revista de cultura # 33 - fortaleza, são paulo - março de 2003

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La estación del poeta: entrevista con José Ángel Leyva

Ricardo Venegas

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José Ángel LeyvaPoeta, ensayista, editor, periodista, alguna vez médico, explorador y cazador de los poetas y su trabajo mediante el género de la entrevista, miembro fundador y codirector de la revista Alforja (de la Fraternidad Universal de los Poetas), autor de los libros Botellas de sed (1988), Catulo en el destierro (1993), Entresueños (1994, con el cual obtuvo el Premio Nacional Olga Arias) y El espinazo del diablo (1998), entre otros; José Ángel Leyva (1958, Durango, Dgo.) ha escrito: “Hay un espacio tan lleno de vacío/ donde mi voz no es voz sino eco/ el puro cascarón del ruido/ la marca de un pie que no me calza”. [R.V.]

RV - Eres médico de profesión, ¿cómo encontraste la poesía?

JAL - La respuesta, como la pregunta, es algo complicada. En provincia, sobre todo en donde yo nací y en la época en que me tocó vivir la adolescencia, las oportunidades de estudio eran y son muy restringidas. El horizonte cultural se reduce a una vida llena de convencionalismos y de rutinas que lo empujan a uno hacia un destino previsible y predecible. Me interesaban las humanidades, la filosofía y la literatura de manera particular. Mis padres hacían un esfuerzo sobrehumano para sostener los estudios de sus diez hijos, entre ellos yo, y para que tuviésemos una vida digna y cómoda dentro de un cierto rango de limitaciones menores. Era imposible en ese momento salirme de mi radio de opciones: medicina, leyes, contaduría, odontología y cosas por el estilo. La medicina me pareció la mejor opción y desde un punto de vista literario, la más humanista de las carreras allí existentes. Abrí mi paracaídas y me lancé al agujero negro de la frase hipocrática: “Curar el dolor es obra divina”. Muy pronto me di cuenta de que no era mi territorio y sí lo más alejado de la curación y de una visión intelectual de la salud. Siempre la historia negando la realidad presente. La enseñanza se reducía a un ejercicio técnico de la memoria y a despertar expectativas entre los estudiantes de una vida confortable a partir de una profesión mercantil y mercenaria.

No hallaba interlocutores, aunque sí encontré buenos compañeros. La poesía definitivamente no la descubrí allí, aunque pueda ser una mina de sugerencias poéticas y literarias en general, creo que los casos de algunos médicos escritores lo confirman. Se me viene a la mente el nombre de Francisco González Crussi y su libro Notas de un anatomista, por ejemplo, o Elías Nandino, o los doctores Enrique González Martínez o el ultraísta Salvador Gallardo.

Hablo en primer lugar de la medicina porque deseo puntualizar que no fue ese el periodo de mi descubrimiento, aunque sí el de mi decisión. Mi padre, como sus hermanos y mi abuela paterna, fueron maestros. Había en ellos un apostolado hacia el magisterio y un culto hacia la educación, hacia los libros y las escuelas. Así que en el caso de mi padre los primeros que debíamos participar en cuanta actividad escolar existiese éramos sus hijos. Mi padre ha sido un hombre soñador y de batalla. Mi madre lo ha acompañado fiel en todas sus empresas. Él se lanzó a ser maestro rural en las quebradas y entre tumbos y mudanzas por la sierra Madre Occidental nacimos la mayoría de sus hijos. Yo nací en la capital del estado porque mi madre acostumbraba dar a luz en los hospitales de la ciudad. Sólo una hermana nació en Topia, un pueblecito enclavado en la serranía. Viví la inmensidad de las montañas desde mis primeros meses de vida hasta los doce años de edad, cuando tuve que ir a estudiar la secundaria a Durango capital con mi abuela.

