|
revista de cultura # 23 - fortaleza, são paulo - abril de 2002 |
|
La poesía de José Ángel Valente: lugar del canto, lugar de nadie, lugar común Américo Ferrari Los lugares son terribles La poesía de José Ángel Valente -ahora que la muerte ha emancipado
del tiempo sucesivo la obra in progress del escritor, ese movimiento de la mano que
escribe y escribe- prosigue otra vida y otro movimiento en los lectores sin número ni
nombre que, de generación en generación y de tierra en tierra, van a transitar por el
lugar o los lugares de este canto, a vivir y demorar en el, van a vivir de él: más y
mejor seguramente que en la obra de tantos otros autores que habrán comentado en sus
versos la actualidad del siglo ya acabado: digo más y mejor porque la universalidad que
marca la poesía de Valente, su aproximación a la razón del mito y su denunciación de
la sinrazón de la historia y su barbarie, su barbaridad, arraigan en el sentido de una
temporalidad transcendente donde lo "actual" y lo "presente "
invierten sus signos, así que San Juan de la Cruz o Quevedo resultan más actuales y el
lugar de don Quijote está más presente que los personajes y los sitios de la llamada
actualidad. A este propósito Charles Peguy ha dicho en un escrito que cuando lee el
periódico de ayer lo que éste dice le parece ya inactual, mientras que unas páginas de
la Divina Comedia son siempre actuales; pero por ello mismo el poeta Valente va a fijar a
lo largo de su obra una mirada sin concesiones, dura y negativa, en eso que se suele
llamar con un estereotipo léxico
"el-momento-histórico-que-nos-ha-tocado-vivir":
En el "momento histórico" y más acá y más allá de todo momento histórico el lugar, el canto y la presencia de un dios del lugar, tácitos o explícitamente nombrados, se asocian por numerosos vínculos en la obra del poeta gallego. Ya en la cuarta sección del libro Poemas a Lázaro (1955-1960) aparece un poema, "Sobre el lugar del canto", donde, situándose en el plano de la historia (la Historia innegable, implacable, indefendible asedia al poeta), Valente contrasta el momento histórico que vivimos en un hoy de desolación, mentira y desposesión de la casa del hombre ("La palabra que nace sin destino / La sangre que no siembra más que sangre / El pan desposeído de la casa del hombre"), con el lugar tal como fue un día, en un tiempo imaginado hondo y fecundo: "Esta es la hora, este es el tiempo / -hijo soy de esta historia- / este es el lugar que un día / fue solar prodigioso de una casa más grande": como si el dios del lugar hubiera abandonado el lugar del canto y el poeta de hoy cargara con la misión de hacerlo volver a sus lares o buscarle otros lares en otro tiempo que nuestro tiempo de miseria; o como si otro dios, un dios maligno, hubiera invadido el lugar o lo frecuentara para sembrar en él desolación y muerte. Estos dioses, buenos o malos, nombrados o no, visitan asiduamente los poemas de la obra: musas oscuras que asedian al poeta "en tiempo de mentira y de infidelidad", como reza un texto de La memoria y los signos (1960-1965). De desolación y muerte es la atmósfera que se respira en muchos poemas de Al dios del lugar (1989), título de uno de los libros de la madurez, que lleva por epígrafe dos versos de Ezra Pound: "Tiene un dios en él / aunque yo no sé qué dios". Un dios malo, a juzgar por el ánimo deprimido y la angustia que impregna estos poemas donde, después del título, la palabra lugar aparece una sola vez y para evocar un "lugar de destrucción": "humus de la muerte", "recubierto por otra primavera", lluvias oscuras que han sumergido la boca de la noche, "Cielo rasante / Pájaros / Ceniza. / Ciega, rota imagen borrada, indescifrable, extinta." Ya el primer poema del libro anuncia la atmósfera en una especie de oscura eucaristía: El vino tenía el vago color de la ceniza.
BORRARSE. Sólo en la ausencia de todo
signo De ahí quizá esa aspiración al silencio, esa necesidad de borrarnos: vacío del sentido y del sonido que hay en una buena parte de la mejor poesía moderna y que unos poetas llenan dejando de escribir, mientras que otros, en un esfuerzo que sin la menor ironía podríamos llamar heroico, lo hacen escribiendo tercamente en signos oscuros la necesidad de borrar los signos y a quien los escribe: el amanuense del dios y su mano. Valente, en todo caso, optó por seguir grabando en palabras la aspiración al silencio: Palabra Rama Vuelo Luz, Este poema de Material memoria, "Palabra", dedicado a María Zambrano, es seguramente el mejor ejemplo de cómo un poeta elude la tentación del silencio, que puede ser a veces una manera de abandonarse con elegancia a la facilidad del cansancio o de la indiferencia, diciendo lo que es casi un no decir, mostrando al borde mismo del silencio, ya en los arcanos del silencio, la palabra inane haciéndose desnudez, transparencia, vacío, nada: "cosa para andar en lo oculto", cosa de poesía y nada más. Y nada, y más A este respecto ha dicho Valente en "Cinco fragmentos para Antoni Tàpies" en Material memoria: "Mucha poesía ha sentido la tentación del silencio. Porque el poema tiende por naturaleza al silencio. O lo contiene como materia natural. Poética: arte de la composición del silencio. Un poema no existe si no se oye, antes que su palabra, su silencio".
