Agulha - Revista de Cultura

revista de cultura # 23 - fortaleza, são paulo - abril de 2002

Agulha - Revista de Cultura






 

Desnudar la realidad, construir el futuro

Tomás Saraví

Tomás Saraví1. Un panorama sombrío

Vivimos tiempos paradójicos. El futuro está entre nosotros y no sabemos verlo. El pasado se descompone ante nuestra vista y no nos damos cuenta. ¿Acaso hemos perdido los últimos vestigios de nuestra capacidad analítica? ¿Qué fue de aquella increíble vitalidad que en diversos momentos de la historia animaba la rebelión contra sucesivas etapas de un orden constituido que, con diversos ropajes, encubre siempre la prepotencia y la injusticia?

La paradoja mayor: al tiempo que se multiplican las posibilidades de difusión del pensamiento, pareciera que nuestros cerebros están atenazados. Crece el número de quienes pasean por las autopistas de la información, pero los mensajes más simples, más auténticos, aquellos que deberían denunciar el injusto orden imperante, se hacen esperar.

La situación de las bolsas, de los mercados, de los bonos, de las tasas de interés, de los falaces empréstitos, ocupan la atención de los sistemas informativos. Predomina la falsa conciencia. El odio a la ideología se ha convertido en odio al ser humano. Un intelectual colonizado puede decir, sin titubear, al pasar revista a los logros de la corriente dominante: "El consumidor, o sea el verdadero ser humano" y repetir la frase cuatro o cinco líneas después, para que no quepa duda de que lo dice con energía, con encono.

Los sucesos que a partir de 1989, como año clave, transformaron la marcha del "socialismo real" en la Unión Soviética y en los países del este europeo, y que quebraron la bipolaridad, parecieron abrir el cauce a una ofensiva desbordante. La caída de aquellos regímenes y la destrucción del muro de Berlín parecieron señalar el comienzo de una nueva época, caracterizada por un acelerado proceso de ajustes pretendidamente estructurales que no fueron sino el canto de batalla de los grandes capitales por apoderarse de un mundo asombrado y sin capacidad autodefensiva. Porque -y ésa es otra de las paradojas de hoy-, sin mantener relaciones económicas, políticas o culturales con las sociedades conmovidas por los hechos acontecidos a partir del 89, muchos de nuestros países y, más concretamente, buena parte de los sectores populares, comenzaron a pagar el duro precio de una derrota que nada tenía que ver con ellos.

A tal extremo ha llegado la situación de desconcierto y pérdida de valores que actualmente, en el escenario latinoamericano, cuando algunos regímenes aplican torniquete, privatizan a mansalva (sin tener en cuenta normas fundamentales del orden jurídico), proceden a inhumanos despidos masivos de la noche a la mañana e instauran climas autoritarios, muchos antiguos "progresistas" parecen aplaudirlos -por acción u omisión-, so pretexto de que los gobiernos populistas del continente no hicieron a su tiempo los cambios necesarios y no queda ahora otra alternativa que seguir la ola victoriosa de los organismos financieros internacionales que apadrinan el actual estado de cosas.

En ese panorama sombrío, ¿qué papel corresponde al periodismo, a los medios de comunicación? ¿Cómo deben los periodistas encauzar su derecho a la información? ¿Deben continuar reflejando el pensamiento falaz de las usinas de la comunicación y las centrales de inteligencia o, como un sector más del pueblo, deben contribuir con su pensamiento claro, su actitud crítica, su denuncia oportuna, a la gestación de una sociedad diferente?

2. Los temas ignorados

Ya en la selección de los temas elegidos por el periodismo se advierten los síntomas de decadencia. Las notas, los comentarios, las entrevistas se detienen en los bordes del cráter. Raras veces se profundiza en las causas reales de la pobreza extrema que hoy se acrecienta en nuestros países. En pocas oportunidades se analiza, por ejemplo, cómo fuerzas motivadas por el afán de lucro destrozan una región, una comunidad, se apoderan de fincas y lotes merced a complejos enjuagues en los que, incluso, se llega a la falsificación de títulos de propiedad. Se cierran escuelas, dispensarios, se persigue política o policialmente a los rebeldes. En esa estrategia de tierra arrasada, las víctimas del despojo no logran establecer alianzas con el resto de la sociedad. Sus legítimos representantes miran hacia otro lado; una vez elegidos, se convierten en estatuas de piedra.