Era un chiquillo insoportable y vago como los demás, pero me diferenciaba el hecho de que era el hijo del director de la escuela, y eso marcaba una diferencia insalvable. Debía ser ejemplo moral para los demás. Eso me pudría la vida y en cierta forma acotaba mi libertad. Pero no lo suficiente como para no escapar de las ataduras de mi madre. Ella me amarraba con un mecate para evitar que me fuera con la pandilla de niños a zonas peligrosas. Tenía entonces cuatro o cinco años. A veces volvía por las noches y obviamente la mantenía preocupada y con el alma en vilo. Recibía tremendas zapatizas y represiones de todo tipo, mas nada lograba reducir mi gusto por la vagancia. Huí una y otra vez en busca de aventuras en los arroyos y en el bosque, en los voladeros por donde los niños de mi edad pastoreaban las cabras. Yo deseaba ser como ellos, unas chivas locas que adoraban el campo y la libertad. No obstante siempre estaba esa cuestión que me pudría el entusiasmo, era el hijo del director de la escuela, incluso para mis socios de travesuras.

Me tocó entonces iniciar la primaria y decidí abandonar a mis padres. A los seis años hice un intento de poner distancia entre ellos y la ansiedad de abrir mi campo vivencial y libertario. Exigí quedarme a hacer la primaria con mi abuela en la ciudad de Durango. Extraña e inexplicablemente aceptaron mi capricho. Hay que reconocerlo, era un niño insoportablemente terco. Me salí con la mía y aguanté un año y los primeros días del segundo año escolar. La abuela era muy estricta, pero muy buena y me parece que yo le simpatizaba por mi inquietud. Dejaba que yo desarrollara hasta cierto punto mi rebeldía y toleraba muchas cosas, siempre y cuando estuviesen encaminadas a un anhelo de aprender. Ella era una cinéfila incurable y sus nietos la acosábamos y acechábamos por las tardes con el claro afán de acompañarla. Podíamos estar parapetados en alguna esquina o esperándola en la taquilla del cine que suponíamos era su destino. “Tarde solar de tres funciones”, como digo en uno de mis poemas. Era una mujer indescifrable que iba de sus aulas a las salas cinematográficas, del olor de lápices y cuadernos a la atmósfera virtual de las butacas vacías y las palomitas, y ese haz de luz que nos alejaba del mundo exterior y nos hundía en nuestras fantasías. Creo que allí realmente comencé a leer y a imaginar en otra esfera de la existencia.

La religión iba de la mano en todo ello, pues la abuela, Ita le llamábamos, era una católica recalcitrante, al tiempo que se revelaba como una mujer de pensamiento liberal y de carácter autosuficiente. Nunca la vi llorar ni acongojarse, era una mujer de una entereza y optimismo ejemplares. Quizás por ello en mi familia las mujeres son dominantes y muestran más carácter en situaciones difíciles.

Volví pues a la sierra con mis padres y reinicié mis pillerías. Me enamoré de una muchacha que tenía las mejillas de manzana o de durazno y nos cuidaba a mí y a mis hermanos. A veces incluso ayudaba a bañarnos. Era una adolescente que me parecía ya desde entonces un apetitoso bocado. Mi padre escribía poemas patrios y redactaba comedias. Los leía en voz alta y luego nos ponía a recitarlos o a actuar sus obras de corte picaresco y divertido. No había fiesta escolar en la que no bailáramos, recitáramos o actuáramos. Me volví un declamador montaraz y lector de poemas convencionales. Adoraba las correrías por el monte y las diabluras en pandilla. Pero siempre estaba allí presente esa marca, era el hijo del director. El pueblo donde viví mi infancia se llama Los Bancos y está colgado de la montañas; desde allí se ve la aparición del sol entre los lomos azules de las cordilleras. Del otro lado, por donde pasa la carretera que desciende a Mazatlán, se encuentra el Espinazo del Diablo. Desde allí soñábamos que se veía el mar del Pacífico. Entre la niebla que impide ver el fondo de las quebradas ascendían las bestias cargadas de frutos tropicales. Sudorosos los arrieros y sudorosos los animales de carga aparecían desde las profundidades con olores ajenos a una zona de coníferas y encinos, acantilados y cabras. Guayabas, chirimoyas, naranjas, arrayanes, mangos, ciruelas, tomates conformaban el imaginario tropical o costero. Íbamos al Espinazo del Diablo para mirar a los turistas, para esperar a los vendedores de fruta, y para ver si no había accidentes de camiones cargados de mercancía. La muerte de los conductores no estaba contemplada, lo importante era el contenido de sus traileres. Creo que allí, en ese cruce de fantasías y crueldades primarias, comencé a tomar conciencia de que había algo más allá, siempre algo más allá de nuestras percepciones inmediatas, y eso tenía mucho que ver con el estigma que me hacía sufrir, el de ser distinto de mis compañeros de aventuras por el simple hecho de ser el hijo del director de la escuela. Lo mío iba, en efecto, al poder de las palabras y de la imaginación que mi padre, mi abuela y en cierto sentido también mi madre, le otorgaban a la realidad, a la vida individual en relación con la mirada de la comunidad. O sea, a la responsabilidad de ser uno mismo, de ser lo que sentimos, pensamos, anhelamos y estamos obligados a ser. Yo me sentía poeta como mi padre.

