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revista de cultura # 36 - fortaleza, são paulo - outubro de 2003 |
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El grupo Orígenes ante el negrismo Jesús J. Barquet
I
Es este contexto de
creación y crítica artístico-literaria el que conoció el joven José
Lezama Lima (1910-1976) antes de escribir y publicar sus dos primeros
textos de relevancia generacional: el poema "Muerte de Narciso",
aparecido por primera vez en la revista Verbum (1.2 [1937]: 29-34) y el
Coloquio con Juan Ramón Jiménez de 1938. Ya para esta fecha ha terminado
el auge del negrismo, pero continúan los estudios sociológicos y etnológicos
sobre el tema. [3] Vistos, pues, a la luz de ese previo contexto cultural,
los dos textos de Lezama amplían su múltiple significación dentro de
las letras cubanas. No sólo significaron estos textos la liberación poética
y crítica, respectivamente, de la nueva promoción generacional que luego
conformará el grupo Orígenes, [4] sino también una contundente
respuesta práctica y teórica contra algunos excesos de forma y de
contenido presentes en el movimiento negrista anterior. "Muerte de
Narciso" lanza desde Verbum su rauda cetrería de metáforas
[5] contra la poesía anterior, el negrismo incluido. Sin concesión
alguna, desde el inicio del poema ("Dánae teje el tiempo dorado por
el Nilo"), cada verso de Lezama era una propuesta concreta de otra
posible -aunque en extremo personal- praxis poética ampliamente
desvinculada de los aclamados hallazgos temáticos y formales de la poesía
negrista anterior. Apoyándose en mitos y referencias extranjeras (Dánae,
Narciso, centurión, faisán, nieve), el poema exhibía un lenguaje culto
y preciosista (alquitarada, corceles, ceniciento, garzón, marmórea) que
conscientemente evitaba las alusiones locales, los africanismos o las
transcripciones fonéticas del habla popular que realizaron muchos poetas
negristas; asimismo, los versos de Lezama, preferentemente largos,
pausados y libres, estaban exentos de los alardes rítmicos o musicales y
las atrevidas rimas o formas populares presentes en mucha poesía
negrista. Las afinidades estéticas de los futuros poetas origenistas
llevarían a éstos por caminos diferentes a los recorridos por la
generación anterior; así lo recuerda el origenista Gastón Baquero en
1994: sabíamos que nuestros
poemas ya no eran los mismos de Guillén, Ballagas o Florit. La natural
sucesión de las generaciones. Cada una trae novedades de estilo,
influencias distintas, modas extranjeras nuevas. [En ese sentido] nosotros
no nos sentíamos dentro de los grupos anteriores. (En Zamora 46). [6] Por su parte, el Coloquio
hacía explícitas las reflexiones de Lezama (algunas de las cuales pasarán
luego a caracterizar al grupo Orígenes) sobre el error de postular el
negrismo como la forma superior de expresarse artísticamente la identidad
nacional o "lo cubano", según la futura terminología
origenista. En su Coloquio, Lezama califica de "síntesis
apresurada" la tesis de una expresión mestiza en Cuba y señala que,
en vez de aglutinar, dicha tesis excluye, "en la integración de la
nacionalidad, a ciertos elementos constitutivos que se resentirán de esa
violencia de síntesis forzada". Pone en entredicho además la, según
él, falacia de identificar mecánicamente la mulatez étnica de un
creador (v.g. Nicolás Guillén) con una supuesta expresión artística
mestiza: Una realidad étnica
mestiza no tiene nada que ver con una expresión mestiza. Entre nosotros
han existido mestizos que han intentado expresarse dentro de los cánones
del parnasianismo, y gran parte de la poesía afrocubana, en cambio, es de
poetas de raza blanca. Se ve que una cosa es el mestizaje y otra abogar
por una expresión mestiza. Una expresión mestiza es un eclecticismo artístico
que no podrá existir jamás. (Lezama Lima, Obras 57-58) Apuntaba así Lezama la
disparidad entre condición étnica y expresión literaria sin advertir
todavía, según Reynaldo González, "que precisamente allí radicaba
el embrión del mestizaje llevado a términos culturales" (62). Efraín Barradas afirma
que en Verbum aparecen ya "ataques al negrismo" aupados
por el ideario lezamiano (4); como ejemplo, reproducimos aquí la segunda
propuesta hecha por el crítico de arte origenista Guy Pérez Cisneros,
para la salvación del arte y la identidad cubanas: "Derrocar todo
arte racista, hispano-americano o afrocubano, que puede ser un gran obstáculo
para la integración de nuestra nacionalidad" (66). Más específicamente,
lo que ataca Pérez Cisneros en 1937 es la nociva transformación del
negrismo, entendido como expresión nacional, en una falsa mercancía para
el consumo del turista: "Creéis firmemente que el arte cubano es una
mezcla de maracas, de sones, de rumbas, de poesías afro-cubanas para
turistas" (62). De ahí que separe la obra de Guillén de dicho arte
"turístico", "clonesco" (66), cuando afirma, no sin
censura al final, que el verdadero arte cubano lo representa, junto a
otros creadores, Guillén, quien "ha sido uno de los que más fuerte
ha sentido esa carencia de patria, y se desesperó por ello, creando para
suplir ese vacío insoportable y asfixiante, una teoría completamente
artificial, pues acabó por caer en un racismo sin salida" (Pérez
Cisneros 62). Si bien ya se puede
percibir desde Verbum y los textos citados de Lezama y Pérez
Cisneros los derroteros del futuro proyecto cultural del grupo Orígenes,
dicho proyecto era algo entonces más intuido que racionalizado y los
elementos que lo integrarían se hallaban todavía en vías de definirse,
fructificar artísticamente y ser legitimados por sus propios creadores.