Pocas veces vemos en nuestros medios de comunicación análisis inteligentes sobre quiénes son los dueños de las tierras, de las grandes industrias, los responsables de la actividad exportadora, de las importaciones suntuarias, cuál es la composición de los capitales en sectores vitales de la economía. Abunda la información bidimensional sobre los movimientos de la bolsa, sobre los montos de negocios, pero no existe un tratamiento sistemático de ese mundo multifacético y decisivo para la marcha de la sociedad.

Una de las consecuencias de los acontecimientos del 89 y años subsiguientes ha sido la paralización -salvo honrosas excepciones- de aquellos enfoques globales y al mismo tiempo profundos que eran habituales en etapas anteriores. Una parte de la izquierda tradicional pareció tomarse al pie de la letra los hechos acontecidos en otras latitudes, con lo cual, en buena medida, pareció confirmarse la agorera prédica de los "anticomunistas" profesionales. Lo grave, en todo caso, no es que hayan tenido razón los enemigos de la nomenklatura, sino que hayan comenzado a desvanecerse algunos de los sueños, proyectos y utopías que florecían en el campo del pueblo.

El eclipse de esos sueños no ha sido total. De acuerdo con la constante histórica, los "condenados de la tierra" procuran su recuperación. En toda América Latina se detectan síntomas positivos; sólo eso, síntomas, pero no olvidemos que en el ejército de desocupados (cuya existencia otrora regocijaba al capitalismo salvaje y hoy le preocupa sobremanera, como se trasluce en los mea culpas del Banco Mundial) coexisten cuadros políticos, sindicales y culturales que permiten aún confiar en un cambio de situación.

¿En qué medida los periodistas se ubican en uno u otro campo? ¿En qué medida influyen en la estrategia de los medios en los cuales trabajan? ¿Es posible que hayan mecanizado su producción -y sus vidas- nada menos que los productores o difusores de noticias? Como trabajadores intelectuales, ¿cuál es su participación en las actuales polémicas en torno a la muerte de las ideologías, el fin de la historia y el innegable predominio de la ofensiva neoliberal? Y si esas polémicas no son lo suficientemente difundidas, si la gran discusión no estalla en el campo de las ideas con la suficiente fuerza, ¿qué responsabilidad corresponde a los trabajadores de la prensa?

Max Jiménez3. Los periodistas en la encrucijada

Frente a la actual crisis internacional, que se manifiesta en las situaciones bélicas, en el acelerado proceso de acumulación de las riquezas y la correspondiente pauperización de los pueblos, en el ablandamiento de las escalas de valores y en el no saber qué hacer de la gente sometida a esa situación, seria válido preguntarse qué deberían hacer los sindicalistas, los políticos rescatables, los escritores, los artistas, los líderes populares del campo y la ciudad. Voluntariamente hemos sesgado nuestro interrogante aquí sobre un sector concreto, el de los trabajadores de los medios de comunicación. Ellos no son, naturalmente, responsables de la crisis, aunque pueden hacer mucho para que los demás sectores y grupos sociales cuenten con elementos de información y análisis que les permitan establecer sus cuadros de situación.

Existe, en las redacciones, estudios de radio y televisión y, en general, en toda la industria de la comunicación, un malentendido básico: la creencia de que el indudable peso patronal y el control ideológico de los propietarios y directores impide la verdadera libertad de expresión. Se genera así, un proceso de autocensura que muchas veces imita con el cinismo y la apatía. Los que detentan el poder de los grandes medios tienen, en general, estrechos lazos con determinados sectores económicos y doctrinarios. En cada uno de nuestros países puede diseñarse la radiografía de los medios, sus vínculos financieros y políticos, su grado de adhesión a determinadas cosmovisiones. Eso es innegable. Sin embargo, ese "techo" ideológico no puede coartar totalmente al periodista.

El trabajador de prensa es un ciudadano libre, un ser humano que puede aspirar a la plenitud de sus derechos, de sus posibilidades. Quizás un ejemplo puede ilustrar esa afirmación: en las décadas de los cincuenta y los sesenta, el periodista Gregorio Selser trabajó en el diario La Prensa, quizás el medio más conservador de la Argentina. Simultáneamente, Selser cimentó su notable labor como analista político latinoamericano y, sin pelos en la lengua, desnudó durante casi tres décadas situaciones de injusticia y despotismo en todo el continente, en innumerables medios informativos y casi 50 libros.

