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revista de cultura # 35 - fortaleza, são paulo - agosto de 2003 |
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Jorge Luis Borges: el Canon, la Realidad, la Escritura Carlos A. Aguilera
Cuando
clasificamos su narrativa: fantástica, clásica, postmoderna… no
hacemos más que engavetar nuestra propia mirada, esa manera que tenemos
de reducir un libro o construirlo a partir de variantes de época y
lecturas estratégicamente lineales. Lo
que no quiere decir que no pueda ser usado (un libro es una de las cosas
que mayor valor-de-uso posee); sino que puede escapar a la manipulación
ortopédica de occidente, al intento “fascista” de convertirlo todo en
notica filológica. Si
nos acercamos a Borges veremos que su obra puede ser medida en zonas de real.
Desechó lo que otros escritores llaman la realidad, el ahora, lo
cotidiano (renunció a pensarlo de manera pedestre), y construyó una
literatura de conceptos, que se apoyaba más en la imaginación y el
jueguito-histórico-de-algo que en el testimonio patético de una
nacionalidad o cultura. En
este sentido, cumplía la parábola de Hemingway al revés. No se introducía
en el mundo para devenir literatura -manera archiconocida de la percepción
realista-; se introducía en la literatura para devenir
mundo, caos consciente que picotea al máximo las posibilidades del canon. Si
lo más normal en determinada tradición es que los escritores sean los
entomólogos del presente, amarrando sus relatos a una suerte de
positivismo de LaVerdad; en otras maneras de entender/leer literatura esto
importa menos. El escritor no es un bicho obsedido por la “comunicación”,
la identidad, lo cotidiano… observa la escritura como un gran proceso e
intenta complejizarla a medida que escribe. Su capital, si es que alguno
posee, más que arcádico es paródico, más que paródico político. Y
sin dudas, Borges era un escritor político. No sólo subvirtió las
reglas de lo literario y recodificó una tradición enmohecida por
LaMemoria y la idiotez. Construyó una nueva ideología, o nos hizo creer
que la había construído, percepcionó la literatura más que como
ontología como problema. Cuando
escribía Pierre Menard, autor del Quijote o El acercamiento a Almotásim -para sólo citar 2 de sus relatos- no
hacía más que elaborar problemas. Problemas para la crítica que no
entendía un relato en su rostrificación ensayo; y problemas para los
escritores que no entendían la interpenetración de los géneros, la
parodia ontológica, la densidad ligera de Borges. No
sólo podríamos hablar de paratextualidad y juego en sus narraciones
(recordemos que fue uno de los primeros en utilizar el vocablo palimpsesto:
1939), sino de un imaginario irónico, enroscado, conceptual que le
permitió comprender lo literario como un choque de fuerzas, una máquina
en constante reflexión sobre ella misma y lo que la rodea. Cosa
que convirtió a su escritura en algo perversamente lúcido, con un
sentido de lo político mucho más complejo de lo que determinados
discursos pueden leer. Si
comparamos el imaginario de Borges con el de otros escritores veremos que
es un imaginario en perspectiva, abierto. Caben las matemáticas y las milongas de
los orilleros, las aporías de Zenón de Elea y los crucigramas de
Chesterton, los sueños de Coleridge y la pasión por la etimología… Un
imaginario-boca que mastica todo lo que cae en su trampa o está cerca de
ella, un imaginario en conflicto con la noción mimética de imaginario. Según
Shelley un escritor es grande cuando es capaz de tomar lo que la tradición
le ofrece y renovarla, manteniendo elementos de ésta e incorporando
otros… Borges
debió haber sido entonces un escritor muy grande. No sólo en su primera
época aprovechó los modos/modas del ultraísmo -algunos de estos
vectores se mantuvieron durante toda su obra-, sino que su cacareada clasicisidad,
demasiado irónica y transgresiva para devenir clasicista, se ha
convertido en uno de los cortes mentales más interesantes dentro de la
literatura en español hasta el momento.
