revista de cultura # 28 - fortaleza, são paulo - setembro de 2002

aglogo (tarja).jpg (41350 bytes)






 

Los desafíos de Guillermo Roux

Jorge Glusberg

Guillermo RouxSi todo arte es un desafío, el de Guillermo Roux (1929) lo es por principio; o, si se quiere, su obra alega el desafío como arte, y su arte busca el desafío como obra. El doble reto es amplio, abarcador, aunque su objetivo central sea siempre uno solo: las apariencias de la realidad, que el artista no pretende ni intenta salvar. En el mundo de Roux, nada es estable, todo vacila. Los seres y las cosas se interceptan y confunden. El tiempo se mide en memorias y olvidos, en aconteceres ignotos y episodios descartables. El espacio es un territorio desconocido, que se articula y desaparece sin cesar, y donde ausencia y presencia, deseo y voluntad, razón y pasión, permutan ansiedad y fruiciones. El desafío de Roux consiste, entonces, en hacernos ver que ese mundo suyo es el nuestro. Pero esa manera de hacérnoslo ver también importa un desafío: el de ser capaces de percibir lo que nos (de)muestra. En dos o tres ocasiones, Borges anunció a sus lectores que el hecho de ser él, y no ellos, el autor de los escritos, era una circunstacia "trivial y fortuita". "Nuestras nadas poco difieren", sostenía. Guillermo RouxA Roux le faltaba, quizás, decir lo mismo: porque en sus obras, el artista pasa -si se acepta el término inadvertido-, nunca así su arte, implacable y sutil. Por cierto, como en los textos de Borges, la magnitud creativa de Roux termina por destacar la magnitud del creador. También en este caso hay un desafío. Dibujante desde la infancia, pinta desde la adolescencia. Tiene 23 años cuando hace su primera exposición, y 26 cuando -sin imaginarlo- inicia la gran aventura en los monumentos y los museos de Italia, en los cuales descifra la historia del arte, y en el taller de un modesto artesano de Roma, donde desprende el arte de su historia para ensayarlo desde adentro, como un alquimista. Tres años en Roma son sucedidos por seis en la Argentina profunda del noroeste, solitaria y natural, y por uno en la Nueva York del estruendo y lo gregario. De retorno en Buenos Aires, divisa su camino definitivo, y lo sigue sin vacilar. Porque como en la célebre sentencia de Lavoissier, nada se pierde de lo hecho por Roux en Buenos Aires, en Roma, en San Salvador de Jujuy, en Nueva York, y todo se transforma, sin embargo. O todo empieza a transformarse, para no dejar de hacerlo nunca, en la obra del artista, hasta hoy.

Guillermo RouxTres exposiciones (1969, 1971, 1972) afirman el nombre de Roux. El espaldarazo internacional es de 1975, con el Primer Premio de la XIII Bienal de Sao Paulo. Pero su pintura ha sido exhibida ya en Londres y en Munich, y lo será luego, repetida-mente, allí en París, Nueva York, Washington, Berlín. El psicoánalisis lo lleva, a partir de 1968, al descubrimiento de su mundo interior. Inicia de este modo un viaje más, ahora al fondo de la memoria, donde fortalece recuerdos y exhuma olvidos. Allí desanda la infancia, la casa del barrio de Flores, los libros de arte del padre, que había observado de niño y adolescente, las plumas de los dibujantes de historietas y los ilustradores de diarios y revistas, la acuarela, sepultada en el desván de los trastos inútiles porque no se la consideraba digna del arte plumas de los dibujantes de historietas y los ilustradores de diarios y revistas, la acuarela, sepultada en el desván de los trastos inútiles porque no se la consideraba digna del arte. Rescatada en 1970, esta técnica -que, según vimos, había abandonado Roux desde la adolescencia- será elevada al más alto nivel estético por nuestro pintor a partir de la serie de 1973-1991, donde la pericia técnica se pone al servicio de una imaginación aguda, siempre atenta a la ironía, y llena de espontaneidad. Lo surreal de las Grandes Acuarelas (y es éste el modo de Roux -un modo único-, no a la inversa, ya que un surrealismo ortodoxo negaría la surrealidad misma), procede por alusiones, tanto en la representación y el mensaje como en las maneras de utilizar esta clase de pintura. La alusión cambiará de signo en la serie los Pequeños Objetos, que Roux pinta entre 1983 y 1984, hacia el final del período más intenso de las acuarelas, de las que los Pequeños Objetos 1983-1984 conservan el aire. Guillermo RouxEs como si los hubiera reencontrado en su casa porteña de Flores, en su taller del Barolo, en ese fondo de la memoria adonde ha ido y vuelto en tantas ocasiones, adonde -pese a todo- nunca deja de ir y volver. El tema del tiempo, que se asoma en los collages de 1968-1969, se afianza en las series de 1969-1970 (Patriótica), de 1970-1971 (Grandes Personajes) y de 1971 (Naturalezas muertas), y es una presencia relativa en las Grandes Acuarelas (1973-1991) así como en los Pequeños Objetos (1983-1984). 

Jorge Glusberg. Crítico de arte, diretor do Museu Nacional de Bellas Artes, em Buenos Aires. Autor de livros como Mitos y magias del fuego, el oro y el arte (1979), The Art of Performance (1986) e Etica y Estética del Entorno Urbano (1995). Fragmento de largo ensaio que abre o catálogo Guillermo Roux en el Museo Nacional de Bellas Artes, gentilmente cedido pelo artista, intermediado pelo poeta Jorge Ariel Madrazo, a quem a Agulha agradece carinhosamente. Contato: arielmadrazo@ciudad.com.ar. Página ilustrada com obras de GR.

retorno à capa desta edição

índice geral

banda hispânica

jornal de poesia