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revista de cultura # 35 - fortaleza, são paulo - agosto de 2003 |
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Robert Rauschenberg: el desafío constante Miguel Ángel Muñoz
Así,
la naturaleza de la relación individual con los medios cambió en forma
sustancial, proporcionando a su vez una cantidad fundamental de material
visual a niveles sin precedentes en la historia del arte contemporáneo.
Los artistas pop respondían a
todo ello beneficiándose de este hecho, ya que incorporaban símbolos de
la modernidad para producir obras que cuestionaban las categorías pictóricas
establecidas. Esa ironía fue punto clave para criticar el american
way of life. Dos
ejemplos europeos claves para entender el movimiento fuera de Estados
Unidos, y sus influencias estéticas, son el inglés Richard Hamilton
(1922), y el español Eduardo Arroyo (1937), son dos figuras indiscutibles
del pop en el viejo continente. El primero no es un pintor a la manera
de Roy Lichtenstein, ni de algún otro artista americano. El crítico
Lazslo dice que “Hamilton piensa en proyectos puntuales y la elección -
siempre decisiva - del tema y su penetración intelectual determinan de
forma calculadora el complejo procedimiento de los medios masivos de
comunicación”. Se interesó por Duchamp y Picabia y abrió su obra a
posturas neodadaístas, al integrar lo high
and loww en un “paisaje total” con múltiples señales ópticas.
Arrollo, por su parte, abrió un camino diverso no sólo en España, sino
en Francia. Ha narrado desde su personal figuración el deseo de
intervenir en la realidad más actual, valorándola y transformándola
unas veces y otras, evocándola desde un justo distanciamiento provocado,
entre otras cosas, por su particular condición de exiliado en Francia. Y
es que el exilio de la posguerra dejó en él una profunda cicatriz que le
hizo ser primero un censurado reaccionario y más tarde un desarraigado
creador. Metáfora tras metáfora, imagen tras imagen, así es como
Hamilton y Arrollo, se han abierto un camino inédito en el arte pop
y simultáneamente en el tiempo y el espacio, superando la polémica
del formalismo y de la distinción entre las artes del espacio y las artes
temporales que planea sobre el arte moderno desde su formulación teórica
por Lessing en el Laocoonte, que
trata de valorar la importancia de la historia, de la narración, y desde
luego, de lo anecdótico que para todo el arte pop
y los movimientos posteriores fue y es importante. Fue
la diversidad de ideas con las procedentes de Marcel Duchamp, la que
aliento el clima de aparición del Pop
art. Las dos exposiciones que hicieron Rober Rauschenberg y Jaspers
Johns en la mítica Galería de Leo Castelli en Nueva York sorprendieron y
dieron paso a una nueva experiencia estética. Es cierto, que ambos se
sentían ligados a John Cage, que muchos han señalado como el
“inventor” del pop. Rauschenberg
se encontró con Cage en el Black Mountain Collage, y es de ahí que
participara en el primer “Happening”. Las teorías de Cage derivaban
del dadá y del budismo zen, contribuyendo a recuperar la actitud de
Duchamp, y desde luego, a abrir la situación de desconcierto que se había
creado en Estados Unidos por la aparición de corrientes estéticas
nuevas, e incito a los artistas a borrar la frontera entre el arte y la
vida. La finalidad del Pop art parecía
consistir en describir todo lo que hasta entonces había sido considerado
indigno de atención, y todavía menos, propio del gran arte: la
publicidad, las ilustraciones de revistas, los muebles de serie, las latas
de conserva y las “pin-up”. Prueba de esa conquista fueron también
las grandes exposiciones que organizó la Galería Martha Jackson de Nueva
York en 1960 y 1961, bajo el título de “Formas
nuevas, medios nuevos”, la primera, y, “entornos,
situaciones, espacios”, la segunda.
