revista de cultura # 34 - fortaleza, são paulo - maio de 2003






 

Muerte y resurrección de Manuel de Falla en La Habana

José Aníbal Campos

.

Erich KleiberEl maestro Erich Kleiber no leyó los diarios la mañana del viernes 15 de noviembre de 1946. De haberlo hecho, le habría sorprendido un cable de prensa fechado el día anterior en Argentina y publicado en primera plana por los principales matutinos habaneros. En él se anunciaba, con destacados titulares, la muerte del compositor español Manuel de Falla, ocurrida en un pueblo del país suramericano cuando faltaban nueve días para que cumpliera los setenta años de edad.

La noticia, sin embargo, no tardó en llegar al director vienés. La recibió unas horas después, cuando se disponía a iniciar el ensayo previsto para ese día, preparatorio de los conciertos del domingo 17 y del lunes 18 de noviembre, cuyo programa incluía obras de Dittersdorf, Haydn, Orbón y Berlioz. Su auxiliar en la orquesta, el músico cubano Manuel Duchesne Morilla, fue en esa ocasión el portavoz de la noticia sobre tan dolorosa pérdida para la música universal.

Según los periódicos, el músico español había pasado esos últimos años trabajando en la composición de una obra de gran formato titulada La Atlántida, una pieza para coros, solistas y orquesta de la que el autor había dado ya cuenta a nuestro Alejo Carpentier varios años antes, en una breve entrevista concedida en París y publicada en Cuba en la década del treinta.

El compositor que logró inscribir definitivamente la música española en los anales de la música moderna, vivía en exilio voluntario en Argentina desde 1943. Allí, en Altagracia, lo sorprendió la muerte. Y allí, en ese pequeño pueblo situado en la región montañosa de la provincia de Córdoba, lo conoció Kleiber, quien en el mismo año de 1946, en ocasión de conmemorarse el veinte aniversario de su primera actuación en Buenos Aires, había comprado en aquel pueblo una propiedad -su “remanso”, como solía llamarla-, una finca de sesenta acres a la que bautizó con el nombre de “La Fermata” y donde pensaba pasar los últimos años de su vida. Falla era su vecino. Y en muy poco tiempo había comenzado a fraguarse entre ambos músicos una profunda relación de amistad que ahora se veía bruscamente interrumpida por la muerte del autor de La vida breve.

Prueba de esa admiración y respeto mutuos nos la ofrece un hecho por sí mismo elocuente: en el último encuentro que ambos músicos sostuvieran ese año en Argentina, poco antes de que Kleiber partiese hacia La Habana, el español puso en manos del director austríaco la orquestación completa de su última composición de entonces, la pieza titulada Homenajes.

No es difícil imaginar por tanto cuán profunda debió ser la consternación de Kleiber al recibir la noticia de la muerte del músico andaluz. Cuando pensó en el amigo recién fallecido, le inquietó la idea de que éste pudiera haber sufrido mucho en sus horas finales. De inmediato quiso conocer los detalles de su deceso, esos que la prensa, habitualmente, escamotea a los lectores sustituyéndolos por piadosas unciones retóricas. El domingo 17, después del concierto de esa mañana, Kleiber escribe a su esposa, que en ese momento se hallaba en Argentina, pidiéndole noticias de primera mano sobre la muerte del amigo: “¿Y tú cuándo te enteraste?”, pregunta a Ruth en su carta, “¡Quisiera saber si tuvo una muerte apacible o si hubo de sufrir demasiado el querido anciano, persona a la vez tan joven! Porque siempre era joven cuando de música se trataba.” [1]

En esa misma carta Kleiber cuenta a su esposa cómo al recibir la noticia sintió tal conmoción que apenas halló fuerzas para comentarla con sus músicos. Cuando por fin lo hizo, todos los presentes, como por obra y gracia de un acuerdo previo, se pusieron de pie y guardaron un minuto de silencio en memoria del finado.

Fue seguramente el mismo día 15 cuando Kleiber -contrario a su costumbre de ensayar minuciosamente cualquier obra musical, por insignificante que ésta pudiera parecer-, decidió incluir en los dos próximos conciertos, para los que faltaban apenas dos días, una breve pieza de Falla que rindiera tributo a su memoria.

