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revista de cultura # 25 - fortaleza, são paulo - junho de 2002 |
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Josep Brodsky, todavía no mármol Lauren Mendinueta
Italia es un sueño que sigue
repitiéndose Anna Ajmàtova Tomé el tren a las nueve y treinta, en una de las noches más
frías del otoño de Viena. Traía la maleta de mi abuela Mercedes, mi London Fog, un
ejemplar de Marca de Agua de Joseph Brodsky, dedicado para mí por Álvaro Rodríguez
Torres, y un par de botas negras. Cómo definir lo que sentía, ese tren que tomaba iba a
Venecia. Y aunque el tren marchaba hacia delante en el tiempo, gastando las últimas horas
de octubre de 2001, también retrocedía hasta 1991 cuando desee por primera vez visitar
el puerto sobre el Adriático. Esa noche, superpuestos la marcha del tren y mi recuerdo,
no viajaba, permanecía frente a la realización de mi deseo. La noche colaboraba a mis
sensaciones simulando la nada. El tren se internaba en un túnel que me llevaba sin
escalas de Viena a Venecia, de Barranquilla a Venecia. Así, sin tiempo ni espacio, abrí
el libro de Brodsky.
En el invierno de 1972 yo era un alma sin peso y Joseph Brodsky llegaba por primera vez a Venecia, acompañado de su maleta y vestido en su propia London Fog. Ambos nos dirigimos a una cafetería; ambos, Brodsky y yo, esperábamos a una veneciana; ambas venecianas llegarían retrasadas, y en el espacio de nuestra espera percibíamos la marca imborrable de Venecia. De Venecia lo primero que uno siente es su olor. El mar se le viene a uno de golpe y lo sacude. Para mí, su olor es el de la lluvia sobre el mar, el del agua marina mojada por el agua celeste. La vista, que es avasalladora, porque aminora con su fuerza la percepción de nuestros otros sentidos, no interviene mayormente si uno llega en tren a Venecia. La estación de Venecia tiene el encanto de lo bien conservado, y si no encontráramos, tan pronto nos bajamos del tren, la Mc en rojo y amarillo nos parecería estar llegando a una estación del siglo XVIII. Desde la estación del tren uno no ve a Venecia si, como el poeta ruso, llega en invierno y de noche. Tampoco verá la ciudad si es otoño y amanece envuelta en una espesa bruma.
Brodsky volvió todos los inviernos con dos o tres excepciones debidas a ataques cardiacos propios o ajenos. La muerte, que con frecuencia nos impide los retornos, le devolvió para siempre a la ciudad. San Michele es el nombre de la isla cementerio de Venecia, allí fui con Silvia para visitarlo. Mi viaje a San Michele no empezó esa mañana del 31 de octubre; había empezado unos meses atrás cuando el poeta Alvaro Rodriguez Torres descubrió que Joseph Brodsky había sido enterrado en Venecia. Él, que tal vez lo escuchó en la radio, y sabía de mi amistad con la poeta veneciana, me envió el dato por email. Yo, a mi vez, le escribí a Silvia Favaretto contándole de nuestra gran admiración por el poeta ruso, y le pedía visitara la tumba llevándole una flor blanca. Para nosotros simbolizaba un homenaje no sólo a Brodsky sino también a Anna Ajmátova, nuestra amada Anna, y en ellos a toda la poesía rusa. Bogotá- Barranquilla, Barranquilla, Venecia, el homenaje incluiría una ciudad más, un poeta más. Silvia me respondió que aunque ella lo ignoraba pronto descubriría en qué isla se encontraban reposados los despojos del poeta ruso, y, por supuesto, prometía llevar la flor. Transferida la respuesta vía email a Bogotá, Alvaro Rodríguez le escribió al poeta Jorge Bustamante en México contándole de nuestra»intriga internacional». Con Bustamante en Morelia, mejor que con nadie, se completaba nuestro arrojado homenaje. Jorge vivió en Rusia y es uno de los mejores traductores de la poesía rusa al español. Blok, Ajmátova, Sologub, Mandelstan y otros grandes poetas le deben bellísimas traducciones. Pero sobre todo yo, que no leo en ruso, le debo a Bustamante mis primeros acercamientos a esa maravillosa poesía de alma triste.
Pero, ¿cómo encontraríamos la tumba de Brodsky? Desembarcamos en una isla casi sobre poblada y sin dirección. Una isla bellísima adornada por lápidas de mármol, bóvedas que ostentan nombres de duques, marqueses y marquesas, bellísimos ángeles y vírgenes que osaron mirar hacia atrás y en sus rostros quedó detenida para siempre la tristeza, paredes con largas inscripciones en latín que hablan al unísono de la furia de Dios y su misericordia. Belleza y silencio. Nos deslizamos entre árboles apenas vestidos de hojas, caminos cada vez más solitarios. A veces nos deteníamos frente a la tumba de un hermoso adolescente, los italianos adornan sus tumbas con fotografías estampadas en porcelana. Una hermosa música se escucha El poema de Anna Ajmátova, la traducción de Bustamante, se me vino a la boca; lo escuché como si de otros labios saliera, como si se completara letra por letra en aquellos difuntos. La isla de san Michele tiene tal encanto que uno podría elegirla como residencia inmediata. Uno podría como el personaje de Thomas Mann, Gustav Aschenbach, sumergirse en la agradable monotonía de la isla y elegir la muerte en Venecia. Después de caminar muchísimo, y casi a orillas de la resignación, nos topamos con una guía, una mujer muy joven. Silvia le preguntó por Brodsky, ella amablemente nos regaló un mapa. Sí, allí estaba la tumba, cuidada y llena de flores, en la lápida su nombre en caracteres latinos y cirílicos y las fechas pertinentes. Sobre la lápida un buen número de conchas marinas, treinta y tres, ¿traídas hasta allí para conmemorar la infancia del poeta a orillas del Báltico?
El acontecimiento más importante de mi infancia fue mi primera comunión. Yo habría querido llevar el cabello largo y ensortijado, en cambio mi cabello era liso y me lo cortaron formando un círculo alrededor de la cabeza. Pero aún así fue el día más feliz de mi infancia. Esa mañana llovió. Llegué a la catedral con mi vestido blanco ribeteado por el negro de las aguas. Frente a la tumba de Brodsky sentí en el aire esa mezcla de nobleza y vigor que se respira ante el monumento de un héroe conocido. Brodsky es la imagen de la serenidad en medio de la desgracia, de la gracia en medio de la tortura. ¿Acaso es posible en nuestro tiempo un heroísmo que no incluya la resignación? Bogotá-Barranquilla, Barranquilla- Venecia, Barranquilla- Bogotá, Bogotá- Morelia, Morelia- Venecia. Alvaro- Lauren, Lauren- Silvia, Lauren- Alvaro, Alvaro -Jorge, Jorge- Silvia, Todos-Brodsky. El mar debajo, fina playa, todavía no mármol. |
Lauren Mendinueta (Colombia, 1977). Publicó Primeros Poemas (1998) y Inventario de Ciudad (1999). En abril de 2002 viajó invitada por la Cámara Colombiana del Libro y el Ministerio de Cultura a la 15ª Feria internacional del Libro en Bogotá, para participar en el evento Presencia de los Escritores del Caribe Colombiano. Actualmente dicta conferencias y talleres de literatura y prepara un libro de ensayos sobre Venecia. Contato: laurenmendinueta@hotmail.com. |