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revista de cultura # 33 - fortaleza, são paulo - março de 2003 |
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La estación del poeta: entrevista con José Ángel Leyva Ricardo Venegas
RV
- Eres médico
de profesión, ¿cómo encontraste la poesía? JAL -
La respuesta, como la pregunta, es algo complicada. En provincia, sobre
todo en donde yo nací y en la época en que me tocó vivir la
adolescencia, las oportunidades de estudio eran y son muy restringidas. El
horizonte cultural se reduce a una vida llena de convencionalismos y de
rutinas que lo empujan a uno hacia un destino previsible y predecible. Me
interesaban las humanidades, la filosofía y la literatura de manera
particular. Mis padres hacían un esfuerzo sobrehumano para sostener los
estudios de sus diez hijos, entre ellos yo, y para que tuviésemos una
vida digna y cómoda dentro de un cierto rango de limitaciones menores.
Era imposible en ese momento salirme de mi radio de opciones: medicina,
leyes, contaduría, odontología y cosas por el estilo. La medicina me
pareció la mejor opción y desde un punto de vista literario, la más
humanista de las carreras allí existentes. Abrí mi paracaídas y me lancé
al agujero negro de la frase hipocrática: “Curar el dolor es obra
divina”. Muy pronto me di cuenta de que no era mi territorio y sí lo más
alejado de la curación y de una visión intelectual de la salud. Siempre
la historia negando la realidad presente. La enseñanza se reducía a un
ejercicio técnico de la memoria y a despertar expectativas entre los
estudiantes de una vida confortable a partir de una profesión mercantil y
mercenaria. No
hallaba interlocutores, aunque sí encontré buenos compañeros. La poesía
definitivamente no la descubrí allí, aunque pueda ser una mina de
sugerencias poéticas y literarias en general, creo que los casos de
algunos médicos escritores lo confirman. Se me viene a la mente el nombre
de Francisco González Crussi y su libro Notas
de un anatomista, por ejemplo, o Elías Nandino, o los doctores
Enrique González Martínez o el ultraísta Salvador Gallardo. Hablo
en primer lugar de la medicina porque deseo puntualizar que no fue ese el
periodo de mi descubrimiento, aunque sí el de mi decisión. Mi padre,
como sus hermanos y mi abuela paterna, fueron maestros. Había en ellos un
apostolado hacia el magisterio y un culto hacia la educación, hacia los
libros y las escuelas. Así que en el caso de mi padre los primeros que
debíamos participar en cuanta actividad escolar existiese éramos sus
hijos. Mi padre ha sido un hombre soñador y de batalla. Mi madre lo ha
acompañado fiel en todas sus empresas. Él se lanzó a ser maestro rural
en las quebradas y entre tumbos y mudanzas por la sierra Madre Occidental
nacimos la mayoría de sus hijos. Yo nací en la capital del estado porque
mi madre acostumbraba dar a luz en los hospitales de la ciudad. Sólo una
hermana nació en Topia, un pueblecito enclavado en la serranía. Viví la
inmensidad de las montañas desde mis primeros meses de vida hasta los
doce años de edad, cuando tuve que ir a estudiar la secundaria a Durango
capital con mi abuela. Era un
chiquillo insoportable y vago como los demás, pero me diferenciaba el
hecho de que era el hijo del director de la escuela, y eso marcaba una
diferencia insalvable. Debía ser ejemplo moral para los demás. Eso me
pudría la vida y en cierta forma acotaba mi libertad. Pero no lo
suficiente como para no escapar de las ataduras de mi madre. Ella me
amarraba con un mecate para evitar que me fuera con la pandilla de niños
a zonas peligrosas. Tenía entonces cuatro o cinco años. A veces volvía
por las noches y obviamente la mantenía preocupada y con el alma en vilo.