Fue así como los días 17 y 18 de noviembre, el público habanero, además de las primeras audiciones en Cuba de la Sinfonía en la mayor de Dittersdorf y la Sinfonía concertante de Haydn, y de los dos fragmentos de La condenación de Fausto, de Héctor Berlioz, escuchó también, conmovido, una página de Falla que no estaba anunciada en el programa del concierto: el “Romance del pescador”, de El amor brujo. La cronista Nena Benítez, desde las páginas del Diario de la Marina, resumía el acontecimiento en los siguientes términos:

Honrando la memoria del ilustre compositor español, Manuel de Falla, muerto en la Argentina el 14 de este mes, con gesto delicado Kleiber y la Orquesta Filarmónica de La Habana ejecutaron antes de comenzar el programa, el bellísimo y emotivo “Romance del pescador”, de “El amor brujo”, del inmortal compositor hispano, que el público escuchó de pie y en religioso silencio [2].

Manuel de FallaLa breve pieza del ballet de Falla, sin embargo, no pareció a Kleiber homenaje suficiente para recordar al más grande músico español del siglo XX. De inmediato debe haber comenzado a preparar el programa para un concierto en que la memoria del compositor andaluz fuera honrada en proporción a su grandeza.

Ese concierto tendría lugar los días 15 y 16 de diciembre, cuando se cumplía un mes de la muerte del español. En él, Kleiber dedicaría íntegramente la segunda parte del programa a la música del de Cádiz. Y qué mejor elección para iniciar ese tributo que la pieza titulada Homenajes, cuya presentación ya estaba prevista para esa temporada mucho antes de conocerse o sospecharse siquiera la muerte de su autor y en la que Falla, a su vez, rinde honores a la obra de cuatro músicos que inspiraron la suya propia: Fernández Arbós, Debussy, Paul Dukas y Felipe Pedrell. La orquestación de la obra había sido entregada por su autor al director vienés, lo que hace sentir a Kleiber la emoción de estar cumpliendo la voluntad del amigo muerto repentinamente. Dos días antes del concierto, en una de las entrevistas habituales en las que el director se refería brevemente a la música que habría de interpretar, la prensa publica estas palabras suyas sobre Homenajes, tercera pieza en el programa:

En tercer lugar lo que me tiene en uno de los momentos más emocionados de mi vida de director de orquesta. Cuando fui a despedirme en la Argentina de Manuel de Falla tuve el honor de que pusiera en mis manos la orquestación completa de su última gran obra. Un favor que, al fallecer días después Falla, lo tengo como una herencia. Porque la obra se titula Homenajes y sólo una vez hasta ahora ha sido ejecutada por orquesta, y eso bajo la dirección del propio Falla [3].

Y a continuación, profundiza en algunos aspectos de la obra:

Consta de cuatro partes. Primera, Homenaje a Arbós, el gran director español, amigo de Falla y amigo mío. Se trata de una fanfarria para metales y percusiones. Segunda, Homenaje a Debussy, con el título de “Elegía de la guitarra”. Tercera, Homenaje a Dukas. Aquí Falla hizo algo que puede llamarse “la esperanza de la vida”. Es un Falla contemplativo, con cierta inclinación a la tristeza, algo como un presentimiento; pero en nada parecido al cansancio, a la caída. El Falla de siempre a las puertas de la inmortalidad. Y por último, el homenaje a Pedrell, el gran catalán. Una “predrelliana” alegre, con algunos momentos de sardana, con melodías que parecen madurar bajo el sol mediterráneo [4].

Sobre la importancia de este estreno nos hablaría poco tiempo después un joven compositor que, sin proponérselo, vendría a tener una participación protagónica en los homenajes cubanos a don Manuel de Falla. Escribe así Julián Orbón -que era el nombre de ese músico- sobre la importancia del estreno de esos Homenajes:

A través de este cuidado de Kleiber, a la música actual, hemos tenido la inmensa suerte de conocer los “Homenajes” de Manuel de Falla, aún inéditos, que yo sepa, y de rarísima ejecución, pudiendo observar muy a su tiempo una de las últimas actitudes del genio preciso del compositor español. La audición de esta obra trascendental, particularmente, la “Pedrelliana”, transcendentalismo que pasó inadvertido de muchos, quizá por ser difícil paraíso para la ruta de la música española, es algo que nunca agradeceremos bastante a Kleiber [5].

