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revista de cultura # 27 - fortaleza, são paulo - agosto de 2002 |
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Los mensajes de la calle: San Pablo y la vida ajena Alfredo Fressia Frente a la puerta de
mi edificio hay siempre un camión lleno de cocos y de muchachos. Cada semana es un
camión distinto y los muchachos, que venden los cocos al por mayor, también son
semanalmente diferentes, de modo que un día le pregunté a uno de ellos qué pasaba, por
qué era así. "Venimos de Pernambuco, vendemos la carga y nos vamos, entonces viene
otro camión de allá." Con otros cocos y otros pernambucanos, se entiende. El
camión está siempre en su lugar, a los muchachos hay que verlos, duermen la siesta sobre
los cocos, indolentes, indiferentes a quienes puedan mirarlos desde los pisos altos. Son
ellos y no son. Imposible identificarlos cada semana.
Es muy diferente el vendedor de cigarrillos, bagayo de Paraguay, que instala su carrito, pintado y adornado, bajo un edificio vecino, uno de los más altos de la ciudad. El edificio da sobre la avenida São João, la calle Aurora, y sobre una tercera, cortita, que se llama Pedro Américo, como el pintor del emperador don Pedro. Se incendió en 1972, murieron 16 personas, y nadie quiso volver a trabajar en ese lugar lleno de malos espíritus. Terminó ocupado por escritorios de la intendencia, no hubo otro remedio. El muchacho de los cigarrillos contrabandeados es de Bitupitá, un pueblo del norte de Ceará. Está contentísimo con su trabajo, sin patrón y con una clientela de calidad, que le compra por cartón, y él además vende encendedores. Los empleados de la intendencia le compran fiado. Es cierto que vive muy lejos y tiene que venir al Centro en tren, pero vale la pena, y espera, un día, alquilar una kitchenette. Es charlatán, y por lo que cuenta, muy romántico. Bajo la parte del edificio que da sobre la avenida, duermen de noche unos treinta, tal vez cuarenta sin techo, gente da rua. Una barbaridad la mugre que hacen, dice el cearense. Y pregunta por qué no van a dormir a los albergues de la intendencia en el barrio de Brás. Pero pregunta por preguntar, o para mostrar que él es limpio y prolijo, como los cartones de cigarrillos paraguayos. Todo el mundo sabe que si no quieren ir es porque les pueden robar los carritos donde juntan papel y latas vacías. Además a los albergues no se puede llegar borracho, y algunos toman. Tampoco se pueden llevar animales, y varios tienen un perro o dos. Hay organizaciones no gubernamentales, de algunas iglesias, y otras laicas, que llevan todas las noches el sopão, la olla popular, para los 10 mil moradores da rua (la cifra es de 2001; en 2000 eran 8.704, según la desconcertante exactitud del censo de ese año, pero se percibe que el número aumenta). En todo caso, no andan apretados en trenes de suburbio como el cearense romántico, ni son todos nordestinos (el 48,4% es de San Pablo y estados vecinos, del Nordeste es el 42,1%, dice el censo). En la otra cuadra, esquina de las calles Aurora con Río Branco, hay dos hoteles "tres estrellas". Se ve que son buenos porque vienen siempre excursiones de catarinenses, familias, gente del sur. Abajo hay un burdel, indisimulable e indisimulado, más bien propagandeado con anuncios de neón. Pero aparentemente la convivencia es pacífica. Y por eso hay siempre dos ciudades, horizontales, en el Centro. Una es la de la calle, la planta baja urbana, muy colorida, llena de olores, frutas en cada esquina, ruidosa. La otra es la de los pisos superiores, más serena, y también más convencional. Los vecinos que vivimos en el Centro, y los que aquí trabajan, disfrutamos de una ciudad altamente equipada, donde jamás falta agua, luz, fibras ópticas, bancos, escuelas, ómnibus y metros, mercados, incluso los de productos importados, agentes policiales que se llaman "comunitarios" porque orientan, protegen y ahora tratan bien a la gente.