Recibía tremendas zapatizas y represiones de todo tipo, mas nada lograba
reducir mi gusto por la vagancia. Huí una y otra vez en busca de
aventuras en los arroyos y en el bosque, en los voladeros por donde los niños
de mi edad pastoreaban las cabras. Yo deseaba ser como ellos, unas chivas
locas que adoraban el campo y la libertad. No obstante siempre estaba esa
cuestión que me pudría el entusiasmo, era el hijo del director de la
escuela, incluso para mis socios de travesuras. Me tocó
entonces iniciar la primaria y decidí abandonar a mis padres. A los seis
años hice un intento de poner distancia entre ellos y la ansiedad de
abrir mi campo vivencial y libertario. Exigí quedarme a hacer la primaria
con mi abuela en la ciudad de Durango. Extraña e inexplicablemente
aceptaron mi capricho. Hay que reconocerlo, era un niño insoportablemente
terco. Me salí con la mía y aguanté un año y los primeros días del
segundo año escolar. La abuela era muy estricta, pero muy buena y me
parece que yo le simpatizaba por mi inquietud. Dejaba que yo desarrollara
hasta cierto punto mi rebeldía y toleraba muchas cosas, siempre y cuando
estuviesen encaminadas a un anhelo de aprender. Ella era una cinéfila
incurable y sus nietos la acosábamos y acechábamos por las tardes con el
claro afán de acompañarla. Podíamos estar parapetados en alguna esquina
o esperándola en la taquilla del cine que suponíamos era su destino.
“Tarde solar de tres funciones”, como digo en uno de mis poemas. Era
una mujer indescifrable que iba de sus aulas a las salas cinematográficas,
del olor de lápices y cuadernos a la atmósfera virtual de las butacas
vacías y las palomitas, y ese haz de luz que nos alejaba del mundo
exterior y nos hundía en nuestras fantasías. Creo que allí realmente
comencé a leer y a imaginar en otra esfera de la existencia. La
religión iba de la mano en todo ello, pues la abuela, Ita le llamábamos,
era una católica recalcitrante, al tiempo que se revelaba como una mujer
de pensamiento liberal y de carácter autosuficiente. Nunca la vi llorar
ni acongojarse, era una mujer de una entereza y optimismo ejemplares. Quizás
por ello en mi familia las mujeres son dominantes y muestran más carácter
en situaciones difíciles. Volví
pues a la sierra con mis padres y reinicié mis pillerías. Me enamoré de
una muchacha que tenía las mejillas de manzana o de durazno y nos cuidaba
a mí y a mis hermanos. A veces incluso ayudaba a bañarnos. Era una
adolescente que me parecía ya desde entonces un apetitoso bocado. Mi
padre escribía poemas patrios y redactaba comedias. Los leía en voz alta
y luego nos ponía a recitarlos o a actuar sus obras de corte picaresco y
divertido. No había fiesta escolar en la que no bailáramos, recitáramos
o actuáramos. Me volví un declamador montaraz y lector de poemas
convencionales. Adoraba las correrías por el monte y las diabluras en
pandilla. Pero siempre estaba allí presente esa marca, era el hijo del
director. El pueblo donde viví mi infancia se llama Los Bancos y está
colgado de la montañas; desde allí se ve la aparición del sol entre los
lomos azules de las cordilleras. Del otro lado, por donde pasa la
carretera que desciende a Mazatlán, se encuentra el Espinazo del Diablo.
Desde allí soñábamos que se veía el mar del Pacífico. Entre la niebla
que impide ver el fondo de las quebradas ascendían las bestias cargadas
de frutos tropicales. Sudorosos los arrieros y sudorosos los animales de
carga aparecían desde las profundidades con olores ajenos a una zona de
coníferas y encinos, acantilados y cabras. Guayabas, chirimoyas,
naranjas, arrayanes, mangos, ciruelas, tomates conformaban el imaginario
tropical o costero. Íbamos al Espinazo del Diablo para mirar a los
turistas, para esperar a los vendedores de fruta, y para ver si no había
accidentes de camiones cargados de mercancía. La muerte de los
conductores no estaba contemplada, lo importante era el contenido de sus
traileres. Creo que allí, en ese cruce de fantasías y crueldades
primarias, comencé a tomar conciencia de que había algo más allá,
siempre algo más allá de nuestras percepciones inmediatas, y eso tenía
mucho que ver con el estigma que me hacía sufrir, el de ser distinto de
mis compañeros de aventuras por el simple hecho de ser el hijo del
director de la escuela. Lo mío iba, en efecto, al poder de las palabras y
de la imaginación que mi padre, mi abuela y en cierto sentido también mi
madre, le otorgaban a la realidad, a la vida individual en relación con
la mirada de la comunidad. O sea, a la responsabilidad de ser uno mismo,
de ser lo que sentimos, pensamos, anhelamos y estamos obligados a ser. Yo
me sentía poeta como mi padre. Por eso
cuando me vine a vivir a la ciudad de México para hacer la especialidad
en psiquiatría y el jefe de Enseñanza del psiquiátrico Bernardino Álvarez,
donde hice mi año de servicio social, me llamó para informarme que
estaba aceptado para ingresar a la especialidad, le respondí que estaba
ya aceptado en otro mundo, el de las letras. La decisión de abandonar la
medicina no fue fácil, pesaban los miedos y los convencionalismos de una
vida más o menos segura y confortable de entrarle al negocio de la curación.
