revista de cultura # 28 - fortaleza, são paulo - setembro de 2002

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Deseo y soledad en cuatro novelas de Fernando Cruz Kronfly

Eduardo García Aguilar

 

Fernando Cruz KronflyLa irrupción de Fernando Cruz Kronfly (1943) en el panorama de la literatura colombiana contemporánea, ocurre de manera simultánea a un gran movimiento de renovación general en los campos del teatro, el cine, la poesía, la narrativa, el ensayo y las artes plásticas.

Corrían en Colombia años de entusiasmo sin par en el terreno literario: en pleno apogeo, el joven Gabriel García Márquez, de apenas 42 años, se comía el mundo con su espectacular novela Cien años de Soledad y, en un desgrane de obras maestras, toda una pléyade de autores hispanoamericanos sorprendían mes tras mes con geniales novelas. Hasta perdidas provincias llegaban los aires de Paradiso, del cubano José Lezama Lima -e quien Cruz Kronfly es sin duda uno de los más aventajados discípulos-, y con ello todo el rigor prosístico y poético de su pluma barroca. Con Lezama Lima la nueva narrativa hispanoamericana se regodeaba en el hallazgo de la flexibilidad laberíntica y minotárica del castellano, a 400 años de la gesta cervantina. Lezama no había salido de la isla, pero viajaba como ninguno por todos los yacimientos de la lengua, deteniéndose en canteras sin fin en busca del oro imposible. Los lectores de aquel entonces deliraban a través de su música, descubrían la deliciosa insania del deseo en ese proverbial capítulo VIII de Paradiso y convivían con la humedad tropical de la exuberante Habana, ombligo del Caribe, fiel de la balanza americana, punto de cruce de todos los estilos y viajes. Menciono a Lezama Lima porque me atrevo a aventurar que el autor de Falleba sigue ese camino hasta sus últimas consecuencias, pero abriendo a esa aventura elementos de extraña contemporaneidad.

Antes de iniciar la escritura de cada obra, Cruz Kronfly, como Mallarmé, emprende la tarea bajo el precepto maravilloso "de la musique avant toute chose", y por eso el viaje por sus pequeñas joyas maestras constituye un camino por la musicalidad. Orfebre de la prosa, puede uno imaginar la titánica empresa de sus construcciones, la obra de pulimiento de la catedral proustiana que llega a su clímax en las tribulaciones de Uldarico y las lascivias de Mariana Valentina, en los mundos fantasmales de Teófilo y Barbarela, Pensilvania y Pánfilo, entre ámbitos del ayer y de hoy como La mansión de las cadenas y el Edificio de la Villa Maipo, desde donde caerá el cuerpo que sueña y escribe en el aire la respiración de sus frases. Eso sin referirnos al viaje del Libertador hacia su muerte por el río Magdalena.

Pero más allá de la musicalidad exacerbada de su prosa, Cruz Kronfly conecta con otras corrientes de la narrativa latinoamericana de aquel entonces. Rebelde y disolvente por naturaleza, no se hunde en lo entonces llamado realismo mágico, para quedarse en los arabescos de lianas de su imaginación. Va más allá y entra al mundo del deseo, al conflicto de los cuerpos, a la incuria de la soledad, a la imposibilidad del amor entre cerrados compartimientos, por lo que Uldarico se vuelve hombre sin brújula "por los corredores alfombrados del interior de su departamento, hacia donde casi nunca incursionaba a menos que perdiera transitoriamente la rosa de su rumbo, junto a las escaleras con pasamanos de bronce y repisas de cristal donde alumbraban algunas lámparas de esperma o en el umbral de su antigua alcoba donde todavía se alojaba Mariana Valentina", allí donde el mundo "terminaba evaporándose del todo, como el humo de las quemas más antiguas o como el resplandor de una ciudad lejana próximo al amanecer, a tal punto que en instantes, y mientras recuperaba el cuadrante de su rumbo perdido, la más honda oscuridad empantanaba de hecho la pequeña abertura por donde asomaba el inmenso incendio de su memoria y de sus lejanos recuerdos".

