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revista de cultura # 2/3 - fortaleza, são paulo - setembro de 2000 |
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La fidelidad al relámpago: una conversación con Roberto Juarroz Daniel González Dueñas e Alejandro Toledo
1
LA CASA DE LA POSIBILIDAD
RJ - Para responder, tendría
que narrar una experiencia muy importante de mi juventud. Comencé a leer
poesía muy pronto, tratando de penetrar en el conocimiento de los grandes
poetas, que es la gran escuela para perfeccionar la escritura y la visión
del lenguaje. Cuando a veces me preguntan "¿cuál es el método óptimo
para perfeccionar la escritura poética?", respondo que no hay sino
un camino: leer, pero leer con detenimiento, saber detenerse en
cada línea, en cada giro, en cada imagen, en cada elemento, en cada
silencio de los grandes poetas. Unido a esto (y no
pretendo que esta experiencia sea compartida por todos), en mi juventud
fui sintiendo que en buena parte de la poesía, y aun en los grandes
poetas, había zonas relajadas, un poco elásticas, remplazables, zonas
que podían dejarse de lado. Encontraba en muchos autores (y hoy creo que
en la mayor parte de la poesía) fragmentos de sus obras en donde la
descripción, la anécdota o la efusión sentimental devoran a la poesía.
Entonces empecé a vivir la nostalgia por la aventura de buscar una poesía
más ceñida, donde cada elemento estuviera como algo insustituible y si
corriéramos una coma o cambiáramos de lugar una palabra o un blanco se
produjera una pequeña catástrofe; una poesía que no se limitara a
cultivar lo atmosférico o las reacciones sentimentales, sino que tuviera
(osara tener) la posibilidad de reunir de una vez por todas lo que ha sido
tan falsamente dividido: el pensar y la emoción. Me parece que una de las
grandes exigencias de la poesía actual es sentirla como dimensión última
del lenguaje, de la expresión del hombre en las cosas que no pueden
decirse de otra manera (porque si no, sería mejor decirlas de otra
manera). Como afirma Eliot, la poesía dice lo que no puede decir la
prosa. Creo que cuesta mucho entender esto; parece un pequeño
trabalenguas y por otra parte es tan simple. Una de las grandes
perspectivas, de las grandes apetencias de la poesía moderna es
reconquistar la unidad perdida. Reconquistar, por tanto, esa conjunción
de palabra y silencio (el afuera y el adentro de la palabra) que es el
poema. Buscando todo eso sentí
también que comúnmente vivimos en un espacio pequeño de la realidad, un
segmento diminuto. No es que no sea realidad lo que se hace: todo es
realidad, pero vivimos al costado, con las fronteras muy cerca, muy
limitadamente. La poesía tiene como objeto inmediato, básico, producir
una fractura y ésta consiste en quebrar la escala consuetudinaria, la
escala repetitiva, empequeñecida de lo real. Es abrir la realidad y
proyectarla en la escala mayor, entendiendo por escala mayor no una
abstracción, una hipótesis o una utopía. El hecho mismo de estar
nosotros reunidos en un lugar, es al mismo tiempo estar reunidos en el
infinito. Así, eso de lo cual no nos acordamos, o que sólo vivimos como
una escenografía, eso vivido, eso expresado, es el comienzo de la
poesía. La idea de verticalidad
supone atravesar, romper, ir más allá de la dimensión aplanada,
estereotipada, convencional, y buscar lo otro. A veces digo que la
poesía no tiene su reino en este mundo; evidentemente si uno ve lo que
ocurre alrededor (los poderes, las políticas, las ideologías, toda esa
pavada que nos circunda), concluye que la poesía no pertenece a este
mundo. Sin embargo, le pertenece. Ante todo, porque no es tampoco del otro
mundo; la poesía es cosa de hombres, no de ángeles. El poeta no
tiene otra alternativa que inventar o crear otros mundos. La poesía crea
realidad, no ficción. Afirmo que la poesía es realidad, y para mí
es la mayor realidad posible porque es la que cobra conciencia real de la
infinitud. Así entiendo aquella frase tan conocida de William Blake:
"Si limpiáramos las puertas de la percepción, cada cosa aparecería
tal cual es, es decir, infinita". En mi primer libro hay un pequeño