Trabajaba ya en una revista de divulgación científica de CONACYT y asumía
lo que venía haciendo desde hacía muchos años, escaparme hacia las
quebradas de la escritura y de la literatura. Una vez más me liberaba de
las ataduras maternales atendiendo al impulso de mi naturaleza vaga y
rebelde. Lloré mi propia muerte, me ahogaban los sollozos que eran al
mismo tiempo de duelo y de un despertar, de un darme a luz en el Espinazo
del Diablo de mi infancia. Me inscribí entonces en la Facultad de Filosofía
y Letras y cumplí con otro sueño, estudiar en Ciudad Universitaria.
JAL -
He publicado cuatro libros de poesía, tengo algunos trabajos inéditos,
otros que acabo de perder porque, puede resultar inverosímil, me robaron
el disco duro de mi computadora y con éste algunos libros que iban en un
porcentaje bastante avanzado de su proceso. Es muy difícil saber cuál
libro prefieres sobre los demás, si atienden a distintas situaciones y
edades. Yo escribí primero un libro que se llamó Botellas de Sed,
donde hay una serie de referencias a la infancia, a la juventud, pero de
una manera muy caótica. Después de ese desorden de Botellas de Sed,
publicado por la Universidad de Sinaloa, me plantee escribir algo que
respondiera a una exigencia mayor, a una auténtica disciplina. Fue así
como escribí Catulo en el destierro,
editado por la UNAM en la colección “El ala del tigre”. Era
consecuencia de mi arribo solitario a una urbe monstruosa como la Ciudad
de México. No conocía a nadie y me descubría como poeta entre la
muchedumbre, viviendo en cuartos de azotea, a salto de mata, sin mucho que
ofrecer como escritor o como conversador. Primero la sierra, luego Durango
y ahora estaba desafiando las fuerzas de gravedad de la literatura y de la
tierra urbanizada. Tuve la fortuna de hacer viajes a Europa antes de venir
a vivir al DF, lo cual me hacía menos ingenuo, pues los viajes te dan una
perspectiva de mayor conciencia de dónde eres y de dónde no. Yo era uno
más de los habitantos de la ciudad, o sea un nombre más, una cifra, un
registro y una indiferencia más entre los habitantes de la megalópolis,
o sea los habitantos. No importaba de dónde venía, sino dónde vivía y
a dónde pertenecía. Entonces
descubrí la perspectiva del tiempo: de venir desde ese micromundo, que es
realmente el macromundo de la infancia, del campo y de la relación con la
naturaleza, a este otro universo aparentemente más amplio, pero que es más
cerrado, que es el ámbito urbano de Durango. La ciudad de mi adolescencia
representaba un tiempo y un espacio dilatados. Cada día era un siglo. En
la Ciudad de México viví una experiencia radicalmente distinta, el
tiempo se te escurre de las manos. De pronto te despiertas una mañana y
te das cuenta de que ya pasaron casi 20 años y es como si hubieras
llegado ayer. Entonces esa era la relación de Catulo con la ciudad, un
Catulo que tiene que ver con el Catulo clásico, latino, romano, y un
poeta cualquiera atravesando la Ciudad de México desde la mañana a la
noche que marca el final de un siglo, de una época. Es un libro-poema,
donde la carga épica está muy concentrada, aunque obviamente hay un tono
lírico que lo sostiene. Es un libro al que yo quiero mucho porque me
siento muy ligado existencial y vivencialmente a él. Luego
vino el libro Entresueños. Una obra en donde emerge mi formación
científica. Me dije, tiene que haber una manera de expresar este mundo
del conocimiento, este mundo de la ciencia a través del lenguaje poético.
