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revista de cultura # 36 - fortaleza, são paulo - outubro de 2003 |
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A poesia nómada de Jenaro Talens Prisca Agustoni
Conocí a Jenaro Talens más como poeta que como
profesor, a pesar de haber sido (y de ser todavía) profesor en la
Universidad donde yo estaba estudiando literaturas de língua española,
hace algunos años, antes de llegar a Brasil. Es posible que este hecho
aparentemente poco significativo, pero curioso - o sea, el haber conocido
a Talens primero a través de la voz calladita de la poesia, en lugar de
la voz más pública del profesor –
haya sido importante para que nuestro diálogo ocurriera de la
forma más natural posible, como revela esta entrevista realizada con
palabras que cruzaron fronteras, entre Suiza, Brasil y España. [P. A.] PA - Jenaro Talens, acaba
Vd. de publicar en España (Madrid: Ed. Cátedra, 2002) su antología poética
Cantos rodados, que reúne
poemas escritos entre 1960 y 2001. Si nos fijamos en la fecha de su
nacimiento (1946), podemos observar – no sin cierto estupor – que
usted empezó a escribir poemas desde muy joven.¿Cómo ocurrió una
iniciación tan temprana con los versos? JT - No lo sé
exactamente, pero creo haber escrito poemas (o algo que se le parecía
mucho) desde que tengo uso de razón. La imagen de alguien que fuese capaz
de escribir libros producía en mí una fascinación sin límites. No
distinguía géneros ni estilos. Todo el que fuese capaz de poner sus
ideas sobre el papel impreso me parecía un héroe. Cuando iba al colegio,
por las mañana, (tendría yo unos seis o siete años) solía tropezarme
en mi barrio del Cercado Bajo de la Cartuja, en Granada, con un señor muy
alto y muy serio que era catedrático en el Instituto Padre Suárez de
Enseñanza Media de la ciudad (entonces sólo había un instituto; hoy,
creo que son casi dos docenas). A mí lo de catedrático me daba igual,
pero se decía también que escribía libros y yo lo miraba de reojo con
admiración. Un buen día desapareció del barrio porque, según me
dijeron, se había ido a vivir a otra ciudad. Con los años supe que ese
señor que yo admiraba de chico era el gran historiador Antonio Domínguez
Ortiz y que había sido trasladado a un Instituto de Sevilla. Entonces lo
que me importaba era saber que escribía, no sobre qué. De hecho, al
director de mi colegio de los Hermanos Maristas, bastante autoritario y
muy odiado por mis amigos, también le tenía cierta simpatía por haber
publicado un libro de introducción a la Química, así que supongo que mi
primera devoción fue por la letra impresa en general y no sólo por la
literatura. Sin embargo, cuando a los 14 años, después de pasar la reválida
de lo que era entonces el bachillerato elemental, elegí la rama de
ciencias en vez de la de letras, recuerdo que mis profesores se extrañaron.
No entendí bien porqué en ese momento. Hoy supongo que se me notaba
mucho desde fuera que, aunque yo no tuviera consciencia de ello, lo que me
atraía era el mundo de la literatura; de hecho, para aquellas fechas ya
llevaba varios años escribiendo cuentos a medias con mi hermano, Manuel
Talens, y poemas en solitario. Si no me equivoco, el texto que abre la
antología, un elegía para mi hermano muerto, es de ese año. PA - ¿En qué medida su
relación con la tierra de Granada y con el «mar interior» de Tarifa es
responsable de lo que usted ha llamado, al referirse a su condición, «nómada»
o «viajero perpetuo»? JT - Tarifa fue durante años
un referente mítico. Salí de allí con dos años y no volví a poner un
pie en sus calles hasta los 24. Sabía de la invasión de Tarik en el
siglo VIII, de la historia de Guzmán el Bueno y cosas así, pero poco más.
