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revista de cultura # 33 - fortaleza, são paulo - março de 2003 |
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Antonin Artaud entre cacas y gritos Carlos M. Luis
Il
y a dans l´etre [Pour
en finir avec le jugement de Dieu] Para
salir ¿de dónde o hacia dónde? Para salir de un cuerpo que lo encerraba,
como a los gnósticos, de ver una cierta luz. Esa luz se le apareció bajo
el resplandor de lo que Dionisio el Aeropagita vió como apofásis o
luz que surge de las tinieblas. Luz entonces semejante a la nigredo
de los alquimistas como caos de la materia prima producto de la descomposición
o putefractio. Todo parece indicar, pues, que Artaud fue sometido a
un constante proceso de trasmutación que sólo concluyó con su muerte,
punto final e inicio de otra. Artaud vivió esa putefractio asumiendo
todo su proceso en sucesivas etapas de composición/descomposición. Su
experiencia fue, en ese sentido, única y no transferible. Es
siempre un error tratar de incorporar como si fuese un conocimiento
experimental lo que Artaud vivió como parte de un proceso que en definitiva
lo llevó a romper con toda suerte de comunicación tal y como la
entendemos. Su lenguaje final ya no son nuestras palabras sino las suyas y
éstas provienen de un grito primordial e irrepetible. Artaud
no estaba interesado en asomarse a un espacio conceptual (¿no hubiese sido
más apropiado para él un espacio gnóstico como lo entendió Lezama
Lima?) que le explicase en términos causales lo que él no queria, ni podía,
comprender. El reverso de su lucidez lo llevó entonces a la locura (¿caos
primordial?) la cual le permitió emplear un lenguaje excremencial para
entenderse con sus fantasmas. Y por eso dijo refiriéndose a Van Gogh que cualquier
cosa podia existir sin tomarse el trabajo de ser. Esa lógica suya, le
propició introducir en su lenguaje un translenguaje hecho a base de
sonidos, glosolalias, gritos todos en última instancia, que vienen siendo
la caca del lenguaje tradicional. Seria un error, por otra parte, tomar esos
arranques como materia prima para hacer, digamos, poesía concreta. De la
misma manera que una máscara primitiva nada tiene que ver con el arte y
todo con la magia, los gritos de Artaud no pueden confundirse con la poesía.
Sus gritos son mágicos conjuros para provocar otra suerte de apariciones. Hace
años atrás, en La Habana, cuando visité con un amigo el manicomio de
Mazorra, tuve ocasión de escuchar detrás de unas paredes unos gritos que
ya no venian de un ser humano, sino de alguien que estaba poseído por una
fuerza primitiva, fuerza que nuestro mundo racional interpreta como locura.
Nunca he podido olvidar esos gritos y cuando pasando el tiempo, entré en
contacto con la obra de Artaud los volví a escuchar aún con más fuerza.
La gritología de Artaud constituye todo un sistema de comunicación cuya
clave se llevó a la tumba. Creo, por lo tanto, que frente a esos gritos el
silencio es apropiado, aunque todos llevemos por dentro gritos que no nos
atrevemos a vociferar.
