revista de cultura # 31 - fortaleza, são paulo - dezembro de 2002

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Rosamel del Valle: la araña que encontró un chileno

Lorenzo García Vega

Rosamel del ValleNo, en aquellos finales de la década del 40, cuando comencé a ser el Lector, no conocí a Rosamel del Valle. Leí, si, a un Marcos Fingerit, cuestionable poeta chileno que, por aquel tiempo, casi siempre aparecía en las publicaciones del Cono Sur que llegaban a La Habana.

Así como me acompañé, en cuanto a los mexicanos, con Octavio Paz, y con el desborde hermético y amoroso de Alí Chumacero, o, tocando a la Argentina, no dejé de leer a los poetas que aparecían en la revista "Sur"; pero yo estaba en una isla, y en ese tiempo, literariamente hablando, la isla tenía puesta su mirada en Francia. ¡Francia sobre todo! Así que los que en aquel momento llegamos a ser lectores de poesía, éramos lectores de un lugar que estuviese a 90 millas de París.

No era extraño que, algunos, no nos encontráramos con los poetas hispanoamericanos, y por lo tanto, que nunca nos encontráramos con Rosamel del Valle. Además, también él andaba frente a Paris. Se encontraba en un país austral que estaba frente a la Ciudad Luz, y como ese lugar era la meca del mundo y en ella André Bretón había inventado (hasta el punto de llevarla a la locura) a un personaje llamado Nadja, Rosamel, en el 1930, se vio como obligado a escribir Eva y la fuga, donde su personaje femenino era una traducción de Nadja.

João Câmara¡Vaya enredo todo esto! Sentirnos originarios, los hispanoamericanos, o bien de una isla, o bien de un país austral: lugares que estarían situados frente a París y en perpetua adoración de los gurúes de esa ciudad. Por lo que, según he sabido, el día en que Rosamel del Valle se decidió a visitar a Bretón (Rosamel viajó a Europa en 1954 y en 1956), después de haber atraveado las 90 millas que separaban a su austral país del París de donde venía la cigüeña, llegó hasta su casa, pero no llegó a tocar la puerta, atrapado quizá por ese miedo a la electricidad negativa que pudiera derivarse del contacto de un ser, papá del surrealismo francés, que podría tener el magma incandescente, o algo por el estilo.

A Rosamel lo vine a conocer en los años 70, en Caracas. Ya había muerto (el 22 de septiembre de 1965), pero Juan Sánchez Peláez estaba preparando una espléndida antología de su poesía, aparecida en Monte Ávila Editores, y la cual, después de ser publicada, no dejé de leer y de releer. Pero antes de esas lecturas que hice, lo principal para mí consistió en que, al oír a Juan, en aquel alucinante patio con noche caraqueña, pude sentir que ya no estaba en isla frente a París, o en isla con lo dramático de unas endemoniadas 90 millas, sino en un continente hispanoamericano donde, lo afrancesado, y muy afrancesado, que pudiera haber tenido Rosamel, sólo era un bonito agregado que servía para resaltar la voz del poeta chileno. Una voz propia que sin que uno supiera cómo, traducía alucinantemente todo aquello: noche, vegetación, ranitas cantando, y sabor a tierra suramericana que, como un soplo inolvidable tenía, frente a mí, en el caraqueño patio de Juan.

João CâmaraEra el Orfeo y, con ello, en alta tensión de imagen, los rafagazos en deslumbramiento, de una voz poética que sabía presentar cuestiones tan alambicadas como ésta: "¿Será posible reconocer el agua debajo de sí misma?". En lo más mínimo la voz de Rosamel tenía nada que ver con trompeterías bolivarianas, ni con tremebundos gritos de gran madre, Gabriela, acunada en las cumbres de los Andes. Rosamel, aunque en lo personal fue hombre de carne y hueso: "Le gustaba mucho la música -me dijo Juan Sánchez Peláez- en cualquier reunión en su departamento si se le ocurría se disfrazaba, inventaba juegos, hacia de tenor o barítono, procuraba motivos para que a su lado estuviéramos en una situación agradable".

En muchas ocasiones, al andar por la poesía de Rosamel parece como si estuviéramos transcurriendo por pasillos que se disuelven, o por un juego alucinatorio de espejismos, semejante a una combinación de hilos. Y ¿qué es esto?, ¿cómo se puede explicar esto? La Poesía, como se sabe, no es explicable, pero si el Lector se decide a girar en torno a un laberinto sin salida, podríamos sugerirle que se detenga en el epígrafe del último libro de Rosamel, Adiós enigma tornasol, donde se cita a Antonin Artaud diciendo: "¿Y para qué ojos cuando todavía falta inventar lo que hay que mirar?" ¿Qué significa esto?, ¿no hay necesidad de ojos cuando todavía no hay mirada?

João CâmaraProponemos una meditación sobre la araña y su tela. Primero, habría que considerar que la araña es un símbolo Maya (la ilusión cósmica). Después, habría que ver cómo su tela fue utilizada por Rosamel para poder "inventar lo que había que mirar". Podría, por ejemplo el Lector, frente al texto de Rosamel del Valle, hacer un ejercicio de imaginación que consistiría en ver cuándo, en su poesía, la tela es nocturna (en el anochecer de la vida, la superstición nos dice que la araña puede convenir), o cuando es diurna (según la superstición, la araña no es buena por la mañana). Un ejercicio de la imaginación donde, por ejemplo, entre tantos juegos imaginativos, pudiéramos insertar, dentro de la araña nocturna, la consideración de esa última etapa de la poesía de Rosamel, cuando, entrado él en la vejez, nos hace observaciones como las siguientes: "Envejecer y ser viejo / Es propio de astrónomos".

Lorenzo Garcia Vega (Cuba, 1926). Poeta e novelista. Autor de libros como Vilis (1998) e Palindromo en otra cerradura (1999). Contato: logar8@yahoo.com. Página ilustrada com obras do artista João Câmara (Brasil).

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