Sin embargo, nunca dejé de sentirme, a la vez, tarifeño y granadino, en
una suerte de división algo esquizofrénica que, imagino ahora, me hacía
ir de un referente al otro sin interrupción hasta el punto de no
encontrar mis orígenes en ninguno de los lados sino en el trayecto que
los conectaba. La atracción del viaje, supongo, viene de ahí, porque ésa
es, creo, la condena del viajero: estar siempre en busca de un punto de
referencia. Como escribí en unos de mis poemas más recientes, «los
caminos del nómada llevan siempre al hogar». PA - En la extensa
introducción que abre la Cantos
rodados se menciona su fascinación (y la de su hermano) con los
relatos orales de su abuela durante la niñez. Yo percibo en algunos
momentos de su larga actividad poética una voz de tono prosaico, que me
recuerda por su carga corporal – modulada por la voz humana y los gestos
rituales que la acompañan en las narrativas orales— y por su valor
significante, la palabra de las narraciones orales, la cual, al igual que
la palabra transformadora de Scherazade, exhibe una dimensión sensorial y
simbólica forjadora. ¿Piensa usted que la cultura oral comunicada por su
abuela pudo dictar el timbre de algunos de sus poemas? JT - Me resulta curiosa
su referencia a Sherezade. Una buena amiga mía, Antonia Cabanilles, hizo
un trabajo sobre mi poesía como la de un “contador de historias” y
partía igualmente del personaje de Sherezade. Nunca lo había pensado en
esos términos, pero, ahora que lo dice y, puesto que hay coincidencia de
opiniones, puede que tengan razón. Siempre estuve interesado en la música.
Estudié solfeo con mi padre y aprendí con él, no sólo la lógica del
ritmo, sino la diferencia que existe entre el timbre, el tono y la melodía.
Los relatos de mi abuela eran impresionantes. Podía tenernos con la boca
abierta durante horas, contando historias interminables, llenas de
recovecos y vueltas atrás. A mi hermano siempre le fascinaron esas
historias y la forma de articularlas. La primera versión de La
parábola de Carmen la Reina que, desgraciadamente, imperativos
editoriales obligaron a recomponer en formato más tradicional, era, como
los cuentos de mi abuela, una sola frase de 400 páginas, con pausas
indicadas por comas, sin un solo punto y podía seguirse sin ningún
problema. A mí me gustaban también, pero no por los contenidos, muchos
de los cuales he olvidado por completo, ni por la forma de articularlos,
sino por el grano de su voz al decirlos. Tenía una voz aterciopelada,
maravillosa. Es ese tono lo que he intentado recuperar en mi escritura.
Por eso, supongo, de la música, lo que más me ha influído como
escritor, no ha sido la clásica (Beethoven, Mozart o Bártok, que conocía
casi de memoria de tanto escucharlos y que podía tatarear sin fallar una
sola nota), sino el rock, por lo que tiene de una voz no cantada y
artificial (como en la ópera) sino hablada. PA - Es interesante
observar cómo los acontecimientos decisivos de su carrera como poeta y
profesor han ocurrido por un cúmulo de casualidades. En realidad, en
aquella época, usted habría podido escoger otros caminos: el de atleta,
el de economista, el de arquiteto, el de compositor de música rock, el de
poeta... pero resolvió ser profesor y poeta. JT - Sí, creo que el
origen de muchas cosas es simple producto del azar y no depende de nuestra
voluntad. Yo nunca tuve la intención de convertirme en profesor, pero
cuando hacía el servicio militar en Valencia tuve la oportunidad de
incorporarme como ayudante a la cátedra de Literatura Española, ya que
tenía una tesis de licenciatura y una tesis doctoral en marcha y muy buen
expediente, lo que me permitía ganar un dinero (poco, pero menos era
nada) y conseguir permisos para salir del cuartel. De esa circunstancia,
absolutamente coyuntural, derivó mi trabajo posterior. No me quejo,
porque me gusta lo que hago, pero de ahí a hablar de «vocación» como
muchos hacen, hay un abismo. Es como en la poesía. A veces surge una
melodía, una frase y sin saber por qué, se desarrolla hasta convertirse
en un libro; otras veces, igual que nace, el impulso muere. Ese no saber
nunca de dónde surge todo ni por dónde va a salir impide que la vida se
programe con antelación y eso siempre me ha atraído. PA -¿Tal vez esto
explique el hecho de que su poesía haya recorrido caminos distintos, o
como la crítica suele considerarla, «una obra radical, sin distinción
de modos o géneros [...] Exigente y reacia a clasificaciones, en perpetuo
cuestionamiento de sus límites y posibilidades, [...] esta obra
constituye un mosaico donde voces y silencios se funden para dar forma a
un espacio dialógico, proteico y en continua transformación». En este
sentido, sigue su poesía las transformaciones del poeta Jenaro Talens? JT - Supongo que es
inevitable que así sea. Nunca escribo si no siento la necesidad de
hacerlo. No proyecto ni planifico nada que no salga de forma natural. No
soy, en ese sentido, un escritor profesional. Esa circunstancia me permite
una libertad de movimiento que, posiblemente, no tendría si me lo
planteara de otro modo. En cualquier caso, no es ningún mérito. No sé
hacerlo de manera diferente. PA - Hay poetas que
trabajan a lo largo de toda su vida una única linea temática y poética,
profundizándola cada vez más y reagrupando toda la creación poética
alrededor de un hilo unitario; existen otros poetas que hicieron de la
labor con la palabra una manera para multiplicarse, para crear una pequeña
constelación de voces y de poéticas (pienso, por ejemplo, en los heterónimos
de Pessoa). De qué lado se colocaría usted, si tuviera que resumir en
pocas palabras su «largo aprendizaje» con la palabra poética?
