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revista de cultura # 34 - fortaleza, são paulo - maio de 2003 |
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Rafael Canogar: entre la realidad y la memória Miguel Ángel Muñoz
La maduración estética e histórica de esta
generación no fue en muchos casos producto de grupos, sino también de
respuestas aisladas, individuales, que lograron con el paso del tiempo
imponer su voz. A todos los animaba el deseo de romper con los cánones
establecidos, no estéticos sino también políticos, pues todos
comenzaron luchando por buscar la libertad, y crecieron bajo las secuelas
de la Guerra Civil Española, la dictadura de Franco y la culminación de
la Segunda Guerra Mundial. Por ello, la ruptura no deseaba negar la obra
de sus maestros sino continuarla por otros caminos. La pintura de Rafael Canogar (Toledo, España, 1935)
es una propuesta estética situada entre las fronteras de la sensibilidad
y de la razón. Su búsqueda estética ha sido radical y arriesgada; esto
lo convierte en un artista independiente. La radicalidad con que Canogar
ha corrido los riesgos de su aventura, su indiscutible decisión de llegar
al límite, sin tener miedo al vacío o la caída, seguro de sí mismo y
su obra, son un ejemplo claro de intrepidez moral y artística. Bien lo
apuntaba Juan Eduardo Cirlot en 1961: “La obra de Canogar se desarrolla
con una coherencia extraordinaria en un período peligroso, en el cual la
tentación de realizar informalismo per se ha llegado a
sobreponerse muchas veces, incluso en artistas dotados, a las esencias
pictóricas”. Diálogo sorprendente que conjuga diversas direcciones del
arte moderno: la reflexión sobre la materia como elemento plástico y la
atracción por la materia como desarrollo de un discurso pictórico.
Pintura intemporal. La obra de Canogar sorprende, es material, poética;
no es idea sino sensación de vibraciones cósmicas que manifiestan
lenguajes. Prefiguración de la creación. La forma es ritmo, el límite
descifra, ambos crean equilibrio. Su aventura plástica aún no termina y,
en plena madurez, el artista no deja de evolucionar, de crecer con obras
cada vez más sorprendentes. Mas su obra ya realizada posee por sí sola
la originalidad y densidad que le permite ser irremplazable para la
pintura universal y, desde luego, para la de su propio país: España. Formas geométricas, signos, volúmenes que componen
un equilibrio plástico. Composición quiere decir conjunción de
conceptos: abstracción e informalismo. El primero rechaza, niega y
destruye la figura; profanación que vemos, tocamos, escuchamos. La
segunda es sorprendente. Las dos seducen, se niegan entre sí. Su poder
expresivo es precisamente la imposibilidad de decir. La pintura es
silencio, irrupción de la realidad. Desde esta perspectiva podemos
observar la obra de Canogar y poder ir más allá de sí misma. Evoca mitologías, fábulas, es decir, a la historia
misma; lucha del tiempo consigo mismo. Contradicción de elementos: madera
y papel, forma y línea, luz y espacio. Enfrentamiento de dualidades
contradictorias. Canogar converge entre fuerzas, suspende gravitaciones,
áreas de silencio poético. La exploración pictórica se resuelve en la
perforación de la poesía. Mito y realidad. Entender es oír, comprender
lo que convoca el espacio. El artista -dice Octavio Paz- es el traductor
universal. La figuración fue el primer proceso creativo de
Canogar. Fue un periodo más académico del gesto que de alguna manera
pretendía determinar la realidad. No en el sentido de “pintar
bonito”, sino en entender nuevas y arriesgadas formas plásticas. A
partir de 1948, bajo la enseñanza siempre notable del pintor español
Daniel Vázquez Díaz, Canogar comenzó a encontrar un mundo de formas y
valores pictóricos inéditos. La libertad se muestra para él como el
comienzo de una conquista. Hay en esta época pictórica una visión
antigua y otra vanguardista. Lo moderno es consecuencia de cambio y desde
ahí el artista juzga su trabajo. Cuadros de esta época son Paisaje de