Este homenaje a Falla insertado en el segundo concierto de diciembre terminaba con dos piezas del español ya escuchadas en Cuba: la Introducción y Primera Danza de La vida breve. Sobre ellas, dice Kleiber:

Tocaremos la Introducción y Danza de “La Vida Breve”, para demostrar que esa frase del título [...] no existe cuando alude a la existencia de los hombres geniales, es decir, a los hombres capaces de hacer obra eterna. Será nuestro homenaje a la vida eterna de uno de los más grandes músicos de todos los tiempos [6].

 Puede que esta última afirmación de Kleiber, que ahora nadie se atrevería a poner en duda, no fuera todavía, a mediados de la década de los cuarenta, una verdad aceptada por todos. Se ha afirmado que la música de Manuel de Falla no era precisamente de las que arrancaban los mayores suspiros entre el público de los lunes [7], razón por la cual su ejecución por la Orquesta Filarmónica tuvo que enfrentarse a veces a la resistencia del Patronato. Bien conocida es quizá la anécdota que refiere José Ardévol en su libro Música y revolución, sobre la alarma que provocó en una de las juntas del PPMS la propuesta del director argentino Juan José Castro, sustituto de Kleiber al frente de la Filarmónica, de incluir en un programa el estreno en Cuba de El Retablo de Maese Pedro. Cuenta Ardévol, con esa manera oportunista con que comenzó a atacar, después de 1959, todo lo relacionado con el pasado musical de Cuba que hubiera estado vinculado de una forma u otra a las instituciones creadas o financiadas por la alta burguesía cubana:

Uno de los motivos de alarma era el próximo estreno de El Retablo... [...] y quería conocerse nuestra opinión; saber, sobre todo, en qué consistía la obra, ya que, dijo uno de los asistentes que lo llamó El Retablo de Míster Pedro, se tenía entendido que era un tema para títeres, y eso parecía “poco serio” para un organismo como la Filarmónica [...].

Me convencí de que mi presencia era completamente inútil cuando, después de explicar que se trataba de una obra escrita “como homenaje devoto a la gloria de Miguel de Cervantes”, una dama me contestó que, por el hecho de que “fuera un homenaje a nuestro compositor de danzas” ella no veía razones suficientes para “permitir” el estreno de la obra. La discusión terminó cuando, otra señorona que todos los años viajaba al extranjero, aseguró que una norteamericana amiga suya “conocía la obra”, y que le había dicho que “era muy pesada” [8].

Remedios VaroAunque resulta difícil creer que todos los miembros de aquella burguesía cubana melómana padecieran de esa ignorancia con que Ardévol insiste en ridiculizarla -con palabras escritas en un momento en que renegar de ese pasado era práctica diaria, masiva y tajante-, no es menos cierto que un sector de esa clase alta mostraba prejuicios contra casi toda la música considerada moderna. Sin embargo, es preciso tener en cuenta que de toda la música contemporánea, la de Falla, debido sin duda a su arraigo en la música popular española, era de las que mayores posibilidades tenía de ser aceptada por los “mimados” oídos de nuestros auditorios más reacios. (No fue, de hecho, la música del compositor andaluz, de las menos interpretadas por la Orquesta Filarmónica en los once años que ésta funcionó bajo los auspicios del Patronato Pro Música Sinfónica.) Hay, además, en la música de Falla, una etapa que aún pudiera calificarse de impresionista, de más fácil “digestión” para ese público prejuiciado, mientras que sus obras más audaces (El Retablo, Concierto para clavicémbalo), ejercía entonces una enorme influencia entre los compositores más jóvenes del continente americano, muchos de los cuales, en el caso específico de Cuba, practicaban la crítica musical en los principales diarios habaneros, hecho éste que garantizaba en principio una frecuente y consciente divulgación de las ideas y enseñanzas musicales del maestro, así como una virtual labor de educación de aquellos auditorios más obstinados. Finalmente, hay que decir, en este mismo sentido, que Manuel de Falla mantuvo siempre contacto con algunas de las personalidades más influyentes del mundo cultural y musical cubano, tal es el caso de Alejo Carpentier y, sobre todo, el del matrimonio formado por Antonio Quevedo y María Muñoz, quienes estaban unidos al músico español por una profunda relación de amistad. Fue precisamente Antonio Quevedo, junto al compositor y director argentino Juan José Castro, uno de los principales promotores del homenaje que se tributaría a Falla en noviembre de 1947, cuando se cumplía el primer aniversario de su muerte. Homenaje, por demás -y es éste un hecho significativo-organizado todavía bajo la dirección del Patronato Pro Música Sinfónica, y que tal vez constituyó uno de los más grandes tributos rendidos en Cuba al gran compositor gaditano.

