revista de cultura # 34 - fortaleza, são paulo - maio de 2003






 

Rafael Canogar: entre la realidad y la memória

Miguel Ángel Muñoz

.

Rafael CanogarLa pintura española moderna comienza con Pablo Picasso, Salvador Dalí, Joan Miró, Juan Gris, Julio González, Ángel Ferrant, Daniel Vázquez Díaz y muchos otros. Fue un momento poderoso y admirable en su búsqueda estética. Pero fue el principio: el arte español no comienza y no concluye con ellos. La aparición de un nutrido grupo de jóvenes pintores -muchos de ellos fundadores de grupos- revolucionó el panorama español entre 1948 y 1965. Antoni Tàpies, Modest Cuixart, Joan-Josep Tharrasts -entre otros, fundaron en Barcelona el grupo Dau at Set, en 1948-, Antonio Saura, Luis Feito, Manuel Millares, Rafael Canogar, Martín Chirino, Manuel Viola, Juana Francés y Pablo Serrano -fundaron el grupo El Paso, en 1957-, Juan Genovés, José Jardiel Fernando Mignoni y Gastón Orellana -fundaron el grupo Hondo en 1961-. Otros fueron voces individuales que han logrado alcanzar una voz propia muy pronto: Eduardo Chillida, Albert Ràfols-Casamada, Joan Hernández Pijuan, Josep Guinovart, Esteban Vicente, José Guerrero, Jorge Oteiza, Joan Brossa y otros, que iniciaron una escisión en el movimiento artístico de vanguardia española. Repetir a Picasso hubiera sido la muerte; se rompió un ciclo y comenzó otro de grandes aportes, no sólo en España sino en todo el mundo.

La maduración estética e histórica de esta generación no fue en muchos casos producto de grupos, sino también de respuestas aisladas, individuales, que lograron con el paso del tiempo imponer su voz. A todos los animaba el deseo de romper con los cánones establecidos, no estéticos sino también políticos, pues todos comenzaron luchando por buscar la libertad, y crecieron bajo las secuelas de la Guerra Civil Española, la dictadura de Franco y la culminación de la Segunda Guerra Mundial. Por ello, la ruptura no deseaba negar la obra de sus maestros sino continuarla por otros caminos.

La pintura de Rafael Canogar (Toledo, España, 1935) es una propuesta estética situada entre las fronteras de la sensibilidad y de la razón. Su búsqueda estética ha sido radical y arriesgada; esto lo convierte en un artista independiente. La radicalidad con que Canogar ha corrido los riesgos de su aventura, su indiscutible decisión de llegar al límite, sin tener miedo al vacío o la caída, seguro de sí mismo y su obra, son un ejemplo claro de intrepidez moral y artística. Bien lo apuntaba Juan Eduardo Cirlot en 1961: “La obra de Canogar se desarrolla con una coherencia extraordinaria en un período peligroso, en el cual la tentación de realizar informalismo per se ha llegado a sobreponerse muchas veces, incluso en artistas dotados, a las esencias pictóricas”. Diálogo sorprendente que conjuga diversas direcciones del arte moderno: la reflexión sobre la materia como elemento plástico y la atracción por la materia como desarrollo de un discurso pictórico. Pintura intemporal. La obra de Canogar sorprende, es material, poética; no es idea sino sensación de vibraciones cósmicas que manifiestan lenguajes. Prefiguración de la creación. La forma es ritmo, el límite descifra, ambos crean equilibrio. Su aventura plástica aún no termina y, en plena madurez, el artista no deja de evolucionar, de crecer con obras cada vez más sorprendentes. Mas su obra ya realizada posee por sí sola la originalidad y densidad que le permite ser irremplazable para la pintura universal y, desde luego, para la de su propio país: España.

Formas geométricas, signos, volúmenes que componen un equilibrio plástico. Composición quiere decir conjunción de conceptos: abstracción e informalismo. El primero rechaza, niega y destruye la figura; profanación que vemos, tocamos, escuchamos. La segunda es sorprendente. Las dos seducen, se niegan entre sí. Su poder expresivo es precisamente la imposibilidad de decir. La pintura es silencio, irrupción de la realidad. Desde esta perspectiva podemos observar la obra de Canogar y poder ir más allá de sí misma.