El
rostro de Artaud lo dice todo como tambien su voz. El sonido cavernoso de la
voz de Artaud recitando uno de sus últimos textos Pour en Finir Avec le
Jugement de Dieu es un lenguaje en sí mismo. Y era que para enfrentarse
con ese ser que siempre lo persiguió tenia que inventar todo un habla que
pudiese, tonalmente, reflejar su lucha constante con Dios. Con esa lucha
Artaud creó sus ritos, léase mejor su teatro, su teatro de la crueldad,
ritos que nos remontan a otras épocas, épocas que hubieran podido haber
hablado asi, como lo hizo Artaud: O
reche modo Aqui
el lenguaje se pone sus máscaras y comienza a elaborar toda una ceremonia
explo- ratoria. ¿De qué? Si lo supiéramos la llave para entrar en el
interior de Artaud estaría a nuestra disposición. Pero felizmente no lo
sabemos. De tener la llave en nuestras manos hubiésemos convertido a Artaud
en un problema cuando en realidad es un misterio, para seguir la definición
que sobre esos dos términos nos diera Gabriel Marcel. A
pesar de todas las predicciones, la obra de Artaud se mantiene aún
inviolada como la locura. No importa lo que digamos sobre su obra: entre el
sueño y la locura los signos se intercambian y se nos escapan como virus
transformables en otros virus. Asi el lenguaje de Artaud. La magia lo acompañó
mientras habitaba en esos asilos: Los
asilos de alienados son receptáculos de magia negra concientes y
premeditados Artaud
practicó la magia durante toda su vida, conciente o inconcientemente. Jugó
con las materias más elementales para suplicar la salida por los agujeros: Cual
es, y de qué esos agujeros? Eso
lo dijo Artaud, el Momo, una de sus tantas reencarnaciones o
representaciones (ya que él pensaba en los escenarios) de su ser. Pero
cuando se dicen esas anomalías aparece entonces la policía del espíritu:
profesores, loqueros, curas, y tantos otros que le quieren cerrar el camino
a quien se caga olímpicamente en todos para espetarle a los bien pensantes
gritos como éstos: menendí
anenbí ¿A
quien el Momo le dice todo esto? Quizás al único que pudiera entender su
lenguaje… si existiera: a Dios. Existe
ese agujero sin marco Que chupan sobre su culo apretado, Y tú también tienes la encía, También tu encía está helada Desde el tiempo en que me esperabas
La
caca, desde luego, es una salida. El grito tambíen lo es. Artaud
caga y grita e hizo lo que los otros no se atrevieron: Se
volvió loco y además lo llevó todo al teatro o como paradójicamente dijo
Derrida refiriéndose a su teatro de la crueldad: Al cierre de la
representación. Pero
como nos recuerda también Derrida es que Artaud nos dice que el teatro no
ha nacido aún. ¿Qué es el teatro? El teatro resulta entonces nacimiento,
salida, (sólo podemos nacer si salimos de un encierro) y la muerte también:
otra salida. La cagada: salida de nuestro interior de esa materia que
termina en muchos casos fecundando. Volvamos al principio: materia prima con
la cual el niño juega, ese acto primordial que nos marca desde los
comienzos. Nacer, cagar y jugar son los tres grandes momentos teatrales y en
los tres el grito y los sonidos aparecen: ambos intraducibles a un idioma
normal como el nuestro. De
ahi que los valores salgan trastocados. Hacer el amor, por otra parte, está
relacionado con esa representación. Pero además con la idea de la muerte
(Bataille). Ahi también, en el coito, el entra y sale, el grito y otros
sonidos guturales nos recuerdan que hay gestos que se liberan de toda mímesis.
Toda racionalización aborta la libertad que permite esa actuación. El
logos interrumpe el acto donde damos rienda suelta a las otras palabras que
carecen de discurso racional. Artaud
consigue mediante su locura trascender ese orden de cosas. Solamente
habitando esos lugares (¿el “infinito turbulento’’ de Michaux?) pudo
hacernos entender (no entendiendo) que la zona límite que separa la
normalidad de la anormalidad es una tierra de nadie, un sitio donde si
entramos tenemos que despojarnos (¿cagar?) de nuestro espíritu. Dos
opciones se nos ofrecen, de acuerdo con Artaud después que quiso acabar con
el juicio de Dios en su célebre transmisión radial: Celle
de l’infini dehors Artaud
escoge lo segundo, como era natural, entrando de lleno en el mundo de la
locura. El
loco, por su parte, es un consumado actor aunque no lo sepa. Las cosas le
penetran por su mirada representando otra realidad y ante ésta el
loco actua de acuerdo. Artaud no pudo hacer otra cosa pues la locura le
permitió tomarse toda suerte de libertades contra lo que sostenía eso que
se ha llamado el canon occidental. El
Surrealismo que se quejaba de la poca realidad no llegó a tanto, a pesar de
todos sus arrebatos a favor del arte de los enajenados o a personajes como
el Marqués de Sade. No podian hacerlo porque, en el fondo, todavía le
rendian pleitesía a esa diosa que ocupó el trono vacante de Dios después
del siglo XVIII. Artaud, por lo tanto, realizó el acto surrealista supremo.
