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revista de cultura # 31 - fortaleza, são paulo - dezembro de 2002 |
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Rosamel del Valle: la araña que encontró un chileno Lorenzo García Vega No, en aquellos finales de la década del 40, cuando comencé a ser el
Lector, no conocí a Rosamel del Valle. Leí, si, a un Marcos Fingerit, cuestionable poeta
chileno que, por aquel tiempo, casi siempre aparecía en las publicaciones del Cono Sur
que llegaban a La Habana.
Así como me acompañé, en cuanto a los mexicanos, con Octavio Paz, y con el desborde hermético y amoroso de Alí Chumacero, o, tocando a la Argentina, no dejé de leer a los poetas que aparecían en la revista "Sur"; pero yo estaba en una isla, y en ese tiempo, literariamente hablando, la isla tenía puesta su mirada en Francia. ¡Francia sobre todo! Así que los que en aquel momento llegamos a ser lectores de poesía, éramos lectores de un lugar que estuviese a 90 millas de París. No era extraño que, algunos, no nos encontráramos con los poetas hispanoamericanos, y por lo tanto, que nunca nos encontráramos con Rosamel del Valle. Además, también él andaba frente a Paris. Se encontraba en un país austral que estaba frente a la Ciudad Luz, y como ese lugar era la meca del mundo y en ella André Bretón había inventado (hasta el punto de llevarla a la locura) a un personaje llamado Nadja, Rosamel, en el 1930, se vio como obligado a escribir Eva y la fuga, donde su personaje femenino era una traducción de Nadja.
A Rosamel lo vine a conocer en los años 70, en Caracas. Ya había muerto (el 22 de septiembre de 1965), pero Juan Sánchez Peláez estaba preparando una espléndida antología de su poesía, aparecida en Monte Ávila Editores, y la cual, después de ser publicada, no dejé de leer y de releer. Pero antes de esas lecturas que hice, lo principal para mí consistió en que, al oír a Juan, en aquel alucinante patio con noche caraqueña, pude sentir que ya no estaba en isla frente a París, o en isla con lo dramático de unas endemoniadas 90 millas, sino en un continente hispanoamericano donde, lo afrancesado, y muy afrancesado, que pudiera haber tenido Rosamel, sólo era un bonito agregado que servía para resaltar la voz del poeta chileno. Una voz propia que sin que uno supiera cómo, traducía alucinantemente todo aquello: noche, vegetación, ranitas cantando, y sabor a tierra suramericana que, como un soplo inolvidable tenía, frente a mí, en el caraqueño patio de Juan.
En muchas ocasiones, al andar por la poesía de Rosamel parece como si estuviéramos transcurriendo por pasillos que se disuelven, o por un juego alucinatorio de espejismos, semejante a una combinación de hilos. Y ¿qué es esto?, ¿cómo se puede explicar esto? La Poesía, como se sabe, no es explicable, pero si el Lector se decide a girar en torno a un laberinto sin salida, podríamos sugerirle que se detenga en el epígrafe del último libro de Rosamel, Adiós enigma tornasol, donde se cita a Antonin Artaud diciendo: "¿Y para qué ojos cuando todavía falta inventar lo que hay que mirar?" ¿Qué significa esto?, ¿no hay necesidad de ojos cuando todavía no hay mirada?
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Lorenzo Garcia Vega (Cuba, 1926). Poeta e novelista. Autor de libros como Vilis (1998) e Palindromo en otra cerradura (1999). Contato: logar8@yahoo.com. Página ilustrada com obras do artista João Câmara (Brasil). |