Evoca mitologías, fábulas, es decir, a la historia misma; lucha del tiempo consigo mismo. Contradicción de elementos: madera y papel, forma y línea, luz y espacio. Enfrentamiento de dualidades contradictorias. Canogar converge entre fuerzas, suspende gravitaciones, áreas de silencio poético. La exploración pictórica se resuelve en la perforación de la poesía. Mito y realidad. Entender es oír, comprender lo que convoca el espacio. El artista -dice Octavio Paz- es el traductor universal.

La figuración fue el primer proceso creativo de Canogar. Fue un periodo más académico del gesto que de alguna manera pretendía determinar la realidad. No en el sentido de “pintar bonito”, sino en entender nuevas y arriesgadas formas plásticas. A partir de 1948, bajo la enseñanza siempre notable del pintor español Daniel Vázquez Díaz, Canogar comenzó a encontrar un mundo de formas y valores pictóricos inéditos. La libertad se muestra para él como el comienzo de una conquista. Hay en esta época pictórica una visión antigua y otra vanguardista. Lo moderno es consecuencia de cambio y desde ahí el artista juzga su trabajo. Cuadros de esta época son Paisaje de Toledo y Paisaje, ambos de 1951, que demuestran ya un profundo conocimiento del espacio y del color. Vázquez Díaz le enseña las virtudes del rigor y la contención. Quizás por ello es difícil encontrar la influencia directa de su maestra, pues no hay imitación sino una lección. En diversos momentos Canogar se ha referido a ese proceso creativo como un tránsito constante y palpable. Esta metamorfosis no la podría describir, pero sí sentir. Es en cierta manera una entidad metafísica más que racional. Canogar comienza a conquistar el color y el sentido de la composición.

En 1957 inicia una nueva aventura estética: funda con varios jóvenes artistas el grupo El Paso, convirtiéndose en un miembro activo en la organización de exposiciones y de textos que describen la propuesta artística del grupo. Aunque más que un movimiento estético, El Paso fue una búsqueda constante del contacto con la modernidad: el informalismo fue el grito de libertad política, ideológica y cultural con que las nuevas generaciones europeas se reconocieron, y reconocieron en él la importancia de señalar y cicatrizar la herida de las dos guerras mundiales, el ocaso de las ideologías, y, en el caso de España, el desastre de la Guerra Civil y los dominios de la dictadura. El informalismo se múltiplica en diversas manifestaciones no sólo en Europa sino también en América: el Action-Painting en Estados Unidos, el Arte-Otro francés o El Paso en España son fruto de ese compromiso radical en buscar una voz inédita, que se encuentra reflejada en cuadros tremendamente expresionistas que desean huir de sus raíces más primordiales, pero que, al mismo tiempo, quieren localizar lo terrible de su identidad. Lo apocalíptico de estas obras de ser puramente estético para cumplir una función pictórica. No es exagerado llamarlo contradictorio: en momentos consagra, en otros, condena.

Entre 1957 y 1962, Canogar -ya en 1956 había expuesto en París en la Galería Amaud- desarrolla un arte plenamente abstracto-informalista en el que pueden verse composiciones que se caracterizan por la interacción entre el fondo, más o menos homogéneo desde el punto de vista cromático y unas formas, casi siempre planas, de entornos muy nítidos. El negro es para Canogar un color fundamental para crear formas, y que suele contrastar con el del fondo y coadyuva a señalar la existencia de distintos niveles espaciales. El color se apoya en una estructura y se considera como única función de una totalidad concreta: el cuadro. Su obra pasa de un “experimentalismo empírico a una concepción informalista”, como lo apuntó acertadamente Cirlot . Al principio, las formas negras cubren gran parte de la superficie pictórica; en cambio, a mediados de 1960, disminuyen las formas plasmadas en el ámbito pictórico. Utiliza una gama cromática amplia, resaltando los efectos de contraste entre formas de color, que posteriormente se verán con más claridad.