Loco, pudo decir las cosas que la cordura surrealista le hubiese impedido
decir. En eso siguió lo que el enajenado de la Gaya Ciencia profetizó:
Crear nuevas ceremonias. Las
mejores palabras de Artaud no se entienden y en eso se aparta radicalmente
del Surrealismo. Son estertores que surgen de un ser humano cuya (de)gradación
era el paso necesario para comunicarse. Toda esa griteria suya, si la
entresacamos de los textos donde aparecen, forman una gran fiesta de
sonidos. Juegos quizás de su espíritu que en el fondo, veía la
representación como algo lúdico. La palabra entonces no tenía por qué
ser entendida. Escapándose de su encierro mental, Artaud da rienda suelta a
un lenguaje-ritual donde los sonidos danzan. Todo parece indicar que las
ceremonias que Nietszche viera como necesarias para un dios postmortem se
dan en ese lenguaje que inicia otro tipo de comunicación cuando el Logos
que se hizo carne terminó asesinado. Muecas
y rictus. Rostros garabateados. Trazos que recorren el papel con furia.
Artaud fue viendo a los otros y viéndose a sí mismo en un espejo
deformado. No podía ser de otra forma. Quien se atrevió a romper la
estructura de la palabra tenía que arremeter contra la figura humana con la
misma violencia.
Otros
pintores se han enfrentado con el rostro tratándolo de desfigurar hasta el
paroxismo: Bacon, Soutine, Schiele entre otros monstruosean sus respetivos
rostros, pero desde una perspectiva puramente pictórica. Artaud, que no fue
pintor, se mete dentro de sus rostros, interpretándolos con su
mirada de alucinado. No los copia: los reanima como un mago. Magia
y locura, al fin y al cabo, no están separadas entre sí. Cuando
uno se enfrenta a textos como los publicados bajo el título de
‘’Supppots et Supplications’’ y alli nos encontramos esas ‘’imágenes
larvarias’’ (que él ya había mencionado en su Pese-Nerfs’)
podemos preguntarnos ¿Y esto es poesía? No,
no lo es. No puede serlo. Meter a Artaud dentro esas definiciones sería
perderlo de vista cambiando la composición química de su mensaje, si es
que de mensaje se trata. (Pienso en mensaje como una voz que nos llega desde
afuera y que nos perturba.) Toda
la obra de Artaud parece estar concebida desde otra dimensión y sus
palabras se encuentran “a mi chemin de l’’intelligence’’ (Le
Pese-Nerfs). Por eso prefiero ver la obra de Artaud como un gran proceso
digestivo que termina siempre en material fecal. Únicamente
en la fijeza de una mirada que no se aparta de esa realidad es como
Artaud nos hipnotiza. Las
torceduras de su rostro (o de sus rostros ya que tuvo más de uno) que
corresponden a sus mutilaciones del lenguaje, posee para nosotros un
atractivo rayano en lo morboso. Sabemos que estamos frente a un loco pero
queremos cruzar el puente para llegar a él. Y lo que es peor: algunos
tratan de imitarlo. Lo
que Artaud pidió para el teatro el mundo no está aún en condiciones de
concederlo. Su
Teatro de la Crueldad continua inédito a pesar de aproximaciones (algunas
geniales) al mismo. Pensemos en un Beckett y cómo sus personajes sugieren
otra escala espiritual que termina ¿en alguna parte? sin llegar a nada.
Pero Beckett hombre distante si los hubo, intentó resolver el asunto
mediante el idioma, mientras que Artaud quiso hacer un teatro de paroxismos
que lo involucrara todo: cuerpo y alma. Y es porque para habitar esos límites
todos tenemos que convertirnos en un Artaud y ser capaces de vivir entre
gritos y cagadas una vida donde, para decirlo con sus propias palabras: Je
sors de moi de l’inexistence Jal
ja shaya rakal [Suppots
et Supplications] |
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Carlos M. Luis (Cuba, 1932). Poeta, ensaísta e artista plástico. Recentemente publicou Contraloquios y Peritextos e Dis/func/tional, ambos em 2002. Contato: karmaluis@aol.com. Página ilustrada com obras do artista Enrique Lechuga (México). |