De ahí que estas primeras manifestaciones directas contra el negrismo no
constituyen la respuesta definitiva de Lezama ni del grupo ante el tema
negro, sino tan sólo indicios de que estos entonces jóvenes creadores
lidiaban con un tópico importante de la cultura e identidad cubanas que,
como tantos otros (insularidad, universalidad, lenguaje), debían evaluar
críticamente para, de decidirlo así, incorporarlo a su proyecto en la
forma que estimaran más conveniente. Por eso vemos que, años más tarde,
tras el ocaso de la novedad y primacía del tema negro y con la mejor
perspectiva ofrecida por el tiempo y los estudios, "sin extremismos
lastrantes" (González 62), de investigadores como Fernando Ortiz y
Lydia Cabrera, además de los propios estudios de Lezama y Cintio Vitier
sobre la poesía y la expresión cubanas, los origenistas incorporarán en
sus revistas no sólo algunos presupuestos teóricos del negrismo sino
también a algunos creadores e investigadores (Guirao, Ballagas y Cabrera,
entre otros) que, aunque vinculados en cierto sentido a dicho movimiento,
se ajustaban mejor, como señalaremos aquí, a las nuevas tentativas
integracionales y de redefinición de "lo cubano" llevadas a
cabo por el grupo Orígenes. De ahí que Vitier anotara, muchos años más
tarde, que todas estas invectivas iniciales del grupo contra la expresión
mulata y el negrismo, él las percibía entonces como reacción inmediata
a los peligros del folklorismo y los excesos de la llamada poesía
afrocubana o mulata, entonces de moda, pero no a la luz de la tesis
bolivariana y martiana de nuestra "América mestiza", con su
expresión consiguiente, de la que ya eran ejemplares en nuestro país
Nicolás Guillén y en el continente suramericano César Vallejo.
("La aventura" 318) II
La segunda revista del
grupo, Espuela de Plata (1939-1941), todavía estaba enfrascada en
la crítica al negrismo: uno de sus artículos, "Agua clara en el
caracol del oído", de José Ardévol -director de orquesta,
compositor musical y consejero de la revista-,[7] analizaba el tópico de
lo afrocubano en la cultura nacional. Todavía en 1939 la pretensión de
identificar negrismo con expresión nacional de manera exclusivista tenía
que ser rebatida por Ardévol, sin dejar por ello de reconocer los aportes
culturales del negrismo: la creencia, que
comparten muchos, de que lo "afrocubano" es la única solución
posible de los problemas que en la actualidad tiene planteados el arte
cubano, me parece francamente errónea. Creo que las circunstancias históricas
que motivaron la actualidad y necesidad del arte afrocubano -hasta cierto
punto eco del ya olvidado "africanismo" europeo- ya han sido
superadas. Reconozco… lo que el arte cubano le debe; pero hoy lo más
sano sería dejar a un lado todo lo típico, todo exagerado localismo y
exotismo. (10) El propio Lezama había
señalado ya en su Coloquio que "el principal hallazgo"
de la poesía cubana había sido "la incorporación de la
sensibilidad negra y, más frecuentemente, la incorporación del vocablo
onomatopéyico" (Obras 51). Ardévol y Lezama reconocen, pues,
los aportes del negrismo a la búsqueda y consecución de una expresión
nacional, pero les preocupa la tendenciosa sobrevaloración de dichos
aportes, por lo que se creen obligados a señalar otras formas de
acercamiento a (y fijación de) "lo cubano" hechas por otros
creadores no vinculados al negrismo y cuyas obras buscaban escapar de todo
localismo o folklorismo para apresar, según ellos, instancias más
universales. Al respecto, Ardévol señala la existencia de valiosos
creadores cubanos que se hallan al margen del negrismo y, aunque no
menciona nombres, parece estarse refiriendo a poetas tales como Eugenio
Florit y Mariano Brull -quienes desde temprano colaboraron en las revistas
origenistas-, o a los poetas de la primera promoción origenista (Lezama,
Gaztelu, Baquero y Justo Rodríguez Santos). Dice Ardévol:
Esta actitud crítica de
los origenistas hacia el negrismo -extensiva a cualquier otro folklorismo
anterior- significa entonces una revisión de los planteamientos estéticos
de la época, revisión que los lleva a buscar y encontrar, según afirma
Alejo Carpentier -en sus inicios, practicante también del negrismo-,