Toledo y Paisaje, ambos de 1951, que demuestran ya un
profundo conocimiento del espacio y del color. Vázquez Díaz le enseña
las virtudes del rigor y la contención. Quizás por ello es difícil
encontrar la influencia directa de su maestra, pues no hay imitación sino
una lección. En diversos momentos Canogar se ha referido a ese proceso
creativo como un tránsito constante y palpable. Esta metamorfosis no la
podría describir, pero sí sentir. Es en cierta manera una entidad metafísica
más que racional. Canogar comienza a conquistar el color y el sentido de
la composición. En 1957 inicia una nueva aventura estética: funda
con varios jóvenes artistas el grupo El Paso, convirtiéndose en un
miembro activo en la organización de exposiciones y de textos que
describen la propuesta artística del grupo. Aunque más que un movimiento
estético, El Paso fue una búsqueda constante del contacto con la
modernidad: el informalismo fue el grito de libertad política, ideológica
y cultural con que las nuevas generaciones europeas se reconocieron, y
reconocieron en él la importancia de señalar y cicatrizar la herida de
las dos guerras mundiales, el ocaso de las ideologías, y, en el caso de
España, el desastre de la Guerra Civil y los dominios de la dictadura. El
informalismo se múltiplica en diversas manifestaciones no sólo en Europa
sino también en América: el Action-Painting en Estados Unidos, el
Arte-Otro francés o El Paso en España son fruto de ese compromiso
radical en buscar una voz inédita, que se encuentra reflejada en cuadros
tremendamente expresionistas que desean huir de sus raíces más
primordiales, pero que, al mismo tiempo, quieren localizar lo terrible de
su identidad. Lo apocalíptico de estas obras de ser puramente estético
para cumplir una función pictórica. No es exagerado llamarlo
contradictorio: en momentos consagra, en otros, condena. Entre 1957 y 1962, Canogar -ya en 1956 había
expuesto en París en la Galería Amaud- desarrolla un arte plenamente
abstracto-informalista en el que pueden verse composiciones que se
caracterizan por la interacción entre el fondo, más o menos homogéneo
desde el punto de vista cromático y unas formas, casi siempre planas, de
entornos muy nítidos. El negro es para Canogar un color fundamental para
crear formas, y que suele contrastar con el del fondo y coadyuva a señalar
la existencia de distintos niveles espaciales. El color se apoya en una
estructura y se considera como única función de una totalidad concreta:
el cuadro. Su obra pasa de un “experimentalismo empírico a una concepción
informalista”, como lo apuntó acertadamente Cirlot . Al principio, las
formas negras cubren gran parte de la superficie pictórica; en cambio, a
mediados de 1960, disminuyen las formas plasmadas en el ámbito pictórico.
Utiliza una gama cromática amplia, resaltando los efectos de contraste
entre formas de color, que posteriormente se verán con más claridad.
El proceso de madurez que marca un punto muy
importante en su trayectoria se da entre 1963 y1975; el artista descubre
un dominio por la figura humana y por la atmósfera plástica. Doble
revelación. El cuerpo y las secuelas de la Guerra Civil española
convergen en un mismo camino; su definición es múltiple. Se apropia del
lenguaje de masas, de los periódicos, de la publicidad, y toma un camino
paralelo al del pop anglosajón para utilizar todos estos elementos contra
la represión que sufre la España de esos años. Es heredero directo de
Goya y de su grito de denuncia sin retórica. A su vez los grandes
espacios provocan inmovilidad visual; ¿es el despertar del sueño? Oscila
entre la realidad y la imaginación; las pinturas y esculturas de este
periodo ponen al descubierto el momento histórico que vivía el artista
en ese tiempo; quizás como él mismo lo dice: “ Era el momento de
aventurarme a realizar otro tipo de discurso pictórico”. Cada cuadro es
respuesta o, mejor dicho, pregunta inconclusa. El juego del espacio es rítmico,
instintivo, lo afirma y lo define. Es expresión fuera de los límites.