Por eso cuando me vine a vivir a la ciudad de México para hacer la especialidad en psiquiatría y el jefe de Enseñanza del psiquiátrico Bernardino Álvarez, donde hice mi año de servicio social, me llamó para informarme que estaba aceptado para ingresar a la especialidad, le respondí que estaba ya aceptado en otro mundo, el de las letras. La decisión de abandonar la medicina no fue fácil, pesaban los miedos y los convencionalismos de una vida más o menos segura y confortable de entrarle al negocio de la curación. Trabajaba ya en una revista de divulgación científica de CONACYT y asumía lo que venía haciendo desde hacía muchos años, escaparme hacia las quebradas de la escritura y de la literatura. Una vez más me liberaba de las ataduras maternales atendiendo al impulso de mi naturaleza vaga y rebelde. Lloré mi propia muerte, me ahogaban los sollozos que eran al mismo tiempo de duelo y de un despertar, de un darme a luz en el Espinazo del Diablo de mi infancia. Me inscribí entonces en la Facultad de Filosofía y Letras y cumplí con otro sueño, estudiar en Ciudad Universitaria.

Enrique LechugaRV -¿Cuál libro de poesía, de los que has publicado, quieres más?

JAL - He publicado cuatro libros de poesía, tengo algunos trabajos inéditos, otros que acabo de perder porque, puede resultar inverosímil, me robaron el disco duro de mi computadora y con éste algunos libros que iban en un porcentaje bastante avanzado de su proceso. Es muy difícil saber cuál libro prefieres sobre los demás, si atienden a distintas situaciones y edades. Yo escribí primero un libro que se llamó Botellas de Sed, donde hay una serie de referencias a la infancia, a la juventud, pero de una manera muy caótica. Después de ese desorden de Botellas de Sed, publicado por la Universidad de Sinaloa, me plantee escribir algo que respondiera a una exigencia mayor, a una auténtica disciplina. Fue así como escribí Catulo en el destierro, editado por la UNAM en la colección “El ala del tigre”. Era consecuencia de mi arribo solitario a una urbe monstruosa como la Ciudad de México. No conocía a nadie y me descubría como poeta entre la muchedumbre, viviendo en cuartos de azotea, a salto de mata, sin mucho que ofrecer como escritor o como conversador. Primero la sierra, luego Durango y ahora estaba desafiando las fuerzas de gravedad de la literatura y de la tierra urbanizada. Tuve la fortuna de hacer viajes a Europa antes de venir a vivir al DF, lo cual me hacía menos ingenuo, pues los viajes te dan una perspectiva de mayor conciencia de dónde eres y de dónde no. Yo era uno más de los habitantos de la ciudad, o sea un nombre más, una cifra, un registro y una indiferencia más entre los habitantes de la megalópolis, o sea los habitantos. No importaba de dónde venía, sino dónde vivía y a dónde pertenecía.

