revista de cultura # 30 - fortaleza, são paulo - novembro de 2002

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De la realidad objetiva (dada) a la realidad virtual, o del renacimiento a la edad media (pasando por Pascal)

Armando Romero

Armando RomeroUna olla contra la pared está más cerca de una página de Joyce que un adjetivo de su sustantivo; un tranvía aplastando a Gaudi o un T-Ford a José Gregorio Hernández, el casi santo venezolano de principios de siglo, abre una perspectiva que nos permite aproximarnos con precisión a un caligrama de Apollinaire o a un cuadro de Marinetti; una escoba contra la cabeza de una musa, o una moza, o una mesa, es vía directa para ver un cuadro de Duchamp. Un zapato con la suela desprendida está más cerca de "El hombre aproximativo" de Tzara que toda la Métrica Española lo está de Tomás Navarro Tomás. La ciencia de los opuestos, era la definición que Alfred Jarry, "Santo patrón de la irracionalidad", le daba a la Patafísica. El doctor Faustroll, personaje de la famosa novela de Jarry, la define así: "La patafísica es la ciencia de las soluciones imaginarias, la cual simbólicamente atribuye la propiedad de los objetos, descriptos por su virtualidad, a sus contornos".

Voy a tratar de manipular un postulado que intenta retorcerle el cuello al cisne de los principios de evolución y cambio, efecto y causa. Si aceptamos el presupuesto de que estamos al fin de la modernidad (Apollinaire decía que Jarry corrompió el Renacimiento), y nos metemos en el saco roto de la post-modernidad, se abre la posibilidad de que veamos este paso como un cambio, un avance temporal o espiritual. Estaríamos así de hecho contradicciendo los presupuestos básicos de esa misma post-modernidad. Pero si no caemos en esa contradicción entonces podemos afirmar que la post-modernidad es una pre-modernidad, y que al fin del Renacimiento (modernidad) podemos muy bien encontrarnos regresando a la Edad Media.

El morderse la cola del Dadaismo, directa consecuencia de las teorías del Doctor Faustroll, no es una forma más de reventarle el hígado a los burgueses (propia de la modernidad), sino una forma de lograr el estado de perfección absoluta: su propia desaparición. Por lo tanto, Dada introduce lo real en el arte como un hilo entra en una aguja, o el arte en lo real como una aguja entra en un hilo. Borradas las fronteras, el grado cero de la realidad objetiva es su disolución, desintegración.

Malcolm Green, en su Prefacio a la tradución inglesa del Almanaque Dadaista (London: Atlas Press, 1993), señala que los dadaistas buscaban establecer una relación directa entre lenguaje y realidad objetiva, así como, de acuerdo a Hugo Ball, "disolver el lenguaje en el corazón del proceso creativo". Los dadaistas ansiaban aplastar con fuerza la araña peluda del idealismo de Berkeley, enredar los tentáculos succionadores del racionalismo cartesiano, el idealismo dialéctico de Hegel y su primogénito histórico, la dialéctica marxista. Pero más que esto buscaban aplastarlo todo, desde la primera comunión a la última extremaunción. Rechazar todo concepto de arte a partir del Renacimiento. Y lo lograron, porque como dice Richard Huelsenbeck (Almanaque Dadaista), los dadaistas eran libres para ponerse la máscara que mejor les quedara, hacerse representantes de cualquier movimiento artístico, puesto que no pertenecían a ningún movimiento, menos a Dada.

Sin embargo la realidad objetiva de Dada muere históricamente a manos de la realidad subjetiva del surrealismo. Lo viejo entierra a lo nuevo como ha sucedido siempre. La historia, línea y punto, busca hacernos creer otra cosa como imagen del progreso. La pregunta que salta entonces es ésta: ¿Progresamos a medida que retrocedemos?