epígrafe en el que intento dar el sentido de lo vertical: Ir hacia arriba no
es nada más que un poco más corto o un poco más
largo que ir hacia abajo. En esa dimensión de arriba
y abajo es donde, más tarde o más temprano, caemos todos. Es en
esa dimensión donde para mí se dan las cosas mayores del hombre, el gozo
o el dolor, el amor o la muerte. Todo aquello que vale la pena. DGD/AT - El primer
atisbo de lo vertical, ¿fue entonces una intuición? RJ - No sólo eso. Cuando
uno dice "intuición" piensa en algo repentino, fugaz,
transitorio, que después se disipa. En mi caso, desde luego, debe haber
sido algo similar, pero esto fue madurando, consolidándose en una raíz. No sé qué está primero
para mí, la experiencia de la vida o la experiencia de la poesía (que en
última instancia es también la experiencia de la vida). Se suele dirigir
la poesía hacia una vertiente determinada de la existencia; pero ¿cuál
viene primero? No lo sé. Supongamos que son simultáneas. A partir del
momento en que se da la experiencia poética, se confunde con lo vital, se
integra. La poesía es un modo de vida o es nada: si es un modo del
lenguaje, de la expresión, es por tanto un modo del ser, no del hacer. Hablo no sólo de la
intuición como un fulgor o un relámpago, sino como una capacidad que va
madurando como fruto, una forma de la atención que se va haciendo cada
vez más honda y poco a poco define las palabras, el modo de combinarlas.
El uso del lenguaje por la poesía es un arte combinatorio infinito, que
por otro lado responde al arte combinatorio infinito de la realidad en sí. DGD/AT - Usted habla de
una maduración, de un ahondamiento paulatino; pero ¿no es cada poema un
relámpago, una coordenada irrepetible? RJ - Cada poema tiene algo
de relámpago. Yo no diría que el poema "es" un relámpago,
sino que hay en él un relámpago. Tal es el punto de partida e
implica una exigencia, y qué difícil es ser fiel a un relámpago,
es decir que luego el poema se organice, crezca como un organismo en torno
a ese relámpago, a esa pequeña iluminación inicial. Pero que después
de ella no venga un acopio más o menos caprichoso, más o menos
virtuosista de quien conoce el lenguaje. No: que las cosas nazcan como
nace un organismo, como nacen en un organismo; que cada célula dé
paso a otra, que cada palabra y silencio originen otra palabra y otro
silencio, generando ese ciclo, esa unidad que también es un poema. Me gustaría agregar:
"esa presencia que también es un poema", porque éste añade
una presencia nueva en el mundo, y yo la siento cuando ella se configura,
nace, la siento como una compañía, no sólo en cuanto a mis poemas sino
en cuanto a los poemas de otros que de alguna manera me conquistan. DGD/AT -¿La presencia
del poema es entonces la de esa dimensión vertical? RJ - Hay una forma muy
especial de esas fidelidades: no es que uno siempre esté pensando en esa
dimensión, pero como ella está encarnada en uno, actúa desde la espalda
(por decirlo así), actúa desde abajo; aquello se ha vuelto parte de la
propia mirada, parte inseparable del ojo. Me preocupa mucho esto de
las fidelidades a los núcleos poéticos. Por ejemplo, ¿qué hace el
poeta después de finalizar un poema o incluso un libro, cuando siente esa
orfandad, esa aridez a que aluden los místicos, esas zonas intermedias,
esas tierras de nadie? ¿Cómo soporta el retroceso del poema, el
contragolpe de la ausencia del poema? Éste no puede ser programado, uno
no puede decir: "voy a escribir un poema esta noche de nueve a
diez". Se dan ciertas condiciones imperativas: uno abandona todo lo
demás, lo que esté haciendo, y se dedica al poema con exigencia de total
fidelidad. Pero hay otra fidelidad que me preocupa, la que se debe a la
ausencia del poema. Sí, las cosas se dicen
mejor en poesía que fuera de ella; he escrito algún poema sobre la
fidelidad a la ausencia del poema. En él se plantea la misma pregunta: ¿cómo
ser fiel en la ausencia? Hay muchas maneras de serlo. Por ejemplo, la
lectura de los grandes poetas, la música, la reflexión, y sobre todo
algo que el hombre moderno conoce muy poco, cada vez menos la disponibilidad.