Obviamente esa intención se halla presente en las vanguardias. Aragón y
Bretón fueron estudiantes de medicina. No sé
si es un libro que retoma las técnicas de la vanguardia, pero creo que de
alguna manera lo hice, a veces de una manera voluntaria y otras de forma
involuntaria. Se fue tejiendo de esa manera, al crear, por ejemplo, imágenes
más que metáforas. Imágenes, por ejemplo, de la idea que Stephen
Hawking nos transmite del tiempo, cuando nos hace comprender que una
estrella muerta hace miles de millones de años nos llega a nosotros como
una luz de recién nacida. Ahí está la parte espectacular de la finitud
humana, o sea, el tener conciencia de algo ocurrido en el pasado cósmico,
cuando el espacio y el tiempo que nosotros vivimos son verdaderamente una
insignificancia. Pero en ese instante luminoso que es la vida cabe el
conocimiento de lo inabarcable, de lo inaccesible. Entonces, esa lucidez
universal es para mí la parte espectacular de la escritura. Ahí van a
encontrar también ustedes esa relación con lo cotidiano, con lo que
tiene que ver con mi vida en la sierra o en la ciudad; pero
fundamentalmente al hombre consciente ante dicha dimensión del universo.
Las cosas ocurren de una manera formidable, sin que nosotros podamos físicamente
ir del origen al final del fenómeno. Somos viajeros en tránsito,
espectadores, simple y sencillamente, pero espectadores que pueden ver una
película completa en la cual pasan una y miles de existencias, entre
ellas la propia. Bueno, para mí eso es el fenómeno del sueño, del
entresueño. En ese sentido fue un juego y un descubrimiento de que la
vida es una sucesión de sueños, y cada vez que soñamos vivimos otros
universos. Esa fue la relación con este libro “Entresueños”.
Por
otro lado está la imagen del héroe. Hay gente que trabaja toda su vida
para ser héroe en la muerte. El héroe no conoce límites, está
dispuesto al sacrificio, a la inmolación, incluso a la traición de sus
seres queridos o de sí mismo. También los poetas se esculpen su imagen
de héroes. Dante es un ejemplo espléndido, tal y como lo describe Thomas
Carlyle. Un héroe que hace su propia ética, construye un infierno para
castigar a sus enemigos, mientras que a los amigos y a las figuras que
admira los pone a salvo del horror y el sufrimiento. Dante es capaz, en su
obra, de emerger de los infiernos, de los dominios del mal, bañado con la
luz de la gracia y la sabiduría. En
cuanto a los Nombres del deseo, para mí es un libro muy
significativo y también muy pudoroso, pues habla del amor-pasión, del
amor-ternura, del amor-complicidad, del amor por las mujeres. Tengo
que dar una explicación tan larga para decir que soy responsable de haber
hecho bien o mal esos libros de poemas a los que no puedo clasificar como
más o menos queridos. Su pregunta es tan abierta como mi respuesta. Pero
en todo caso debía de haber contestado, si se me hubiese ocurrido antes
de hacer este recorrido, que los libros más queridos son los que están
por escribirse, los que he perdido y debo de reconstruir. Esos, en
realidad, son los libros que más anhelo. RV
-¿Cuál es
tu experiencia de ser un poeta que entrevista poetas? JAL -
Mira, yo pienso que para mí es un regalo, es un obsequio, es una fortuna
poder establecer un diálogo, y no es que vaya a descubrir nada nuevo,
muchas veces simplemente voy a reafirmar lo que yo pienso de un poeta y de
su obra. Sé lo que me va a decir, pero quiero sentir el placer de
escucharlo y poder difundirlo con su autorización. Es un trabajo, pero al
mismo tiempo es una conversación, una charla muy especial y exclusiva con
alguien a quien has leído con atención y tienes el privilegio de
preguntarle a tus anchas, pero con un guión preconcebido. Es requisito de
un entrevistador de poetas y de artistas saber preguntar, saber mucho del
tema para no hacer una entrevista de banqueta, superficial y tonta. La
intención es ir a lo profundo, a lo esencial de su ser y su quehacer.