Por tanto, las duras palabras de Ardévol, aunque pueden servir en este caso para ilustrar algunas de las dificultades con que pudo tropezar Kleiber en su propósito de incluir en los programas de la Filarmónica música de Falla, no pueden ser tomadas al pie de la letra, y hay que verlas sobre todo a la luz del momento en que fueron escritas. La estupidez o la frivolidad de dos o tres damas de aquella clase social no constituyen un estigma para todos sus integrantes, tal como pretende hacernos creer Ardévol en su libro de 1966. Creo, por otra parte, que los prejuicios estéticos de algunos influyentes miembros de esa clase no fueron mayores, y ciertamente no más dañinos, que otros de carácter extramusical -cuando no político- tan habituales ya en la época en que Ardévol llevaba al papel sus tajantes e injustas opiniones.

Cuando se consultan las fuentes de la época, se tiene más bien la impresión de que la grandeza de Falla, sus aportes a la música del siglo XX, eran entonces verdades no sólo unánimemente admitidas por un selecto y reducido grupo de entendidos y discípulos, sino que su música comenzaba a gozar de aceptación indiscutible aun para aquellos melómanos incapaces de comprenderla en toda su magnitud.  

Entre los jóvenes compositores de entonces que acogían con entusiasmo las enseñanzas del andaluz, había uno en quien el influjo de la música del compositor gaditano fue de la mayor trascendencia en su obra. Se trata de Julián Orbón, nacido en Avilés, Asturias, en 1925, como hijo del músico español Benjamín Orbón y de la cubana Ana de Soto. Y para referirnos a esta relación Falla-Orbón es preciso retornar a aquel concierto en que se tributó el primer homenaje al maestro andaluz, inmediatamente después de conocida la noticia de su muerte: el de los días 17 y 18 de noviembre de 1946.  

Porque, bien mirado, el tributo a Falla no terminó aquel día con la inclusión a última hora en el programa del breve “Romance del pescador”, de El amor brujo. Otro importante acontecimiento musical se produjo en ese par de conciertos; acontecimiento que, visto a la luz de hoy, constituyó quizá el mayor tributo que pudiera rendirse a la memoria de Manuel de Falla.

Por una de esas raras coincidencias, para los conciertos de esos días Kleiber había programado el estreno parcial de la primera obra sinfónica de Julián Orbón, quien, como ya se ha dicho, era entonces considerado un dotado seguidor de las enseñanzas de Falla. El azar quiso, pues, que la muerte del compositor gaditano uniera en un mismo concierto la música del maestro y la del discípulo. El programa que finalmente se ofreció en el Auditorium, no sólo rindió tributo a la muerte del gran español insertando aquella luctuosa y breve nota de recordación. En ese concierto el público asistente fue testigo privilegiado del nacimiento al mundo de la música sinfónica del joven compositor hispano-cubano, quedando así anunciada, por obra de un azar cargado de significados, la enorme trascendencia que para la música hispanoamericana habría de tener la música compuesta por don Manuel de Falla. Apenas acallados los últimos acordes del “Romance...”, las enseñanzas del maestro de Cádiz se hacían sentir en la segunda parte del programa en las notas de la Sinfonía en do mayor de Julián Orbón, cumpliéndose así, en la sala del teatro Auditorium de La Habana, ese incesante ciclo de la vida, entretejido de resurrección y muerte.

