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revista de cultura # 35 - fortaleza, são paulo - agosto de 2003 |
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Frida Kahlo: el discurso del cuerpo Mariella Nigro
El tema, en cada cuadro
suyo, siempre es el cuerpo. La corporalidad en su estética no conlleva
una mera exposición del cuerpo, sino, fundamentalmente, una interpretación
de su funcionamiento fallido, de su padecer, aun de su mera fisiología.
En algunas obras cristaliza sus inquietudes por la anatomía, la cirugía
y los procesos del organismo (Frida
y la operación césarea, Frida
y el aborto y varios dibujos de su diario personal), práctica que
continuaría en sus naturalezas muertas, con la fantástica disección de
los frutos. El tratamiento de lo
carnal en su temática pictórica está en necesaria relación con un
ejercicio del espíritu y de la mente: el cuerpo descifra sus gozos y sus
miserias a través del sentimiento, la intuición y la razón, no del mero
impulso (he aquí su quehacer más distanciado del surrealismo primitivo).
Lo que lleva a cabo con su obra es la formulación explícita de unas
experiencias íntimas, la mayoría de ellas involucradas con sucesos
corporales. Por ello, podría decirse que nombra en voz alta el silencioso
ejercicio cotidiano de la mujer, el continuo relacionamiento con su
cuerpo. De hecho, es la mujer, no el hombre, la que practica un diálogo
cotidiano y natural con su cuerpo; no necesita estar herida para enfrentar
su sangre, elemento que, entonces, aparece ligado especialmente a la
sexualidad y la reproducción. Pero en el arte de Frida, la semiótica de
la sangre es compleja: conecta la sexualidad con la herida, el accidente
con la pelvis destrozada y con la infertilidad. El rojo teoatl es allí indicio de una fatal asociación. El erotismo en su arte
provendría del tratamiento de lo corporal como tópico a la vez carnal,
espiritual y mental: el cuerpo como eje alrededor del cual se articulan
los modos de la pasión; sexo y dolor, lo material y lo inmaterial, carne
y espíritu. De allí que no se quede en la mera percepción, sino que
involucre una interpretación, una representación mental. La forma
directa, honesta, sin eufemismos, con que esta pintora plantea esa expresión
es, seguramente, lo que más atrae de su obra, como es altamente notorio,
a las propias mujeres. En sus cuadros se muestra ese fenómeno tan fácilmente
captable por la mujer: toda experiencia emocional es tal si lo es a través
del cuerpo, como la flecha que sólo puede ser disparada por el arco. Si López Velarde, es el
“poeta del erotismo y de la muerte”, Frida Kahlo es la pintora del
cuerpo y del dolor. Alma, sibila inseparable,
ya no sé dónde concluyes tú y dónde comienzo yo (…) -admite López Velarde-;
Frida plantea la aporética duda también al cuerpo. En
pocos cuadros el erotismo se presenta más o menos explícitamente: tal
vez en Dos desnudos
en un bosque -aunque hay elementos, como el acechante simio, la
vegetación tortuosa, la falla del suelo, que proveen signos para otra
lectura-, en algunas naturalezas muertas -de señaladas connotaciones
sexuales-, y en Recuerdo de la herida abierta, donde
parecería erótico el propio planteo del cuerpo sentado, de piernas
abiertas, más que por la posición, por lo que así puede ser mostrado:
la herida coronada por una infloración que, próxima a su sexo, parecería
que de allí surgiera. En este cuadro, la herida -que no es la de su
columna, ni siquiera la aparente de su pierna, sino, más profundamente,
la de su matriz y su exterior erógeno- es el terreno de encuentro del
gozo y el dolor, donde se neutraliza la oposición de los contrarios; allí,
entonces, el tratamiento de lo que podría indicarse como corporalidad,
concepto más amplio que el de erotismo. Ella maneja a un tiempo
elementos activos y pasivos, abiertos y cerrados, simples y complejos.