PA -¿Qué representa
para usted el proceso de la escritura? (una necesidad, un refugio, una
huida, un proceso armonizador, un ejercicio entre razón y sensibilidad,
una respuesta humana a una angustia existencial, algo que no tiene
explicación...?) JT - Refugio o huída,
jamás. No creo que sublimar los problemas existenciales escribiendo sirva
para mucho. Los poemas salen, al menos en mi caso, de un desconcierto
incontrolable ante cosas cuya causa última ignoro, pero cuyos síntomas
puedo analizar cuando leo lo que he escrito. Es como en el psicoanálisis.
El que escribe es el analizado, el que lee y corrige, el analista, aquél
que es capaz, porque está fuera, de detectar contradicciones en el
discurso que escucha y plantear preguntas, sin pretender nunca dar
respuestas, ni curar a nadie. Como excusa para asumir simbólicamente la
esquizofrenia de ser varios a la vez, es maravilloso. Y mucho más barato,
además. PA - Usted es traductor
de Beckett, Hölderlin, Goethe, Hesse, Wallace Stevens, Shakespeare,
Novalis, Jabès, Eliot, Montale, Brecht, entre otros... ¿Qué representa
para usted el trabajo de la traducción? Elisa Biagini, una de las poetas
italianas contemporaneas más relevantes, que tradujo para el público
italiano a poetas como Sharon Olds, Annie Sexton y Lucille Clifton, dijo
en una entrevista para Agulha que para ella la traducción es un
apredizaje de la humildad y de la escucha de los demás. Qué opina usted? JT - Lo de la humildad,
no sé. Para aprender a ser humilde no hace falta traducir, basta con
leer. Hay tantos que lo han hecho todo antes y mejor que el que no es
humilde es porque es imbécil. En mi caso, lo que más he aprendido
traduciendo es a escuchar la diferencia. Saber que hay otras culturas,
otros modos de pensar y ver el mundo y que todos pueden enseñarnos algo
cada día es fundamental. Aunque sea a la contra. Traducir es dialogar, no
comulgar con el otro. Hay quienes viven la traducción como una manera de
ampliar sus conocimientos sobre el mundo. Es cierto que puede funcionar así,
pero, al mismo tiempo, traducir permite hacer revivir en nuestra propia
lengua un aspecto concreto, no generalizable, pero más real, porque nos
toca de cerca, como individualidades irrenunciables y eso es más
importante porque, en cualquier caso, por mucho que ampliemos nuestros
conocimientos, el mundo es inabarcable. Esta mañana leía un poema de ese
gran sabio octogenario que es el portugués Eugénio de Andrade. Es de su
último libro, de 2003, Lugares de
la lumbre, publicado por primera vez, y en bilingüe, por Hiperión,
en Madrid, con traducción española de Jesús Munárriz. El poema se
titula «Aprendizagem da poesia» y dice así: «Durou muitos anos, aquele
verão./ Crescíamos sem pressa com o trigo/ e as abelhas. Com o sol/ corríamos
para a água, à noite/ num verso de Shakespeare ou/ na nossa boca uma
estrela dançava./ Aprendíamos a amar, aprendíamos/ a morrer. A todos os
sentidos/ pedíamos para escutar o rumor,/ não do mundo, que ninguém
abarca,/ apenas da brancura de uma folha/ e outra folha ainda de papel.»