Rafael CanogarCanogar ha puesto un límite y su mundo es un universo de poesía visual. El pintor abre sus puertas con cuadros como: Pintura núm. 73, 1959; Descabello, 1959; Metamorfosis de drácula, 1960; Retrato de Óscar Domínguez, 1960; Mata-Mata, 1960, y Pintura núm. 79, 1961, entre muchas otras, en las cuales Canogar devela su atroz realidad y su irrealidad. No es un arqueólogo, sino un poeta que ha encontrado su propia voz. El espacio de los cuadros es abierto y equilibrado, aunque existen algunos en los que prevalece la composición en diagonal y sugieren un dinamismo inconfundible. Ésta es una etapa creativa que se le ofrece al artista como un esquema concreto de correspondencia estéticas. En los cuadros de esta época el gesto es un motor que interviene directamente en su obra; el espacio y la materia, se vuelven, al mismo tiempo, una totalidad inseparable; su pasión por estos elementos los revela en cada trazo: simbolismo de formas, líneas y colores. La unión de todos estos factores es manifiesta como dualidad: la energía y la rabia.

El proceso de madurez que marca un punto muy importante en su trayectoria se da entre 1963 y1975; el artista descubre un dominio por la figura humana y por la atmósfera plástica. Doble revelación. El cuerpo y las secuelas de la Guerra Civil española convergen en un mismo camino; su definición es múltiple. Se apropia del lenguaje de masas, de los periódicos, de la publicidad, y toma un camino paralelo al del pop anglosajón para utilizar todos estos elementos contra la represión que sufre la España de esos años. Es heredero directo de Goya y de su grito de denuncia sin retórica. A su vez los grandes espacios provocan inmovilidad visual; ¿es el despertar del sueño? Oscila entre la realidad y la imaginación; las pinturas y esculturas de este periodo ponen al descubierto el momento histórico que vivía el artista en ese tiempo; quizás como él mismo lo dice: “ Era el momento de aventurarme a realizar otro tipo de discurso pictórico”. Cada cuadro es respuesta o, mejor dicho, pregunta inconclusa. El juego del espacio es rítmico, instintivo, lo afirma y lo define. Es expresión fuera de los límites. Porque Canogar sabe que España no es sólo un país trágico, sino también un territorio que reclama libertad, en el sentido más estricto de la palabra. Obras como: Composición, 1971, El caído, 1971, El arresto II, 1972, El yacente, 1973, Mutilados de guerra, 1974, Restos arqueológicos, 1974, y Pintura, 1975, son un despliegue de descubrimientos, una excavación en esos “cementerios culturales” que le llevaron a crear un discurso plástico comprometido con su tiempo. No hay en estas piezas un contenido explícitamente político, quizás por ello resulta de un impacto visual mayor para el espectador. Los protagonistas son un grupo de personajes o un individuo en solitario, que tienen como marco referencial lo cotidiano, sin localización precisa. El regreso al negro, el descubrimiento de nuevos materiales como el poliéster y la madera le dan vida a estos personajes anónimos sin rostro en una escena que no tienen referencia en la realidad, pero que impactan de inmediato. Toda esta obra podría ser una vasta metáfora.

Por otra parte, la irrupción de esta etapa artística de Canogar -que lo llevó a ganar en 1969 la Paleta de Oro en el Festival Internacional de la Pintura, Cagnes Sur-Mer, y en 1971 el Gran Premio de la Bienal de Sao Paulo, Brasil- es la negación de utilizar el arte como instrumento político; pero tampoco cae en el arte puro o vacío, sino trasciende las formas y abre las puertas a las leyes de la repulsión y la atracción. No predica: revela los acontecimientos. Pasa de la crítica social a la crítica de su pintura como elemento no sólo social sino también como parte de un entorno cultural, político e histórico. La ferocidad de sus múltiples imágenes, la encarnizada bestialidad del óleo La parturienta, la brutalidad estética de Retrato de un perro nos descubre a un pintor apoderado del sentimiento de la miseria humana. El sentimiento de agresión contra todo un país es el tema de sus piezas, pero son, al mismo tiempo, la búsqueda de una respuesta. Su realidad ya no es invisible, no escapa; ha dejado de ser una pregunta estática, inmóvil; Canogar le ha dado sentido. Esa misma realidad nos agrede y nos reta, y Canogar le respondió a todo un sistema político con las armas del arte. Entendió la frontera donde el artista termina y empieza la conciencia histórica, lo colectivo, que estaba en continuo movimiento. Y lo dejó de manifiesto en su exposición en el Museo de Arte Moderno de la Villa de París, en 1975, y ese mismo año en Sonia Haine Fundation de Oslo.