De
ahí que la mayoría de sus personajes, enrollados algunos en una metafísica
de radionovela, tengan nombres “cultamente” burlones: Red
Scarlach, Perla Kronfuss, Alejandro Bicorne de Macedonia, o no sean más
que el intento “grave” de mostrar el cliché literario ante el uso
estratégico de una tradición o escritura. Procedimiento
que Derrida ha llamado Operación
textual, y que muestra como después de haberse cumplido la digestión
de algunos textos -a partir de citas, burlas, reciclajes- una literatura
(un relato en general) no remite más que a ella misma, al hueco plano que
cada texto cumple en sí mismo, o a la regeneración constante, sin
“comienzo absoluto”, de otros textos a partir de él. De
esta manera podría leerse Pierre
Menard, autor del Quijote. Un relato que es reseña que es ensayo, o
relato en su maquillaje ensayo, y se burla constantemente de la idea de
autor, secretico escritural, biografía postmorten… Un relato que ataca
directamente el paradigma ingenuo-realista de la veracidad
como canon, en guerra contra la diseminación caricaturesca de la tradición,
y le da martillazos al pathos afectado/efectista de los escritores de su
época. Para
esto Borges se vale del folletín, de una sensibilidad-de-folletín que
sutilmente irá desplegando en toda su narrativa y lo hará escribir
frases como estas: -
“Ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos
y ya el Error trata de empañar su memoria…” -
“Hasta aquí (…) la obra visible de Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra:
la subterránea, la interminablemente heroica, la impar”. -
“Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre
Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las páginas aúreas que me
dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de
Carolus Hourcade?” [1] Como
ha escrito Guy Davenport sobre Kafka, a Borges algún día habrá que
entenderlo como escritor cómico -o en franca comiquería-, con un sentido
conceptual y civil del ridículo cercano a los Beckett y Walser, Sterne y
Lezama. Donde
se juguetea constantemente con la metafísica como sistema manipulador de
occidente, y se ironiza con la noción de centro, autenticidad o llegada
al iki, ontología. Ningún
escritor de su promoción puso entre comillas tanto a la ontología como
Borges. Como él mismo declaró en varias entrevistas, rechazó “la
novela realista y psicológica” de su época y elaboró personajes al
borde de esta situación; aparentemente muy complejos, con una
psicopatología enrevesada que no sólo se detenía en lo arcádico o
sublime (para nombrar maneras posibles del ser), sino en toda la vida
folletinesca que se mueve detrás de cada uno de sus personajes. ¿Acaso
Emma Zunz no cumple su venganza convirtiéndose en un animalito de
caricatura? ¿E Ireneo Funes…? Como ha escrito Borges: “verdadero el
tono (…), verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero (…) también
el ultraje que había padecido…” Folletinesco todo lo demás: el sacrificio
de Emma Zunz, su autoviolación patética
con un marinero, la venganza novelera
por el padre, el cuerpo del señor Loewenthal reventándose
en cámara lenta contra el piso… [2] Imaginario
en guerra contra el imaginario melodramático de su época: asfixiado por
la tradición y el peso cursi de ciertas palabras. Imaginario en guerra
contra la idea “agraria” de lo nacional. En
El escritor argentino y la tradición,
conferencia dictada en el Colegio libre de estudios superiores, Borges
traza claramente las fisuras entre tradición, hommes
de lettres e identidad. “Por
eso repito que no debemos temer y que debemos pensar que nuestro
patrimonio es el universo; ensayar todos los temas y no podemos
concretarnos a lo argentino para ser argentinos: porque o ser argentino es
una fatalidad y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino
es una mera afectación, una máscara. Creo
que si nos abandonamos a ese sueño voluntario que se llama la creación
artística, seremos argentinos y seremos, también, buenos o tolerables
escritores.” [3]
Borges
no sólo abría el escritor al mundo: a la tradición y las tradiciones,
al valor de uso, a la conciencia de sí mismo; trazaba una poética… Todo
El escritor argentino y la tradición
puede leerse como una poética, una puesta en escena de los presupuestos
que en ese momento metabolizaban su obra. En este sentido su conferencia
no apuntaba al otro: un grupo de estudiantes y profesores, se dirigía
directamente a los otros que toda persona es: los otros que son otros y
son uno; y desde ahí es que debe ser escuchada. La mejor manera de ser
argentino -parecía decir Borges- es bordear la periferia, destruir todo