Para muestra basta un cuadro, Arbol
de la esperanza: la mujer activa, erguida y entera, y la pasiva,
yacente y cortada, conforman una ecuación que Frida tiene profundamente
internalizada y que traspone bellamente al lienzo: ella es a la vez
abierta y cerrada, el cielo es diurno y nocturno, la simple y lábil tela
blanca cubre, el complejo ornamento engalana; reconocida duplicidad que
refiere al reconocimiento de una dialéctica inevitable y que anota en su
diario: “Todo se cambia, todo se mueve, todo evoluciona, todo vuelve y
va”. Reiterado
oxímoron en su discurso, el binomio gozo-dolor revela la interpretación
que la pintora efectúa de su cuerpo, primero en su intimidad, luego sobre
los lienzos, permitiendo seguir así el doloroso itinerario de su
funcionamiento. Ya ha sido señalado que
en muchas de sus pinturas hace uso de estas dualidades vitales, que no
enfrenta sino que conjuga, no cuestiona sino celebra. Hay en este sentido
un hilo discursivo que recorre casi todos sus cuadros, que es el que los
enhebra a través de un mismo tópico: el placer y el sufrimiento, no como
emociones opuestas sino complementarias, partes de una misma unidad,
encastradas por un mismo dispositivo vital, la pasión: “La angustia y
el dolor, el placer y la muerte no son más que un proceso para
existir”. En Recuerdo de la herida abierta, el núcelo temático está
ostensiblemente en el cuerpo, especialmente en la entrepierna. Dolor del
corte, goce del sexo -ambos, incisiones- cuya similar constitución -la
hendidura- remite a la condición de “rajada” de la mujer que señalara
Paz. Ese carácter, entonces resaltado como opuesto al hermetismo
masculino, plantea aquí múltiples derivaciones, ya que Frida, mujer,
mexicana y artista, lidia, además, con la perseverancia de la herida y la
constante amenaza del bisturí. La abertura, la hendidura, la puerta
entreabierta del cuerpo son fundamentos de esta pintura en la que
inevitablemente destilan los óleos rojos, solferinos, color de mole o de
tierra, indicios de las secreciones viscerales del interior profanado.
En todos estos cuadros -Recuerdo
de la herida…, Arbol…, Cuatro piquetitos-, la corporalidad, mejor que el erotismo, se
resuelve en la voluptuosidad de la violencia favorecida, como enseña
Bataille, por la angustia que revela el abismo de la muerte. Sexo y muerte son
torrentes paralelos que desembocan en el mar del cuerpo. Ese vínculo
-otra instancia de dialéctica- remeda la ritualidad indígena, donde el
paroxismo místico se logra a través de la experiencia corporal que
involucra el gozo y el dolor -y hasta la muerte-, propiamente las dos
puntas del sacrificio ritual. Muestra, asimismo, ciertos puntos de
contacto con la visión surrealista y de algunos de sus antecedentes, como
los tópicos de Lautréamont y Sade, en cuyas representaciones,
reflexiones y fabulaciones en torno a la corporalidad, emerge el fetiche
-fundadamente, ‘hechizo’-, secretado por la cultura: corporalidad, plástica,
rito, poesía. Me refiero a la
consideración del fetiche como categoría semiótica, como “(…) un
ejemplo particularmente bueno de la fecundidad de la semiosis humana, que
incluye simultáneamente el cuerpo, la mente y la cultura”, sin ingresar
a aspectos sicológicos o sexológicos, esto es, no como “desorden” o
“patología”, sino en tanto evocador -o sustituto- metonímico del
objeto total (pars pro toto), siendo procedente, como se ha abogado, la
“ampliación de los conceptos de fetiche y fetichismo, que abarque el
esteticismo erótico general (…)”. En cada uno de los órganos
y miembros que aparecen en los cuadros de esta artista y de los metafóricos
configurados en sus naturalezas, se operaría, como observara Roberto
Echavarren en su Arte andrógino
(con referencia a la equívoca atribución de pies y cabeza a un incierto
personaje de Balzac), “un recorte fetichista que aisla partes separables
para rearmarlas en combinaciones nuevas”. Sin la connotación patológica
del fetiche, sino tan solo la de una experiencia extática, en los dibujos
del diario personal y en su pintura de caballete, rostros, manos, alas,
ojos, pedestales, sexos, especialmente pies y piernas, reciben la atención
focalizada de la pintora, para con ellos recrear su propia completud. En
dibujos (independientes) como Karma
I, las pequeñas figuras -cabezas y miembros sueltos- conforman una
figura mayor, fragmentaria, múltiple. Reiterando los motivos, insistiendo
en ellos en diversas posiciones y ángulos, abigarrados en el espacio, de
su grafía resulta una especie de mandala, mediante cuyo encantamiento