Otro ejemplo, esta vez costarricense: a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, un infatigable defensor de los recursos naturales, Arturo Trejos Núñez, a la sazón con más de 65 años, estudió la carrera de periodismo para que nadie le impidiera llevar plenamente su lucha a los medios de comunicación. Más de cien ensayos, artículos y entrevistas salieron de la pluma de ese ejemplar ingeniero forestal, antes y después de su graduación como periodista.

Los periodistas, como mujeres y hombres libres, no pueden sucumbir frente a las presiones que reciben. En caso extremo, les queda la posibilidad de colaborar en otros muy diversos medios, preparar cada mensuales propias y, en el contexto de la actual ola informativa electrónica, introducir sus mensajes en Internet y otras redes similares.

Todo ello supone, claro está, un esfuerzo mucho mayor para el sano ejercicio de su profesión. En tal sentido, los periodistas no deben perder de vista las posibilidades que ofrece la prensa alternativa, la prensa popular, ya sea en una perspectiva profesional o en el plano de su contribución personal a la lucha de los pueblos.

4. Un símbolo ilustre: El Repertorio Americano de Joaquín García Monge

Eran otros tiempos. Sin embargo, en medio de los corsi y ricorsi de la historia, hay una constante de lucha intelectual. Por eso, conviene tener muy presente la tarea que, desde Costa Rica, cumplió Joaquín García Monge para toda América Latina. Lo suyo fue una constelación de empresas culturales: Colección Ariel, Ediciones Sarmiento, El Convivio, la Biblioteca de Autores Centroamericanos, la Biblioteca del Repertorio Americano.

Entre setiembre de 1919 y mayo de 1958, publicó García Monge 1185 números de su revista Repertorio Americano. Como ha recordado su hijo, "la empresa editorial de García Monge no fue un negocio periodístico; si acaso, recibió alguna vez encargo de suscripciones para maestros. Se acogió a franquicia postal, por ley. Siempre estuvo en deuda con sus impresoras, pero mediante una estricta economía en gastos generales, pudo terminar con una deuda mínima, que fue condonada por su último impresor, el señor José Borrasé".

El propio don Joaquín señaló alguna vez: "Yo tengo que hacerlo todo: escojo el material, corrijo las pruebas de imprenta, rotulo los paquetes, llevo la contabilidad y la correspondencia. No tengo secretario auxiliar". Con esa precariedad de medios irradió García Monge su mensaje a América y el mundo, con la colaboración de los escritores más progresistas de la época. Eran otros tiempos, por cierto, pero la constante histórica es siempre la misma. No hay excusas que impidan la libre expresión de ideas y posiciones. Si don Joaquín viviera, muy posiblemente estaría lanzando sus mensajes por medio del World Wide Web de Internet.

Max Jiménez5. La era de la vulgarización

Si retrocediéramos, por un momento, cuarenta años, si nos trasladáramos en la máquina del tiempo a la década de los sesenta, no parecería estar en otro planeta: apenas terminada la etapa de independencia de decenas de países del Tercer Mundo, el Movimiento de Países No Alineados planteaba disyuntivas de liberación; los populismos, con todas sus limitaciones, propugnaban la justicia social, las nacionalizaciones, el respeto a la soberanía; imperaban otros símbolos, otro lenguaje; Sartre, clandestino en su propia patria, trabajaba para la Revolución Argelina; también en Francia, el movimiento estructuralista gestaba nuevas líneas, nuevas ideas en la antropología, el psicoanálisis, la lingüística, la filosofía, con todas sus racionalizaciones pero también con todas sus aperturas en ideas y métodos; en América Latina surgía el boom literario posterior a Cien Años de Soledad; aún se discutía en torno a la defensa de los recursos naturales; el concepto de antiimperialismo todavía tenía sentido; se generaban expectativas democráticas en nuestro continente, asolado siempre por el militarismo; el 68 parecía prometer, en diversas latitudes, la insurrección y el cambio, se manejaban conceptos como "el pillaje del Tercer Mundo", "el hombre unidimensional", "la transición a la economía socialista", "pedagogía del oprimido", títulos de obras que circulaban y se discutían en ámbitos de pensamiento y militancia; las nuevas "lecturas" de Marx encendían el entusiasmo de las jóvenes generaciones.