"una manera de ver y de sentir lo cubano que nos redime del
abominable realismo folklórico y costumbrista visto hasta ahora como única
solución para fijar lo nuestro" (en Simón 317); es decir, los
origenistas no pretenden desatender las diferencias o peculiaridades
nacionales sino integrarlas y trascenderlas al llevar "lo
cubano" a su instancia universal, "porque incorporar es la función
de la salud" (Lezama, "Recuerdos" 281), siguiendo así uno
de los postulados iniciales de Espuela de Plata: "La ínsula
distinta en el Cosmos, o lo que es lo mismo, la ínsula indistinta en el
Cosmos" [8]. Por eso no les escatiman elogios a ciertas
manifestaciones culturales del tema negro cuando consideran que éstas han
alcanzado dicha universalidad. Prueba de ese reconocimiento la ofrecerá
en 1952 Vitier a propósito del autor de Sóngoro Cosongo. Poemas
mulatos: [Guillén] es el único
de nuestros cultivadores de lo afro-criollo (en cuya dimensión fruitiva
también se destaca Ballagas) que logra superar las especulaciones del
negrismo europeo importado y los diversos aspectos superficiales del
tratamiento vernáculo del tema, para integrar una poesía folklórica,
social o libre, de fina universalidad, basada en la comunicación interior
con los modos anímicos y musicales del negro y el mestizo cubano. (Cincuenta
4) Igualmente
Lezama en 1956 descubrirá en un refranero negro recopilado por Lydia
Cabrera ese impulso universalizador tan anhelado por su grupo: ahora tenemos que llevar
la delicia de nuestro refranero a los monasterios de las más viejas
sabidurías… Qué delicia encontrar en ese refrán de nuestra cultura,
idénticas comprobaciones y prudencias que en textos milenarios. (Obras
532) Un poema de Lezama de
explícita motivación cubana expresa esta preocupación origenista por
lograr una expresión nacional y universal a la vez: "Noche insular:
jardines invisibles", publicado por primera vez en Espuela de
Plata (C-D [1939-1940]: 17-20). Al querer realizar allí, siguiendo la
poética inaugurada en "Muerte de Narciso", "su encarnación
verbal de la noche cubana" (Vitier, Lo cubano 450), Lezama
necesita fijar los elementos que, según él, conforman "lo
cubano" en su instancia universal. Al respecto había señalado en su
Coloquio la existencia en Cuba de una peculiar "sensibilidad
insular" que no podía reducirse a la "sensibilidad negra",
ni enajenarse en la idea de un "hispanoamericanismo" o
"sensibilidad continental" que hallaba en México una ejemplar
manifestación: nosotros los cubanos
nunca hemos hecho mucho caso de la tesis del hispanoamericanismo, y ello
señala que no nos sentimos muy obligados con la problemática de una
sensibilidad continental. La estabilidad y la reserva de una sensibilidad
continental contrastan con la búsqueda superficial ofrecida por nuestra
sensibilidad insular. El mexicano es fino y discreto, ama la palabra larga
y con sordina; nosotros, excesivos y falsamente expresivos, ofrecemos
nuestra tragedia en "comino de chiste criollo", como ha dicho la
Mistral. (Lezama Lima, Obras 50) [9] Su poema "Noche
insular" debía ilustrar ahora esa aseveración al fijar las claves
identificativas de dicha peculiaridad insular: su propuesta de "lo
cubano" muestra entonces como referentes esenciales, entre otros, el
carácter insular del país, el sustrato mítico operante en el paisaje
desde la llegada de Colón y esa reverberancia sugestiva de la luz tan afín
a los pintores del patio. Dicha propuesta no podía, sin embargo,
presentar la misma intención diferencial y, por lo mismo, según Lezama,
reduccionista de muchos teóricos del negrismo. No podía pecar de ningún
tipo de exclusivismo folklórico, étnico o geográfico; de ahí que tras
los versos que presentan el orgullo por (y la identificación con) la Isla
("nacer es aquí una fiesta innombrable") y la lucha en que la
luz insular triunfa sobre los monstruos que la acosan, el poema cierra con
la propia luz graciosamente restableciendo "la justicia apolínea del
ser" (Vitier, Lo cubano 449), o sea, con la reconciliación y armonía
con lo universal: Dance la luz
reconciliando Tal reconciliación de lo
particular diferenciador con lo universal constituía una de las lecciones
que Juan Ramón Jiménez le había dado a Lezama en el mencionado Coloquio.