resuelve su somatizado enigma. En su diario personal
anota: “Mi cuerpo se llena de ti por días y días (…)”, “El hueco
de tus axilas es mi refugio (…)”, “Yo penetro el sexo de la tierra
entera”, “Sólo un monte conoce las entrañas de otro monte”,
“(…) sexo, roto, llave, suave, brota licor mano dura amor silla firme
gracia viva (…)”. Pero sus dibujos de cuerpos desnudos, zonas erógenas
seccionadas, entrelazados con piernas sangrantes y lágrimas no acompañan
el erotismo de su discurso escrito; el desnudo y el semidesnudo aparecen
como referentes del sufrimiento físico. En Hospital Henry Ford, Frida y
la operación cesárea, Frida y
el aborto, La columna rota, Arbol
de la esperanza, El círculo y
en varias láminas de su diario personal, la exposición del cuerpo es una
representación de las injurias físicas y de su vulnerabilidad.
Vulnerable, también, su desnudo cuerpo de niña en una ilustración alegórica
de sus raíces filiales, como es Mis
abuelos, mis padres y yo; vulnerable en extremo, el desnudo de Mi
nacimiento, donde el sexo expuesto se conecta con un sufrimiento y una
expiración ajenos a la pulsión vital del erotismo. Se ha relacionado la
representación de clavos, espinas y flechas en la pintura de Kahlo con el
fenómeno de la transverberación en la iconografía religiosa, señalando
lo erótico del ‘dolor espiritual’ a partir de la flagelación por la
mediación de dichos elementos. Pero puede hacerse otra
lectura de esas representaciones. El venado herido, inmovilizado, traspasado por flechas, está más
cerca del animal totémico de los huicholes,
con cuyo sacrificio es convocado el Venado Azul que viene del mar,
que del mártir religioso que persigue la unión mística con Dios. A
diferencia de éste (y a pesar de la acción de los símbolos fálicos de
flechas, clavos y espinas en El
venado…, La columna…y Autorretrato para el Dr. Eloesser), ella controla la experiencia extática,
con otra austeridad en su gesto, observando fijamente al espectador para
hacerlo partícipe de su dolor. Es probable que en ello incida el hecho de
que, a diferencia de aquella iconografía, esta obra consiste
especialmente en autorretratos, esto es, por definición, retratos que
conllevan autobiografía y exhibicionismo y, particularmente en los de
Kahlo, interpretación, reflexión y parábola sobre el cuerpo, y hasta
memoria ancestral del mito precortesiano. Puede pensarse que estas
obras emblématicas del dolor que se exhibe y que practican una intervención
estigmática de la imagen del cuerpo, conducirían hacia otras relaciones
en el análisis del desnudo femenino. El tópico general del
cuerpo femenino en la pintura se vuelve complejo cuando se refiere al
representado por la artista mujer, y más aún cuando se trata de
autorretratos; mayor complejidad presenta cuando ese cuerpo ostenta
discapacidades o mutilaciones. En esta línea, el análisis del desnudo
femenino y de los discursos del arte feminista que efectúa Lynda Nead en
su ensayo El desnudo femenino. Arte, obscenidad y sexualidad, arroja luz sobre
esas complejidades: mujer, abyección, imperfección, enfermedad, sendos términos
de una transgresión que hacen “visibles nuevas definiciones de la
identidad física”. Algunas de sus observaciones resultarían
extensibles a la obra de Kahlo. Partiendo de la idea
patriarcal del cuerpo femenino, interpretado en la plástica a través de
su contención y delimitación -‘el cuerpo como funda’, de Keneth
Clark-, y reforzado con la explicación sicologista de la percepción y
construcción de la identidad inidividual en función de los límites del
cuerpo, Lynda Nead concluirá que la transgresión corporal -la
representación plástica de esa transgresión- significará tanto una
desviación social como la ‘desacralización’, ‘violación’ o
‘profanación’ de lo sagrado. Y como desde el siglo XIX la anatomía y
la clase del natural han proveído vigilancia de la feminidad y regulación
del cuerpo femenino, como efecto del colaboracionismo entre la medicina y
el arte, los juicios y las categorizaciones del cuerpo femenino provienen
tradicionalmente del médico y del connoisseur. Si, como informan sus biógrafos,
Frida mostraba especial interés en libros de anatomía y obstetricia,
ella tuvo la novedad de transgredir esas categorizaciones en muchos de sus
lienzos: con su cuerpo traspasado, ‘desenfundado’, adelanta la radical
ruptura que en ese sentido llevarían a cabo las mujeres artistas en las
siguientes décadas. Lo cual justificaría que, en tanto deconstructivo,
el suyo pueda ser calificado como arte feminista.