Guillermo RouxAquí la eficacia verbal de estirpe lezamiana está al servicio de la selva sentimental, o sea de la imposibilidad amatoria y de comunicación. Por obra de su impar intensidad narrativa asistimos a la distorsión de muros y objetos, espacios y tiempos, corredores y recámaras de escalofriante modernidad. No sólo se hermana Cruz Kronfly con el quehacer artesanal de Lezama en su investigación del deseo, sino que se comunica con el delicioso cinismo desesperanzado de Juan Carlos Onetti, con sus mujeres perversas, putas, centradas en sus milenarios coños de sabiduría, enfrentadas día a día con hombres desvirolados, fracasados, que se desmoronan en el alcohol puro de su amor, en el tequila triste del desasosiego, todos ellos cónsules como Geoffrey Firmin, circulando en el tiovivo del trío amoroso arquetípico, esencial. En ese trío, triángulo, tríada, que constituye la armadura de la obra de Cruz Cronfly, hay una pregunta decisiva y clara, que podría ser la indignación total de Mariana Valentina: "interprétame este misterio que llevo en las nalgas".

La deliciosa crudeza de los asertos de sus mujeres, hermanada con los rumbos montevideanos de Onetti y sus mujeres cultas y sexuales, hace de Falleba y La obra del sueño obras esxcepcionales en el mapa novelístico colombiano reciente, pues no hay allí picaresca sexual, falocratismo desmesurado ni onanismo pornopático. Cruz Kronfly, lector probado, ensayista riguroso, realiza con toda conciencia una exploración profunda de la oquedad matriarcal, de la espumosa y blanda hondura del coño como origen y centro del universo, hacia donde el falo viaja en la penumbra, convertido en errancia escritural.

El coño magistral de Graciana Lorenzo Lombardi, esa "muñeca de muselina" de La ceremonia de la soledad, habla por boca anárquica, pues "con la igualdad el asunto era a otro precio. Ahí no había transacción posible, siempre que ella se sintiera como un grano de maíz en el pico de un gallo. No, eso la reventaba. Era cierto que la libertad y la igualdad iban siempre muy justas, pero ella notaba que su maldito cuerpo se resentía mucho más con la quiebra de la igualdad. Había muchas formas de jugar a la libertad, algunas de ellas hasta divertidas, incluida la infidelidad y los movimientos secretos del mundo. ¡Ah, eso era una auténtica maravilla! Pero a la hora de la verdad ya no era la libertad la que estaba en juego sino la igualdad. Allí sabía que toda relación amorosa era en el fondo una relación de poder. Entonces, ¿cómo poner a salvo el espíritu de la igualdad, si en el amor el cuerpo de la mujer ya no podía aspirar a la igualdad sino a la diferencia? ¿Qué clase de igualdad era, pues, la que ella buscaba con el hígado entre las manos?". Igualdad sin libertad es la búsqueda de Graciana, la "loba", "muñeca de muselina" que se hundirá en la oscuridad a través de la ventana empañada, dejando atrás la pólvora de la infidelidad, ese juego de espejos" que en Amapola "obró como un vértigo fascinante".

Liberado de la retórica falocrática que ha dominado desde La María de Jorge Isaacs y La vorágine de José Eustasio Rivera, hasta Cien años de soledad y a buena parte de la novelística colombiana postmacondiana, la obra de Cruz es una reflexión sobre la muerte, la decrepitud, la caída, la soledad, tanto en los ámbitos urbanos de la segunda mitad de este siglo como en los viejos tiempos de la Patria Boba y la Fundación abordados en La ceniza del libertador y en La obra del sueño. En esta última, Susana asiste al fin de Santiago, pues "constató la presencia apagada de los ojos de su esposo, vergonzosos y ancianos. Aquellos ojos suyos por los que un día entregó su vida para siempre, profundos como eran, sabios, buenos y severos como jamás tuvo noticia, que se paseaban ahora, resueltos, sobre la superficie del bebedizo de hierbas aromáticas donde el humo tibio abría y cerraba sus ventanas: ¿viejo amor, qué te hiciste? ¿Qué extraño rumbo tomó, entonces, aquella pasión que en mí parecía interminable?", tras lo cual la mujer trata de conjurar el fin, para hallar sólo a un hombre "desprovisto de fuerzas y apabullado por el transcutrso de los años".

