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revista de cultura # 34 - fortaleza, são paulo - maio de 2003 |
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El arte del desvío. Apuntes sobre literatura y nación Carlos A. Aguilera
Por
esto y por una falta-real-de-tiempo me limitaré a tres escritores que según
mi percepción han acentuado con cierta gracia la fractura entre las
narrativas que modélicamente llamamos cubanas, esas que sólo observan
desde el nacionalismo y la construcción de gestos graves, y otras que
ponen en jaque las relaciones entre ficción de escritor y ficción de
estado, es decir: lengua pública e ideología privada, aunque a veces un
escritor sea lo más público que hay; fantasma y escritura. Como
sabemos, los espacios que abre el poder a lo literario son muy extraños,
perversos. Nadiezsda Mandelstam ha relatado en Contra
toda esperanza cómo un estado que se toma el derecho a entrarsalir en la vida de un escritor, asomar su hociquito sobre lo
que escribe, golpear de manera “baja” es un estado enfermo. Un estado
que tiene que convertir en delincuentes a sus ciudadanos para justificar
el crimen que lo convierte en ley. Un estado fuera del derecho. El mejor
ejemplo sería entonces el poeta acmeísta Ossip Mandelstam, esposo de laMandelstam, condenado a fantasma por la violencia que la máquina
poder generó en la Rusia de los años 30; reducido a cadáver por
escribir un poema donde se burlaba del horror Stalin. Y
es que según parece el estado necesita trastocar la ficción en realidad
para leer bien (leer bien eso
que siempre va a estar mal leído), manipular la voz que ellos secuestran
y simulan sigue siendo del Otro, convertir espacio privado en infiernito. En
el campus insular uno de los que mejor mostró esta mezcla curiosa de nación
e infiernito fue Virgilio Piñera. Quizá, el escritor más atípicamente
nacional de cuantos ha procreado la isla. Muchos de sus relatos podrían
estar firmados por cualquier narrador centroeuropeo, por una sensibilidad
patética e irónica, por un dispositivo caricaturesco; a la vez, conviven
en tensión con el imaginario social cubano, con la ausencia de una
tradición “fría” o procesual, con la nadahistoria… Su
teatro -su obra en general, verdadero horizonte de diferencia con todo lo
que existía antes y con mucho de lo acaecido después, puede ser
entendido como un laboratorio donde los flujos más reaccionarios (Nación,
Cultura, Identidad…) son despiezados de una manera radical desde el
entrecruzamiento de géneros: la tragedia que deviene comedia en Electra
Garrigó, la comedia descoyuntándose en tragedia en Aire
frío, o desde la burla a esa suerte de deporte que es la ontología. También,
son una crítica bastante exacta a lo que Valéry llamaba las “fuerzas
ficticias” del estado. Las fuerzas que ya no se consolidan a partir de
una relación teleológica o lineal, tal y como a Hegel le gustaba pensar
la Historia, sino que necesitan actuar por decirlo de manera simple desde
la sombra, desde el consenso forzado que se da entre instituciones que
secuestran el poder y sujetos legales que la sufren, entre horror y
relatos. (…) En
este sentido también Lorenzo García Vega. Sus
libros pero especialmente Los años
de Orígenes y Rostros del
reverso abrieron una polémica en el maltrecho zoológico cubano que
perdura en casi todo lo que se ha escrito a favor/contra las relaciones
entre república de las letras y contexto. Sean éstas sobre las torcidas
y complacientes de adentro (en la isla muchas de estas relaciones políticas
se resuelven con un silencio grave o una pirueta de pasillo) o las
maniqueas y muchas veces cegatas que se marcan fuera. Su
crítica al nacionalismo, la más cáustica de las que ha hecho hasta
ahora un escritor cubano, no sólo arremete contra una serie de lugares
comunes o lecturas pastorales de la Grandeza insular: su ensayo sobre
Casal y lo venido-a-menos continúa siendo uno de los textos más
importantes para entender tensiones sociopolíticas en el siglo xix, sino
que barre con una serie de fetiches de identidad, comenzando por los que
consolidó el grupo o Generación de la Revista Orígenes (al que
perteneció de facto), y
desmitifica todo el aparato folletinesco donde se ha enclaustrado el
concepto nación desde su “entrada en occidente” hasta la fecha.