Porque Canogar sabe que España no es sólo un país trágico, sino también
un territorio que reclama libertad, en el sentido más estricto de la
palabra. Obras como: Composición, 1971, El caído, 1971, El
arresto II, 1972, El yacente, 1973, Mutilados de guerra,
1974, Restos arqueológicos, 1974, y Pintura, 1975, son un
despliegue de descubrimientos, una excavación en esos “cementerios
culturales” que le llevaron a crear un discurso plástico comprometido
con su tiempo. No hay en estas piezas un contenido explícitamente político,
quizás por ello resulta de un impacto visual mayor para el espectador.
Los protagonistas son un grupo de personajes o un individuo en solitario,
que tienen como marco referencial lo cotidiano, sin localización precisa.
El regreso al negro, el descubrimiento de nuevos materiales como el poliéster
y la madera le dan vida a estos personajes anónimos sin rostro en una
escena que no tienen referencia en la realidad, pero que impactan de
inmediato. Toda esta obra podría ser una vasta metáfora. Por otra parte, la irrupción de esta etapa artística
de Canogar -que lo llevó a ganar en 1969 la Paleta de Oro en el Festival
Internacional de la Pintura, Cagnes Sur-Mer, y en 1971 el Gran Premio de
la Bienal de Sao Paulo, Brasil- es la negación de utilizar el arte como
instrumento político; pero tampoco cae en el arte puro o vacío, sino
trasciende las formas y abre las puertas a las leyes de la repulsión y la
atracción. No predica: revela los acontecimientos. Pasa de la crítica
social a la crítica de su pintura como elemento no sólo social sino
también como parte de un entorno cultural, político e histórico. La
ferocidad de sus múltiples imágenes, la encarnizada bestialidad del óleo
La parturienta, la brutalidad estética de Retrato de un perro
nos descubre a un pintor apoderado del sentimiento de la miseria humana.
El sentimiento de agresión contra todo un país es el tema de sus piezas,
pero son, al mismo tiempo, la búsqueda de una respuesta. Su realidad ya
no es invisible, no escapa; ha dejado de ser una pregunta estática, inmóvil;
Canogar le ha dado sentido. Esa misma realidad nos agrede y nos reta, y
Canogar le respondió a todo un sistema político con las armas del arte.
Entendió la frontera donde el artista termina y empieza la conciencia
histórica, lo colectivo, que estaba en continuo movimiento. Y lo dejó de
manifiesto en su exposición en el Museo de Arte Moderno de la Villa de
París, en 1975, y ese mismo año en Sonia Haine Fundation de Oslo. ¡Qué labor de relámpagos consumen
En los años posteriores, la pintura de Rafael
Canogar toma un camino determinante: la abstracción. El espacio va más
allá del cuadro. No forma un sistema, es metáfora de alusiones: grito y
silencio. La ruptura no implica negación sino un tránsito. Hay en el
artista una necesidad de ruptura constante, que es parte integrante de su
discurso plástico. A partir de finales de los años setenta se inicia una
declinación por eliminar la figura y construir espacios interiores. No
resume, vuelve a comenzar. Atrae, provoca, produce fascinación: volúmenes
y superficies vacías, geometría y sensación, línea y color. Reducción
del gesto pictórico a sus formas esenciales. La abstracción es materia
austera: exploración del color, crítica del espacio. Baudelaire pensaba
que con el color el pintor tiene una relación antagónica. De este modo,
el artista subraya su interés por el espacio. Este interés adquirirá
con el paso de los años, ya fuera del informalismo y del realismo crítico,
una importancia fundamental que constituirá la parte esencial de este
periodo. Canogar extrema la búsqueda: vibración amplia de resonancias.