Entonces descubrí la perspectiva del tiempo: de venir desde ese micromundo, que es realmente el macromundo de la infancia, del campo y de la relación con la naturaleza, a este otro universo aparentemente más amplio, pero que es más cerrado, que es el ámbito urbano de Durango. La ciudad de mi adolescencia representaba un tiempo y un espacio dilatados. Cada día era un siglo. En la Ciudad de México viví una experiencia radicalmente distinta, el tiempo se te escurre de las manos. De pronto te despiertas una mañana y te das cuenta de que ya pasaron casi 20 años y es como si hubieras llegado ayer. Entonces esa era la relación de Catulo con la ciudad, un Catulo que tiene que ver con el Catulo clásico, latino, romano, y un poeta cualquiera atravesando la Ciudad de México desde la mañana a la noche que marca el final de un siglo, de una época. Es un libro-poema, donde la carga épica está muy concentrada, aunque obviamente hay un tono lírico que lo sostiene. Es un libro al que yo quiero mucho porque me siento muy ligado existencial y vivencialmente a él.

Luego vino el libro Entresueños. Una obra en donde emerge mi formación científica. Me dije, tiene que haber una manera de expresar este mundo del conocimiento, este mundo de la ciencia a través del lenguaje poético. Obviamente esa intención se halla presente en las vanguardias. Aragón y Bretón fueron estudiantes de medicina.

No sé si es un libro que retoma las técnicas de la vanguardia, pero creo que de alguna manera lo hice, a veces de una manera voluntaria y otras de forma involuntaria. Se fue tejiendo de esa manera, al crear, por ejemplo, imágenes más que metáforas. Imágenes, por ejemplo, de la idea que Stephen Hawking nos transmite del tiempo, cuando nos hace comprender que una estrella muerta hace miles de millones de años nos llega a nosotros como una luz de recién nacida. Ahí está la parte espectacular de la finitud humana, o sea, el tener conciencia de algo ocurrido en el pasado cósmico, cuando el espacio y el tiempo que nosotros vivimos son verdaderamente una insignificancia. Pero en ese instante luminoso que es la vida cabe el conocimiento de lo inabarcable, de lo inaccesible. Entonces, esa lucidez universal es para mí la parte espectacular de la escritura. Ahí van a encontrar también ustedes esa relación con lo cotidiano, con lo que tiene que ver con mi vida en la sierra o en la ciudad; pero fundamentalmente al hombre consciente ante dicha dimensión del universo. Las cosas ocurren de una manera formidable, sin que nosotros podamos físicamente ir del origen al final del fenómeno. Somos viajeros en tránsito, espectadores, simple y sencillamente, pero espectadores que pueden ver una película completa en la cual pasan una y miles de existencias, entre ellas la propia. Bueno, para mí eso es el fenómeno del sueño, del entresueño. En ese sentido fue un juego y un descubrimiento de que la vida es una sucesión de sueños, y cada vez que soñamos vivimos otros universos. Esa fue la relación con este libro “Entresueños”.

Enrique LechugaLuego vino el libro de El espinazo del diablo. En éste se juntaron en realidad tres libros: “Duranguraños”, “Los versos del guerrero” y “Los nombres del deseo”. “Duranguraños” me brotó al final, pero lo pongo al inicio. Sentía mucho pudor de hablar de mi infancia, de hacer mi biografía a través del trabajo poético, de referir la geografía de la niñez o mis geografías (porque no es una). Me decía, es un poco cursi hablar de tu infancia, cantarle al paisaje, hablar de acontecimientos muy personales, pero me empezó a surgir y a manifestarse sin mi autorización, y ni modo, tuve que dejar que fluyera este canto, porque realmente es un canto. Yo creo que la parte que empujó este libro de El espinazo del diablo, y cada una de sus partes que siento a su vez como libros inacabados, fueron “Los versos del guerrero”. En esos poemas aludo a todas las guerras que nos toca presenciar, ya sea en los medios masivos, en el cine, en carne propia, en las calles, en el campo, en el amor, en la vida cotidiana. La existencia como una batalla cotidiana. Tocaban desde la guerra del Golfo Pérsico hasta la crisis del 94 en México que nos hicieron ver escenas de frustración e impotencia, como las imágenes de hombres y mujeres cosiéndose los labios o extrayéndose sangre de la venas para lanzarla en los edificios de los bancos o de las instituciones que provocaron la miseria de millones de mexicanos. El poder en medio de la desesperanza y la rabia, la soberbia y la estulticia, y el coraje de vivir y de amar en esos contextos. Hasta cuando la pasión se transforma en odio y en venganza, en un auténtico afán de destrucción de los amantes. Uno se pregunta, ¿cómo se puede llegar a odiar a alguien que se ha amado hasta el exceso?