Una gran parte de la
creación de Kahlo manipula esos ‘límites de la identidad corporal’,
aludiendo reiteradamente al funcionamiento y a la vulnerabilidad del
cuerpo. Herida (Unos cuantos
piquetitos, Recuerdo, Recuerdo de la herida abierta), aborto (Hospital Henry Ford, Frida y
el aborto), lactancia (Mi nana y
yo, Abrazo…), parto (Mi nacimiento), intervención quirúrgica (Arbol…), son experiencias aporéticas que van dejando rastros de
la interioridad: sangre, lágrimas, leche, secreciones del interior que
invaden un exterior ‘profanado’ desde adentro. En esos cuadros, la
transgresión de los límites corporales se concreta en los actos
representados y en los productos que resultan secretados por el cuerpo. En otros, dicha
transgresión se lleva a ultranza, con la representación de las cavidades
profanadas (La columna rota,
Raíces y algunos dibujos del diario), o de la trasmutación sufrida
por el cuerpo (El venado…). En
Sin esperanzas, también se
disuelven ‘los márgenes de la identidad’, pero inversamente: la
invasión del embudo cargado de carnes violenta su cuerpo. Organos, espermatozoides,
óvulos y fetos, definitivamente pertenecientes al interior del cuerpo,
también son expuestos en óleos y dibujos: en la litografía Frida
y el aborto, muestra no sólo el trámite del legrado sino también la
mitosis de las células. Así, la descontextualización de dichos
elementos, les otorgaría visos de fetichización y señas de surrealidad. En La columna rota, la multiplicidad simbólica se nuclea alrededor de
un eje central: la sinécdoque establecida entre la columna jónica y la
columna vertebral y entre ésta y la isotopía de la cruz, donde se expone
la mortificación. El tormento infligido por las cintas de cuero que ciñen
el cuerpo se sublima con las punciones de los clavos sobre la piel,
resultando posible cierta asociación de esas incisiones con las
laceraciones epidérmicas de los tatuajes y las escarificaciones, las
perforaciones corporales del piercing
y los trazos del body art. Frente a otros
autorretratos es posible similar confrontación: Autorretrato como
tehuana, Diego y yo, Pensando en la muerte y Autorretrato
(para Marte R. Gómez) exhiben la impronta (la faz de Diego, el
emblema de la muerte, el colibrí), como si hubiera sido representado en
el lienzo un tatuaje existente sobre la piel de la modelo. En El venado herido y en
algunos dibujos del diario personal, la transformación corporal con la
que se autorrepresenta es llevada a sus últimas consecuencias con la
trasmutación o la vivisección. Las profanaciones representadas en La
columna…, Las dos Fridas, Raíces y las escoriaciones
en Autorretrato con collar de espinas o Autorretrato para el Dr.