Y
cuando hablo de fronterizo no sólo
me sitúo en su lado clínico, mental y cómicamente público; sitúo más
el acento sobre una necesidad de exterior, de inserción y juego en el
espacio del otro, de trasvestimiento, cosa que en Cuba se ha intentado sin
efectuarse completamente más por razones políticas que por una
transgresión conceptual o contracanónica, más por razones económicas
que por un colocar entre comillas a la LiteraturaNación y las preguntas
chiquiticas que ésta genera. Escribe
Piglia: «El Estado dice que quien no dice lo que todos dicen es
incomprensible y está fuera de su época». Creo que uno de los valores
que hacen o ayudan a conformar la vocecita del escritor es precisamente
esta inactualidad, ese estar hablando una especie de checo
que la oreja Estado no entiende, que no puede asimilar sin cortes a su
pseudonarrativa. Es de alguna manera lo que une a Virgilio, cuya
mercantilización nacional es bastante inefectiva, con Lorenzo García
Vega, quien no asimilado por cáustico, polémico, resentido… ha sido malescuchado
por la mayoría de los críticos-escritores,
y dudo un día pueda ser leído dentro de los tipos de ficción que
cualquier estado cubano futuro estructure. ¿Es
totalmente necesario que las ficciones que la maquinita estado permite
sean nacionalistas? Parece que sí y parece que un estado es mucho más frágil
de lo que in situ aparenta. De
ahí que como decía laMandelstam
tengan que castigar y hacer cirugía hasta el hueso, silenciando cualquier
relato o palabra que coloque en evidencia los rasgos creativos. De ahí,
que a todas las ficciones de estado falte risa. Cuando
hace un momento decía que lo que unía al autor de Dos
viejos pánicos con García Vega era su inactualidad mentía estratégicamente.
Daba por absoluto algo que no es absoluto, que no participa de ninguna
verticalidad, que puede ser dicho de casi todos los escritores. Lo que une
-y por supuesto vuelvo a mentir- a Lorenzo García Vega con Virgilio es su
capacidad de reírse, de haber podido construir una risita de diferencia
dentro de su obra. El 1ro. con más dolor e ironía, propios del agonista
que siente el Mal en todas partes. El 2do., con más pathos y carnaval. Y
esto pudiera hacerlos dialogar hasta el infinito, situarlos dentro de una
política del anti-origen. Sin
dudas, uno de los rasgos típicos de todo nacionalismo es el de la búsqueda
o invención de un origen. Un comienzo hermoso y brillante. Una droga.
Para esto todas las ficciones de estado mutilan la Historia y sitúan límites
perversos dirigidos especialmente a los espacios de creación, conforman
relatos que apoyen de manera cínica su ideología, manipulan…y como
ustedes saben, las ficciones de poder cubanas han sido especialmente
eficaces en cualquiera de los puntos mencionados. Es muy difícil
encontrar a un escritor de la isla que se articule de manera “dura”
contra la Memoria. ¿Acaso
lo mejor que puede sucederle a un escritor no es devenir otra cosa,
escribir como un topo abre su hueco o como un chino traza una rayita en el
horizonte? Creo que sí, y de alguna manera la escritura contemporánea
fuga en este sentido. No obstante, ésta siempre será excepción y no hay
que confundir caricatura con imaginario contramoderno. Siempre harán
falta desvíos y microrrelatos que pongan al límite toda ficción
centralista. Siempre, soluciones y procesos que ridiculicen el despotismo
que se maquilla tras las fantasías de control. Un
ejemplo de esto que digo serían las novelas de Severo Sarduy: ectópicas,
pajaronas, asimbólicas; donde
la metáfora simula parodiarse a sí misma y se enrosca en el adentro de
una metaforización cacharrera, que no dice y no quiere decir nada, que
desvía… Su
proyecto escritural estaba basado más en un polemos
con los límites tradicionales de la representación que en una inserción
“clara” en el espacio sinfuerza
de los territorios narrativos de la isla. Ponía más el dedo sobre una
zona problemática (de cuerpo a cuerpo con la literatura) que en el
proyecto nación. Proyecto que puede ser entendido desde muchos lados pero
que siempre huele como a mal paso, a cosita fácil o enclaustrada.