Ya a algunas cuadras, la calle del Triunfo, una parte de la calle Aurora (de un mañana imperial, que terminó en república) y la calle Victoria no están invadidas por productos paraguayos, sino por el crack, una cocaína degradada, mezclada con bicarbonato de sodio, que niños y adultos muy pobres fuman en pipas improvisadas. Constituyen el rectángulo llamado "Cracolandia", y allí no hay ciudades horizontales diferentes. Allí la ciudad es una sola y es también la parte más triste del Centro de San Pablo. Son decrépitos caserones invadidos, hoteles paupérrimos, donde se asalta, se mata y se muere por la droga (y se corrompe a la frágil policía de Narcóticos, cuyos agentes, según descubrieron y filmaron secretamente los fiscales judiciales en noviembre de 2001, explotan el tráfico). En esa decena de manzanas, la toponimia triunfal de la masacre expone sombríamente su sarcasmo. A pesar de la reducción del número de habitantes en el Centro (en 2001 eran sólo 60.271 en los distritos República y Sé), las ciudades superpuestas coexisten. Millones de personas pasan y trabajan en el Centro. Se levantan hoteles de "categoría" (y "para ejecutivos", dice la propaganda) junto a lo que resta de los grandes cines, lujosos, que exhiben desde los años cincuenta sus caprichosos motivos arquitectónicos, orientales a veces (el cine Marrocos, por ejemplo, fantasmagórico), y que se han transformado en salas pornográficas "24 horas", especies de refugio para dormir en noches de invierno y para las aventuras de los dark rooms. El cine Metro no, ése ahora es Iglesia Internacional de la Gracia de Dios. Las grandes galerías, de cinco o seis pisos que atraviesan manzanas enteras, tan elegantes hasta los años setenta, tuvieron más suerte: abrigan a los jóvenes rockeros, punks y góticos, con sus casas de discos (sólo rock pesado), sus ropas agresivas y sus piercings. Son una de las partes visibles de otra ciudad superpuesta: la de los jóvenes. Las galerías que dan sobre la plaza Paysandú, un reducto de la cultura negra, con la Iglesia de Nossa Senhora do Rosário dos Homens Pretos y sin estatua del almirante Tamandaré, ofrecen una vista hermosa y bares con perfume de incienso, cerveza y marihuana. Y de vez en cuando ofrecen también peleas, épicas, largamente preparadas, de los punks anarquistas contra los skinheads neonazis, esos pelados, literalmente rapados, que vienen del "ABC", ciudades de la mancha urbana paulista que también tienen nombres de santos: Santo André, São Bernardo do Campo y São Caetano. Y son asesinos: el 6 de febrero de 2000 mataron a palos a un joven homosexual en la Plaza de la República. Una semana después se realizó en la misma plaza un homenaje a ese hombre. Entre los oradores figuraban representantes del movimiento gay y una vieja militante feminista: Marta Suplicy, la actual intendente. Aquellos skinheads están presos. Muchos otros, demasiados, están sueltos, presos a la intolerancia, a su mito de pureza racial y familiar. Ya se sabe, sin mitos no se vive. En San Pablo, por ejemplo, circulan 5 millones de vehículos. Como es intolerable, algunos se refugian en las historias del primero de ellos, el Daimler a vapor de Henrique Santos Dumont, hermano de Alberto, el que inventó el avión (para muchos, otra monstruosidad). Exponen y pasean sus coches antiguos. Se divierten. ¿O el cultivo de esas memorias míticas los ayuda a resistir la contaminación atmosférica? Son también los que saben que el poeta y cura español José de Anchieta fundó San Pablo de Piratininga el 25 de enero de 1554, bajo el signo de Acuario. Subió la Sierra del Mar, le gustó el clima, un poco más fresco que en la playa, y fundó un colegio, del que queda el pátio. Aprendió la lengua indígena para poder enseñar el catecismo. Los indios, que eran buenos y obedientes, se convirtieron, se vistieron y fueron laboriosos.
Del otro lado del Valle de Anhangabaú estaba el otro Centro, unido, o separado por viaductos sobre los jardines del Valle. Volvía a mi Centro con cierto alivio, como se vuelve a casa, con la mirada agarrada al Teatro Municipal, a la Plaza de la República, a la avenida São João. Eso era la realidad. Del otro lado, era el abismo, el naufragio de los mitos de Anchieta, el peligro de la fantasía desierta, el mar que San Pablo no tiene. Muchos poemas nacieron en esos paseos nocturnos, aventuras ajenas a la vida cotidiana y com- partible. No se pueden contar. Uno querría que las ciudades fueran como el camión, los cocos y los pernambucanos de la puerta de mi casa, siempre diferentes y siempre iguales. Que cambiaran los actores, pero no el escenario. Es también un mito, claro, y más aun en la versatilidad de San Pablo. La avenida Paulista, por ejemplo, era odiosa. La proyectó el agrónomo uruguayo Joaquín Eugenio de Lima en 1901. En 1986 publiqué un librito, Destino rua Aurora, donde hablaba con despecho de la Paulista y de esos barrios elegantes que vienen "después", y que se llaman Jardins. El libro se agotó, tuvo