Unos versos de una sencillez tan impresionante te obligan a ser humilde,
aunque no los traduzcas. PA - En 1987, Mari Pepa
Palomero incluía su poesía en una antología Poetas
de los 70 (Madrid, ed. Hiperión) explicando que el criterio de la
antología era reunir «una muestra verdaderamente representativa de
poetas españoles nacidos entre 1939 y 1953», y cuya obra «marcó la
ruptura de la joven poesía española con el período inmediatamente
anterior, dominado por la poesía social». Esta generación de poetas se
ha llamado de los «novísimos», o «generación de los 70». Podría
explicarnos cuáles son las características generales y comunes a estos
autores «novísimos», y cómo estos poetas llegaron a regruparse
alrededor de un «grupo» o «generación»? JT - Los membretes
definitorios suelen ser ambiguos. Los «novísimos» sólo fueron nueve,
los «nueves novísimos» que integraban la antología a que dicha
denominación daba nombre. «Generación del 70» (otros han propuesto «del
68» o similares) es otra cosa porque intenta dar cuenta de todo un
movimiento generacional del que los novísimos sólo fue una parte. Dicho
esto, una característica común, sea cual sea el modo en que se asumió
individualmente por cada cal, sería el hecho de funcionar con referentes
culturales europeos más amplios que en la generaciones anteriores de la
posguerra. En ellas también los hubo, porque muchos poetas que se han
citado como aportaciones nuestras al horizopnte lector ya estaban allí:
Rilke, Hölderlin, Stevens, etc., en traducciones excelentes la mayoría
de las veces. Lo que ocurre es que, por primera vez, quizá por la
especial situación de fin de ciclo (el franquismo ya daba sus últimas
boqueadas), lo europeo, las otras culturas, no era sólo un poso de
lecturas o un telón de fondo, sino un material con el que trabajar de
manera abierta y sin complejos. Eso se dio en llamar «culturalismo» lo
que era una forma agresiva de tirar balones fuera, acusando de escapismo a
prácticas de escritura que en nada intentaban escapar del presente, sino
analizarlo desde otro ángulo. Es curioso que los más cultos de las
generaciones anteriores (pienso en nombres como Valente, Gil de Biedma,
Barral, o Ferrater) saludaron efusivamente a los recién llegados, y nos
les parecimos tan escapistas ni tan raros. PA - Usted se reconoce en
la afirmación del crítico José Luis Falcó que subrayó, al hablar de
la poesía de la generación de los 70, su «carácter comprometido, a
veces oculto por el aparente esteticismo»? JT - Sí y no. Unos sí
que lo tuvieron; otros, no tanto. En las generaciones literarias hay de
todo, como en botica. En mi caso y en en el de muchos otros, por razones
de militancia política que ahora no merece la pena recordar, hacer un
tipo de poesía como el que decidimos hacer no implicaba comulgar con las
ruedas de molino de una situación como la que nos rodeaba. Otros, a la
vista de cómo han evolucionado los tiempos, no lo tengo yo tan claro. Esa
vieja idea de que el conservadurismo viene con los años me parece un poco
simple. Creo que en esos casos, la vertiente conservadora ya estaba en los
presupuestos de partida. PA - Jenaro, podría
resumir para los lectores de Agulha esta idea de «poesía
subversiva y comprometida», o sea, cómo usted y los demás compañeros
de generación realizaron este propósito? JT - La llamada «poesía
social» (que muchas veces no era sino «poesía de buenos sentimientos cívicos»),
imperante, como modelo hegemónico en los años sesenta se centraba en
algunas presuposiciones que a algunos de nosotros nos resultaban (y nos
resultan) difíciles de aceptar, como por ejemplo la idea de una expresión
basada en una cierta transparencia del lenguaje. La hipótesis de lo
comprensible a primera vista como forma de llegar más fácilmente al público
lector. Que en un siglo marcado por lo que se ha llamado el giro lingüístico
y por la crisis de la referencialidad, pudiesen sostenerse semejantes
banalidades no nos parecía de recibo. Esto era algo obvio en el terreno
internacional, en la poesía escrita en otras lenguas, ¿por qué en español
las cosas tenían que seguir aferradas a concepciones del siglo XIX? Poner
en evidencia la idea de «mediación» fue por ello en algún caso (y en
el mío, por supuesto) algo esencial. Cuestionar el estatuto de nociones
tales como «yo», «realismo», «intimismo», «comunicación», etc.