Su
imaginario, lo más clínicamente insular que tiene su obra, está lleno
de frasesitas y rutas que son fácilmente inteligibles para cualquiera que
conozca cierta desmesura/rococó propio de Cuba, a la vez que sus
personajes, mucho más cerca de los de Piñera que de los de Lezama,
tienen ese carnaval-cliché donde a primera vista se encuadran los
habitantes de la isla. Son como carrozas con cocodrilos, enanas sin patas,
idiotas sin dientes. Lo más curioso es que nunca son personajes explicados,
quiero decir, que funcionen dentro de los códigos que la novela románticorealista
ha impuesto en el mundo. Los personajes de Severo Sarduy son bocas que
hablan, estómagos que gritan, patas que caminan… nunca las trampas de
una psicología en ninguna de sus ficciones, nunca laTrampa de las bellas
letras. En
su novela De donde son los cantantes,
única publicada en Cuba hasta el momento, Sarduy inscribe una nota que
dice: “Tres culturas se han superpuesto para constituir la cubana -española,
africana y china-; tres ficciones que aluden a ellas constituyen este
libro.” Me gustaría resaltar el término superpuesto
ya que es lo que convierte a esta nota y a este párrafo en máquina de
guerra. De
sobra es sabido que en Cuba sobrevive el mito de la integración, de la síntesis
orticiana, del ajíaco donde todo se confunde. Esto ha dado como resultado
una especie de paradigma fascista (muy bien aprovechado por las ficciones
de estado por cierto) donde raza, género, políticas son rasuradas y la
singularidad que debiera sobrevivir entre ellas, eso que hace diferente a
una historia de otra, desaparece en nombre de un hombrecito abstracto,
militarizado por las políticas ad
usum, o de un canon poco civil y vertical [1]. ¿No
bastaría sólo con esta cita para sitúar la narrativa de Severo Sarduy
dentro de una problematicidad Cuba y en especial dentro de los vericuetos
que el nacionalismo comprime? Pienso que también esa especie de
indiferencia que se da a nivel molar en su obra por el paisaje o los
macrocontextos cubanos son una reacción a ese beri-beri nacionalista y
constituyen además de una reflexión por la novela una pregunta hacia lo
que se reifica en las ficciones de estado. Verdaderas policías de la
LiteraturaNación y la arcadia donde quiera que ésta se encuentre.
Verdaderas recicladoras de disparates. Ahora,
¿cómo reaccionan esas ficciones de estado, de las que he venido hablando
como quien se esconde detrás de las cosas, ante la voz que legitima al
escritor, esa especie de estilo sin estilo que lo constituye?
Con
esto quiero subrayar que el nacionalismo no es sólo un fenómeno cubano y
estoy seguro resulta preocupación ideológicoliteraria
en un lugar u otro. Los tres escritores aquí expuestos: Virgilio Piñera,
Lorenzo García Vega, Severo Sarduy… está de más decirlo, no lo
superan (habría que preguntarse constantemente si es posible superar el
nacionalismo y si tiene sentido), pero creo constituyen buenos ejemplos de
lo que he llamado desvío, es decir, colocar al borde los agenciamientos
que un concepto político secuestra, y de cómo varias literaturas
conviven problematizándose/tachándose más allá del poder o las phaloficciones
que intentan reducirlas. Es lo que pudiera llamarse síndrome Kafka: sólo
vas a poder pasear por el castillo en tanto sepas que estás vigilado, sólo
vas a poder pasear por el castillo en tanto sepas que siempre vas a estar
entrando en él. NOTA |
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Carlos A. Aguilera (Cuba, 1970). Escritor y codirector de 1997 a 2002 de la revista alternativa Diaspora(s) en Cuba. Ha publicado Retrato de A. Hooper y su esposa (1996), Das Kapital (1997), Memorias de la clase muerta (2002) y Portrait de A. Hooper et son épouse suivi de Mao (2000, en francés). Texto leído en el evento Culture, Politics & Change in Contemporary Cuba (2da. parte) celebrado en octubre del 2001 en la Universidad de Iowa, Iowa City, USA. Contato: caaguilera1@yahoo.com. página ilustrada com obras da artista Remedios Varo (México). |