Hay un hermoso poema de
Emily Dickinson:
Yo habito la casa
de la posibilidad. Ella tiene más
puertas y ventanas
que la casa de la
razón. DGD/AT - Quizás esta
historia que ilustra el principio de Serendipity guarda relación
con los hrönir que Borges menciona en "Tlön, Uqbar, Orbis
Tertius": a unos reos se hace la promesa de ser liberados si hallaran
ciertos objetos que en realidad son producto de la fantasía de sus
captores. El mero deseo de libertad provoca que encuentren tesoros de
origen misterioso. RJ - La leyenda de Serendipity
es mucho más antigua: fue traída a Occidente (al menos es la primera
referencia que tengo) por el inglés Horace Walpole, autor de algunas
novelas góticas como El castillo de Otranto. Los grandes
principios, si uno los persigue, van saliendo de los rincones y crean esas
tramas irremplazables. 2
COMO UN ÁRBOL QUE CAYERA DEL FRUTO DGD/AT -¿El poema sería
entonces un convocar ese estado de disponibilidad, hacerlo formar parte de
la mirada?
RJ - El poema responde a
un estado de disponibilidad, es decir, de ser capaz de abrirse, de recibir
o de crear en un momento dado, mediante una imagen insólita, inesperada,
no repetida. ¿Cómo se nos presenta esta imagen? Aquí entramos al reino
de esa gran palabra que tanto repetimos: misterio (que es, por otra
parte, el reino de la poesía, de las cosas que sólo se nombran con esa
palabra). En último término esos resortes son inexplicables: no hay fórmulas,
no hay recetas para ello, aunque muchos quisieran que las hubiera y las
buscan con enorme desvelo. Quizá sería mas fructífero si quienes tanto
las necesitan leyeran a los grandes poetas, renunciando al afán de
formulaciones. ¿Qué favorece un estado de disponibilidad? Varias cosas,
sobre todo un elemento que la mayor parte de la gente ha olvidado, ha
desterrado de sus vidas: la capacidad de detenerse. Pedro Salinas tiene un
poema que describe nuestras ciudades: multitudes que van y vienen, vienen
y van, de arriba a abajo, de abajo a arriba, ¿y a dónde van? De nada
hacia nada. Todo es transitorio, hemos olvidado la alternativa de
detenernos y mirar. Por otra parte, el poeta no vive entre las
nubes, fuera de la Tierra: él es tan carnal y tan concreto como cualquier
otro hombre; va al mercado, sufre, envejece, muere, tiene todas las
enfermedades, debe ganarse la soldada, la quincena o el mes. La gente cree
que el poeta es más bien un individuo enflaquecido, soñador, que vive en
la evasión. No: vive en la mayor realidad posible. La poesía,
para mí, es el mayor realismo posible. Resulta imprescindible
entender que debemos afinar el término "realismo". Digo que la
poesía es el mayor realismo posible para provocar esa reacción
escandalizada que brota cuando se alude a lo que hemos olvidado. Se dice
"novela realista", cuando decirlo es aludir a una sola versión,
una única ladera de cierta realidad aparente.
Recuerdo aquí una magnífica
idea de Paul Klee (para mí uno de los pintores predilectos del siglo, y
uno de los que más se aproximó al espíritu de la poesía, a la dimensión
poética - siendo pintor, lo que le da aún mayor trascendencia). Klee
dice: Lo visible no es
sino un ejemplo de lo real. DGD/AT - Esa mirada que
usted encontró a través de la poesía implicó el abandono de las
concepciones horizontales; ¿cómo se dio ese proceso? RJ - Siempre hay una serie
(más o menos definible) de desgarramientos. Es imprescindible abandonar
un cúmulo de cosas. En las doctrinas de iniciación (en el sentido místico,
religioso, de los viejos textos), hay una marcada insistencia en aludir al
segundo nacimiento, es decir, no basta con el primero. Esto
incomoda mucho al hombre "de razón". ¿Qué significa el
segundo nacimiento? Significa que en un momento dado ocurre como si volviéramos
a abrir los ojos. Hay una primera y una segunda aperturas; un primer
despertar y un segundo despertar. Pero este último supone inevitablemente
una serie de cortes, abandonos, renuncias (aunque no me gusta la palabra
"renuncia"). Es necesario dejar atrás ese cúmulo de pequeños
consuelos de la vida, quizá para ganar otros más aptos. No es que la
poesía sea un bálsamo, pero propicia una intensidad del vivir que sirve
para remplazar todo lo demás. Al respecto conozco una
hermosa anécdota. Hace tiempo he leído en un libro sobre Samuel Beckett