Guillermo RouxNovela de fundación y de estirpe, homenaje a los progenitores, La obra del sueño abre una nueva veta ficcional y prefigura la exploración posterior del fin del libertador Simón Bolívar en su viaje tragicómico hacia la nada. Leopoldo, Susana, Santiago, Mario y otros nombres transcurren entre la desolación de la inutilidad de la existencia. Compañera de La otra raya del tigre de Pedro Gómez Valderrama, La obra del sueño es una novela que espera el redescubrimiento por su contrapunto de tiempos y el minucioso relato de vidas en medio de guerras y empresas, entre aires de peculiar color sepia. Navidades, cenas, enfermedades, crecimiento de hijos, guerras, llagas, cruces, viajes, exilios, ausencias, transcurren marcados por la sangre y el sacrificio, bajo la impronta de los crucifijos y las oraciones y el olor del salitre marino de los viajes, tal y como se prefigura ya en el epígrafe de Saint-John Perse sobre "los helechos primeros de la infancia y el desarrollo de los báculos de la muerte".

Cruz Kronfly escribe desde un lugar marcado por el cruce de caminos, porque él mismo es fruto de la mixtura de razas y parece que en cada nueva obra despliega una gran sombrilla imaginaria para los habitantes del exilio: un libertador entre olor de letrinas y podredumbre de cuerpos afiebrados huye exiliado y vapuleado por su gente, mujeres modernas se exilian de un lecho a otro buscando una felicidad que nunca llegará y todos recuerdan viejas casonas llenas de flores y de pájaros o se encierran en recámaras a masticar su derrota. De toda su prosa brota el dolor y el desasosiego, y mana el grito del niño perdido que todos llevamos adentro y cuya convocatoria es dínamo de la obra narrativa.

La ceniza del Libertador es tal vez, junto con Celia se pudre de Héctor Rojas Herazo, La otra raya del tigre de Pedro Gómez Valderrama y La tejedora de Coronas de Germán Espinosa, una de novelas más notables escritas en Colombia en las tres décadas últimas de este siglo, o sea en el espacio del post-macondismo. Quien recorre sus páginas, comprenderá que más allá de la historia o del paisaje telúrico, el gran personaje allí es el lenguaje, la delirante reverberación de palabras que Cruz Kronfly convoca con exactitud maniática, acercándose a lo que denomina "estética de la muerte que apaga afanosa los últimos fósforos". Cada una de las líneas de esta novela guarda el maravilloso y difícil equilibrio entre lúcida búsqueda y desboque azufroso de los demonios creativos y resume la música triturada del castellano de hispanoamérica, o sea la aventura que va desde la pirueta arlequinesca del modernismo, hasta los chillidos de pajarraco húmedo de la vanguardia. Para ser más específico, su prosa es caleidoscopio que proyecta las voces de pantano selvático de La Vorágine de José Eustasio Rivera, el asma sincopada del barroco lezamiano y el cántico cívico y ultradelirante de El gran Burundún Burundá ha muerto, de Jorge Zalamea, entre otros muchas palpitaciones. Hay en esas páginas "un escuadrón de pájaros de piedra" que "vuelve a pasar por el cielo y se desgrana a estribor, como lloviendo grandes gotas oscuras", o "juncos de la ciénaga" que se agitan mientras "una fina condensación de chillidos es arrastrada por el mismo viento que barre las tablas". Pero también encontramos que "en la acuarela de todos aparece un paisaje de gladiolos, mamparos rotos, jarcias desprendidas como el velero que boquea atrapado, la quilla como una nariz clavada en el fango y un banco de peces de anchas bocas barredoras chupando la pintura en cáscaras de francobordo". Y lo más sepulcral irrumpe cuando "el héroe de los Andes no es más que un cadáver de ojos tristes abandonado en un pequeño parque donde llueven decretos de honor, genuflexiones, zalemas que brillan como los vómitos de los candelabros encendidos en la boca de las sepulturas". Líneas éstas entretejidas en un fresco que a lo largo de 400 páginas se convierte en el homenaje de Cruz Kronfly a la lengua que domina con insaciable artesanía.