Patricio PonceCuando Breton, en su Primer Manifiesto Surrealista, desafía el concepto de progreso, no lo hace para rechazar esta idea en su totalidad, sino en la medida en que ha sido utilizado por el racionalismo neoclásico imperante en la sociedad burguesa, para extirpar lo maravilloso como parte integral, activa, de la vida cotidiana. Así, el surrealismo, como todo movimiento revolucionario, se inscribe en la tradición de cambio y transformación que se impone desde el Renacimiento, y que al pasar por el irracionalismo romántico del siglo XIX, enfatiza las coordenadas de libertad e imaginación como formas conciliadoras del antagonismo sueño y realidad. Vistas desde este ángulo todas las vanguardias que se originan a la muerte de Dada lo preceden. Dada es el fin de todas las vanguardias, de todos los movimientos, la muerte de todas las ideologías. Podríamos pensar entonces en el fin de la historia, y en el abandono de la realidad, como sugiere el post-modernista Jean Baudrillard en su famoso artículo "Patafísica del año 2000". Pero para eso tenemos que remontarnos a los presupuestos de Tzara, Huelsenbeck, Ball, Picabia.

Cuando Borges responde a la pregunta de si se considera moderno afirmando que él es moderno porque está vivo, lo que indica claramente es que el concepto de moderno, o modernidad, está enraizado en el concepto de lo actual, lo presente. Siguiendo este razonamiento podríamos concluir que Borges, por estar muerto ahora, es definitivamente post-moderno. Es decir que la post-modernidad empieza con la negación de la realidad, en la medida en que regresamos al estado anterior de Ser. La no-existencia precede a la existencia, predica el Tao.

La modernidad, que se remonta a los albores del Renacimiento, es el resultado de dos fuerzas antagónicas que logran crear la dinámica del progreso y el cambio, gracias a una visión utilitarista del tiempo, la una, y de restaurar la idea de belleza que venía de la antigüedad griega, la otra. La primera produce el auge de la sociedad capitalista. Su empuje económico, sostenido por la competencia y la emulación, da cimiento al traspaso de lo científico a lo industrial. La segunda, en su búsqueda y afirmación del Ser, permite que el mundo racionalista que viene de los griegos a Occidente, determine no sólo una serie sucesiva de patrones de belleza aliados a este concepto, sino que instaure la lógica contradicción inherente a las crisis que conlleva esta búsqueda de lo subjetivo, de lo humano propiamente dicho. Como diría Foucault, se inventa al hombre cuando ya está pasado de moda. De allí el sentido de contradicción, sinónimo de los patrones de ruptura que alimentarán todas las vanguardias literarias y artísticas.

En los varios siglos en que se desarrolla esta confrontación es el artista el que empieza a perder su puesto de primacía frente al científico y al industrial, representantes ellos de lo que hemos determinado como una de las dos fuerzas antagónicas. Poco a poco vemos desde el siglo XIX en adelante cómo el artista va cediendo terreno en su papel de vanguardia del progreso social, y se va colocando al margen de las circunstancias. La realidad del siglo XX lo encuentra unas veces del lado de una actitud crítica, negativa, la cual se torna irreconcialible con el panorama político y social que vive, y otras del lado servil de los poderes de turno o de los aspirantes a serlo.

Un paso adelante y uno para atrás, es la receta para bailar ciertos ritmos en el trópico. Así el Renacimiento y la post-modernidad. Pero este ir y venir de la vanguardia, de los nuevos, o de la retaguardia, de los viejos, es parte del sistema de contradicciones y antagonismos que, como señalamos, enmarca la modernidad. Ahora bien, si nos apoyamos en la idea del filósofo Francis Bacon de que nosotros los modernos somos los antíguos, dado el hecho de que somos viejos frente a los jóvenes griegos, por ejemplo, podemos comprender que el sentido de cambio histórico se altera, y que los parámetros culturales con que aspiramos medir la sucesión temporal no funcionan sólo de A a B a C, sino también en sentido inverso. Es decir que vamos retrocediendo porque el tiempo no es progresivo, y que si a partir de la modernidad éramos antíguos, en la post-modernidad arriesgamos volver a nuestra infancia. El poeta Jotamario en Colombia me dijo un día que escribía sus poemas para cuando naciera el abuelo. Y no nos olvidemos de Macedonio Fernández.

