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revista de cultura # 30 - fortaleza, são paulo - novembro de 2002 |
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Memorias de la cantante alemana Wilhelmine Schroeder-Devrient Carlos Bedoya Digo lo que es en verdad la vida
Y yo sitúo el amor -tal como lo práctico- Podríamos
afirmar que la audacia es una de las exigencias decisivas de la literatura desde el
momento en que estamos en condiciones de asumir a ésta como un discurso autónomo,
específico, determinado según sus leyes íntimas, las cuales corresponden a un orden
diferente al de los sistemas de control. Hablamos de "leyes" en el sentido que
da el músico y escritor John Cage a esta palabra, cuando nos muestra que el caos no es
opuesto al orden. De ahí que la audacia no puede quedarse en un establecimiento buscado,
más bien el trastornar las convenciones de una manea sutil pero radical, valiéndose para
ello de la risa, el humor negro.
Este humor y esta audacia a los cuales aludimos son una constante de la mejor literatura erótica. Decir erotismo es decir transgresión. Tal como en la vida social el erotismo transgrede la sexualidad (desviándola de la reproducción), en el lenguaje literario ocurre algo similar a nivel de las conexiones que guarda este con la esencia del ser inconsciente y de las cosas. Enfrentar una obra erótica con el propósito de analizarla objetivamente (desde el punto de vista del psicoanálisis, por ejemplo) es dejar de lado la posibilidad de ligar su poder con nuestras vidas, en especial con aquel sol que transcurre de manera furtiva: el deseo. La literatura erótica, audaz hasta la obscenidad, poética hasta el paroxismo, despierta hoy en día la curiosidad de numerosos lectores, por sobre la censura vigente en nuestra cultura, la cual permite la "libertad" de pensamiento pero restringe todo obrar, particularmente la obra : el pensamiento es libre, pero todo escrito será controlado" dice Brecht en El preceptor. Y aludimos a esta cuestión para reseñar brevemente uno de los mejores libros publicados en la bien presentada colección "La sonrisa vertical", que dirige Luis G. Berlanga y edita en Barcelona Tusquets Editores. Esta colección dedicada al erotismo incluye hasta el momento obras tan importantes como Irene (atribuida al poeta surrealista Louis Aragón, quien niega su autoría), Las tres hijas de su madre y Diálogo de cortesanas de Pierre Louys, Historia del ojo de Georges Bataille, y las Memorias de una cantante alemana, texto del cual vamos a ocuparnos.
Estas memorias pertenecen a la cantante Wilhelmine Schroeder-Devrient (1804-1860). Concebido el cuerpo como toda una zona erógena y como una inscripción a letra que lo multiplica, miles de cuerpos que forman el muro de lo que la clínica clásica etiqueta como "perversión" se proyectan en este libro, visión de un universo de cráteres, diamantes, látigos y sortijas, descubierta para estos "tiempos de penuria" por el alquimista del verbo Guillaume Apollinaire. Las Memorias que comentamos, cuya autenticidad es puesta en duda por muchos críticos, figuran por supuesto en el tristemente célebre Index Librorum Prohibiturum (de Pisanus Fraxi), quien menciona como fecha de sus primeras ediciones: 1868, Tomo I; y 1875, Tomo II. Más allá del problema de su autenticidad, Memorias de una cantante alemana es, de acuerdo con Apollinaire, "la única autobiografía femenina que pueda compararse a las Confesiones de J.J. Rousseau o las famosas Memorias de Casanova. Narrada en forma de cartas, con una prosa que golpea por su rigor y su buen empleo de lo imprevisto, imaginativa, dura y bastante realista en diversos aspectos, el libro de W. Schroeder-Devrient pone en obra la posibilidad casi alucinante de que una mujer escriba como una mujer, no en el plano de lo fisiológico sino en el de la sangre y materias viscerales. Arduo camino lleno de altibajos, alusivo, inmerso en un secreto nada sucio que una rara diosa deja entrever en situaciones extremas. La cantante vive este destino víctima del machismo ario, de riesgo en riesgo, siempre con la cara en alto, visualizando el nexo música-erotismo ("no hay mejor cómplice que la música") con una crudeza (deberíamos decir desnudez) que los mojigatos habituales sepultarían en sus fosas de agua bendita, pero que esta época ha sabido captar con todo su encanto más allá de las astucias de la industria editorial.
Amiga de Beethoven y Goethe (quien al parecer, había escrito algunos versos en su álbum personal) se dio el lujo de no incluirlos en sus memorias. Enigma de hermoso cuerpo, linda voz, deseosa de hallar nuevas formas de sentir, con una ternura asfixiada por la violencia hipócrita de unas costumbres devastadoras de toda fuerza erguida, desplegaba su luz al caminar bajo la mesa de la moral más puritana. Esta "belleza del diablo" poseída por el don del azar, supo moverse con soltura en atmósferas de penumbra sado-masoquista, con un éxtasis que únicamente la reproducción puede volver negativa y que apenas logra perfilarse en la palabra. El deseo ausente regresa por instantes. Ella canta, su palabra es un ritmo audaz, impulsado por el asombro, por el amor a lo nunca sentido, al acontecimiento nunca acariciado. Sabe por experiencia algo que la Ley suele ocultar, al igual que muchas cosas más, a la vibración imperceptible encarnada en la mujer, quien es fustigada tenazmente cuando elude el peligro, el miedo a la sociedad, la delicadeza, la espiritualidad, al tiempo que destruye la máscara cotidiana: "Por experiencia sé que entre las mujeres quienes parecen prometer mucho son justamente las más frías y las más insensibles, incluso cuando cumplen sus promesas: "Aguas tranquilas, aguas profundas". La justeza de este proverbio se muestra con más evidencia en el carácter de la mujer. Sí, somos capaces de fingir hasta en el momento del desvanecimiento Para la mujer es muy doloroso reconocer que goza", Memorias de
Resulta curioso que en la poesía de nuestra amada "volatinera" Alejandra Pizarnik encontremos una posición análoga respecto a la música en tanto origen inabordable. W. Schroeder-Devrient escribió en relación a ello algunas líneas, mostrando la afinidad de la música con aquello que nunca deja de comenzar, implorando la "pequeña muerte": "Una cantante puede amar a su patria; puede sentir cariño hacia la lengua, las costumbres y los recuerdos de su infancia, pero sólo tiene una patria: la música". Meterse en las teclas del piano para descubrir un lugar maravilloso o un "infierno musical". Celebración que conlleva el olvido para abrir campo a una forma fugaz y eterna. Quisiéramos profundizar más, asociar más acerca de las Memorias de una cantante alemana. Conectarla, hasta donde sea factible, con la obra de Pierre Louys y otros autores en los que lo anal y lo oral se confunden. Sin embargo, retomemos para terminar por el momento, la oscura pregunta formulada por Roland Barthes, en El placer del texto: "el amor-pasión cómo goce? El goce como sabiduría (cuando llega a comprenderse a sí mismo fuera de sus propios prejuicios)?" Acerca del prólogo, mejor ni hablar. Ya volveremos a referirnos a esta joya, incluso hay quienes lo consideran lo mejor del libro. |
Carlos Bedoya (Colombia, 1951). Poeta, ensayista y traductor. Ha publicado Pequeña Reina de Espadas (1988). Desde hace más de diez años se dedica a la radio, sobre jazz y rock. Página ilustrada com obras do artista Patricio Ponce (Equador). |