Grande era la admiración de Orbón por el músico gaditano. A manera de recordación a su maestro espiritual y musical, el propio Orbón escribiría un mes más tarde para Orígenes un lúcido ensayo sobre el autor del Retablo, cuyo último párrafo decía:

Nunca será bien venerado tu recuerdo, maestro que alumbraste el nacimiento de tantos; nunca serán suficientes para llenar tu espíritu, nuestras bendiciones, nuestra vida y nuestro homenaje perpetuo y dolido; tú que nos diste el verbo, que nos dotaste de una voz, que descubriste nuestra pasión, que alimentaste nuestra avidez de canto, nuestra necesidad de plenitud, que nos diste un estilo de obra y de vida, que dejas abierto el camino a toda devoción, a toda verdad, que despertaste nuestra palabra romancesca y romántica; tú que viviste siempre en Alta Gracia y has muerto en Altagracia, descansa ahora, en la Alta Gracia del Señor. Así sea [9].

Con el estreno de los dos movimientos de la Sinfonía en do mayor de Julián Orbón continuaba cumpliéndose el empeño de Kleiber por incluir en los programas de la Filarmónica la música de compositores cubanos. Propósito éste cuyo antecedente hay que verlo en una carta dirigida al director austríaco por los miembros del Grupo de Renovación Musical a finales de noviembre de 1944, en la cual se le solicitaba la inclusión en los programas de la música de varios miembros del grupo y a la que Kleiber reaccionó muy prontamente, ya en enero de 1945, interpretando con la orquesta una obra del propio Ardévol.

Pero si varios eran los prejuicios de un sector del público melómano habanero contra la música moderna en general, mayores aún -y por partida doble-eran esos prejuicios en relación con la música contemporánea producida en la isla. Cabe suponer que Kleiber, en un inicio, haya tenido intenciones de estrenar la sinfonía de Orbón en su versión íntegra. Al menos así lo dejan entrever sus elogiosas y a la vez enigmáticas palabras publicadas en la prensa dos días antes del estreno. A la pregunta sobre si tendría algo que decir sobre la música de Orbón, el director vienés responde:

Remedios VaroMucho de Julián Orbón. Mejor decir: muy bien Julián Orbón. Muy bien ya en la Sinfonía de la que vamos a dar a conocer en el próximo concierto dos movimientos por las razones que no es del caso exponer ahora, pero que todos debieran fácilmente explicárselas. Las cosas grandes tienen su principio. El fin de esta sinfonía de Orbón será su total conocimiento por la Orquesta Filarmónica [10].

También Mirta Aguirre, desde las páginas de Hoy, lamentaba que la Sinfonía hubiese sido presentada sólo en forma fragmentaria:

Es lástima que la Filarmónica no brindara íntegramente la Sinfonía en Do Mayor [...]. Ignoramos qué dificultades impidieron esto y pensamos que esas dificultades debieron superarse en cualquier forma, ya que el conocimiento fragmentario de una Sinfonía, destrozando la unidad esencial de la obra, equivale a un no conocimiento [11].

Cuáles serían esas “razones que [...] todos debieran fácilmente explicárselas” pero a las que nadie parece poder dar respuesta -al menos en público-, tampoco podríamos decirlo ahora nosotros con absoluta certeza. Pero conociendo lo que habría de suceder apenas unos meses más tarde; conociendo las imputaciones que Kleiber haría a raíz de su renuncia, podría afirmarse que estas palabras iban dirigidas, a modo de velada acusación, contra aquellas reticencias que el Patronato, y en especial su presidente de entonces, José Aixalá, oponía a la presentación de la música de jóvenes compositores cubanos por parte de la Orquesta Filarmónica de La Habana.

A pesar de esos inconvenientes, el estreno de los dos tiempos de la Sinfonía de Orbón (Andante sostenuto y Scherzo: Allegro energico) bajo la batuta de Erich Kleiber constituyó, en opinión del compositor mexicano Julio Estrada -quien décadas más tarde sería discípulo de Orbón en el Conservatorio Nacional de México-, “un impulso definitivo a la carrera del joven compositor y a su producción futura para la orquesta” [12].