Eloesser, pueden asociarse, en algunos aspectos, con producciones de
fotógrafos, performers y corrientes feministas de épocas muy
posteriores al trabajo de Kahlo. Ciertamente, estas estéticas
cultivan los signos en el cuerpo como soporte (aun en las que hay mediación
de la fotografía), mientras que el pincel y la espátula de Kahlo
infligen las incisiones, punciones y estigmas sobre el lienzo, el metal y
la madera; pero se trata de destacar que comparten la intervención -con
intención estética, por tanto comunicativa- del cuerpo como imagen.
Reales o representados, el abordaje de la carne, la invasión del umbral
del cuerpo, la estigmatización de la piel tornan al individuo paciente de
su propia acción, y al artista -signado por una volición estética-,
mediador entre creador y creación, entre demiurgo y objeto. Estas manifestaciones artísticas
podrían inscribirse en la categoría de unas artes en las que, conforme
al citado estudio de Nead, “(…) las tradiciones patriarcales de la
representación pueden quedar suficientemente perturbadas como para crear
nuevas y diferentes asociaciones y valores”; en las que registros de
discapacidades físicas revierten la noción tradicional de “contención
del cuerpo femenino”, al tiempo que desconciertan la mirada voyeurista
patriarcal. Debo asumir que una
aproximación del arte de Kahlo a estas artes es admisible sólo
parcialmente y en relación a algunos aspectos. En realidad, se justifica
en cuanto ella logró redefinir aquella noción patriarcal del cuerpo
femenino, desconcertando al espectador de las primeras décadas del siglo
con el cuestionamiento de su cuerpo y su discurso de la herida; pero es
insuficiente si se atiende al material de expresión utilizado y a los
resultados obtenidos, fundamentalmente, al manejo del canon de belleza y
el tenor dramático de su obra frente a la provocación y, por momentos,
la vacuidad de algunas de aquellas manifestaciones performáticas. Es posible que el punto
de inflexión de su arte con ciertas manifestaciones artísticas, algunas
feministas, de la segunda mitad del siglo, se encuentre en los tópicos de
la expresión autobiográfica, la catarsis de la realidad perturbadora del
cuerpo, el discurso del dolor, la muerte y la maternidad y la fetichización
de ciertas partes corporales; filos temáticos que en algunas de aquéllas
podrían haber conducido acaso a una estética de culto. Pero,
además, la naturaleza gráfica del arte de Kahlo, que la condujo al
tratamiento de la herida en los niveles de la representación, le permitió
una recreación y reinterpretación continua del cuerpo a través de su
pincel curativo, como una especie de retorno fénico hacia sí misma
mediante la parábola del arte. Esa devolución gratificante está ausente
en muchas de aquellas manifestaciones.
Esa exposición del
cuerpo -condenado o redimido- tiene, por momentos, visos de
exhibicionismo, en el sentido que Octavio Paz le otorga al concepto en su
estudio de la obra de Duchamp: la otra cara de nuestro voyeurisme.
Y es posible que entonces se dé el fenómeno circular que allí se señala,
por el cual la pintora se vería ya no sólo en su espejo, sino además en
nuestra mirada. De ser así, logró que
en torno a ella se nuclearan sus pinturas y las miradas alucinadas de los
espectadores, cuando, el 13 de abril de 1953, se inauguró en la Galería
de Arte Contemporáneo de Dolores Alvarez Bravo su única muestra
individual (en vida) en México. Hayden Herrera recoge en
su Biografía algunos
comentarios de los asistentes a dicho evento, advirtiendo que en el mismo
hubo algo de ‘exhibicionismo’, de ‘teatro’, de ‘acto
surrealista’; frente a ello, apenas admite cierto carácter de ‘espectáculo’:
“(…) [Frida] presentó el tipo de espectáculo que le encantaba: lleno
de colorido, sorprendente, intensamente humano y algo morboso, muy
parecido a la manera dramática con la que se presentaba en el arte”, señala.