Patricio PonceEste imaginar bicéfalo me lleva a un pensador-científico que a mi juicio es un buen ejemplo de axolotl francés: Blas Pascal. Cuando a finales de la década del 70 empezó a circular dentro de la jerga científica el nombre de Pascal asociado a un programa de computación, lo primero que pensé recuerdo era que el azar fortuito había venido a sacar del olvido a este filósofo de pensamientos y margaritas de mi juventud. Lejos estaba de imaginarme que no solamente estaba errado sino que el mismito Blas había creado una máquina matemática de suma y resta, la cual en sus técnicas complementarias para restar abría las compuertas para operaciones similares en los computadores modernos. Asi, en su calidad de científico Pascal se adelantaba a su tiempo en el siglo XVII y se metía de bruces en el flamante mundo de la cibernética. Sin embargo, este ser que tiene una pata grande metida a todo lo largo de la modernidad que va del Renacimiento a nuestros días, tiene la otra de lleno en la Edad Media. Pascal, en sus Cartas, sostiene la tesis jansenista que, según San Agustín, señala el papel determinante de la gracia divina sobre el comportamiento humano. Esta manera de pensar y creer lo puso frente al humanismo jesuita, que con sus ideas de universalidad y educación, estaba a la vanguardia de los procesos de desarrollo de la modernidad. Asimismo, su irracionalismo religioso, enraizado en el pensamiento medieval, logró ponerlo en pugna directa con el racionalismo cartesiano. El mismo Descartes, quien lo visitó en su casa, no podía entender esta dualidad de ser y pensar. "El corazón tiene sus razones que la razón no conoce", respondía anfíbicamente el filósofo.

¿Estaría viendo Pascal la película al revés? ¿Las causas después de los efectos? Pascal es ejemplo de que no necesariamente el pensamiento científico se alinea con lo espiritual, ni que avanza progresivamente.

Si bien la polémica entre antigüedad (entendida como pre-renacentista) y la modernidad, se extendió por varios siglos, hoy en día la confrontación entre modernidad y post-modernidad no ha durado más que unas pocas décadas, y ya no solamente es obsoleta sino que según los post-modernos está perdida para los modernos, para siempre, excluido definitivamente el progreso. La fugacidad de esta polémica, de este cambio tan trascendental, nos permite incluir de nuevo al tiempo ahora como factor determinante (y condicionante) del pensamiento, pero no de una manera constructiva, progresiva, como querían los modernos, sino en forma destructiva, aniquilante. Y esta concepción del tiempo es medieval. Digamos entre paréntesis que no es extraño entonces que hoy en día, en vez de leer a Cervantes volvamos a leer novelas de caballería, de entretenimiento. La industria editorial precede a la literatura. Podríamos casi ver reflejos del anti-intelectualismo medieval en el post-moderno.

La filosofía post-modernista, reaccionaria y anárquica, fragmentaria y caótica, fuera de órbita y de centro, consigue como asidero real la negación de la realidad. Pero ya no es la negación del objeto por el objeto mismo como quería Dada, incluido aquí el lenguaje como objeto y el objeto como lenguaje, sino la negación de la realidad del objeto por medio de la realidad de su imagen, lo cual nos lleva a una "solución imaginaria": la realidad virtual.

Juguemos ahora a la preguntas: ¿De donde proviene, que es, la realidad virtual? Respuestas posibles:

La realidad virtual es el fantasma de la realidad objetiva.

La realidad virtual es la negación de la realidad objetiva a través de un engaño de los sentidos.

La realidad virtual es la afirmación científica de que la realidad subjetiva puede ser realidad objetiva.

La realidad virtual es el espejo en que se observa la mimesis.

