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revista de cultura # 34 - fortaleza, são paulo - maio de 2003 |
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Muerte y resurrección de Manuel de Falla en La Habana José Aníbal Campos
La
noticia, sin embargo, no tardó en llegar al director vienés. La recibió
unas horas después, cuando se disponía a iniciar el ensayo previsto para
ese día, preparatorio de los conciertos del domingo 17 y del lunes 18 de
noviembre, cuyo programa incluía obras de Dittersdorf, Haydn, Orbón y
Berlioz. Su auxiliar en la orquesta, el músico cubano Manuel Duchesne
Morilla, fue en esa ocasión el portavoz de la noticia sobre tan dolorosa
pérdida para la música universal. Según
los periódicos, el músico español había pasado esos últimos años
trabajando en la composición de una obra de gran formato titulada La
Atlántida, una pieza para coros, solistas y orquesta de la que el
autor había dado ya cuenta a nuestro Alejo Carpentier varios años antes,
en una breve entrevista concedida en París y publicada en Cuba en la década
del treinta. El
compositor que logró inscribir definitivamente la música española en
los anales de la música moderna, vivía en exilio voluntario en Argentina
desde 1943. Allí, en Altagracia, lo sorprendió la muerte. Y allí, en
ese pequeño pueblo situado en la región montañosa de la provincia de Córdoba,
lo conoció Kleiber, quien en el mismo año de 1946, en ocasión de
conmemorarse el veinte aniversario de su primera actuación en Buenos
Aires, había comprado en aquel pueblo una propiedad -su “remanso”,
como solía llamarla-, una finca de sesenta acres a la que bautizó con el
nombre de “La Fermata” y donde pensaba pasar los últimos años de su
vida. Falla era su vecino. Y en muy poco tiempo había comenzado a
fraguarse entre ambos músicos una profunda relación de amistad que ahora
se veía bruscamente interrumpida por la muerte del autor de La vida breve. Prueba
de esa admiración y respeto mutuos nos la ofrece un hecho por sí mismo
elocuente: en el último encuentro que ambos músicos sostuvieran ese año
en Argentina, poco antes de que Kleiber partiese hacia La Habana, el español
puso en manos del director austríaco la orquestación completa de su última
composición de entonces, la pieza titulada Homenajes.
No
es difícil imaginar por tanto cuán profunda debió ser la consternación
de Kleiber al recibir la noticia de la muerte del músico andaluz. Cuando
pensó en el amigo recién fallecido, le inquietó la idea de que éste
pudiera haber sufrido mucho en sus horas finales. De inmediato quiso
conocer los detalles de su deceso, esos que la prensa, habitualmente,
escamotea a los lectores sustituyéndolos por piadosas unciones retóricas.
El domingo 17, después del concierto de esa mañana, Kleiber escribe a su
esposa, que en ese momento se hallaba en Argentina, pidiéndole noticias
de primera mano sobre la muerte del amigo: “¿Y tú cuándo te
enteraste?”, pregunta a Ruth en su carta, “¡Quisiera saber si tuvo
una muerte apacible o si hubo de sufrir demasiado el querido anciano,
persona a la vez tan joven! Porque siempre era joven cuando de música se
trataba.” [1] En
esa misma carta Kleiber cuenta a su esposa cómo al recibir la noticia
sintió tal conmoción que apenas halló fuerzas para comentarla con sus músicos.
Cuando por fin lo hizo, todos los presentes, como por obra y gracia de un
acuerdo previo, se pusieron de pie y guardaron un minuto de silencio en
memoria del finado. Fue
seguramente el mismo día 15 cuando Kleiber -contrario a su costumbre de
ensayar minuciosamente cualquier obra musical, por insignificante que ésta
pudiera parecer-, decidió incluir en los dos próximos conciertos, para
los que faltaban apenas dos días, una breve pieza de Falla que rindiera
tributo a su memoria. Fue
así como los días 17 y 18 de noviembre, el público habanero, además de
las primeras audiciones en Cuba de la Sinfonía
en la mayor de Dittersdorf y la Sinfonía
concertante de Haydn, y de los dos fragmentos de La condenación de Fausto, de Héctor Berlioz, escuchó también,
conmovido, una página de Falla que no estaba anunciada en el programa del
concierto: el “Romance del pescador”, de El
amor brujo. La cronista Nena Benítez, desde las páginas del Diario de la Marina, resumía el acontecimiento en los siguientes términos: Honrando
la memoria del ilustre compositor español, Manuel de Falla, muerto en la
Argentina el 14 de este mes, con gesto delicado Kleiber y la Orquesta
Filarmónica de La Habana ejecutaron antes de comenzar el programa, el
bellísimo y emotivo “Romance del pescador”, de “El amor brujo”,
del inmortal compositor hispano, que el público escuchó de pie y en
religioso silencio [2].