Puede decirse cualquier cosa de aquel momento "iluminista", de aquellas propuestas que desembocaron en exageradas posiciones foquistas. Lo que no puede decirse es que se carecía de pasión o de entusiasmo, de capacidad de entrega, de voluntarismo, en fin.

Cuarenta años después, parece que hubiéramos retrocedido siglos. La revolución tecnológica, las movidas financieras a escala planetaria, la soberbia de los grupos dominantes, la total insensibilidad ante los dramas sociales, adquieren características de ciencia ficción. Las cifras de organismos internacionales como FIDA revelan, por ejemplo, que la pobreza rural en el país que fue tumba del Che alcanza al 98%. Casi no podemos creerlo; revisamos diversas ediciones y versiones del informe: ésa es la cifra y ésa es a realidad. Los comentarios huelgan.

En ese contexto, es natural que un baño de escepticismo diluya esperanzas de los sectores populares, de los sectores medios. Las sociedades del 20%, de la quinta parte de nuestros países, que giran en torno a los acumuladores del poder y la riqueza, o sea los monarcas rodeados por sus séquitos de servicios financieros, del manejo de exportaciones e importaciones, de succión, de aprovechamiento, de exacciones en suma, sobreviven en recintos blindados.

En medio de ese panorama, ¿cómo puede el periodismo continuar invencible su marcha? Buena parte de esa profesión no atina a desprenderse de tareas cosméticas, maquillaje de una realidad dura y violenta. ¿Cómo continuar, en ese concepto de latrocinio institucionalizado, los análisis de la partidocracia, de los tics y esguinces de las marionetas que responden a transnacionales y a grupos de presión e interés?

Como los demás sectores sociales y gremios abrumados por la densidad de la situación y por acontecimientos tan acelerados, los trabajadores de prensa deben recurrir al autoanálisis, a la autocrítica, a la elaboración de una nueva agenda vital. Al compromiso, en síntesis, con ese 80%, con esas cuatro partes de la población del planeta que carece, en buena medida, de instrumentos de análisis, de herramientas sociales.

6. Un nuevo análisis de la realidad

Alguien dirá: ¿quién fija esas tareas, quien determina esas responsabilidades? La respuesta es por demás sencilla: surgen de un análisis de la realidad hecho sin anteojeras, sin trampas; de una lectura de la historia que supere las pamplinas de los economistas del sistema, de los sociólogos del orden constituido, de los hechiceros de la muerte de las ideologías, del fin de la historia, de la sacralización del mercado.

En el caso del periodismo, todo parece indicar que sus energías se vuelcan sobre las personas equivocadas, sobre situaciones falsas. Se refuerzan las posibilidades de difusión de los Chicago Boys, se gira en torno a los mismos temas; no se recurre a los críticos de ese estado de cosas, a quienes manejan diferentes métodos de análisis científico, a quienes, modestamente, preconizan nuevos caminos, alternativos, opiniones inéditas. Las tecnologías apropiadas, el recurso a salidas económicas o sociales descubiertas en el campo del pueblo parecen no interesar a los periodistas "estrella".

En todas las épocas, los sistemas de dominación cuentan con sus propios pensadores, con sus difusores. También el pueblo tiene sus pensadores, sus científicos, sus técnicos, sus divulgadores. Si bien no resulta fácil romper los cercos informativos, quienquiera que desee nutrirse de información sana, puede hacerlo en el campo de la prensa popular, del periodismo alternativo.

Quienes lloran y se lamentan por la ausencia de medios independientes posiblemente no hacen demasiados esfuerzos por buscarlos. Muchas veces están allí, a la vuelta de la esquina, en ciertas librerías, en algunos puestos de publicaciones, en sindicatos, en grupos intelectuales. Algunos comunicólogos menosprecian a esos medios si carecen de sistemas eficaces de difusión; algunas veces sus críticas son certeras. En el campo del pueblo las cosas no funcionan tan bien como en el establishment. Sin embargo, los medios independientes existen. Aguardan que lleguemos a ellos y a sus grupos de productores intelectuales, muchas veces organizaciones populares que no saben "venderse" o que asumen responsabilidades que desbordan a sus militantes. Pese a la visión tan despiadada de los comunicólogos mencionados, el circuito informativo popular existe, y justamente a ellos corresponde valorarlo y difundirlo.