Tras rechazar la falacia mecanicista de que la futura "fusión de
razas en Cuba" produciría "necesariamente la expresión poética
mestiza", Jiménez le había advertido a Lezama que su propuesta de
una distinta "sensibilidad insular" en Cuba significaba, en
realidad, por su carácter también exclusivista, "el reverso de esa
expresión mestiza". Ambas tesis, afirma el poeta español, remueven un orgullo
diferente, una solución disociadora por desemejanza y exclusión. La
tesis de la sensibilidad insular va contra la sensibilidad continental y
la de la expresión mestiza contra la expresión de valores y angustias
universales. (En Lezama Lima, Obras 56) Opuesto totalmente a
estas diferenciaciones y localismos folklóricos, Jiménez le asegura al
entonces joven poeta cubano que "la poesía está definitivamente del
lado del espíritu, que fusiona a esos enemigos aparentes de la
naturaleza y de la cultura" (en Lezama Lima, Obras 56), [10] como
eran los peculiares accidentes geográficos (isla o continente) o las
diferentes etnias (blanca, negra o mulata) de una nación. Al responderle a Jiménez,
Lezama reconoce la justeza de las palabras del andaluz y aclara los propósitos
de su tesis de la "sensibilidad insular": asegura que ésta sólo
es "aparentemente orgullosa" y concebible en un ambiguo terreno
entre el juego y escasamente el mito. Añade que dicha tesis "no
rehuye soluciones universalistas" e integradoras [11] y "se
limita, humilde, a una justificación, una vida legitimista" (Obras
57-58). Es decir, con esa tesis de la "sensibilidad insular", el
joven Lezama buscaba elaborar en 1938 un nuevo postulado ideoestético
sobre "lo cubano" que le permitiera subrayar, no tanto por
efectivo hallazgo como por contraste con el anterior entorno negrista
legitimado por la crítica, los elementos inéditos que lo pudieran
justificar y legitimar en el panorama literario de su época. Por otra parte, es
altamente reveladora de la posición del grupo ante el tema negro, la
aparición en el número B (1939) de Espuela de Plata, de una fábula
lucumí ("El tigre, el mono y la venado") recogida de la tradición
oral por el poeta y entonces antologador de la poesía negrista Ramón
Guirao. Se evidencia con esto la incorporación selectiva del tema negro
dentro del proyecto del grupo, el cual reconocía así, inicialmente, la
significación de la herencia africana en la expresión popular cubana,
como años después reconocerá Lezama a propósito del ya mencionado
refranero negro recopilado por Cabrera. Esto no los llevaba, sin embargo,
a descuidar su vigilancia ante quienes homologaban de manera exclusivista
negrismo y expresión nacional. La inserción de Guirao y Ballagas en las
revistas del grupo no resultaba ser, entonces, casual. Entre los
negristas, Guirao y Ballagas constituían buenos ejemplos de espíritu de
integración por haber cultivado otros temas y estilos en sus respectivas
obras personales, y por haber mostrado una posición más mesurada y
reflexiva ante el papel del negrismo en la literatura cubana y
latinoamericana en general. En la "Introducción" a su famosa Orbita
de la poesía afrocubana de 1938, Guirao, a tono con las anteriores
declaraciones de Lezama y Ardévol, había afirmado que la poética
negrista era una escuela considerada hoy, muy
justamente, de ciclo cerrado, hermético, que ha de quedar como un
"crucero de grandezas y servidumbres". Sus elementos, su
material, no siempre antipoéticos, son esenciales, mejor,
imprescindibles, en el basamento de la futura poesía cubana integral.