¡Qué labor de relámpagos consumen
Tantos diamantes de invisible espuma,
Y qué paz, ah, parece concebirse!
Cuando sobre el abismo un sol reposa,
Trabajos puros de una eterna causa,
Refulge el tiempo y soñar es saber.

Rafael CanogarEsta invisible espuma que describe el poeta francés Paul Valéry es la erosión continua, un mundo desconocido que percibimos en la obra de Canogar. La espuma no la tocamos; se desvanece en nuestro espacio visual. ¿Contradicción? : arte intemporal. Malévich pensaba la pintura compuesta por ciertos elementos: triángulo, cruz, círculo, formas que significan la comprensión de significados. Canogar la piensa, al igual que Kandinsky, como una cosmología geométrica. Lo que los acerca y aleja es la noción subversiva del arte. Su pintura no dice: encuentra. En nuestro artista hay cierta ferocidad que es consecuencia de la pasión por el informalismo. El crítico español Javier Tusell describe esta obra de Canogar como: “El inicio de un nuevo cambio. La narración y la referencia a la imagen de la realidad desempeñan un papel decreciente, mientras que las texturas o la ordenación de los espacios se convierten en factores más decisivos en la configuración de la obra”.

En los años posteriores, la pintura de Rafael Canogar toma un camino determinante: la abstracción. El espacio va más allá del cuadro. No forma un sistema, es metáfora de alusiones: grito y silencio. La ruptura no implica negación sino un tránsito. Hay en el artista una necesidad de ruptura constante, que es parte integrante de su discurso plástico. A partir de finales de los años setenta se inicia una declinación por eliminar la figura y construir espacios interiores. No resume, vuelve a comenzar. Atrae, provoca, produce fascinación: volúmenes y superficies vacías, geometría y sensación, línea y color. Reducción del gesto pictórico a sus formas esenciales. La abstracción es materia austera: exploración del color, crítica del espacio. Baudelaire pensaba que con el color el pintor tiene una relación antagónica. De este modo, el artista subraya su interés por el espacio. Este interés adquirirá con el paso de los años, ya fuera del informalismo y del realismo crítico, una importancia fundamental que constituirá la parte esencial de este periodo. Canogar extrema la búsqueda: vibración amplia de resonancias. Nuevamente retoma la bidimensionalidad, el disfruto de la materia y la ordenación en formas geométricas y, en ciertos momentos, lucha por romper el formato tradicional. La pintura recobra su importancia. Es un proceso de experimentación, cambio y asimilación. Canogar no conquista sino retoma su lenguaje compositivo. Los límites de la materia se han vuelto rumor y ese rumor es el llamado a lo ilimitado, al oleaje que se opone a la forma.

Comienza el trabajo en series, como las formas abstractas que llevan por título: P-21-75; P-6-76; P-4-77; P-5-80. Estas series de pinturas podrían ser consideradas menores, pero me atrae la libertad y la elegancia de su forma, son partituras musicales que suenan silenciosamente en los laberintos del espacio pictórico. Otra serie importante es su referencia a los rostros primitivos y máscaras de Julio González, que de cierta manera le sirven para estructurar y reinventar los espacios del lienzo; ejemplos de esto son los cuadros: Cabeza núm. 10 ( Homenaje a Julio González), 1984; Escena urbana núm. X-90, 1990, o Matinal urbano núm. 1-91, 1991. Canogar se sirve de la agrupación de diversas cabezas para evocar nuevamente escenas colectivas, con cierta resonancia a su época realista. Sin embargo, esta relación es puramente sensible: las formas señalan el vacío, lo nombran, aunque no lo definen. Movimiento de arriba hacia abajo: la composición de cabezas a través de su entorno y su relación con el color es una reiteración de un discurso. Su cambio es la confirmación. Son tentativas por definir la materia. Por eso el retomar la “figura” como un espacio sin nombre, sin cuerpo, sin identidad definida. En estos cuadros Canogar logró una finura casi irreal. “Siempre -dice Canogar-  me interesó lo nuevo, lo distinto y lo radical”. Es por ello que Canogar siempre ha buscado renovar su lenguaje plástico para no quedarse en una solución, sino encontrar en cada época creativa una sintaxis plástica y darle sentido a esa metáfora visual. Su obra se vuelve una surtidora de enigmas poéticos y pictóricos que le dan riqueza y sobriedad.