Ese
concierto tendría lugar los días 15 y 16 de diciembre, cuando se cumplía
un mes de la muerte del español. En él, Kleiber dedicaría íntegramente
la segunda parte del programa a la música del de Cádiz. Y qué mejor
elección para iniciar ese tributo que la pieza titulada Homenajes,
cuya presentación ya estaba prevista para esa temporada mucho antes de
conocerse o sospecharse siquiera la muerte de su autor y en la que Falla,
a su vez, rinde honores a la obra de cuatro músicos que inspiraron la
suya propia: Fernández Arbós, Debussy, Paul Dukas y Felipe Pedrell. La
orquestación de la obra había sido entregada por su autor al director
vienés, lo que hace sentir a Kleiber la emoción de estar cumpliendo la
voluntad del amigo muerto repentinamente. Dos días antes del concierto,
en una de las entrevistas habituales en las que el director se refería
brevemente a la música que habría de interpretar, la prensa publica
estas palabras suyas sobre Homenajes,
tercera pieza en el programa: En
tercer lugar lo que me tiene en uno de los momentos más emocionados de mi
vida de director de orquesta. Cuando fui a despedirme en la Argentina de
Manuel de Falla tuve el honor de que pusiera en mis manos la orquestación
completa de su última gran obra. Un favor que, al fallecer días después
Falla, lo tengo como una herencia. Porque la obra se titula Homenajes
y sólo una vez hasta ahora ha sido ejecutada por orquesta, y eso bajo la
dirección del propio Falla [3]. Y
a continuación, profundiza en algunos aspectos de la obra: Consta
de cuatro partes. Primera, Homenaje a Arbós, el gran director español,
amigo de Falla y amigo mío. Se trata de una fanfarria para metales y
percusiones. Segunda, Homenaje a Debussy, con el título de “Elegía de
la guitarra”. Tercera, Homenaje a Dukas. Aquí Falla hizo algo que puede
llamarse “la esperanza de la vida”. Es un Falla contemplativo, con
cierta inclinación a la tristeza, algo como un presentimiento; pero en
nada parecido al cansancio, a la caída. El Falla de siempre a las puertas
de la inmortalidad. Y por último, el homenaje a Pedrell, el gran catalán.
Una “predrelliana” alegre, con algunos momentos de sardana, con melodías
que parecen madurar bajo el sol mediterráneo [4]. Sobre
la importancia de este estreno nos hablaría poco tiempo después un joven
compositor que, sin proponérselo, vendría a tener una participación
protagónica en los homenajes cubanos a don Manuel de Falla. Escribe así
Julián Orbón -que era el nombre de ese músico- sobre la importancia del
estreno de esos Homenajes: A
través de este cuidado de Kleiber, a la música actual, hemos tenido la
inmensa suerte de conocer los “Homenajes” de Manuel de Falla, aún inéditos,
que yo sepa, y de rarísima ejecución, pudiendo observar muy a su tiempo
una de las últimas actitudes del genio preciso del compositor español.
La audición de esta obra trascendental, particularmente, la
“Pedrelliana”, transcendentalismo que pasó inadvertido de muchos,
quizá por ser difícil paraíso para la ruta de la música española, es
algo que nunca agradeceremos bastante a Kleiber [5]. Este
homenaje a Falla insertado en el segundo concierto de diciembre terminaba
con dos piezas del español ya escuchadas en Cuba: la Introducción y
Primera Danza de La vida breve.
Sobre ellas, dice Kleiber: Tocaremos
la Introducción y Danza de “La Vida Breve”, para demostrar que esa
frase del título [...] no existe cuando alude a la existencia de los
hombres geniales, es decir, a los hombres capaces de hacer obra eterna.