(xix)
III
El grupo Orígenes no se
caracterizó nunca por una desatención de "lo cubano", sino
que, por el contrario, supo volcar su curiosidad intelectual tanto hacia
lo internacional como hacia lo nacional. Así lo demuestran no sólo los
numerosos autores extranjeros y cubanos que colaboran en sus revistas y
los rasgos temáticos y formales que muestra la obra personal de cada
origenista, sino también algo fundamental que aquí he querido demostrar
al hablar del grupo Orígenes y el negrismo: que la obra mayor del grupo
se creó y desarrolló precisamente a partir del conocimiento y saludable
diálogo (a veces polémico) con los postulados ideoestéticos del entorno
sociocultural cubano. Desde el temprano Coloquio de Lezama, la
peculiar respuesta creativa del grupo incluye una implícita (pero también
a veces explícita) reflexión crítica sobre los derroteros fundamentales
que habían guiado y estaban guiando entonces el proceso cultural cubano.
De ahí que Abel Prieto señala como una característica del grupo su
particular "estrategia de estudio y asimilación del patrimonio
nacional" cubano (en Lezama Lima, Confluencias x), estudio y
asimilación que en ellos significaban una forma de resistencia
ante los embates desintegradores, los "monstruos que acosaban"
la circunstancia nacional. La cultura como resistencia
es un concepto que le permite a Lezama desentenderse de las artificiales
fronteras étnicas, geográficas, generacionales, ideológicas, estéticas
y genéricas de la producción artística y destacar, como proponía Jiménez,
el carácter espiritual y trascendente, superador del tiempo y la
circunstancia, que todo arte verdadero posee sea cual fuere su origen.
Testimonios fehacientes de la perdurabilidad y resistencia del arte, así
como de la paciente y constante labor artesanal que éste requiere, son
unos libros iluminados del quattrocento francés que despiertan en
1948 la admiración de Lezama: Son obras que han luchado
con los devoradores escuadrones del tiempo, dejando sobre aquel monstruo
la sonriente limpidez de una franja de oro que resiste cinco
secularidades. Aquellos monjes alisaban durante meses con un colmillo de
jabalí el pergamino que iba a recibir los toques áureos. Vagaban durante
años por comarcas y herbarios buscando los colores puros; la más fina
apetencia del pergamino. El tiempo se enreda en esos caracoles que le
resisten cuando extienden, naturales hipogeos, la blancura de su tela.
("El Pen" 40) Obras como ésas, que han
sabido resistir y vencer la difícil prueba del tiempo, son, pues, un reto
y a la vez un modelo, una guía, para los propios intereses del grupo por
lograr una obra en que la expresión nacional fuera, además de universal,
resistente frente a los embates destructores del tiempo o de cualquier
otra amenaza circunstancial. El instrumento fundamental de dicha expresión
sería, para ellos, la lengua española, la cual hallaría en la revista Orígenes
un bastión irreductible, fuertemente enraizado en "lo hispánico"
[12] y considerablemente alejado de los experimentos fonéticos, léxicos,
musicales y rítmicos de mucha poesía negrista y cierta poesía pura (piénsese
en la jitanjáfora) [13]. En las búsquedas populares del negrismo y otras
corrientes, descubrió tempranamente Lezama una subordinación a lo hispánico:
"temas negros tratados en octosílabos romanceados"; de ahí que
sostuviera que sólo en "la eticidad resistente de lo hispánico"
se podría lograr la expresión nacional unitaria por la que tanto abogaba
("Recuerdos" 282). En vez de los
experimentos formales negristas, el origenista Eliseo Diego prefiere
exhibir en su poesía una transparencia verbal hispanizante y en su prosa
de ficción un añejado sabor proveniente de las más celosas bodegas de
la lengua; [14] mientras que Lezama, por su parte, prefiere insertar
galicismos, anglicismos, latinismos y rebuscados términos de la alta
cultura occidental y oriental en su sintácticamente relajado neobarroco.