Otra gran época creativa de Canogar se inicia en los años 90.Ya en estos años su trayectoria artística es no sólo reconocida en España sino en todo el mundo; los premios siguen llegando: Gran Premio de la Trienal Internacional de la Pintura, Sofía, Bulgaria, 1982; Premio Nacional de Artes Plásticas, Madrid, 1982; Chevallier L’Orde des Artes et Lettres, Francia, 1985, y la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica, España, 1991. Al mismo tiempo, las exposiciones retrospectivas se multiplican en diversos países europeos y en España: París Art Center, París, Francia, 1987; Museo de Bellas Artes de Bilbao, España, 1990; Sala de Arte de la Antigua Universidad de Salamanca, España, 1991, y la más reciente en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España, 2002. Canogar pinta todas las variantes de una invención plástica. Inventa un lenguaje. Unión y desunión de signos. El descubrimiento no es intelectual sino ceremonia mágica. Cada obra es un campo de batalla, una memoria abierta; todo símbolo cambia continuamente: son encarnaciones momentáneas. Dentro de los cuadros de Canogar la oposición es cambio de figura y forma. Tiempo después renueva su lenguaje, se inicia un nuevo periodo, la obra gravita. Es decir, enmarca otras cualidades, construye dimensiones más sensibles y, al mismo tiempo, más abstractas. Esto contradice o bien sorprende por la anulación del espacio, que es la anulación de las formas. Me parece que Canogar invierte el tiempo: la materia se vuelve metáfora, música discordante, punto de quiebre entre lo antiguo y lo moderno. Grito de tensión que guarda vestigios anteriores.

El pórtico, 1992; El muro, 1992; Berlín, 1993; Fuego cuadrado, 1994; Cortinal, 1996; Casa de los misterios, 1997; Balmaco, 1997; Arqueología, 2000, son una serie de cuadros realizados en tiempos diferentes, pero que tienen una estrecha afinidad temática y formal. Aunque hay afinidades conceptuales, cada obra es transformada de manera radical. Ahora el cuadro se divide en unidad-parte, en momentos intercambiables entre sí. Esta evolución es la reunión de muchas fuerzas. Confrontación y encuentro. No sería aventurado afirmar que la única analogía es la pasión subversiva al momento de realizarlas. Esta música es la composición del espacio. La condición matérica es relevante, ya que siempre se descubre y se transforma junto a cierto modelado específico. El uso de materiales como la pasta de papel o la madera es un componente esencial para la composición de la obra. Investiga e indaga nuevamente en la relación entre el color, la línea y el volumen. Son piezas en las cuales el muro y el fragmento tienen un papel arquitectónico -puertas, ventanas, capiteles-. Es la construcción imaginaria de una ciudad habitada por un espacio ilusorio, detenido en la memoria del espectador. La palabra instinto es clave en la obra de Canogar, y producto de esa composición imaginaria son ciudades en constante movimiento. Ya lo había apuntado Clement Greenberg: “El cuadro se ha convertido hoy en una entidad que pertenece al mismo orden de espacio que nuestros cuerpos; ya no es el vehículo de un equivalente imaginado de ese orden. El espacio pictórico ha perdido su ‘interior’ y se ha hecho todo ‘exterior’.