significaba cuestionar todo un entramado ideológico que se basaba en
ellos para hacer perdurar la falsa idea de que lo importante de un poema
es lo que el autor pretende hacer con él, no los efectos que tiene lo
escrito una vez puesto en circulación como objeto independiente. Si uno
quiere controlar los efectos, tiene que saber cómo funciona, teórica,
pero también socialmente, el discurso. No hay poesía inocente. Desde esa
perspectiva, reflexionar sobre los límites y las ambigüedades de la noción
misma de poesía era fundamental. Como afirmó en una ocasión Forster, «no
digo lo que quiero decir; quiero decir lo que digo». A eso se le llamó
ambiguamente «metapoesía» y, a veces también, mezclándolo todo, «culturalismo»
o «formalismo». Sin embargo, intentar poner al descubierto las trampas
del lenguaje no es un problema «formalista», como demuestra el hecho de
que gran parte de las luchas políticas de este principio de milenio se
lleven a cabo en el territorio discursivo,. A nadie, por ejemplo, se le
ocurre hoy acusar de escapista a quien intenta clarificar las
manipulaciones que la política introduce en el lenguaje de la información.
De alguna forma, lo que algunos de nosotros, con mayor o menor fortuna
(que ésa es otra cuestión), pretendíamos, no era evadirnos de la
realidad social por medio de la cultura, sino utilizar los medios que nos
ofrecía ésta última para intervenir en el presente, siquiera fuese a
través de ese mínima influencia que lo poemático tiene sobre el
imaginario de las gentes. PA - Cuál era el
contexto social y cultural de España en aquel entonces? JT - Bastante
contradictorio. Por una parte, el régimen pretendía mantener intactas
las estructuras que lo habían sostenido durante tres décadas; por otro,
las cosas empezaban a encontrar un modo de salirse del férreo control de
la censura. Digamos que el franquismo era aún un moribundo capaz de hacer
mucho daño (y lo hizo, en efecto), pero un moribundo, al fin. La
masificación de la universidad, por ejemplo, iniciada en 1969 huizo
tambalearse unas estructuras demasiado esclerotizadas y para ponerse al día,
con la cantidad de retiros por jubilación que acaeció en esos momentos
(muchos de los franquistas de primera hora estaban ya para el desguace por
un simple motivo gerontológico) hubo que dejar paso a genta más joven,
muchos de ellos de mi generación. La verdadera transición democrática
empezó ahí. PA - Su experiencia como
profesor universitario lo llevó a tener una vida hecha de viajes (como
revelan estos versos de su poema Estoy
implicado en algo: «Esta mañana, al fin/mientras, algo cansado,
vuelo entre las nubes, /veo a través de sus resquicios el azul del océano,/
la transparencia insólita del aire/ y sé que es cierto que soy libre,
que/ya no me vivo en nadie, que mi noche/ es profunda, y es mía//»). Al
mismo tiempo usted ha sido asociado a la «generación de los 70». Ahora
bien, en qué medida su experiencia del
«exilio voluntario» le ha permitido quedarse anclado a una idea de poética
generacional, o sea, desarrollada en diálogo con elementos compartidos
por los demás poetas? ¿Su poesía no habría crecido de manera muy
peculiar (e individual: «mi noche/es profunda, y es mía») debido a las
largas estancias al extranjero y una vez en contacto con otras realidades
linguísticas?
PA - En este sentido, la
experiencia en los Estados Unidos ha modificado algo en su estilo poético
o en su percepción estética? JT - En alguna medida, sí.