Será nuestro homenaje a la vida eterna de uno de los más grandes músicos
de todos los tiempos [6]. Puede
que esta última afirmación de Kleiber, que ahora nadie se atrevería a
poner en duda, no fuera todavía, a mediados de la década de los
cuarenta, una verdad aceptada por todos. Se ha afirmado que la música de
Manuel de Falla no era precisamente de las que arrancaban los mayores
suspiros entre el público de los lunes [7], razón por la cual su ejecución
por la Orquesta Filarmónica tuvo que enfrentarse a veces a la resistencia
del Patronato. Bien conocida es quizá la anécdota que refiere José Ardévol
en su libro Música y revolución,
sobre la alarma que provocó en una de las juntas del PPMS la propuesta
del director argentino Juan José Castro, sustituto de Kleiber al frente
de la Filarmónica, de incluir en un programa el estreno en Cuba de El Retablo de Maese Pedro. Cuenta Ardévol, con esa manera
oportunista con que comenzó a atacar, después de 1959, todo lo
relacionado con el pasado musical de Cuba que hubiera estado vinculado de
una forma u otra a las instituciones creadas o financiadas por la alta
burguesía cubana: Uno
de los motivos de alarma era el próximo estreno de El
Retablo... [...] y quería conocerse nuestra opinión; saber, sobre
todo, en qué consistía la obra, ya que, dijo uno de los asistentes que
lo llamó El Retablo de Míster Pedro, se tenía entendido que era un tema
para títeres, y eso parecía “poco serio” para un organismo como la
Filarmónica [...]. Me
convencí de que mi presencia era completamente inútil cuando, después
de explicar que se trataba de una obra escrita “como homenaje devoto a
la gloria de Miguel de Cervantes”, una dama me contestó que, por el
hecho de que “fuera un homenaje a nuestro compositor de danzas” ella
no veía razones suficientes para “permitir” el estreno de la obra. La
discusión terminó cuando, otra señorona que todos los años viajaba al
extranjero, aseguró que una norteamericana amiga suya “conocía la
obra”, y que le había dicho que “era muy pesada” [8].
Por
tanto, las duras palabras de Ardévol, aunque pueden servir en este caso
para ilustrar algunas de las dificultades con que pudo tropezar Kleiber en
su propósito de incluir en los programas de la Filarmónica música de
Falla, no pueden ser tomadas al pie de la letra, y hay que verlas sobre
todo a la luz del momento en que fueron escritas. La estupidez o la
frivolidad de dos o tres damas de aquella clase social no constituyen un
estigma para todos sus integrantes, tal como pretende hacernos creer Ardévol
en su libro de 1966. Creo, por otra parte, que los prejuicios estéticos
de algunos influyentes miembros de esa clase no fueron mayores, y
ciertamente no más dañinos, que otros de carácter extramusical -cuando
no político- tan habituales ya en la época en que Ardévol llevaba al
papel sus tajantes e injustas opiniones. Cuando
se consultan las fuentes de la época, se tiene más bien la impresión de
que la grandeza de Falla, sus aportes a la música del siglo XX, eran
entonces verdades no sólo unánimemente admitidas por un selecto y
reducido grupo de entendidos y discípulos, sino que su música comenzaba
a gozar de aceptación indiscutible aun para aquellos melómanos incapaces
de comprenderla en toda su magnitud. Entre
los jóvenes compositores de entonces que acogían con entusiasmo las enseñanzas
del andaluz, había uno en quien el influjo de la música del compositor
gaditano fue de la mayor trascendencia en su obra. Se trata de Julián Orbón,
nacido en Avilés, Asturias, en 1925, como hijo del músico español
Benjamín Orbón y de la cubana Ana de Soto. Y para referirnos a esta
relación Falla-Orbón es preciso retornar a aquel concierto en que se
tributó el primer homenaje al maestro andaluz, inmediatamente después de
conocida la noticia de su muerte: el de los días 17 y 18 de noviembre de
1946. Porque,
bien mirado, el tributo a Falla no terminó aquel día con la inclusión a
última hora en el programa del breve “Romance del pescador”, de El amor brujo. Otro importante acontecimiento musical se produjo en
ese par de conciertos; acontecimiento que, visto a la luz de hoy,
constituyó quizá el mayor tributo que pudiera rendirse a la memoria de