Hay, pues, en los origenistas unas preocupaciones de expresión muy
diferentes a los diferenciadores experimentos lingüísticos llevados a
cabo por la poesía negrista y cierta poesía pura. Y son estos logros de
expresión y de universalidad del grupo lo que Lezama señala como
relevante en su reseña de la antología origenista Diez poetas cubanos,
preparada por Vitier: [puede]
subrayarse como logro y sorpresa de esa poesía, no tan sólo el dominio
de las posibilidades del propio lenguaje al adquirir la agudeza de la
tensión poética, sino un intento de universalización en los extremos
planteamientos de sus temas y actitudes; universalización que no se
deseaba en el pasmo de una ecuación enteléquica, sino en el brusco
riesgo del conocimiento poético. ("Alrededores" 65) A través de reseñas
como ésta, la revista Orígenes (1944-1956) solía comentar
numerosas novedades culturales de la Isla, y en particular las que se
relacionaban directamente con el grupo. Estas reseñas servían no sólo
para informar al lector sino también para orientarlo en lo que llamaré
"la manera origenista" de recibir e interpretar dichas novedades
a la luz de la circunstancia nacional de entonces. Muchas de estas reseñas,
ya sea escritas por cubanos o por extranjeros más o menos identificados
con el grupo, pasaban a convertirse en abreviadas (e inesperadas)
declaraciones sobre los postulados y logros ideoestéticos del grupo, como
pudo apreciarse en la reseña anterior de Lezama [15]. En este sentido nos
interesan, ahora, dos reseñas aparecidas en Orígenes: "Lydia
Cabrera, poeta de la metamorfosis", de María Zambrano; y "Sobre
El monte de Lydia Cabrera", de Francis de Miomandre. Gracias a
estas reseñas la propia revista le explicará a su público algunos de
los principios ideoestéticos origenistas que justificaban plenamente la
absorción por el grupo de una autora tan asociada al tema negro como era
Lydia Cabrera. Cuando estas reseñas se
publican en 1950 y 1955, respectivamente, ya Cabrera y el famoso pintor
negrista cubano Wifredo Lam se contaban entre las ganancias mayores
realizadas por Orígenes en su afán por rescatar e integrar todas
las facetas de "lo cubano". A diferencia de las revistas
anteriores del grupo, Orígenes contó con cinco extensas
colaboraciones de Cabrera (en los números 7 [1945], 9 [1946], 24 [1949],
25 [1950] y 36 [1954]) y tres portadas (en los números 5 [1945], 16
[1947] y 30 [1952]) de Lam, una de ellas (la del número 16) expresaba de
forma explícita la mulatez étnica, blanquinegra, de la cubanidad.
Recordemos con Pedro de La Hoz que la inserción de estas y otras
portadas, ilustraciones, reproducciones de arte, viñetas e imágenes en Orígenes
no obedecía a la habitual noción que de ellas se tiene en los opúsculos
literarios, de servidumbre y supeditación funcional a los textos que
acompañan, de ser sólo recursos visuales para aliviar la densidad, la
lectura de la página... En Orígenes esas imágenes están
estrechamente ligadas a un concepto de identidad de la cultura ejercida en
tiempo y espacio inherentes, por individuos que la interpretan como una
proyección -óntica, histórica-, …como estado recreativo, es decir,
creativo. (62) Con estas y otras
valiosas colaboraciones sobre asuntos afrocubanos, la revista principal
del grupo se lanzó a la integración decisiva del tema negro en su
proyecto cultural. Veamos ahora cómo Orígenes recibe e interpreta
la labor etnológica y creativa de Cabrera, es decir, cómo la integra a
su propia cosmovisión.
El libro de cuentos de
Cabrera está "escrito en prosa pero sólo como poesía puede ser
entendido", apunta Zambrano emparentando así espiritualmente la obra
de ficción de Cabrera con la creación de los diez poetas
origenistas y reafirmando con su inusitada lectura la marcada preferencia
de Orígenes por la poesía. Y sin atender a la tradicional división
de los géneros literarios, reafirma también Zambrano el afán origenista
de asociar poesía con conocimiento del universo: Cabrera se destaca entre
todos los poetas cubanos por una forma de poesía en que conocimientos y
fantasía se hermanan hasta el punto de no ser ya cosas diferentes, hasta
constituir eso que se llama "conocimiento poético". (62) De forma muy afín a los
afanes origenistas, Zambrano localiza el sentido social, liberador, de la
obra de Cabrera en su capacidad de otorgarle una expresión propia y un
receptor universal a la subyugada población negra de cuyas historias se
nutre la autora: Es el mundo de la raza
esclava hasta el dintel de nuestros días el que ella libera. Pues ¿cómo
el esclavo alcanzará su libertad, sino siendo escuchado y más aún
recibiendo la palabra que a veces no tiene la forma que aún le falta o se