La realidad virtual es la realidad misma, metáfora de opuestos idénticos.

Patricio Ponce

Los animistas medievales sostenían que toda forma material de la realidad posee un alma, así las plantas o los terremotos. Es indudable que esta forma de pensamiento está más próxima a la idea de la realidad virtual que podemos crear si mezclamos las respuestas anteriores, que a la de la realidad objetiva. La única diferencia está en que el acercamiento ahora no se hace por la imaginación y su aliada la fe, sino por los métodos y medios científicos. Y de vuelta estamos festejando con Pascal.

Perdidos los límites de tiempo y espacio dentro de la realidad virtual, esta realidad nos permite actuar completamente desprendidos de ella, en un mundo irreal, diferente. Es decir que podemos inventar los sueños que vamos a soñar tan fácilmente como los espacios que vamos a habitar; podemos leer el libro que no vamos a escribir o componer el cuadro que no vamos a pintar. La libertad es máxima porque no vamos a ninguna parte al ir a todos los sitios. Los dadaistas no buscaban otra cosa.

Veamos, para concluir, algunos de esos sueños de realidad virtual post-modernista que inventamos junto con sus pesadillas:

El poeta, el narrador, espera que lleguen los aplausos antes de escribir su obra. Es decir que hace y culmina su carrera literaria antes de aprender a escribir. El pintor ve sus obras en el museo antes de ejecutarlas. El escultor se apodera de todo el espacio sin mover las manos. Se puede ver el fin sin necesidad de que haya un principio. En el post-modernismo el gusto por la aclamación pública se hace obligatorio tanto para los artistas como los escritores. Hay que darle el mayor gusto al burgués y a los demás. Todo se banaliza quedando no una esencia espiritual sino una excrecencia real, mejor dicho, virtual. El sesgo lírico de Miró, o en su defecto el vitalismo pictórico de Pollock, se traducen en chisguetes de colores en los grandes y vacíos platos de los restaurantes. La Cocacola no tiene ningún mensaje, da lo mismo tomar Pepsicola. "La poesía tiene que ser hecha por todos", dijo Lautréamont.

La creencia medieval de los estragos del nuevo milenio, que señalaba catástrofes inmensas, colapsos cósmicos, vuelve a estar presente frente a lo impredecible de la mano oscura del terror: las bombas no pueden ocultar las calaveras de la plaga, de la peste negra. El poder militar más grande de la historia humana se enfrenta contra un pueblo de mendigos miserables. El hombre de las cavernas utiliza piedras bioquímicas contra los hombres de la iluminación. En la post-modernidad son los rostros del medioevo fanático los que se enfrentan contra los triunfadores de la modernidad. R. H. Moreno Durán dijo recientemente en una entrevista: "Una vez desaparecidas las ideologías lo que queda es la tolerancia o el fundamentalismo". No mucho de esto tiene que ver con los empujes de cambio que preconizaba la modernidad, más bien nos señala los vericuetos oscuros y extraños de la Edad Media.

Días atrás recordaba con mi amigo, el poeta Jotamario, a un mendigo que existía en nuestra ciudad de Cali, y a quien llamábamos "el loco" Guerra. Resulta que "el loco" Guerra estaba totalmente loco de día, pero totalmente cuerdo de noche [manes de Pascal]. De día recogía limosna dando la bendición de mesa en mesa y meneando el cuerpo con una frasesita: "A bailar, a bailar, que el mundo se va a acabar". Cierro con esta idea relacionada con la danza macabra este texto, que si en suerte le toca ser post-modernista, entonces su realidad será virtual y por lo tanto dejará de existir al poner aquí punto final.

Armando Romero (Cali, 1944). Poeta, ensaísta e narrador. Autor de livros como Un día entre las cruces (1995), La piel por la piel (1997) e Lenguas de Juego - Divertimentos sobre temas conocidos (1998). Contato: armando_romero@msn.com. Página ilustrada com obras do artista Patricio Ponce (Equador).

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