(uno de los genios de este siglo), que en cierta ocasión acudió a una
conferencia de Carl G. Jung. El discípulo de Freud terminó hablando,
entre otras cosas, de lo que un poco pretenciosamente hoy se llamaría
"un caso clínico": una muchacha a quien había atendido. En su
charla, Jung narró la evolución de ese tratamiento, las características
de la enfermedad mental, la perturbación que aquejaba a la paciente, y al
final confesó que no había podido curarla. Él debía ser de esos
hombres que cuando hablan o dan una conferencia no están repitiendo cosas
mecánicamente, sino que siguen pensando (porque hay muchos que han
aprendido a hablar sin pensar). Jung disertaba pero seguía creando
pensamientos. Cuando ya había finalizado el acto y el público terminaba
de aplaudir, de súbito (y esto es lo emocionante para mí) el
conferenciante recibe un momento de iluminación y descubre ahí mismo la
causa del fracaso que reseñara. Cuenta Beckett que Jung se toma la cabeza
entre las manos y exclama: "Ahora me doy cuenta: ella no había
nacido". Relacionemos esa exclamación
(hecha como si se tratara de una enorme obviedad de pronto localizada) con
lo del segundo nacimiento de que hablan los místicos. DGD/AT - Usted
relaciona la experiencia poética con la de la vida, pero a una lectura
superficial, su obra parece eludir lo anecdótico, las referencias a lo
narrativo.
RJ - No eludo nada. La
poesía (como afirmaba Rilke) es experiencia. Creo además que es visión
del mundo. Como tal, es visión de cada cosa, de lo que nos rodea en este
momento, esa máquina grabadora, sus rostros, estos anteojos, la pipa que
estoy fumando, cada detalle del entorno. No hay nada "fuera",
sino todo traducido, traspuesto, metamorfoseado en otra
cosa. La poesía siempre es decir de otra manera. Este "decir
de otra manera" es para mí la mayor posibilidad que tiene el hombre.
¿En qué consiste el símbolo? Simplemente, en la posibilidad de decir
una cosa mediante otra. La posibilidad de que algo diga otro algo.
Esa otredad que radica en las cosas, pero que está en la entraña, en la
médula de la poesía. Todo lo que los ingenuos creen ausente está, pero
de otra manera. A veces es más: se nota muy claramente un doble estar. Voy a tratar de revivir
una pequeña situación: vivo en las afueras de Buenos Aires y me dirijo
en tren a la ciudad, donde doy clases a universitarios. Por la ventanilla
me doy cuenta de que han dejado encendidas las luces de las calles en
pleno día, a pleno sol. Y eso me hace pensar: "Resulta admirable que
la luz pequeña de un foco encendido se note de ese modo, aun sumergida en
la luz grande que es el sol". Esto me hace sentir que la teoría de
la luz se rompe: la luz mayor retrocede, como un árbol que cayera del
fruto. Así lo escribo, y es una inversión: todos "sabemos" que
los frutos caen de los árboles. Pero se trata de algo muy concreto. Si lo
hubiera querido explicar habría escrito tres líneas de prosa; sin la
explicación, me lleva a otros rumbos. Lo que no está en el poema
resultante, en forma directa, es la anécdota, el pequeño cuento del
viaje por tren y la reflexión que suscitan las luces encendidas. Tantas
veces aparecen las descripciones, las anécdotas, en las páginas de
aparente poesía: el autor se aplica a describir el cómo. Eso no
tiene sentido, es un algo que debe decirse de otra manera. DGD/AT -¿En qué forma
se ligan las dos actitudes que usted destaca, la necesidad que se
tiene de lo poético, y la intensidad que debe conseguir el poema? RJ - Las ideas de
necesidad e intensidad tienen, para mí y ligadas a la poesía, varios
perfiles, varios matices, varias exigencias. Lo primordial es que la poesía
nazca, tenga su condición de nacimiento en un estado de necesidad
de quien la crea. Es imprescindible borrar del léxico de los poetas y de
los críticos los razonamientos equívocos. La crítica antepone un
discurso paralelo: lo que espera de las cosas (de las que se entera muy
poco). El crítico tiene que hacer su obra, y por ello debe
traicionar la obra que comenta, o superponerle como un emplasto una fórmula
de interpretación. Pero incluso algunos poetas no entienden que la poesía
es una fuerza que se impone, inevitablemente, en quien la crea. La palabra
a descartar, a erradicar de un modo perdurable, es "producción".