Guillermo RouxLos colombianos, los latinoamericanos, que somos tan reacios a observar y ponderar lo que se escribe entre nosotros, hemos tardado mucho en dar el lugar merecido a esta gran saga narrativa que apenas va en el punto central de un camino aún por venir. Me imagino a veces cómo sonarán estas novelas cuando se viertan a otras lenguas y entonces salte el esplendor de la prosa y cobren nuevos brillos terribles los ámbitos donde transcurren las penas de sus personajes. Juntas, vistas con perspectiva y no en ediciones saltarinas y dispersas, estas novelas constituyen el bullicio de una gran feria de vanidades y derrotas, llena de colores, espectros, adefesios, ruinas, tal y como siempre ocurre con los mundos de los novelistas logrados que, como Onetti y Roberto Artl, o los narradores natos como Felisberto Hernández o Juan Rulfo, logran arrancar sus delirios de lo terrenal para transponerlos hacia el limbo poético.

Mientras muchas obras huían de lo poético y caían prisioneras del clímax y el anticlímax, el desenlace y el argumento telenovelesco, mientras muchos se enfrascaban en un coloquialismo neocostumbrista de pacotilla o balbuceaban entre las voces de Cortázar y Vargas Llosa o García Márquez y Cabrera Infante, Cruz Kronfly hizo la travesía del desierto fiel a su palabra. Creó sus propios ritmos y respiraciones, e impuso sus reglas con la certeza de que era necesario abrir nuevos caminos, empresa en la que acompañan varios de sus contemporáneos colombianos, que conforman una de las generaciones más sólidas y lícidas de la novela continental. Hay en todos ellos ---Germán Espinosa, Darío Ruiz Gómez, Oscar Collazos, Fanny Buitrago, Ricardo Cano Gaviria--- una gozosa vocación de construir un juego minotáurico a partir de la palabra. Pero más allá de esa planificada arquitectura de segundos y terceros sentidos y sonidos, subyace en sus obras el contacto permanente con la amplia cultura del siglo, la rebelde reivindicación del saber y la cultura como formas de enfrentrar la uniformización de los imaginarios mundiales.

Si hay una enseñanza en la vasta obra de Cruz Kronfly, es la invitación a huir de las fórmulas y hacer del relato la vía terca de lanzarse al abismo, ya sea por medio del relato de las complejas miserias de nuestra época o la convocatoria de nuestros fantasmas históricos y los temas esenciales como la muerte, la gloria, el destino, el cosmos, al soledad, la mierda y la eternidad. Simón Bolívar nos lo dice en La ceniza del Libertador con las palabras de su autor futuro, en alguno de los delirios que lo sacuden entre la fiebre y la canícula, rodeado por aves de mal agüero que le anuncian su pervivencia en el más allá:

Toda la gloria del mundo en el cuenco del ojo asustado por el signo de los útimos visitantes
En el tiesto de la mano que tiembla
Blanca certeza en limpio de estar abandonado al destino
Solo en lo único
En lo cósmico inalcanzable
Dimensión donde otros hombres no consiguen asomar sus uñas
Su mierda
Su ojo chorreado por el estigma
Solitario
Donde apenas dos eternidades lo contemplan:
La eternidad pasada
La eternidad que viene
Eso es todo

Eduardo García Aguilar (Colombia, 1953). Ha publicado las novelas Tierra de Leones, Bulevar de los héroes (1994) y El viaje triunfal (Barcelona, 2001), además del libro de relatos Urbes luminosas (2002). Contato: egarciagui@aol.com. Página ilustrada com obras do artista Guillermo Roux (Argentina).

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