Ya unos años antes, en fecha cercana al estreno de los fragmentos de la Sinfonía en do mayor, Alejo Carpentier, en su libro La música en Cuba (México, 1945), señalaba a Julián Orbón como “la figura más singular y prometedora de la joven escuela cubana”, un músico “en posesión de una obra considerable, que no contiene una página carente de interés” [13]. De la Sinfonía en do mayor, opinaba Carpentier:

Hay en esta obra, muy importante para la historia de la música latinoamericana contemporánea, toda la viril belleza que puede desprenderse del celo atajado antes del exceso, del lirismo sin trivialidades, de la invención nunca dispersa, de la inspiración -¿a qué rehuir el término?- hecha materia noble [14].

La composición de esta obra, que data de 1945, marcó una etapa importante en la producción de Orbón y había deparado a su autor una de las satisfacciones profesionales más grandes que podía recibir un joven músico de entonces. La Sinfonía había sido presentada por Orbón a un concurso auspiciado por la sucursal cubana de la American Steel Corporation, valiéndole el premio en dicho certamen, lo cual permitió al joven músico cubano disfrutar de una beca en el Berkshire Music Center de Massachusetts para estudiar orquestación y formas musicales con el compositor norteamericano Aaron Copland, con la posibilidad, además, de asistir a los cursillos de dirección orquestal impartidos por Serguei Koussevitski. Allí, además de mostrar su talento ante músicos consagrados como Copland o Koussevitski, Orbón pudo, gracias a esa beca, confrontar conocimientos y experiencias con otros jóvenes músicos latinoamericanos como Héctor Tosar, Juan Orrego Salas, Alberto Ginastera, entre otros.

También Kleiber advirtió ese talento en el joven Orbón; también él supo distinguir esa "materia noble" de la que hablara Carpentier. En general, el vínculo profesional de Orbón con el director vienés resultó a la larga -como para muchos otros músicos latinoamericanos [15]-, de suma importancia en la carrera del joven compositor hispano-cubano. El propio Orbón solía señalar a Kleiber como al músico que más le había enseñado. El vienés, por su parte, vio en el joven compositor hispano-cubano sobre todo a un talento con gran futuro, toda una promesa para la música en Hispanoamérica, algo que reafirmó consecuentemente en años posteriores cuando llevó la música del cubano ante varios auditorios del mundo. En las declaraciones publicadas pocos días antes del concierto, el ilustre director, resumiendo los valores de la Sinfonía de Orbón, decía a la prensa que se trataba de una “obra casi de la adolescencia”, pero que, “como ocurre en los hombres de mucho porvenir, una gran obra ya. Obra de talento, de conocimiento, de imaginación y de gracia. [...] Música en su mejor sentido universal. En el esfuerzo una ligera influencia cubana. En toda ella una alta y noble responsabilidad sinfónica” [16].

No se equivocaron Carpentier y Kleiber en sus pronósticos sobre el joven Orbón, quien, al decir de otro discípulo suyo, el mexicano Eduardo Mata, se convertiría, con el paso de los años, en el “único compositor verdaderamente hispanoamericano de nuestros tiempos, tratando de expresar la absoluta integración estilística de su música con los elementos más puros de ambas orillas del Atlántico” [17].

Los homenajes a Manuel de Falla, iniciados con aquellos dos organizados por Erich Kleiber, se sucedieron todavía en Cuba a lo largo de todo un año. Destacados músicos como Hilario González, José Ardévol o el propio Julián Orbón, así como intelectuales de la estatura de un Gastón Baquero, un Francisco Ichaso o un José María Chacón y Calvo escribieron páginas memorables en recordación del maestro gaditano [18].

El 22 de noviembre de 1946, a una semana de la muerte de Falla, Antonio Quevedo dedicaba una de sus "Lecturas musicales", su habitual programa de radio transmitido cada viernes por las frecuencias de la CMZ, la radioemisora del Ministerio de Educación, al importante Concierto para clavicémbalo del músico andaluz.

En diciembre del propio año 1946, como ya señalamos, Kleiber preparó un programa dedicado por entero en su segunda parte a la música de Falla, ocasión en que estrenó en Cuba la mencionada pieza Homenajes, cuya orquestación le fuera confiada por el propio autor.