Los análisis económicos, políticos, sociales y culturales de algunos de esos medios (porque los hay buenos, regulares y malos, mejores y peores, como sucede en el periodismo netamente comercial) son muchas veces excepcionales barómetros para transitar en ese intrincado panorama actual. O sea, debemos superar actitudes adánicas y tranquilizarnos: si bien el proceso de vulgarización, de desinformación, de desorden y vacío mental es indudable, tampoco estamos en una isla desierta. Quizás, eso si, corresponda a este periodismo valiente pagar algunos gritos más fuertes. Pero está allí; debemos reconocerlo y respetarlo.

Max Jiménez7. La máquina de escribir, instrumento de combate

No es necesario vivir en la época de la Revolución Francesa, ni en medio de los acontecimientos de la independencia latinoamericana, ni el simbólico año 1968, para atreverse a desnudar la realidad y construir el futuro.

Nuestros puntos de vista y una apreciación certera de lo que sucede en el mundo son fundamentales. Las perspectivas equivocadas pueden resultar fatales para nuestra percepción de la estructura social y económica. Claro está que no podemos elegir fácilmente nuestros principios, así como no podemos revestirnos de una ideología determinada de la noche a la mañana. Se trata, en rigor, de un largo y complejo proceso, en el transcurso del cual es preciso pasar por innumerables experiencias. No podemos "inventarnos" una postura ideológica sin entremezclarnos con muy diversos aspectos y niveles de lo que sucede a nuestro alrededor.

En cualquier caso, podemos "observar" el mundo desde el punto de vista del poder, de la partidocracia, de la empresa privada (el enfoque de moda), o bien desde la perspectiva de los sumergidos, de los condenados. Cada vez más, esta última actitud es desechada por los bienpensantes. En la separación de los seres humanos según el esquema 20% de salvados y 80% de hundidos, resulta de mal gusto manifestar cualquier clase de preocupación por estos últimos.

Eso queda claro, en el caso de los periodistas y, en general, de los intelectuales, en la selección de los temas y, lo que es más importante, en la profundidad con que esos temas son tratados. Cuando la sociedad se ve sacudida, por ejemplo, por olas de suicidios (incluidos los de niños y jóvenes). La tarea no termina en dar cuenta de esos sucesos con más o menos detalles y alguna interpretación sacada de la galera. En cada uno de esos casos, la investigación comienza en el momento en que el hecho se produce: es casi necesario trabajar en una historia de vida, en una investigación del contexto familiar y social, en la comparación de las informaciones recogidas en diversos episodios similares. Es preciso recrear una trama de gran complejidad, si se desea llegar a conclusiones que iluminen esos oscuros aspectos de la vida social.

La vida cotidiana en las fábricas, la jornada de una familia rural, las vicisitudes de un sacerdote en su lucha psicológica de cada día, son temas clásicos. La aparición, en 1965, de la obra A sangre fría, de Truman Capote, nos señala, desde el campo literario, las posibilidades (y dificultades) de profundizar en cualquier acontecimiento, como él hizo en esa a clásica entrevista a los asesinos de Kansas. Ya Zola, hace más de un siglo, había incursionado en la investigación social, documentada y vivida, para contextualizar sus novelas. En nuestros días, investigaciones como las de Rodolfo Walsh y Horacio Verbitsky revelan la trama escondida de hechos de genocidio, negociados y otros aspectos tenebrosos de militares y gobernantes sin escrúpulos.

No hay distancia entre literatura y periodismo, como demuestran los autores citados. La suya es siempre una investigación sobre los valores de una sociedad, los claroscuros en que la realidad se desenvuelve.

Armado con una máquina de escribir o un lap top el periodista puede enfrentar los casos más intrincados, puede llevar adelante las más notables investigaciones. Todo depende del punto de vista que haya asumido, de los métodos utilizados y, naturalmente, de su coraje.

Tomás Saraví. Escritor y periodista argentino radicado en Costa Rica Desde 1979. Su novela Flores para el lobo (Editorial Sesmay, Madrid) se encuentra en proceso de segunda edición (Ediciones Andrómeda). Primer premio Primavera de los poetas, de la embajada de España (1999). Es editor en algunos organismos nacionales e internacionales. Durante diez años ha dictado cursos en la UCR, en especial sobre política latinoamericana. Colaborador de la revista Matérika, San José. Fotografia de Tomás Saraví: Alfonso Peña. Página ilustrada com obras do artista Max Jiménez (Costa Rica).

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Collage, Floriano Martins

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