siene, el negro, el azul y el blanco. Apartarse un poco de los colores demasiado 'agradables'. Trabajar el contraste en composición con la armonía o armonizar los contrastes. No tener miedo a equivocarse. La obra se vitaliza con las equivocaciones -si son por exceso-." Esa equivocación es guiada por los sentidos, por el aroma de los materiales, es otra metáfora de la libertad. El gran silencio de la pintura. La sabiduría de un artista.
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Miguel Angel Muñoz (México, 1972). Poeta, historiador y crítico de arte. Es autor de los libros de ensayos: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos; La imaginación del instante. Signos de José Luis Cuevas; Ricardo Martínez: una poética de la figura. Además de los libros de poesía: Gravitaciones, El abaco de los laberintos, Ritual de signos, Líneas paralelas. Es director de la revista literaria de México Tinta Seca. Contato: miguelangelmunoz@prodigy.net.mx. Página ilustrada com obras de Albert Ràfols-Casamada (Espanha). |
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