Y consigna una serie de detalles sobre su convocatoria y su desarrollo:
las invitaciones a la muestra redactadas por la propia artista; la
instalación en la galería de su cama cargada de espejos y fotografías
-el Judas colgando del baldaquino, las almohadas bordadas perfumadas con
el aroma Shocking de
Schiaparelli-; su ingreso a la galería transportada en una camilla de
hospital en medio de la muchedumbre y de sirenas de ambulancia; el desfile
de los asistentes frente a su cama para saludarla; los corridos cantados
por Frida junto a sus amigos; la lectura del poeta Carlos Pellicer de un
texto dedicado a la homenajeada. Ahora bien, es posible
inferir, a partir de esos datos, que aun sin tener la intención performática
de los surrealistas, el evento habría producido algunos de sus efectos.
Todos esos hechos, que constituirían elementos de un fenómeno adicional
a la muestra pictórica, habrían posibilitado la incursión del cuerpo de
la pintora -el propio numen de su arte- en el espacio artístico
jalonado por sus cuadros. Aunque ajena a las
anteriores actuaciones futuristas y dadaístas y distante de las futuras performances
de la segunda mitad del siglo y sus innumerables derivaciones, ella
produjo en esa muestra, en esas condiciones, un fenómeno artístico que
rebasó lo meramente pictórico y que desencajó subversivamente el establishment
museístico. Lo que seguramente habría regocijado a Breton, confirmándole
que la ‘cinta de seda alrededor de una bomba’ era, en efecto,
surrealista. Pintura, música, palabra, exacerbado tenor autobiográfico
del suceso funcionaron de marco de una actuación. En la línea de algunas performances
de la década de los setentas, que intencionalmente fueron poco o nada
ensayadas, dejando amplio margen a la improvisación y espacio para la
investigación, Frida nuclea la muestra en torno a sí misma, confiriendo
al evento señas de instalación: pintora y cuadros no son factora con sus
creaciones, sino extremos objetivos del acontecimiento, piezas de la
representación, sustancias de una asombrosa técnica mixta. La presencia
en la muestra del cuerpo de la artista -ataviado a su estilo, más
vestuario que vestimenta, enmarcado en la cama con baldaquino, otra forma
de marco, contenedor de una ‘escultura viva’- remedaría la ritualidad
de un happening con el cual ella
habría querido conjurar a la muerte. Si su intención fue o no
performática es de poca relevancia frente al efecto del suceso: el viso
exhibicionista-voyeurista de la
exposición, la inmediación cuerpo a cuerpo con el espectador, la invasión
del espacio de la pintura viviente. En ese escenario,
potenciada la imagen visual con el calificado lenguaje corporal que
ofreciera su presencia en carne y hueso, sumada a su representación en
los cuadros, manifiesta una transgresión más de su arte, a la vez que
expone una ilustración en vivo de su desdoblamiento en los espejos. Finalmente, ¿dónde habría
más de ella misma, dentro de cuál de todos esos marcos? ¿Dónde la habrían
buscado en realidad los concurrentes, hacia cuál de esas Fridas habrían
dirigido su fascinada mirada? La afección física, la
condena a la esterilidad, la dificultad del ejercicio erótico conforman
una realidad perturbadora, cuya catarsis pudo ser intuida por Kahlo al
reafirmar en su pintura su circunstancia. Esto es, exponiendo el dolor,
purifica el cuerpo; mostrando o negando su gineceo, confirma su condición
de mujer; pintando a su lado un feto, una muñeca, una mascota, concibe al
hijo imposible… Incorporándose,
finalmente, a la muestra de sus pinturas en una galería, continentada por
su personal escenografía y recreada en las miradas del público, desafía
a ‘la pelona’ y al olvido. Claro está que hay mucho
más que todo eso en el arte que legó, trascendiendo la mera catarsis con
su acto creativo. Pero el desgarramiento entre la perturbación y la
purificación -físicas y espirituales- es el tópico de su discurso;
dolor, libido, maternidad, los agonistas en el escenario barroco de un
herido cuerpo de mujer. |
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Mariella Nigro (Uruguay, 1957). Poeta e ensaísta. Autora de livros como Impresionante Frida (1997), Mujer en construcción (2000) e Umbral Del Cuerpo (2003). Contato: mnigro@internet.com.uy. Página ilustrada com obras de Frida Kahlo (México). |