JAL -
Bueno, yo creo que es una imagen muy afortunada, muy certera, porque en
primer lugar el hombre es un animal consciente o no de su parte
instintiva, de su parte orgánica ligada a la naturaleza, que nos recuerda
de algún modo que por mucho que hagas siempre estarás atado a la
naturaleza. La parte metafísica tiene que ver con la explicación que nos
damos del universo, de lo desconocido, de lo conocido que nos vincula con
otras fuerzas, con otras dimensiones, con el mundo de posibilidades en
donde intentamos explicarnos nuestra propia existencia, donde estamos
ubicados. El hombre es pues ese trozo de la naturaleza consciente del
dolor, del sufrimiento, la pesadumbre, la tristeza, la melancolía,
definida por Vallejo como Trilce: tristeza dulce. El hombre no es otra
cosa que la lucha entre el placer y la congoja, entre el conocimiento y la
ignorancia, entre su insignificancia y su soberbia, entre el recuerdo y el
olvido, entre lo terrenal y lo divino, entre el instante, la luz, y la
muerte. Somos la nostalgia del futuro. En mi
caso estoy compuesto de la nostalgia de los sueños. Hay cosas que he soñado
y he vivido, por tanto, también es evocación y necesidad del pasado. El
sueño me revela no una vuelta hacia el pasado, sino la actualización de
las cosas desapercibidas, no de las que no tienen remedio, sino de sus
fantasmas, de las luces muertas que aparecen en la perspectiva de su
nacimiento, del porvenir. RV
- Se ha dicho
que la poesía es sueño en presencia de la realidad, ¿cómo observas
esto? JAL -
En mi libro Entresueños pongo justamente un epígrafe de Pessoa
que responde la pregunta: “No duermo, entresueño”, y más adelante
recojo otra de sus alucinantes líneas: “Y entonces, en plena vida, es
cuando el sueño tiene grandes funciones de cine”. No hay nada más que
se parezca hoy en día a los sueños y a la vida, al viaje, que el cine.
Quizás ahora lo sustituya la realidad virtual, más cercana por su
experiencia de simultaneidad con los sueños. RV
- Cuando
tienes una expectativa sobre la muerte ¿cómo logras un acuerdo con la
percepción que tiene el poeta y la formación?, ¿qué piensa el poeta
sobre la muerte o cómo la percibe José Ángel
Leyva? JAL - Fíjate que eso es algo que ha ido cambiando con el tiempo. Yo creo que cuando se es adolescente no se piensa en la muerte, y si piensas no comprendes el sentido de la muerte, no lo ves como la cancelación del porvenir, supones que se trata de que ellos, los demás, dejarán de mirarte y de tenerte. Hay una percepción narcisista de la ausencia. Quiere morirse para que lo sufran los demás, para que lo recuerden y lo vean. Cuando pasa el tiempo descubres y empiezas a valorar el tiempo que necesitas para trabajar, para crear, para almorzar, amar, etcétera. Es entonces cuando te empieza a preocupar la muerte, la cancelación de las posibilidades productivas, creadoras. Quizás por ello el tiempo se te escurre y no lo puedes controlar, pero es cuando ya la madurez, en términos del sentido de la vida, adquirió ese rango en las cosas que tú haces, es cuando tú comienzas a ser más creativo, entonces ha venido cambiando. Pero la relación con la muerte también estuvo muy ligada a la percepción que yo tenía del dolor cuando fui estudiante y cuando fui médico, porque es el dolor de los demás, no es tu dolor, tú eres un profesional del dolor, a ti te enseñan que tú puedes manipular el dolor, que lo puedes mitigar o que lo puedes acrecentar o que puedes dominarlo; cuando te retiras de esa instancia y te ves a ti como un simple mortal y te das cuenta de que la muerte es la misma para todos y que tiene una carga trágica, pero que también tiene una carga de alivio, porque además morir muchas veces significa la solución de un problema, de una circunstancia. A menudo la muerte de los demás, su muerte existencial, o la muerte de una parte de tu vida, digamos sicológica, te abre el camino o te sepulta entero. Yukio Mishima decía más o menos, “si tu padre te estorba mátalo, si tu amigo te estorba mátalo, si tu madre te estorba mátala, si Dios te estorba mátalo, si tú mismo te estorbas o no te dejas ser, mátate”. Claro, él llevo el asunto a la autodestrucción, pero hablamos aquí en términos simbólicos, a la superación de ciertas figuras que nos determinan, someten o esclavizan. La vida y la muerte existen en una relación dialéctica. |
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Ricardo Venegas (México, 1973). Poeta y periodista. Es autor de El silencio está solo (1994), Destierros de la voz (1995) y Escribir para seguir viviendo (2000), éste último de entrevistas con Ricardo Garibay. Contato: ricardovenegas_2000@yahoo.com. Página ilustrada com obras do artista Enrique Lechuga (México). |