El lugar donde se posa el dios parece confundirse con el lugar del canto en la poesía de Valente y tal lugar puede ser cualquier lugar, un lugar común en el sentido lato y también preciso de la palabra, por ejemplo una ciudad cualquiera, Madrid o Ginebra o París o Almería, o bien, en esta poesía de la desnudez y del vacío, un desierto. Y precisamente es eso, un desierto lo que aparece de golpe en los primeros versos del primer poema del primer libro del poeta: "Cruzo un desierto y su secreta / desolación sin nombre". Andrés Sánchez Robayna [1] nota que el desierto reaparece también al fin de la obra poética de Valente, en Nadie (1996) ("Estábamos en un desierto confrontados con nuestra propia imagen que no reconociéramos"); y reaparecerá también en otros textos. La imagen de la travesía del desierto o el hacer alto en un desierto, figura mejor que nada la desnudez, la soledad, esa fijación en la nada de la palabra poética y al mismo tiempo, pienso, la redención de la palabra por la ascesis o, como dice Sánchez Robayna en el texto citado: "La idea del desierto como espacio de soledad o desolación al que nos ha conducido la historia se funde con el simbolismo del desierto como espacio de reflexión y de expiación del ser". Pero también como apertura a la palabra poética, como espacio nulo que nos abre al silencio. En Variaciones sobre el pájaro y la red, comentando al antiguo poeta árabe Hussein Mansur al-Hallâj, dice Valente que "la palabra poética sólo se cumple o se sustancia en ese borde extremo del silencio último que ella integra y en el que ella se disuelve. No tiene esa palabra más territorio propio que el descrito en esta bellísima espresión de Hallâj Los desiertos de la proximidad. Palabra, pues, del límite, del borde o de la inminencia, la palabra poética no es propiamente el lugar de un decir sino de un aparecer": El poema es un lugar y un no lugar, lugar desierto, lugar sin lugar donde la palabra es signo de lo indecible, no discurso; y, unas páginas más adelante, en un texto, "La memoria del fuego", que es un comentario al gran poeta egipcio Edmond Jabès, Valente cita a éste: "El silencio es más que una práctica del silencio y de la escucha. Es apertura eterna. La apertura de toda escritura que el escritor tiene por misión de preservar -apertura de toda apertura". Y ahora la conclusión es que la palabra poética no tiene lugar: "No tiene, en rigor, lugar, porque su lugar es el desierto": lugar deslugarado que es sólo apertura, abertura, no-lugar del espejismo y la imagen que imagina nada. Por otra parte, es de notar la atracción que parece haber ejercido sobre el poeta no ya la idea o la visión poética del desierto sino quizá también la evidente presencia del desierto de Almería: en cierto modo el revés de los verdes paisajes de su niñez en Galicia, su lugar natal. Y es como si el no lugar que es el desierto nos devolviera al lugar. He citado en otro trabajo [2] a María Zambrano, quien, hablando de Lezama Lima, dice que era radicalmente un lugareño de La Habana, como Santo Tomás lo era de Aquino; pero Lezama, a quien Valente tanto quería y admiraba, no se movió nunca de su lugar mientras que la vida del poeta gallego fue un largo periplo que lo llevó de su Galicia natal a Madrid, a Oxford, a Ginebra, a París y finalmente a Almería con un regreso a Orense pero sobre todo con un regreso poético a la lengua nativa en las Cántigas de alén: vuelta por el camino del poema al lugar natal (que puede aparecer también en la obra como no lugar o como un lugar de "más allá": "Nací en ninguna parte. O no nací".( ) "Dónde. Allende. Tierra de allende, nuestra tierra"): Escoita, mai, voltei.
Hay un lugar que yo me sé Es seguro que el poeta José Ángel Valente, como el poeta César Vallejo, se sabía ese lugar y nunca dejó de verlo. Está figurado, figurándose, a lo largo de toda su obra, desde el desierto del primer poema al desierto de sus últimos textos: travesía infatigable hasta ese punto terminal del desierto donde el poeta ya no está sino en la luz de la noche y tal como en sí mismo la eternidad lo cambia: en el sin lugar, en la otra orilla; y somos ahora nosotros, sus lectores, sus amigos en la poesía, quienes recomenzamos la travesía siguiendo la huella de sus versos hacia el lugar del canto, el lugar de nadie, el lugar común. Desde esta orilla, gracias, José Ángel, por esa huella. NOTAS |
Américo Ferrari (Peru, 1929). Poeta, ensaísta e tradutor. Autor de livros como Los Sonidos del Silencio. Poetas peruanos en el siglo XX (1990), La Fiesta de los Locos (1991) e El bosque y sus caminos (1993). Notável estudioso da obra de César Vallejo e José María Eguren. Contato: americoferrari@hotmail.com. Página ilustrada com obras do artista Max Jiménez (Costa Rica). |
retorno à capa desta edição |
visite também a banda hispânica (jornal de poesia) |