El poema no se "produce", no es un objeto de consumo. El poema se
crea. Por supuesto no es una creación como aquella que se atribuye a
la entidad divina (exista o no), es decir ex nihilo, de la nada. No
obstante, sí es una creación porque toma lo que hay y de ello hace algo
que no hay. Esa es la más alta dimensión del hombre, que todos llevamos
escondida en alguna parte. Para algunos está dormida y lo estará toda la
vida, y morirán dormidos (lo cual es muy triste). Uno de los pocos hombres
que he conocido, poseedores del pleno estado de disponibilidad, y en
quienes la necesidad y la intensidad conviven en una sola magnitud, es
Antonio Porchia. En una de sus voces, escribe: Cuando digo lo que
digo es porque me ha vencido lo que digo. Cuando es tan fuerte, tan
intenso (y ésa es la juntura de las dos palabras, necesidad e
intensidad), no puede hacerse otra cosa. Es como sufrir una derrota, como
si me derrotara lo que digo. Feliz derrota. En alguna reunión de
escritores me tocó participar en una mesa redonda que se llamaba "Crítica
y poesía" (ya el nombre era elocuente acerca de las concepciones que
originaban tal evento). Lo primero que hice al ocupar mi lugar fue decir
que esa charla debía llamarse de otra manera: "Poesía y crítica",
era algo tan obvio. A la parte crítica le gustó todavía menos lo que
dije a continuación, citando una idea de Rilke (acaso de las Cartas a
un joven poeta):
Lo único que
juzga a la obra de arte y a la poesía es la necesidad, la necesidad de la
cual ha nacido.
El poema no es un desahogo
barato, no es un adorno o una satisfacción hedónica, ni una causa para
ganar prestigio, ni un palabrerío más en un mundo palabrero y verborrágico:
el poema es algo que uno hace o se muere. Cuando yo digo eso, la critica
me acusa de exageración. No lo es: Manuel Bandeira (uno de los grandes
poetas de Brasil) tiene una línea que resulta inefable: Hago versos como
quien muere.
Escribe, pues, con esa
gravedad, con esa sustancialidad. La idea de lo necesario tiene otros
perfiles. Por ejemplo, Shelley dijo una vez (en su Defensa de la poesía): Los poetas son los
legisladores no reconocidos de la humanidad.
La más clara exigencia
radica en que los hombres se den cuenta de que sin lenguaje no se es.
Emerson, el gran poeta trascendentalista norteamericano, dice: Cada hombre no es
nada más que la mitad de sí mismo. La otra mitad es su expresión. Lo único que puede
completar al hombre es su expresión. El ser humano es casi todo expresión.
Que se entienda de una vez: el extremo de esa cualidad básica, esencial
del hombre, que es expresarse, es la poesía. La mayor intensidad y también
la mayor necesidad de la expresión. DGD/AT -¿En que medida
el lector participa de ambas cualidades, la necesidad y la intensidad? RJ - No menos que el
autor, porque evidentemente la poesía, como forma de experiencia, es para
mí la mayor intensidad posible: es tan intensa como las últimas cosas,
incluso la muerte, o más intensa aún que la muerte. Entonces, ¿cuál es
una de las cualidades que más encarnan la poesía en el poeta? Es la
fuerza que tiene y la necesidad que le otorga al vivir. Naturalmente eso
debe repetirse en quien recibe el poema. Sin embargo, para que esa
intensidad se repita en el lector y lo aprehenda, hay que comprender que
un poema no puede leerse como se lee cualquier otro género. Hay un malentendido de
base alrededor de esto último, que además está provocado por la mala
educación, no sólo en las escuelas primaria y secundaria sino sobre todo
en la universitaria. Ese malentendido deforma, enturbia el acceso a la
poesía, convierte el hablar de lo poético en una interferencia. En lugar
de ser una ayuda, la escuela es un obstáculo (fenómeno alarmante en
extremo): en vez de acercar a los estudiantes, los aleja. Huyen de asistir
a cursos especializados, a seminarios, a las propias clases que en las
universidades mencionan la poesía. Incluso muchas veces hay en los
profesores miedo a hablar de ella, porque en algún rincón de sí mismos
notan que se les escapa, que no pueden abarcarla como lo hacen con sus demás
objetos de estudio. Se les va de las manos y tienen que hablar de ella,
tienen que explicarla. Y entonces, ¿qué van a explicar si la poesía
exige otro tipo de aproximación? Creo, sí, en una
aproximación penetrante, lúcida, a lo poético. Pero generalmente (salvo
contadas excepciones) en las universidades no se posibilita ese acceso.