Por otro lado está la imagen del héroe. Hay gente que trabaja toda su vida para ser héroe en la muerte. El héroe no conoce límites, está dispuesto al sacrificio, a la inmolación, incluso a la traición de sus seres queridos o de sí mismo. También los poetas se esculpen su imagen de héroes. Dante es un ejemplo espléndido, tal y como lo describe Thomas Carlyle. Un héroe que hace su propia ética, construye un infierno para castigar a sus enemigos, mientras que a los amigos y a las figuras que admira los pone a salvo del horror y el sufrimiento. Dante es capaz, en su obra, de emerger de los infiernos, de los dominios del mal, bañado con la luz de la gracia y la sabiduría.

En cuanto a los Nombres del deseo, para mí es un libro muy significativo y también muy pudoroso, pues habla del amor-pasión, del amor-ternura, del amor-complicidad, del amor por las mujeres.

Tengo que dar una explicación tan larga para decir que soy responsable de haber hecho bien o mal esos libros de poemas a los que no puedo clasificar como más o menos queridos. Su pregunta es tan abierta como mi respuesta. Pero en todo caso debía de haber contestado, si se me hubiese ocurrido antes de hacer este recorrido, que los libros más queridos son los que están por escribirse, los que he perdido y debo de reconstruir. Esos, en realidad, son los libros que más anhelo.

RV -¿Cuál es tu experiencia de ser un poeta que entrevista poetas?

JAL - Mira, yo pienso que para mí es un regalo, es un obsequio, es una fortuna poder establecer un diálogo, y no es que vaya a descubrir nada nuevo, muchas veces simplemente voy a reafirmar lo que yo pienso de un poeta y de su obra. Sé lo que me va a decir, pero quiero sentir el placer de escucharlo y poder difundirlo con su autorización. Es un trabajo, pero al mismo tiempo es una conversación, una charla muy especial y exclusiva con alguien a quien has leído con atención y tienes el privilegio de preguntarle a tus anchas, pero con un guión preconcebido. Es requisito de un entrevistador de poetas y de artistas saber preguntar, saber mucho del tema para no hacer una entrevista de banqueta, superficial y tonta. La intención es ir a lo profundo, a lo esencial de su ser y su quehacer.

Enrique LechugaRV - Dice Huidobro que el poeta es “animal metafísico cargado de congojas”, ¿a qué te suena?

JAL - Bueno, yo creo que es una imagen muy afortunada, muy certera, porque en primer lugar el hombre es un animal consciente o no de su parte instintiva, de su parte orgánica ligada a la naturaleza, que nos recuerda de algún modo que por mucho que hagas siempre estarás atado a la naturaleza. La parte metafísica tiene que ver con la explicación que nos damos del universo, de lo desconocido, de lo conocido que nos vincula con otras fuerzas, con otras dimensiones, con el mundo de posibilidades en donde intentamos explicarnos nuestra propia existencia, donde estamos ubicados. El hombre es pues ese trozo de la naturaleza consciente del dolor, del sufrimiento, la pesadumbre, la tristeza, la melancolía, definida por Vallejo como Trilce: tristeza dulce. El hombre no es otra cosa que la lucha entre el placer y la congoja, entre el conocimiento y la ignorancia, entre su insignificancia y su soberbia, entre el recuerdo y el olvido, entre lo terrenal y lo divino, entre el instante, la luz, y la muerte. Somos la nostalgia del futuro.