nacionalismo, no aferrarse a ningún partidito. La mejor manera de
escribir-pensar sobre Argentina es tachándola. Su
narrativa, puede ser clasificada entonces como una gran tachadura: el
lugar donde se ve pero no se lee, lo que ya no puede ser articulado sino a
partir de múltiples excavaciones. Foucault
se refería a esto cuando escribía que el autor de El
jardín de senderos que se bifurcan mostraba nuestro límite, “la
imposibilidad de pensar” y concebir, a partir de una trabazón propia de
occidente, determinadas cosas. La imposibilidad de leer en el mismo
momento diferentes planos. Cosa
que Borges hizo con frecuencia (vg.: sus ensayos) y más que verificar o
resumir una tesis, mostraba lo que puede llamarse su capacidad de zona, su
capacidad para procesar ideas en apariencia contrarias. Sin
embargo, creo -siguiendo la opinión de Faulkner sobre Hemingway- que
Borges era un escritor con miedo: un miedo común al miedo. No sólo mostró/complejizó
el límite de la metafísica y escritura en español, el paradigma románticobobo
de su época; también se negó a buscarle soluciones cuando esta poética
estaba vencida y la repitió incansablemente. Repitió al Borges que dice
que es Borges. Y construyó entonces un estilo del miedo. Un estilo que no
fue capaz de continuar ahuecando sus límites y se trabó en laberintos,
ironías y ciertas y achacosas palabras. Lo
que no quiere decir que estas ficciones no fueran seductoras. Son la
ejemplificación de un oficio, de un estilo; incluso son
“maliciosamente” conceptuales. Pero no agregan nada a la poética de
Borges, a ese debate constante entre paradigma-de-época y escritura
personal tan presentes en su obra. Y en este sentido es que su estilo
proyectaba miedo. No se arriesgaba a mutar, y esto coincide con el
reconocimiento internacional de sus relatos, y fue secándose en
repeticiones que cuando no se tornaban ingeniosas eran simplemente
cansonas. Eso hizo que entre los varios Borges y el último exista por lo
menos una diferencia: la creación. Posdata.
En su decimonónico libro The
western canon el profesor Harold Bloom refiere que J.L.B. es “el
fundador primordial de la literatura hispanoamericana”. En caso de ser
cierto (que para bien de Borges mejor no lo sea), el profesor
norteamericano insiste sobre otro error, dice: “él es la literatura
metafísica de la época” [4]. ¿Tremendismo
de Harold Bloom? ¿Ceguera, despiste? Todo
el que lea atentamente a Borges descubrirá que su literatura es la menos
metafísica “de la época”. No porque haya ido en contra de la metafísica
(no era un antimetafísico), sino porque la parodió infinitamente, dudó
de su totalidad como muy pocos escritores, la vió como un forcejeo conceptual
antes que como trascendencia o canon. De ahí que algunos de sus
relatos tengan un tono “subterraneamente” burlón, o pistas que más
que una posición metafísica indican una salida
de ella.
Para
demostrarlo bastaría un solo libro de Borges: El
libro de los seres imaginarios (en su primera versión Manual
de zoología fantástica). Un libro que juega con los límites propios
del ser y del conocimiento tal como lo ha concebido occidente [5], y pone
en crisis no sólo la idea de llegada
a o verismo de, pone en
crisis la idea de Memoria, entendida como archivo políticoontológico,
tal y como de la Ilustración hasta nuestros días se ha venido vendiendo. Una
relectura de sus relatos nos mostrarían que el imaginario de Borges
estaba atravesado por una situación intensa de carnaval, entre la
subversión/inversión que realizaba de la representación tradicional
(metafísica) de occidente y la risa-cuestionadora-de-todo lo que hay detrás
de sus textos. Por lo tanto, escribir (con todo el respeto que merece el prof. Bloom) que J.L.B es la literatura metafísica de su época es escupir sobre la poética y el imaginario de uno de los escritores más lúcidos de principios-finales del XX; desenroscar el tornillo, cuando en realidad lo único que había que hacer era darle -con un martillo- otra vuelta de tuerca. NOTAS
1
Los fragmentos de Pierre Menard,
autor del Quijote fueron extraídos de Jorge Luis Borges, Páginas
escogidas, Casa de las Américas, La Habana, 1988, págs.: 271, 273,
274. |
| Carlos A. Aguilera (La Habana, 1970). Escritor y codirector de 1997 a 2002 de la revista alternativa Diaspora(s). Ha publicado Retrato de A. Hooper y su esposa (1996), Das Kapital (1997), Memorias de la clase muerta (2002) y Portrait de A. Hooper et son épouse suivi de Mao (2000). Actualmente tiene una beca de creacion del Internationales Haus der Autoren Graz. Contato: caaguilera1@yahoo.com. Página ilustrada com obras da artista Ileana Moya (Costa Rica). |