Dice Lacan, refiriéndose al sentido que da a su relectura de Freud, que
en las escuelas sistemáticamente se esmeran en que uno desaprenda a leer.
Desde luego, Lacan describe a continuación lo que entiende por leer.
Por ejemplo, dice que es imprescindible sentir en la lectura ciertos
valores casi musicales, el modo, el ritmo, el tono,
además de lo que denota y connota comúnmente una palabra. En la poesía no hay otro
camino que un proceso de pequeña iniciación, no en el sentido de esos
manuales que circulan por ahí para "iniciar" a la lectura o
escritura poéticas, sino en un sentido casi religioso, es decir como si
fuera una especie de preparación para un bautismo. No se trata de que
saltemos de esto a aquello y creamos que, como aparentemente se
utilizan los mismos elementos que en otros géneros (las palabras), la
poesía (que también está hecha de palabras) no guarda más dificultad
que un cuento o un ensayo. Lo que se requiere es cambiar por completo el
ángulo de la visión, romper, fracturar las corazas mentales que nos
impiden llegar a las cosas con plena sensibilidad. Es preciso recrear: en
lo posible, quien recibe la poesía debe repetir el proceso que la ha
generado. Ello no quiere decir que coincida exactamente la captación, la
concepción total del poema. No: casi podría decir que debe haber la
misma actitud, la misma intensidad, la misma intuición. Eso hay
que ganarlo, y no se gana en un día. Pero todos estos demagogos (que
también los hay en la poesía) pregonan que eso está ganado, que la poesía
es para todos. Lo es si cambiamos el mundo, si cambiamos al hombre. Tal
como está, en la mayor parte de los casos (tengamos el valor de
reconocerlo) el hombre no está preparado para leer poesía. 3
LA CARGA INTERNA DE SILENCIO DGD/AT - Esta iniciación
a los ámbitos poéticos, ¿puede desembocar en una vía común o es
personal, dependiente de un descubrimiento interno, irrepetible? RJ - No hay fórmulas.
Creo que es personal. Siempre es posible, no obstante, aproximar algunas
ideas. Una (ya la he mencionado) es aprender a detenerse, porque si
uno no se detiene es imposible penetrar en el poema, detenimiento del
universo. En uno de mis libros cito una anécdota que me gusta mucho: se
trata de un koan, es decir una historia Zen, de Basho. Un día este
monje budista, dirigiéndose a sus discípulos, de pronto les dice:
"He estado hablando del Zen durante toda mi vida, y aún no sé en qué
consiste". Entonces, uno de sus escuchas le pregunta: "Pero,
maestro, ¿cómo puedes hablar de aquello que no entiendes?" Y Basho
responde: "¿Es que también tengo que explicarte eso?"
Además de maestro Zen,
Basho era un poeta: algunos de los más hermosos haikús que se han
escrito proceden de su pluma (Octavio Paz ha traducido uno de los escritos
de Basho, Senderos de Oku). Vivía el Zen durante cada una de sus
jornadas, la poesía era indivisible de su cotidianidad. Así, no
necesitaba entender nada: vivir es mucho más que entender. Alguna vez publiqué un
poema que causó enorme revuelo. Apareció ni más ni menos que en La
Nación, uno de los diarios más leídos en la Argentina. La linea
final de ese poema dice: Ser no es
comprender.
Fue un escándalo. ¿Cómo
va a entrarle eso en la cabeza a los profesores, los filósofos, los
pensadores, esos hombres entre comillas? En la lectura de la poesía hay
que descubrirlo todo, y para eso hay que detenerse. Ver de nuevo lo que es
la lectura consuetudinaria, tradicional. Los poetas dicen las cosas más
penetrantes, por eso aquí nos hemos referido tan frecuentemente a ellos.
Pedro Salinas, en un muy grato libro llamado Defensa de la lectura
(a veces también conocido como El defensor) llega a una idea que
viene muy al caso: no funciona ninguno de los métodos modernos de
lectura, "rápida", "en diagonal", "en síntesis".