Nuevamente retoma la bidimensionalidad, el disfruto de la materia y la
ordenación en formas geométricas y, en ciertos momentos, lucha por
romper el formato tradicional. La pintura recobra su importancia. Es un
proceso de experimentación, cambio y asimilación. Canogar no conquista
sino retoma su lenguaje compositivo. Los límites de la materia se han
vuelto rumor y ese rumor es el llamado a lo ilimitado, al oleaje que se
opone a la forma. Comienza el trabajo en series, como las formas
abstractas que llevan por título: P-21-75; P-6-76;
P-4-77; P-5-80. Estas series de pinturas podrían ser
consideradas menores, pero me atrae la libertad y la elegancia de su
forma, son partituras musicales que suenan silenciosamente en los
laberintos del espacio pictórico. Otra serie importante es su referencia
a los rostros primitivos y máscaras de Julio González, que de cierta
manera le sirven para estructurar y reinventar los espacios del lienzo;
ejemplos de esto son los cuadros: Cabeza núm. 10 ( Homenaje a Julio
González), 1984; Escena urbana núm. X-90, 1990, o Matinal
urbano núm. 1-91, 1991. Canogar se sirve de la agrupación de
diversas cabezas para evocar nuevamente escenas colectivas, con cierta
resonancia a su época realista. Sin embargo, esta relación es puramente
sensible: las formas señalan el vacío, lo nombran, aunque no lo definen.
Movimiento de arriba hacia abajo: la composición de cabezas a través de
su entorno y su relación con el color es una reiteración de un discurso.
Su cambio es la confirmación. Son tentativas por definir la materia. Por
eso el retomar la “figura” como un espacio sin nombre, sin cuerpo, sin
identidad definida. En estos cuadros Canogar logró una finura casi
irreal. “Siempre -dice Canogar- me
interesó lo nuevo, lo distinto y lo radical”. Es por ello que Canogar
siempre ha buscado renovar su lenguaje plástico para no quedarse en una
solución, sino encontrar en cada época creativa una sintaxis plástica y
darle sentido a esa metáfora visual. Su obra se vuelve una surtidora de
enigmas poéticos y pictóricos que le dan riqueza y sobriedad. Otra gran época creativa de Canogar se inicia en
los años 90.Ya en estos años su trayectoria artística es no sólo
reconocida en España sino en todo el mundo; los premios siguen llegando:
Gran Premio de la Trienal Internacional de la Pintura, Sofía, Bulgaria,
1982; Premio Nacional de Artes Plásticas, Madrid, 1982; Chevallier
L’Orde des Artes et Lettres, Francia, 1985, y la Encomienda de la Orden
de Isabel la Católica, España, 1991. Al mismo tiempo, las exposiciones
retrospectivas se multiplican en diversos países europeos y en España:
París Art Center, París, Francia, 1987; Museo de Bellas Artes de Bilbao,
España, 1990; Sala de Arte de la Antigua Universidad de Salamanca, España,
1991, y la más reciente en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía,
Madrid, España, 2002. Canogar pinta todas las variantes de una invención
plástica. Inventa un lenguaje. Unión y desunión de signos. El
descubrimiento no es intelectual sino ceremonia mágica. Cada obra es un
campo de batalla, una memoria abierta; todo símbolo cambia continuamente:
son encarnaciones momentáneas. Dentro de los cuadros de Canogar la
oposición es cambio de figura y forma. Tiempo después renueva su
lenguaje, se inicia un nuevo periodo, la obra gravita. Es decir, enmarca
otras cualidades, construye dimensiones más sensibles y, al mismo tiempo,
más abstractas. Esto contradice o bien sorprende por la anulación del
espacio, que es la anulación de las formas. Me parece que Canogar
invierte el tiempo: la materia se vuelve metáfora, música discordante,
punto de quiebre entre lo antiguo y lo moderno. Grito de tensión que
guarda vestigios anteriores. El pórtico,
1992; El muro, 1992; Berlín, 1993; Fuego cuadrado,
1994; Cortinal, 1996; Casa de los misterios, 1997; Balmaco,
1997; Arqueología, 2000, son una serie de cuadros realizados en
tiempos diferentes, pero que tienen una estrecha afinidad temática y
formal. Aunque hay afinidades conceptuales, cada obra es transformada de
manera radical. Ahora el cuadro se divide en unidad-parte, en momentos
intercambiables entre sí. Esta evolución es la reunión de muchas
fuerzas. Confrontación y encuentro. No sería aventurado afirmar que la
única analogía es la pasión subversiva al momento de realizarlas. Esta
música es la composición del espacio. La condición matérica es
relevante, ya que siempre se descubre y se transforma junto a cierto
modelado específico. El uso de materiales como la pasta de papel o la
madera es un componente esencial para la composición de la obra.