Así
artistas como Andy Warhol, Robert Rauschenbetg, Jaspers Johns, George
Segal, Jim Dine, James Rosenquist, entre muchos otros, desarrollaron sus
obras utilizando imágenes tomadas de la cultura de masas. Siguiendo las
iluminadas opiniones de Cage de prestar atención a la vida que les
rodeaba, expresaban en sus telas las cosas cotidianas, con lo cual parecía
que adoptaban el materialismo, el vacío espiritual y el ambiente “ridículamente
sexualizado de la Norteamérica opulenta”, según apuntaba el mismo John
Cage. Robert
Rauschenberg (Port Arthur, Texas, 1925) abrió el camino a la
desmitificación de la pincelada expresionista, imponiendo una iconografía
urbana compuesta de imágenes extraída de revistas y periódicos. Con espíritu
renovador e inagotable ha camino por la escultura, el collage, la pintura
y la instalación, en una de las trayectorias artísticas más brillantes
e innovadoras de la segunda mitad del siglo XX. Conversar con él es
deslumbrante, una coincidencia histórica y poética; es oscilar entre el
asombro y la reflexión. En verdad es transitar por la provocación, la
fantasía, y circular por intensas visiones del arte. No es raro: Andy
Warhol manipuló iconos como Marilym Monroe y Mao Tse Tung; Roy
Lichtenstein sugirió impresiones masivas; James Rosenquist recurrió al
formato de las vallas publicitarias; Claes Oldelburg dilató la dimensión
de objetos cotidianos hasta proporciones descomunales. Al
escuchar y caminar junto a Rauschenberg por el Museo Guggenheim de Bilbao,
entiendo todo lo anterior: los fantasmas del arte moderno son errantes términos
de las formas. Esa misma idea absorbe el azar de la memoria y la imaginación.
Descubrir la idea de obra de arte supone avanzar con mayor claridad hacia
una sustancia crítica que transforma los mitos. Su obra no es pintura: es
un vehículo de ideas subjetivas, que interrumpe la aparición de todos
los conceptos. Me
dice el artista: “Soy terriblemente inquieto, así que cambio de opinión
prácticamente respecto a todo con más frecuencia de lo que quizá debería
hacer. Empecé creando mi propia realidad, tal y como la veía yo. Ahora
quiero crear la posibilidad de que alguien vea mi arte como si fuera esa
realidad”. Con ello, Rauschenberg consigue un gran impacto visual en los
medios de los cuales ha tomado el lenguaje como forma de expresión. Su
obra no sólo planta una reflexión sobre la sociedad contemporánea, sino
que también cuestiona la naturaleza misma del arte: la niega para
redefinir las formas del objeto artístico. Rauschenberg
fue el primer artista Pop
conocido fuera de Estados Unidos. En 1969 ganó el premio de pintura de la
Bienal de Venecia, y fue considerado por Giorgio de Marchis como “la
revelación del Pop art
norteamericano como un fenómeno nuevo de primera magnitud”. En sus
primeras obras y comienzos atacó los fundamentos del expresionismo
abstracto. En 1951 comenzó a fijar objetos tridimensionales sobre la
superficie de sus telas para llenar “el foso que separa el arte de la
vida” Entre los objetos que integro a sus obras están: una cabra
disecada con un neumático, una almohada, una corbata, una gallina
disecada, aparatos de radio, botellas de refresco, coches, ventiladores,
etc. De esta época es la mítica obra Odalisca
(1955-1958), donde el artista utiliza diversos objetos como una
gallina disecada y un almohadón, para construir la pieza, y se sirve de
fotografías de prensa para envolver una caja hueca. La adopción de los
transportes fotográficos será otro elemento típico de sus obras hasta
la utilización de la serigrafía como una herramienta necesaria en el
desarrollo de su trabajo plástico. Es estética de vasos comunicantes -
una de las principales que da forma de contemporaneidad-, donde lo poético
está engendrado por la inagotable vocación de interioridad que la obra
misma manifiesta. Es el recorrido del lenguaje poético y visual. El único
que, como tal, lo constituye. Rauschenberg ha trabajo e integrado todos
los materiales; pero para quien esto escribe, ha trabajado sobre todo el
collage. Ha trabajo la materia, el mundo de los dioses, el flujo inédito,
el universo de los sentidos. “Cualquier motivo para pintar - dice
Rauschenberg- es bueno para pintar. No hay tema insignificante. La pintura
siempre es más fuerte cuando, a pesar de la composición, el color, etc,
se presenta como un hecho, como algo inevitable, a diferencia de un mero
recuerdo o un arreglo”. Fue
en 1953, cuando Rauschenberg compró un dibujo de Willem de Kooning, que
posteriormente borró y exhibió bajo el título De
Kooning borrado por Rauschenberg. Con este impacto visual rompió la
barrera del arte norteamericano y su consagración mundial, además que
fue considerado como un ataque abierto en contra del expresionismo
abstracto. En este tipo de acciones se pudo comprobar el punto en qué
Rauschenberg se apoyaba en el conceptualismo de Duchamp y la corriente dadá.