(Con ello el poeta español se acerca a un libro francés muy leído en su
tiempo: El arte de leer.) Al individuo citadino que lee todo a la
ligera, al que mezcla la lectura con las imágenes y el ruido de la
televisión, al que no se detiene nunca, Pedro Salinas lo llama
"leedor". Es menester, dice, convertirlo en lector. Y aún
más, porque ese proceso no termina ahí: luego de ello hay que
transformar al lector en actor. Esto equivale al momento en que se
reproduce en el lector el proceso del creador; hace poco lo he llamado recreación:
eso que sucede en quien lee debe ser como si fuera él mismo quien realiza
la obra. Este matiz es esencial.
DGD/AT - En este
sentido, ¿se podría hablar de una tradición subterránea, transmitida
de poema a poema?
RJ - Conviene transportar
a este campo una de las ideas nutricias y también matricias de la poesía
moderna, que es la de las correspondencias de Baudelaire. En uno de los
inolvidables poemas de Las flores del mal, dice que el mundo es
como un bosque de símbolos: hay voces que llaman y voces que responden,
entrecruzándose. Aquí se podría aplicar tal mirada: un poema mueve a
otro. También es una idea de
Eliot. Él dice que cuando aparece una obra (realmente una obra válida,
verdadera) mueve a todas las demás. Desde luego, porque cambia la
perspectiva de las anteriores, porque afecta a cada una y a todas. Si el día
de hoy surge una obra de suficiente magnitud, no sólo transforma la
historia del mundo sino también el futuro.
Yo no tengo el propósito
de escandalizar, y sin embargo frecuentemente me sucede provocar el escándalo,
de forma natural. Pero la poesía escandaliza siempre debido a un hecho
muy simple: porque piensa por su cuenta. Eso implica un desastre en este
mundo en donde todos piensan por cuenta ajena. Un ejemplo de tal reacción
se da cuando afirmo que toda poesía es poesía comparada. Lo digo
en el sentido de "literatura comparada", de "mitología
comparada". Todo poema viene a insertarse en un mundo de poesía,
arrastra consigo ese mundo. ¿Cómo no ver esa interrelación? Y sin
embargo, paradójicamente, el poema es también autónomo: hay que verlo
en su propia ley interior, al mismo tiempo que es preciso verlo en toda la
poesía. Es la visión de Mallarmé: escribir un solo libro entre todos.
Escribimos un solo poema. De ahí lo legítimo de
olvidar al autor cuando un poema en verdad nos seduce. Esa es una
experiencia que a veces tenemos fuera de la poesía: por ejemplo, sucede
al conversar entre amigos, esos diálogos en donde aparece un tema que
apasiona a todos, y donde cada uno aporta algo (si sabemos escuchar y al
mismo tiempo podemos intervenir). Cuando en esa charla brota algo que nos
conmueve, que arrastra nuestro pensamiento en su dimensión mayor, hay un
instante donde cada interlocutor se olvida de sí mismo, y retrocede el
pequeño ornitorrinco que es el ego, como diría Unamuno. Lo que entonces
surge es de todos y de nadie en particular. Es el hecho poético. Resulta
imprescindible reconocer en la vida diaria los momentos en que llegamos a
determinados estratos de intensidad. Tales estados son
especialmente peligrosos para todas las cosas instituidas. En ese sentido,
estos momentos se parecen al hecho amoroso: quien los experimenta, olvida
todo lo demás. Y cuando es amor a fondo, los participantes hasta se
olvidan de ellos mismos: son eso, relámpagos. DGD/AT -¿Alguna vez
usted buscó refugio en el Zen? RJ - Próximamente
aparecerá en España una antología de mi obra que se distingue de las
habituales; primero, por el título: Poesía vertical: antología
incompleta (toda antología tiene esa característica, pero ésta
tiene el valor de confesarlo). Luego, por la organización: el antólogo,
Louis Bourne, la ha dividido en once secciones con títulos expresivos
sacados de poemas míos. En una parte, algunos poemas se refieren a la
palabra. (Esa reflexión de la poesía sobre sí misma es una de las
constantes distintivas de la poesía moderna; a veces las mejores
observaciones sobre lo poético se dicen en la poesía misma - ya lo dijo
Wallace Stevens: "El asunto del poema es la poesía".) Tal sección
ha sido bautizada "Carne verbal", porque en un verso utilizo ese
término para definir al poema. El antólogo es un poeta
norteamericano que vive en España; ha escrito un prefacio bastante
extenso donde uno de sus tópicos esenciales es el Zen. Él considera que
yo me he preocupado mucho por el Zen. Tiene razón. De todas las doctrinas
orientales, de todas las corrientes del ser oriental (para no usar únicamente
el término "pensamiento"), el Zen, el inclasificable Zen es
aquello que más se aproxima, dentro de lo que yo he encontrado, a la dinámica
más íntima de la creación poética. Porque mediante el impacto de la
imagen (en apariencia absurda) provoca la iluminación. Ello se revela
profundamente ligado con lo que antes mencionábamos, la noción del relámpago,
ese pequeño fulgor de apertura. Y como hay detrás de eso una serie de
brotes de sabiduría, no es raro que el haikú sea una poesía Zen, y
tampoco es raro que el Zen recurra a la poesía para decir lo poco que
dice. (Uno de sus principios es casi no hablar, decir casi nada.) Sí,
me ha atraído, es una de las lecturas que más he hecho por seducción.