Remedios VaroUnos meses más tarde, en febrero de 1947, estando Juan José Castro en La Habana como director invitado de la Filarmónica -invitación que tuvo lugar por recomendación del propio Kleiber-, el director argentino, quien era considerado uno de los más fieles intérpretes de la música del maestro andaluz, incluyó en el programa de sus dos conciertos la Suite no. 2 de El sombrero de tres picos, ocasión en la cual un cronista habanero destacaba con justicia las extraordinarias dotes interpretativas de Castro para la música de Falla:

Si Castro no tuviera otros méritos que su manera leal de interpretar a Falla bastaría ello para considerarlo como uno de los mejores directores de nuestros días [...]. Pero oyendo al Falla de Castro nos explicamos el gran cariño que el español había sentido por el argentino. Aquella compenetración de la que hablaban los que lo vieron trabajar juntos se ve más clara ahora que evocamos al uno bajo el gesto del otro. Es como si Castro inventara el disco para inmortalizar la verdadera armonía, "el agua con sonido" de Manuel de Falla [19].

Finalmente, en noviembre de 1947, al cumplirse exactamente un año de la muerte del español, el propio Juan José Castro, quien ya por entonces era el director en propiedad de la Orquesta Filarmónica de la Habana en sustitución de Erich Kleiber, preparó en colaboración con el Patronato y con otras figuras del mundo musical cubano, un gran homenaje a Falla, que consistió en un programa íntegramente dedicado a la música del español, en el cual se interpretaron sendos fragmentos de la ópera La vida breve, selecciones del ballet El amor brujo, las "Danzas" de El sombrero de tres picos y la primera audición en Cuba de Balada de Mallorca, una pieza para coro "a capella". Asimismo, se escuchó en ese concierto, abriendo el programa, una composición del propio Castro titulada El llanto de las sierras, escrita expresamente por él en recordación del músico andaluz y cuya dedicatoria rezaba así: "En recuerdo de Manuel de Falla, muerto en las sierras de Córdoba."

Aunque no fue ésta la última ni la primera vez que la Orquesta Filarmónica interpretó música de Manuel de Falla, sí puede afirmarse que fueron éstos algunos de los momentos más significativos en la divulgación de la música del español en Cuba durante la República. Como homenajes comparables sólo podrían citarse el que se produjo una década antes, cuando Amadeo Roldán y César Pérez Sentenat estrenaron en Cuba, también con la Filarmónica, el Concierto para clavicémbalo; o aquel otro que se produciría varios años más tarde, en agosto de 1960, cuando la entonces recién fundada Orquesta Sinfónica Nacional estrenara en Cuba, bajo la dirección de Enrique González Mántici, El retablo de Maese Pedro, dos obras cumbres en la producción musical de Falla.

No es posible olvidar, sin embargo, lo que nuestra cultura musical debe a aquellos primeros homenajes a Falla organizados por Kleiber a raíz de la muerte del compositor andaluz. El enorme prestigio del director vienés, los relativos privilegios de que gozaba como director en propiedad de la Orquesta Filarmónica de La Habana, contribuyeron a vindicar de una vez por todas la figura del más grande músico español que haya conocido el siglo XX, consolidando así, en cierto modo, los esfuerzos de divulgación emprendidos por otros músicos no menos importantes pero que gozaban entonces de un menor renombre y, por consiguiente, de un muy restringido poder de decisión a la hora de confeccionar los programas que se ofrecían al público.

A Kleiber, sin dudas, se debe también en parte el pleno reconocimiento en Cuba de la obra de quien, al decir de Antonio Quevedo, fuera "un músico universal por su genio, esencia del españolismo caballeresco, austero y místico" [20].

 