En mi caso estoy compuesto de la nostalgia de los sueños. Hay cosas que he soñado y he vivido, por tanto, también es evocación y necesidad del pasado. El sueño me revela no una vuelta hacia el pasado, sino la actualización de las cosas desapercibidas, no de las que no tienen remedio, sino de sus fantasmas, de las luces muertas que aparecen en la perspectiva de su nacimiento, del porvenir.

RV - Se ha dicho que la poesía es sueño en presencia de la realidad, ¿cómo observas esto?  

JAL - En mi libro Entresueños pongo justamente un epígrafe de Pessoa que responde la pregunta: “No duermo, entresueño”, y más adelante recojo otra de sus alucinantes líneas: “Y entonces, en plena vida, es cuando el sueño tiene grandes funciones de cine”. No hay nada más que se parezca hoy en día a los sueños y a la vida, al viaje, que el cine. Quizás ahora lo sustituya la realidad virtual, más cercana por su experiencia de simultaneidad con los sueños.

RV - Cuando tienes una expectativa sobre la muerte ¿cómo logras un acuerdo con la percepción que tiene el poeta y la formación?, ¿qué piensa el poeta sobre la muerte o cómo la percibe José Ángel Leyva?

JAL - Fíjate que eso es algo que ha ido cambiando con el tiempo. Yo creo que cuando se es adolescente no se piensa en la muerte, y si piensas no comprendes el sentido de la muerte, no lo ves como la cancelación del porvenir, supones que se trata de que ellos, los demás, dejarán de mirarte y de tenerte. Hay una percepción narcisista de la ausencia. Quiere morirse para que lo sufran los demás, para que lo recuerden y lo vean. Cuando pasa el tiempo descubres y empiezas a valorar el tiempo que necesitas para trabajar, para crear, para almorzar, amar, etcétera. Es entonces cuando te empieza a preocupar la muerte, la cancelación de las posibilidades productivas, creadoras. Quizás por ello el tiempo se te escurre y no lo puedes controlar, pero es cuando ya la madurez, en términos del sentido de la vida, adquirió ese rango en las cosas que tú haces, es cuando tú comienzas a ser más creativo, entonces ha venido cambiando. Pero la relación con la muerte también estuvo muy ligada a la percepción que yo tenía del dolor cuando fui estudiante y cuando fui médico, porque es el dolor de los demás, no es tu dolor, tú eres un profesional del dolor, a ti te enseñan que tú puedes manipular el dolor, que lo puedes mitigar o que lo puedes acrecentar o que puedes dominarlo; cuando te retiras de esa instancia y te ves a ti como un simple mortal y te das cuenta de que la muerte es la misma para todos y que tiene una carga trágica, pero que también tiene una carga de alivio, porque además morir muchas veces significa la solución de un problema, de una circunstancia. A menudo la muerte de los demás, su muerte existencial, o la muerte de una parte de tu vida, digamos sicológica, te abre el camino o te sepulta entero. Yukio Mishima decía más o menos, “si tu padre te estorba mátalo, si tu amigo te estorba mátalo, si tu madre te estorba mátala, si Dios te estorba mátalo, si tú mismo te estorbas o no te dejas ser, mátate”. Claro, él llevo el asunto a la autodestrucción, pero hablamos aquí en términos simbólicos, a la superación de ciertas figuras que nos determinan, someten o esclavizan. La vida y la muerte existen en una relación dialéctica.

Ricardo Venegas (México, 1973). Poeta y periodista. Es autor de El silencio está solo (1994), Destierros de la voz (1995) y Escribir para seguir viviendo (2000), éste último de entrevistas con Ricardo Garibay. Contato: ricardovenegas_2000@yahoo.com. Página ilustrada com obras do artista Enrique Lechuga (México).

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