Lo que los materiales crean es el vacío. La estructura de la materia es
el sostén de su compleja estructura. Desafío constante del arte, que
hace brotar de sí la intensidad de lo inesperado, de lo sorpresivo. Los
sueños de la locura empiezan en los jardpines.
En
los años sesenta y setenta con la incorporación de la fotografía le da
al arte un sentido de la ocupación del vacío o de la interioridad, quizás
columna vertebral que sostiene las formas y los cambios de la obra de
Rauschemberg. El vacío de la tela es el espacio que puede recibir o
contener. El espacio exige movimiento continuo de sí mismo. La pintura no
es prisión inmóvil, sino la apertura de un espacio. No cerca al vacío,
lo yace para que la pintura y sus elementos se perpetúen. Al adquirir
toda clase de objetos para distribuirlos en sus cuadros, Rauschenberg
demuestra novedosas soluciones que no dejan de tener un uso, ya sea físico,
conceptual o simplemente pictórico. Explica: “Mi curiosidad me lleva a
querer conquistar cosas imposibles, y mi temor es que quizás llegue a
hacer algo brillante. Ahora estoy interpretando la Biblia, como si
incluyera el resto del mundo. Por esa razón sigo cambiando. Todas las
dificultades, sumada mi propia ignorancia, logran que invente una manera
de ver las cosas. Cuando hablo con un artista joven le doy un consejo: haz
que tu curiosidad genere una musa”. Y
no esas flores de un día que forman la ceniza Regresar
a Schehadé me lleva nuevamente a Rauschenberg, al poeta arbitrario de la
metamorfosis, creador en los finales de los setenta de las dramatizaciones
artísticas o performances. Eduardo Chillida me contaba que esas sesiones
vanguardistas eran memorables y delirantes un deseo de disgregar el horror
y, simultáneamente, experimentar la fascinación por el arte. El lenguaje
es sólo un leve rumor que el ojo descubre, y el oído interpreta. En la
obra de Rauschenberg hay una constante referencia esa rumor, a ese
silencio que en pocos momentos se descubre. “Tal vez todo lo que
llamamos espíritu es el movimiento de la materia”, escribía Malevich
en 1922. Creo que esa espiritualidad de la materia es, el secreto y el
descubrimiento total de la obra de Rauschenberg. Y de él retomo estas
palabras: “En todas partes del mundo los artistas quieren ser como los
demás para poder defender sus propias diferencias. La igualdad en el arte
es una pesadilla infernal. Ser artista exige coraje: debes reconocerte a
ti mismo y asumir la responsabilidad de ser lo que eres”.
En
óleos como Sacudida (1959), Persimmon (1964), Barcaza (1965),
Sin Título (1963) o Intersección
(1991), descubro modernidad, asombro, y la afirmación de evocar
sentidos más allá de las imágenes. En este fluir, Robert Rauschenberg
es un pintor de vanguardia que descubre líneas, un devorador de mitos y
dibujante ilimitado. Sus imágenes, en este sentido, son fácilmente
reconocibles y enmarcables en contextos concretos. Tienen un tono mítico
y literario no exento de ampulosidad que puede convertir los significados
populares en iconos universales. Para Rauschenberg, figura indeleble de
nuestro tiempo, todo es un desafío constante. Una
tarde de París, después de varios meses de mi encuentro con
Rauschenberg, solo ante un cuadro suyo en el Musée Maillol, escribí un
poema que el espacio pictórico genero. Quisiera concluir con él este
texto, como testimonio de complicidad: Muro En
la búsqueda, mirada perdida, |
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Miguel Angel Muñoz (México, 1972). Poeta, historiador y crítico de arte. Es autor de los libros de ensayos: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos; La imaginación del instante. Signos de José Luis Cuevas; Ricardo Martínez: una poética de la figura. Es director de la revista Tinta Seca. Contato: miguelangelmunoz@prodigy.net.mx. Página ilustrada com obras de Robert Rauschenberg (Estados Unidos). |