le fue quedando en el camino de la servidumbre? (63) Por la función social y
las virtudes literarias y científicas de la obra de Cabrera, así como
por la profundidad con que ella había sabido revelar esa parte africana
de lo cubano, le sugiere Zambrano a la poeta investigadora que
realice, en el futuro, similar penetración en otro terreno: "lo
blanco". A Zambrano, como a los origenistas, le preocupa toda
fragmentación disociativa, por lo que aboga entonces por el estudio del
otro componente fundamental de "lo cubano", estudio este que
permitiría comenzar a integrar todas las piezas del mosaico nacional y
entender así la "metamorfosis" que efectivamente ocurrió entre
ambas culturas una vez trasplantadas. "Lo español" es también
de difícil comprensión y es la causa, en última instancia, de que hoy
Cuba forme parte del mundo occidental, afirma Zambrano: El mundo mágico donde
suceden las metamorfosis es ya ambiguo, más aquí, en el mundo que este
libro nos revela, la ambigüedad se complica con la magia de la Isla de
Cuba; interferencia de dos mundos mágicos, metamorfosis de la poesía del
alma misma transplantada. Mas la revelación poética de la Isla de Cuba
exige la captación, esa otra metamorfosis que la hizo formar parte de la
cultura occidental: la del alma del blanco, del español que esperamos
también la poesía de Cabrera nos muestre en un día no muy lejano. Y le
pediríamos para entonces que nos ponga en camino de aclararnos este
enigma: el español. (66) A través de Zambrano, Orígenes
daba pautas de lo que quedaba aún por hacer en la cultura cubana. Pues
tras revelar "lo español", todavía quedaba desentrañar eso
que Lezama alabaría exaltadamente en la obra del Aleijadinho: la "síntesis
de lo negro y de lo hispánico" (Confluencias 288). En 1954, Cabrera publica
su importantísimo estudio etnológico “El monte. Notas sobre la religión,
la magia, las supersticiones y el folklore de los negros criollos y del
pueblo de Cuba”, parte del cual había aparecido ya con ilustraciones en
1950 en Orígenes. [16] En su reseña de este libro, Miomandre
vuelve sobre la condición de poeta de Cabrera, concepto
introducido por Zambrano, para desarrollarlo aún más: estas notas son tan
ricas, tan abundantes y sobre todo tan inteligentes, van tan lejos en la
comprensión enternecida del alma negra, de la religión y de la metafísica
en que ésta se baña, que uno las lee con la emoción que da el relato
patético. Y es que a decir verdad, Cabrera es esencialmente poeta, y en
calidad de poeta considera y estudia el folklore que los eruditos enfocan
desde el ángulo de la fría información. (75) Al calificar a Cabrera de
poeta, no apuntaba Miomandre a un defecto del carácter científico de su
estudio El monte sino que, por el contrario, pretendía señalarle
a la autora su mayor virtud como transcriptora e intérprete del mundo
negro, ya que, según Miomandre, Cabrera exponía sus temas desde dentro
de su campo de estudio, pues el negro resultaba ser también un poeta
[17]. La poesía negrista en su
época de auge se había caracterizado por una orientación formalista (un
afán exótico y europeizado de nuevos ritmos, sonoridades, palabras,
expresiones y tipos) y/o una marcada y explícita orientación social (el
negro como raza esclavizada y discriminada luchando por sus derechos),
aspectos ambos poco concordantes con las nuevas preocupaciones ideoestéticas
origenistas. En los estudios etnológicos y cuentos negros de
Cabrera el negrismo tomaba, sin embargo, un rumbo diferente al de aquella
poesía: Cabrera prefiere afiliarse, en lo documental investigativo, a la
senda seguida por Fernando Ortiz y, en la intencionalidad creadora, al espíritu
del grupo Orígenes. "Lo negro" en Cabrera se presenta como un
peculiar (no único ni superior) componente cultural de "lo
cubano"; y, a tono con el vivir y el ser en la poesía que
propugnaban los origenistas, el negro aparece también como poeta, es
decir, como peculiar intérprete y relator del universo, dueño de un
estilo de vida también peculiar. Por eso afirma Miomandre lo siguiente: lo más saliente en este
libro… es la sinceridad y la naturalidad profunda con que sienten y
comprenden los negros la poesía. A decir verdad, están
impregandos, viven en ella. Todas las reacciones de su psiquismo
atestiguan un vitalismo poderoso, inagotable. ¿Cómo no han de ser
poetas, quienes se sienten vivir en una especie de simbiosis con todo lo
que alienta en torno a ellos: la nube, la planta, la lluvia, el rayo, el
viento y la roca? (77) Además, las afectivas
relaciones personales de la investigadora con sus informantes le habían
permitido obtener de éstos un caudal de información imposible de