Investiga e indaga nuevamente en la relación entre el color, la línea y
el volumen. Son piezas en las cuales el muro y el fragmento tienen un
papel arquitectónico -puertas, ventanas, capiteles-. Es la construcción
imaginaria de una ciudad habitada por un espacio ilusorio, detenido en la
memoria del espectador. La palabra instinto es clave en la obra de
Canogar, y producto de esa composición imaginaria son ciudades en
constante movimiento. Ya lo había apuntado Clement Greenberg: “El
cuadro se ha convertido hoy en una entidad que pertenece al mismo orden de
espacio que nuestros cuerpos; ya no es el vehículo de un equivalente
imaginado de ese orden. El espacio pictórico ha perdido su ‘interior’
y se ha hecho todo ‘exterior’.
Paul Klee, Cézanne, Joan Miró, Henry Matisse,
Giorgio Morandi, Dubuffet, Kandinsky, Dix, Grosz de Kooning son ejemplos
contundentes de cómo se logra transformar el arte en todos sus sentidos.
Así, Canogar transforma su obra constantemente; una línea sutil
demuestra pureza, el gesto lineal es un silencio mineral, conceptos que
han acompañado su actitud desde el primer momento. Y vuelvo una vez más
a Valéry: Cerrado, sacro -un fuego sin materia- La madera fue y es otro de los materiales que
utiliza Canogar. Construcciones compactas que expresan significados, y en
cierto modo, definen el soporte del cuadro. Silencio del espacio. La
paleta del artista es pura, vital, enérgica. Mutación pasajera, delirio
de la razón que evoca exploraciones. Este artista, en momentos radical,
encarna la dualidad de estos elementos: engloba todas las formas y
despedaza lenguajes. Paradoja lingüística, analógica imaginación. El
silencio es respuesta no para contestar sino, nuevamente, para elogiar la
dirección de su espíritu. El arte de Rafael Canogar es eco, peregrinación y
resplandor. La pintura es, como decía anteriormente, equilibrio,
convergencia, pacto y pausa. La magia -dice Cassirer- es la fraternidad de
seres vivos, porque se funda en la creencia de una energía o de un fluido
universal. Canogar es heredero de esta tradición y conoce su silencio.
Arquitectura del espacio sin nombre. La materia es su voz inédita. La pintura no tiene herencia: hay afinidad, conquista. Canogar tomó, descubrió y transformó. Esta afirmación confirma, define. Su pintura es una respuesta espontánea a la realidad de nuestro momento histórico; se advierte en todas sus épocas un encuentro y desencuentro con el arte moderno. Cada cuadro del artista es un signo del espacio; cada símbolo es forma. Comunicación que debemos descifrar. Su pintura es un emblema ––nombre poético- místico, alquimia que converge entre equilibrios distantes, tránsito que forma parte del proceso circular de la obra pictórica de uno de los grandes artistas del arte contemporáneo europeo. Cada una de las obras de Canogar es, como un vacío interminable, un signo diverso y poético del espacio que me lleva a imaginar una trayectoria artística capaz de transformarse y nacer sin rasgos estéticos ni límites históricos. Bien podría aplicarse a su obra la frase de Mies van der Rohe: “Menos es más”. Y lo retomo porque pocas veces en la historia del arte un artista puede reinventarse a sí mismo como lo ha hecho Rafael Canogar a lo largo de estos más de cincuenta años de producción plástica. |
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Miguel
Angel Muñoz (México, 1972). Poeta, historiador y crítico de arte. Es
autor de los libros de ensayos: Yunque
de sueños. Doce artistas contemporáneos; La imaginación del instante.
Signos de José Luis Cuevas; Ricardo Martínez: una poética de la figura.
Es director de la revista Tinta
Seca.
Contato:
miguelangelmunoz@prodigy.net.mx.
Página ilustrada com obras de Rafael Canogar (Espanha). |