una segunda edición, y me llamaron del diario O Estado de São Paulo: querían la autorización para publicar cierta página sobre la avenida. Salió con destaque, un domingo (7 de junio de 1987). Les gustaba porque hablaba mal. Decía cosas así: "Lo contrario del sueño es la Av Paulista. Tan real que ese Av se escribe sin punto, como en ciertas computadoras. Ella amenaza hasta a los que viven en los Jardins: cuando necesitan venir al Centro tienen que pasar por ella. Y ¿qué hacer? ¿Cerrar los ojos? Pero, ¿y el olor? Porque la Av Paulista tiene un olor, aunque sea sutil como el dolor de dientes de una computadora. Para decir la verdad, todo es sutil en la Av Paulista. Las veredas, por ejemplo, son el recuerdo distante de una vereda. Uno camina zigzagueando a causa de los canteros y eso da un leve mareo de dentista. Los bancos para sentarse, redondos y públicos, no son para sentarse en ellos. Sirven sólo en caso de accidente (es por eso que siempre están lejos de las paradas de ómnibus). El Parque Trianon, ah, él, que era tan bello, ahora inaugura su declive hacia los Jardins con una reja. Y el colmo de la sutileza: la Av es curva. Ligeramente, claro. No se le puede ver el comienzo ni el fin. Es que no tiene comienzo ni fin. Es la repetición de sí misma como una grabación. ¿O tal vez no sea apropiado hablar de grabación? La Av Paulista no tiene voz. Fue un grito prolongado y enmudeció. Es el vacío entre dos palabras. ¿Cruzar la Av Paulista es cosa mágica? ¿O tal vez nunca se cruce? Nadie va a la Av Paulista; todos pasan. Y es un pasar sin consecuencias. Es gratuito como el cálculo perdido en la memoria de un banco -pero no perdido por distracción del funcionario: es que el aparato se quedó sin tinta-. Eres ineficiente, tú, Avenida de la eficacia. No es que ella cometa errores -jamás: su ineficiencia está en que ella llega siempre en mal momento-. En la plaza Osvaldo Cruz hay un lustrador de zapatos con un asiento de cármica blanca y plástico verde. Le pregunté por qué la butaca era así, y él no me contestó. Puso cara de quien tiene prisa y no quiere ser molestado. Naturalmente que nadie lustra los zapatos en la plaza Osvaldo Cruz.
Hoy la pintura de ese "deslugar" me suena bastante falsa. La Paulista está demasiado cerca del Centro para no haber sufrido su influencia. Su "planta baja" se llenó de vendedores ambulantes nordestinos, que sabidamente son los que traen más alegría a la ciudad, los cines de la región se volvieron más accesibles, los bares se multiplicaron, como los malabaristas populares y las estatuas vivas, los estudiantes toman cuenta de un buen trecho de la avenida y la vida retomó su cauce. Dijo: a quienes no les guste, que se vayan. (Y efectivamente muchos se fueron para la avenida Berrini, la "nueva Paulista", lejos, muy lejos). En el capítulo XI de Tristes Trópicos (1955), Lévi-Strauss reunió sus impresiones sobre San Pablo. Muchos años después, en 1996, volvió al tema en Saudades de São Paulo. Aquel capítulo de 1955 empezaba con esta afirmación: "Un espíritu malicioso definió a América como la tierra que pasó de la barbarie a la decadencia sin conocer la civilización. Podríamos, con más razón, aplicar esa fórmula a las ciudades del Nuevo Mundo: van de la frescura a la decrepitud sin detenerse en la Antigüedad". Es cierto, pero se debe agregar: la San Pablo que el antropólogo conoció en los años treinta, con un millón de habitantes, ya había demolido y reconstruido varias San Pablo. El proceso continuó desde entonces, y el paisaje humano también continuó cambiando. Cuando ya no podían llegar más (millones de) italianos, japoneses, españoles, llegaron los inmigrantes de Europa oriental, en los cincuenta, y el flujo de nordestinos ya no se detuvo más. Por eso, afortunadamente no hay "una cara" paulista. Cambiaron los pernambucanos, los cocos y el camión. Y más que decrepitud, hubo y habrá siempre el cambio imprevisible, desde las "implosiones" violentas, las de los edificios hechos polvo en un segundo, como en la plaza Sé, hasta los tropismos más sutiles. Tal vez venga de ese paisaje cambiante la generosidad de San Pablo con los poetas. En mi opinión, su poeta mayor fue Mário de Andrade, el que pedía una calle, un barrio para enterrar cada parte de su cuerpo. Y sus oídos, decía, que los pusieran cerca de la Plaza del Correo, para oír los mensajes. Mário sabía que la violencia y la intolerancia vienen de los mensajes no oídos. San Pablo parece funcionar como una antena: capta y disemina por este sur del Tercer Mundo las noticias que vienen de la exclusión, los oídos sordos al clamor. Conviene oír esos mensajes. Y al poeta, claro, que entregó su cuerpo por estas calles: Meus pés enterrem na rua Aurora, |
Alfredo Fressia (Montevidéu, 1948). Poeta e ensaísta. Autor de livros como Chejov, sobre su narrativa y teatro (1974), El futuro (1998) e Veloz eternidad (1999). Contato: alfress@originet.com.br. Página ilustrada com obras do artista Francisco Rebolo (Brasil). |