Rafael CanogarEl juego estético se mantiene a lo largo de la obra de Canogar. Su evolución es la confirmación de mis ideas. Al igual que en sus etapas anteriores, Canogar se preocupa por expresar a través de la pintura su idea del espacio. Su sintaxis plástica es una lógica poética dual: revelación del sueño. La pintura no es investigación sino develación de la realidad. En estos últimos años, Canogar redescubre el don de la pintura y trata de darle un nuevo sentido. Su quehacer pictórico es un rehacer y hacer lleno de equilibrio y maestría. El cuadro se vuelve poesía. No como texto visual, como asimilación, cambio y experimentación. Cada cuadro desea extraer de sí mismo su propio significado poético y estético. Un camino difícil, pero que Canogar ha sabido sortear con gran fortuna a lo largo de toda su trayectoria.

Paul Klee, Cézanne, Joan Miró, Henry Matisse, Giorgio Morandi, Dubuffet, Kandinsky, Dix, Grosz de Kooning son ejemplos contundentes de cómo se logra transformar el arte en todos sus sentidos. Así, Canogar transforma su obra constantemente; una línea sutil demuestra pureza, el gesto lineal es un silencio mineral, conceptos que han acompañado su actitud desde el primer momento. Y vuelvo una vez más a Valéry:

Cerrado, sacro -un fuego sin materia-
Trazo terrestre a la luz ofrecido,
Me place este lugar: ¡ah, bajo antorchas,
Oros y piedras, árboles umbríos,
Trémulo mármol, bajo tantas sombras!
El mar fiel duerme aquí, sobre mis tumbas.

La madera fue y es otro de los materiales que utiliza Canogar. Construcciones compactas que expresan significados, y en cierto modo, definen el soporte del cuadro. Silencio del espacio. La paleta del artista es pura, vital, enérgica. Mutación pasajera, delirio de la razón que evoca exploraciones. Este artista, en momentos radical, encarna la dualidad de estos elementos: engloba todas las formas y despedaza lenguajes. Paradoja lingüística, analógica imaginación. El silencio es respuesta no para contestar sino, nuevamente, para elogiar la dirección de su espíritu.

El arte de Rafael Canogar es eco, peregrinación y resplandor. La pintura es, como decía anteriormente, equilibrio, convergencia, pacto y pausa. La magia -dice Cassirer- es la fraternidad de seres vivos, porque se funda en la creencia de una energía o de un fluido universal. Canogar es heredero de esta tradición y conoce su silencio. Arquitectura del espacio sin nombre. La materia es su voz inédita.

La pintura no tiene herencia: hay afinidad, conquista. Canogar tomó, descubrió y transformó. Esta afirmación confirma, define. Su pintura es una respuesta espontánea a la realidad de nuestro momento histórico; se advierte en todas sus épocas un encuentro y desencuentro con el arte moderno. Cada cuadro del artista es un signo del espacio; cada símbolo es forma. Comunicación que debemos descifrar. Su pintura es un emblema ––nombre poético- místico, alquimia que converge entre equilibrios distantes, tránsito que forma parte del proceso circular de la obra pictórica de uno de los grandes artistas del arte contemporáneo europeo. Cada una de las obras de Canogar es, como un vacío interminable, un signo diverso y poético del espacio que me lleva a imaginar una trayectoria artística capaz de transformarse y nacer sin rasgos estéticos ni límites históricos. Bien podría aplicarse a su obra la frase de Mies van der Rohe: “Menos es más”. Y lo retomo porque pocas veces en la historia del arte un artista puede reinventarse a sí mismo como lo ha hecho Rafael Canogar a lo largo de estos más de cincuenta años de producción plástica.

Miguel Angel Muñoz (México, 1972). Poeta, historiador y crítico de arte. Es autor de los libros de ensayos: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos; La imaginación del instante. Signos de José Luis Cuevas; Ricardo Martínez: una poética de la figura. Es director de la revista Tinta Seca. Contato: miguelangelmunoz@prodigy.net.mx. Página ilustrada com obras de Rafael Canogar (Espanha).

retorno à capa desta edição

índice geral

triplov.agulha

triplov.com.agulha.editores

jornal de poesia

Banda Hispânica (Jornal de Poesia)

Ser Espacial (Brasil/Portugal)