Manuel de Falla. Por
una de esas raras coincidencias, para los conciertos de esos días Kleiber
había programado el estreno parcial de la primera obra sinfónica de Julián
Orbón, quien, como ya se ha dicho, era entonces considerado un dotado
seguidor de las enseñanzas de Falla. El azar quiso, pues, que la muerte
del compositor gaditano uniera en un mismo concierto la música del
maestro y la del discípulo. El programa que finalmente se ofreció en el
Auditorium, no sólo rindió tributo a la muerte del gran español
insertando aquella luctuosa y breve nota de recordación. En ese concierto
el público asistente fue testigo privilegiado del nacimiento al mundo de
la música sinfónica del joven compositor hispano-cubano, quedando así
anunciada, por obra de un azar cargado de significados, la enorme
trascendencia que para la música hispanoamericana habría de tener la música
compuesta por don Manuel de Falla. Apenas acallados los últimos acordes
del “Romance...”, las enseñanzas del maestro de Cádiz se hacían
sentir en la segunda parte del programa en las notas de la Sinfonía
en do mayor de Julián Orbón, cumpliéndose así, en la sala del
teatro Auditorium de La Habana, ese incesante ciclo de la vida,
entretejido de resurrección y muerte. Grande
era la admiración de Orbón por el músico gaditano. A manera de
recordación a su maestro espiritual y musical, el propio Orbón escribiría
un mes más tarde para Orígenes
un lúcido ensayo sobre el autor del Retablo,
cuyo último párrafo decía: Nunca
será bien venerado tu recuerdo, maestro que alumbraste el nacimiento de
tantos; nunca serán suficientes para llenar tu espíritu, nuestras
bendiciones, nuestra vida y nuestro homenaje perpetuo y dolido; tú que
nos diste el verbo, que nos dotaste de una voz, que descubriste nuestra
pasión, que alimentaste nuestra avidez de canto, nuestra necesidad de
plenitud, que nos diste un estilo de obra y de vida, que dejas abierto el
camino a toda devoción, a toda verdad, que despertaste nuestra palabra
romancesca y romántica; tú que viviste siempre en Alta Gracia y has
muerto en Altagracia, descansa ahora, en la Alta Gracia del Señor. Así
sea [9]. Con
el estreno de los dos movimientos de la Sinfonía
en do mayor de Julián Orbón continuaba cumpliéndose el empeño de
Kleiber por incluir en los programas de la Filarmónica la música de
compositores cubanos. Propósito éste cuyo antecedente hay que verlo en
una carta dirigida al director austríaco por los miembros del Grupo de
Renovación Musical a finales de noviembre de 1944, en la cual se le
solicitaba la inclusión en los programas de la música de varios miembros
del grupo y a la que Kleiber reaccionó muy prontamente, ya en enero de
1945, interpretando con la orquesta una obra del propio Ardévol. Pero
si varios eran los prejuicios de un sector del público melómano habanero
contra la música moderna en general, mayores aún -y por partida
doble-eran esos prejuicios en relación con la música contemporánea
producida en la isla. Cabe suponer que Kleiber, en un inicio, haya tenido
intenciones de estrenar la sinfonía de Orbón en su versión íntegra. Al
menos así lo dejan entrever sus elogiosas y a la vez enigmáticas
palabras publicadas en la prensa dos días antes del estreno. A la
pregunta sobre si tendría algo que decir sobre la música de Orbón, el
director vienés responde:
También
Mirta Aguirre, desde las páginas de Hoy,
lamentaba que la Sinfonía
hubiese sido presentada sólo en forma fragmentaria: Es
lástima que la Filarmónica no brindara íntegramente la Sinfonía en Do
Mayor [...]. Ignoramos qué dificultades impidieron esto y pensamos que
esas dificultades debieron superarse en cualquier forma, ya que el
conocimiento fragmentario de una Sinfonía, destrozando la unidad esencial
de la obra, equivale a un no conocimiento [11]. Cuáles
serían esas “razones que [...] todos debieran fácilmente explicárselas”
pero a las que nadie parece poder dar respuesta -al menos en público-,
tampoco podríamos decirlo ahora nosotros con absoluta certeza. Pero
conociendo lo que habría de suceder apenas unos meses más tarde;
conociendo las imputaciones que Kleiber haría a raíz de su renuncia,