NOTAS
1 Russell, John: Erich Kleiber. A Memoir. Andre Deutsch, London, 1957, p. 201.
2 Benítez, Caridad “Nena”: “Estrenos de la Orquesta Filarmónica”. En: Diario de la Marina, jueves 5 de diciembre de 1946, p. 12.
3
El Mundo, sábado 14 de diciembre de 1946, p. 15. (También publicado en: Diario de la Marina, viernes 13 de diciembre de 1946, p. 6.)
4
El Mundo, sábado 14 de diciembre de 1946, p. 15. (También publicado en Diario de la Marina, viernes 13 de diciembre de 1946, p. 6.)
5 “Una carta de Julián Orbón”. En: Diario de la Marina, viernes 28 de marzo de 1947, p. 20.
6 El Mundo, sábado 14 de diciembre de 1946, p. 15. (También publicado en: Diario de la Marina, viernes 13 de diciembre de 1946, p.6.)
7 Como condición de su contrato con el Patronato Pro Música Sinfónica, Kleiber estableció la presentación de conciertos populares, que se ofrecían los domingos en matinée a las 10: 45 de la mañana. Los conciertos de gala tenían lugrar los lunes en la noche, y a ellos acudían los sectores más adinerados de la burguesía cubana. 
8 Ardévol, José: “Algo más sobre El Retablo”. En: La Calle, 20 de agosto de 1960. (Publicado posteriormente en Música y revolución, Ediciones Unión, 1966, pp.152-153.)
9 Orbón, Julián: “Y murió en Alta Gracia”. En: En la esencia de los estilos, Editorial Colibrí, Madrid 2000, p. 30.
10 El Mundo, viernes 15 de noviembre de 1946, p. 15. (También publicado en: Diario de la Marina, jueves 14 de noviembre de 1946, p. 6.)
11
Hoy, martes 19 de noviembre de 1946, p. 6.
12 Estrada, Julio: "Prólogo". En: Orbón, Julián. En la esencia de los estilos, Editorial Colibrí, Madrid, 2000, p. 12.
13 Carpentier, Alejo: La música en Cuba. Fondo de Cultura Económica, México 1945, p. 259. Citado en: Estrada, Julio: "Prólogo". En: Orbón, Julián: En la esencia de los estilos, Editorial Colibrí, Madrid 2000, p. 12.
14 En: Hoy, martes 19 de noviembre de 1946, p. 6.
15 En una carta de Julián Orbón hecha pública por el Diario de la Marina en su edición del 28 de marzo de 1947, a raíz de la renuncia del maestro Erich Kleiber, el joven músico hispano-cubano resumía de la siguiente forma la importancia del director vienés para la música hispanoamericana: “Los compositores latinoamericanos que conocí en el ‘Berkshire Simphonic Festival’, debían también, en buena parte, primeras audiciones y la extensión de su música a esta noble actitud [de Kleiber]. Héctor Tosar, a mi juicio, uno de los más importantes compositores de la joven generación del continente, fue favorecido por Kleiber, que estrenó su concierto para piano y orquesta. Igual sucedió con Alberto Ginastera, cuya partitura ‘Panambi’ nos fue dada a conocer en la anterior temporada de la Orquesta Filarmónica.” (Diario de la Marina, viernes 28 de marzo de 1947, p. 20.)
16 El Mundo, viernes 15 de noviembre de 1946, p. 15. (También publicado en: Diario de la Marina, jueves 14 de noviembre de 1946, p. 6.)
17 Orbón, Julián: En la esencia de los estilos, Editorial Colibrí, Madrid, 2000, (Nota de contraportada).
18 Bajo el título provisional de “Visiones cubanas de Manuel de Falla” he reunido y ordenado en un volumen inédito algunos textos de prominentes intelectuales cubanos sobre la figura y la obra del músico gaditano, los cuales se hallan a la espera de un editor interesado.
19 Diario de la Marina, viernes 7 de febrero de 1947, p. 6.
20 Quevedo, Antonio: "Manuel de Falla". Notas al programa del Segundo Concierto Popular, Temporada 1947-48, domingo 16 de noviembre de 1947. 

José Aníbal Campos (Cuba, 1965). Germanista, traductor y ensayista. Ha traducido a varios autores de habla alemana (Ingeborg Bachmann, Georg Trakl, Christoph Hein, Milo Dor, Alfred Kolleritsch, Brigitte Burmeister, Albert Ostermaier, entre muchos otros). Actualment trabaja en un libro sobre la labor de Erich Kleiber al frente de la Orquesta Filarmónica de La Habana. Contato: anibal_campos65@yahoo.es. Página ilustrada com obras da artista Remedios Varo (México).

retorno à capa desta edição

índice geral

triplov.agulha

triplov.com.agulha.editores

jornal de poesia

Banda Hispânica (Jornal de Poesia)

Ser Espacial (Brasil/Portugal)