Hace muchos años, después de mi segundo libro, leí muy cuidadosamente
toda la obra de Daisetsu Teitaro Suzuki y sus comentaristas, la de Alan
Watts. Leí también sobre el Zen chino. Evidentemente hay ahí un gran
alimento para quien tenga sensibilidad estética y metafísica: el Zen
implica una abrumadora, salvadora riqueza. DGD/AT - Otro punto de
coincidencia entre su obra y el Zen es la concepción del silencio. RJ - En nuestra forma de
ser, en el estado de ser en que se define lo humano, somos una combinación
de sonido y silencio. Pero en otra concepción del universo podríamos
haber sido sólo sonido o sólo silencio. En uno de mis primeros poemas
planteo las dos posibilidades y me pregunto cómo, de haber sido uno, se
habría dado el otro. Es una meditación que radica en el fondo de lo poético,
e implica un reconocimiento imprescindible para los poetas: la palabra no
existe sin el silencio. Ella no sólo es por el hecho material de
necesitar espacios que la rodeen, que la individualicen (además de los
signos que la componen): hay un silencio que separa las palabras y que al
mismo tiempo las une. Ello crea la poesía.
Una palabra sola nunca es
poesía. Dos palabras lo son. Dos palabras unidas por el silencio. Hay una
carga de silencio en el poema: es el respaldo, la espalda de silencio que
tiene la dimensión poética de la vida, toda esa esencial vivencia del
silencio sin la cual no hay expresión válida (eso que olvidan los
charlatanes de este mundo, que no dicen nada porque no tienen silencio,
silencio de palabras). Pero hay algo más: no es sólo esa envoltura de
silencio lo que sustenta a la palabra, sino que cada una de ellas tiene su
propia carga interna de silencio. Es como si tuviera entre cada una de sus
letras una zona que las une. ¿Qué carga de silencio tiene una palabra?
Resulta evidente que la palabra constelación no guarda el mismo
contenido de silencio que la palabra flor. Cada palabra trae su
silencio; es con esa particular combinación que nace la poesía. En la vida todo está
involucrado al silencio (de ahí la necesidad, por ejemplo, de leer poesía
en ausencia de ruido). Llevo esto a un final de poema: El silencio, que
es resumen de todo. Resumen no por el simple hecho de que el final
corresponde a la muerte, sino porque aquí mismo, en la más palpitante
vida, también el silencio lo resume todo. (Lo dice Antonio Porchia:
"Una cosa, hasta no ser toda, es ruido, y toda, es silencio".) En cierta ocasión mi
mujer, la escritora y poeta Laura Cerrato, tuvo el coraje de citarme en su
tesis de maestría, cuyo tema era el lenguaje poético, con la exigencia
de lanzarse al fondo de la cuestión. En un capítulo de su estudio, y
para dar una idea de ciertas figuras características de la poesía, ella
registra la línea de un poema mío: "Una campana de silencio". Sí, el silencio suena a veces como una campana. |
Daniel González Dueñas (México, 1958). Poeta e ensaísta. Autor de La raíz eléctrica (2000). Alejandro Toledo (México, 1963). Poeta, contista e ensaísta. Autor de Cuaderno de viaje: James Joyce y sus alrededores (1999). Contatos: goduenas@df1.telmex.net.mx e toolal@df1.telmex.net.mx. Página ilustrada com obras do artista Cruzeiro Seixas (Portugal). |