podría afirmarse que estas palabras iban dirigidas, a modo de velada
acusación, contra aquellas reticencias que el Patronato, y en especial su
presidente de entonces, José Aixalá, oponía a la presentación de la música
de jóvenes compositores cubanos por parte de la Orquesta Filarmónica de
La Habana. A
pesar de esos inconvenientes, el estreno de los dos tiempos de la Sinfonía de Orbón (Andante sostenuto y Scherzo: Allegro energico)
bajo la batuta de Erich Kleiber constituyó, en opinión del compositor
mexicano Julio Estrada -quien décadas más tarde sería discípulo de Orbón
en el Conservatorio Nacional de México-, “un impulso definitivo a la
carrera del joven compositor y a su producción futura para la orquesta”
[12]. Ya
unos años antes, en fecha cercana al estreno de los fragmentos de la Sinfonía en do mayor, Alejo Carpentier, en su libro La
música en Cuba (México, 1945), señalaba a Julián Orbón como “la
figura más singular y prometedora de la joven escuela cubana”, un músico
“en posesión de una obra considerable, que no contiene una página
carente de interés” [13]. De la Sinfonía en do mayor, opinaba Carpentier: Hay
en esta obra, muy importante para la historia de la música
latinoamericana contemporánea, toda la viril belleza que puede
desprenderse del celo atajado antes del exceso, del lirismo sin
trivialidades, de la invención nunca dispersa, de la inspiración -¿a qué
rehuir el término?- hecha materia noble [14]. La
composición de esta obra, que data de 1945, marcó una etapa importante
en la producción de Orbón y había deparado a su autor una de las
satisfacciones profesionales más grandes que podía recibir un joven músico
de entonces. La Sinfonía había sido presentada por Orbón a un concurso auspiciado
por la sucursal cubana de la American Steel Corporation, valiéndole el
premio en dicho certamen, lo cual permitió al joven músico cubano
disfrutar de una beca en el Berkshire Music Center de Massachusetts para
estudiar orquestación y formas musicales con el compositor norteamericano
Aaron Copland, con la posibilidad, además, de asistir a los cursillos de
dirección orquestal impartidos por Serguei Koussevitski. Allí, además
de mostrar su talento ante músicos consagrados como Copland o
Koussevitski, Orbón pudo, gracias a esa beca, confrontar conocimientos y
experiencias con otros jóvenes músicos latinoamericanos como Héctor
Tosar, Juan Orrego Salas, Alberto Ginastera, entre otros. También
Kleiber advirtió ese talento en el joven Orbón; también él supo
distinguir esa "materia noble" de la que hablara Carpentier. En
general, el vínculo profesional de Orbón con el director vienés resultó
a la larga -como para muchos otros músicos latinoamericanos [15]-, de suma
importancia en la carrera del joven compositor hispano-cubano. El propio
Orbón solía señalar a Kleiber como al músico que más le había enseñado.
El vienés, por su parte, vio en el joven compositor hispano-cubano sobre
todo a un talento con gran futuro, toda una promesa para la música en
Hispanoamérica, algo que reafirmó consecuentemente en años posteriores
cuando llevó la música del cubano ante varios auditorios del mundo. En
las declaraciones publicadas pocos días antes del concierto, el ilustre
director, resumiendo los valores de la Sinfonía de Orbón, decía a la
prensa que se trataba de una “obra casi de la adolescencia”, pero que,
“como ocurre en los hombres de mucho porvenir, una gran obra ya. Obra de
talento, de conocimiento, de imaginación y de gracia. [...] Música en su
mejor sentido universal. En el esfuerzo una ligera influencia cubana. En
toda ella una alta y noble responsabilidad sinfónica” [16]. No
se equivocaron Carpentier y Kleiber en sus pronósticos sobre el joven Orbón,
quien, al decir de otro discípulo suyo, el mexicano Eduardo Mata, se
convertiría, con el paso de los años, en el “único compositor
verdaderamente hispanoamericano de nuestros tiempos, tratando de expresar
la absoluta integración estilística de su música con los elementos más
puros de ambas orillas del Atlántico” [17]. Los
homenajes a Manuel de Falla, iniciados con aquellos dos organizados por
Erich Kleiber, se sucedieron todavía en Cuba a lo largo de todo un año.