conseguir por otros medios. En aquellos hombres y mujeres negros existía,
estaba viva aún, sobrevivía -y aquí se destaca otra vez la confluencia
con los intereses origenistas- otra Cuba secreta que defendía su
integridad, que resistía, frente a intrusas aproximaciones. El negro origenista (por
llamar de algún modo al negro que Miomandre percibe en la obra de
Cabrera) será entonces ese guardián responsable de una parte de "lo
cubano" que, como en las obras individuales y corales de los
origenistas, resistía los avances desintegradores del tiempo y de
los enemigos exteriores. Por eso el valor de Cabrera, según también
Miomandre, es el siguiente: aun cuando otros
investigadores hubiesen querido emprender una obra análoga, hubiesen
tropezado con la desconfianza intuitiva de gentes que se consideran
guardianes de ciertos secretos, no se hubiesen creído con el derecho de
divulgarlos. Si Cabrera ha podido componer un libro semejante, si ha
podido imaginar el plan, es porque los "iniciados" han
reconocido en ella una persona capaz de comprenderlos e incapaz de
traicionarlos, en suma, digna de penetrar en su ingenua masonería… Sin
la confianza y las confidencias de los negros, Cabrera no hubiese podido
triunfar en su tentativa generosa; sin el genio de Cabrera, se tendría la
tristeza de ver desaparecer en la nada, estos bellos secretos de magia y
de poesía. (77) Rescatar, salvar, fijar
con el lenguaje las formas más nobles de la identidad nacional, dedicarse
con extremado celo al estudio de las fuentes u orígenes de dicha
identidad, e interpretar sus claves, conformarlas en un corpus
factible de ser legado como tradición a las próximas generaciones fue la
misión de los origenistas y también de Cabrera. En ambos confluyen
similares intencionalidad creadora y desinteresada dedicación a una
empresa cultural de profundas resonancias políticas en lo esencial. La
incorporación de "lo negro" en el proyecto cultural del grupo,
tal como he descrito aquí su desarrollo desde Verbum hasta Orígenes,
se nos revela entonces no como una labor desorientada, irreflexiva y
dispersa, sino como parte de "toda una entidad orgánica que se
encaminaba a una política estética -o estética política- con un vigor
propio" (Uribe lvii) en la Cuba de 1937 a 1956. NOTAS
1 Algunas manifestaciones del tema negro en Cuba
fueron las siguientes: la primera producción poética de Nicolás Guillén
y una parte de la poesía de Emilio Ballagas, Ramón Guirao, José Zacarías
Tallet y Alejo Carpentier, entre otros; las antologías de poesía
preparadas y prologadas por Ballagas (Antología de la poesía negra
hispanoamericana, 1937; y Mapa de la poesía negra americana,
1946) y Guirao (Orbita de la poesía afrocubana, 1928-37, 1938),
quien recibe por ésta el premio nacional de ensayo de tema cubano de la
Secretaría de Educación en 1937; los Contes nègres de Cuba (París,
1936) de Lydia Cabrera, publicados más tarde en español, Cuentos
negros de Cuba (La Habana, 1940); la aparición del cuento
"Mayunga" de Gerardo del Valle en la primera antología del
cuento cubano, Cuentos contemporáneos, ed. Federico de Ibarzábal
(1937); el libro ¡¡Oh, mío Yemayá!! Cuentos y cantos negros
(1938) de Rómulo Lachatañeré, con prólogo de Fernando Ortiz; la novela
¡Ecue-Yamba-O! Historia afro-cubana (1933) de Carpentier, así
como sus libretos Yamba-O (1928) y La pasión negra (1932),
ambos con música de Marius François Gaillard; los famosísimos recitales
de poesía negra de la recitadora Eusebia Cosme; las composiciones de
Amadeo Roldán; los numerosos libros, artículos y charlas del etnológo
Fernando Ortiz, por cuya iniciativa se fundó en 1936 la Sociedad de
Estudios Afrocubanos, la cual tenía un amplísimo plan de trabajo artístico
e investigativo al respecto, del que se destacan su revista Estudios
Afrocubanos, cuya primera etapa (1937-1940) estuvo bajo la dirección
de Emilio Roig de Leuchsenring, y los primeros conciertos de música
afrocubana, los cuales tuvieron lugar en la Universidad de La Habana en
1937 con la participación de los tamboristas e informantes yorubas Pablo
Roche (Akilakua) y Jesús Pérez (Oba Ilú), según refiere Inés María
Martiatu en "En memoria de Oba Ilú", Revolución y Cultura
8 (1988): 73. |
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Jesús J. Barquert (Cuba, 1953). Poeta, tradutor e ensaísta. Autor de livros como El libro del desterrado (1994), Escrituras poéticas de una nación (1999) e Teatro y revolución cubana: subversión y utopía en Los siete contra Tebas de Antón Arrufat (2002). Também em 2002, organizou com Norberto Codina uma importante antologia da poesia cubana em todo o século XX. Contato: jbarquet@nmsu.edu. Página ilustrada com obras do artista Fernando Casás (Galiza). |