Destacados músicos como Hilario González, José Ardévol o el propio
Julián Orbón, así como intelectuales de la estatura de un Gastón
Baquero, un Francisco Ichaso o un José María Chacón y Calvo escribieron
páginas memorables en recordación del maestro gaditano [18]. El
22 de noviembre de 1946, a una semana de la muerte de Falla, Antonio
Quevedo dedicaba una de sus "Lecturas musicales", su habitual
programa de radio transmitido cada viernes por las frecuencias de la CMZ,
la radioemisora del Ministerio de Educación, al importante Concierto
para clavicémbalo del músico andaluz. En
diciembre del propio año 1946, como ya señalamos, Kleiber preparó un
programa dedicado por entero en su segunda parte a la música de Falla,
ocasión en que estrenó en Cuba la mencionada pieza Homenajes,
cuya orquestación le fuera confiada por el propio autor.
Si
Castro no tuviera otros méritos que su manera leal de interpretar a Falla
bastaría ello para considerarlo como uno de los mejores directores de
nuestros días [...]. Pero oyendo al Falla de Castro nos explicamos el
gran cariño que el español había sentido por el argentino. Aquella
compenetración de la que hablaban los que lo vieron trabajar juntos se ve
más clara ahora que evocamos al uno bajo el gesto del otro. Es como si
Castro inventara el disco para inmortalizar la verdadera armonía,
"el agua con sonido" de Manuel de Falla [19]. Finalmente,
en noviembre de 1947, al cumplirse exactamente un año de la muerte del
español, el propio Juan José Castro, quien ya por entonces era el
director en propiedad de la Orquesta Filarmónica de la Habana en
sustitución de Erich Kleiber, preparó en colaboración con el Patronato
y con otras figuras del mundo musical cubano, un gran homenaje a Falla,
que consistió en un programa íntegramente dedicado a la música del español,
en el cual se interpretaron sendos fragmentos de la ópera La
vida breve, selecciones del ballet El
amor brujo, las "Danzas" de El
sombrero de tres picos y la primera audición en Cuba de Balada
de Mallorca, una pieza para coro "a capella". Asimismo, se
escuchó en ese concierto, abriendo el programa, una composición del
propio Castro titulada El llanto de
las sierras, escrita expresamente por él en recordación del músico
andaluz y cuya dedicatoria rezaba así: "En recuerdo de Manuel de
Falla, muerto en las sierras de Córdoba." Aunque
no fue ésta la última ni la primera vez que la Orquesta Filarmónica
interpretó música de Manuel de Falla, sí puede afirmarse que fueron éstos
algunos de los momentos más significativos en la divulgación de la música
del español en Cuba durante la República. Como homenajes comparables sólo
podrían citarse el que se produjo una década antes, cuando Amadeo Roldán
y César Pérez Sentenat estrenaron en Cuba, también con la Filarmónica,
el Concierto para clavicémbalo;
o aquel otro que se produciría varios años más tarde, en agosto de
1960, cuando la entonces recién fundada Orquesta Sinfónica Nacional
estrenara en Cuba, bajo la dirección de Enrique González Mántici, El
retablo de Maese Pedro, dos obras cumbres en la producción musical de
Falla. No
es posible olvidar, sin embargo, lo que nuestra cultura musical debe a
aquellos primeros homenajes a Falla organizados por Kleiber a raíz de la
muerte del compositor andaluz. El enorme prestigio del director vienés,
los relativos privilegios de que gozaba como director en propiedad de la
Orquesta Filarmónica de La Habana, contribuyeron a vindicar de una vez
por todas la figura del más grande músico español que haya conocido el
siglo XX, consolidando así, en cierto modo, los esfuerzos de divulgación
emprendidos por otros músicos no menos importantes pero que gozaban
entonces de un menor renombre y, por consiguiente, de un muy restringido
poder de decisión a la hora de confeccionar los programas que se ofrecían
al público. A
Kleiber, sin dudas, se debe también en parte el pleno reconocimiento en
Cuba de la obra de quien, al decir de Antonio Quevedo, fuera "un músico
universal por su genio, esencia del españolismo caballeresco, austero y místico"
[20]. NOTAS |
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José Aníbal Campos (Cuba, 1965). Germanista, traductor y ensayista. Ha traducido a varios autores de habla alemana (Ingeborg Bachmann, Georg Trakl, Christoph Hein, Milo Dor, Alfred Kolleritsch, Brigitte Burmeister, Albert Ostermaier, entre muchos otros). Actualment trabaja en un libro sobre la labor de Erich Kleiber al frente de la Orquesta Filarmónica de La Habana. Contato: anibal_campos65@yahoo.es. Página ilustrada com obras da artista Remedios Varo (México). |