Creo, con todo, como decía antes, que fue un cúmulo de circunstancias y
no la cultura norteamericana, la que propició dicha modificación. En
aquel momento de mi vida, para alguien que había crecido con el rock, con
los westerns y fascinado por una larga nómina de autores como Dashiell
Hammett, Raymond Chandler, Ross MacDonald, Philip K. Dick, Jim Thompson,
Wallace Stevens, Ezra Pound, e. e. cummings o William Carlos Williams,
obviamente, pisar el territorio real de los EE. UU. era una experiencia
que debía de tener consecuencias. Sin embargo, lo que allí encontré,
luego lo he visto también en otros lugares, lo que me lleva a la conclusión
de que estaba en mí y no fuera de mí y coincidió con mi estancia a los
EE. UU., nada más. En viajes posteriores a otras ciudades norteamericanas
y canadienses no me ha parecido tan extraordinario lo que he visto como en
Minneapolis, así que tengo que asumir que Minneapolis es, ademâs de una
ciudad excelente, un pedazo de mi vida y por eso es importante en mi
trayectoria. No hay nada objetivo en ello. Yo siempre viajé mucho, dentro
y fuera de España. Cuando era joven, el atletismo de élite al que
pertenecía como velocista, me llevó a muchos lugares, a los que luego he
vuelto como poeta, profesor o conferenciante. Lo que cambiaba en la relación
con dichos lugares no era la circunstancia o la excusa de mi viaje, sino
el lugar (mental, sentimental o cultural) en que me encontraba en cada
ocasión. He vivido demasiadas ocasiones de reincidencia/diferencia como
para saber que los cambios vienen de dentro no de fuera. Los clásicos
(que sabían bastante más que lo que nuestra soberbia civilizada está
dispuesta a aceptar) ya lo tenían claro. Séneca había dicho que no
mejora quien cambia de lugar y no de vida y costumbres, una frase que leí
primero en Quevedo, al final de su Buscón,
y que no deja de ser una verdad como un templo. PA - El poeta peruano César
Moro dijo una vez que donde se encontraban sus amigos, allí estaba su
patria también. Puesto que usted ha vivido muchos años afuera de su país,
le pregunto cómo ha vivido estas etapas... se ha sentido alguna vez
afuera de su lugar, en un deslugar? Yo pienso que esto puede ocurrir en
cualquier lugar, incluso en la tierra de uno mismo. Para usted, cuáles
acontecimientos provocan en el ser humano la sensación del «destierro»
(físico o interior)? JT - Me encanta la frase
de Moro, que no conocía. Pese a todo, prefiero la de Juan Ramón Jiménez:
“En donde está el amor, allí está el mundo”. La prefiero porque
sustituye la amistad por el amor (que en mi caso ha sido mucho más
determinante) y, sobre todo, porque habla del mundo y no de la patria, un
término que detesto porque detrás de quienes la reivindican suele haber
un energúmeno. En ese sentido, los amigos son mi referente, esté o no
junto a ellos, pero el desamor me descoloca y me hace perder pie. Es la única
circunstancia que me ha hecho sentir el destierro más absoluto. PA - Le hice esta
pregunta porque el yo lírico de su poesía muchas veces es un sujeto cuya
centralidad y autonomía se ha perdido, está vacia, y que necesita del otro
para verse, existir, en particular, gracias al cuerpo
ajeno. Su poesía tiene una fuerte presencia de la corporalidad y de lo
concreto para restablecer el «epicentro vital humano», no es verdad ? JT - La noción de
identidad ha sido siempre central en mi trabajo, tanto teórico como práctico.
Frente a la noción de sujeto cerrado y compacto, siempre he reivindicado
una aproximación más rizomática y en proceso. Es cierto lo que dice
referente a lo de necesitar un cuerpo ajeno para existir, pero no lo
pienso en términos de “complemento”, eso que llaman “media
naranja”, ni nada por el estilo. Creo que, como afirmaba Nietzsche,
somos lo que los otros escuchan de nosotros. A diferencia del “pienso,
luego existo” cartesiano, según el cual, soy lo que no son los demás,
creo en un “soy en mi relación con el otro”. De ahí esa poética del
deseo, pero no de un deseo como falta, sino como deseo de lo que ya tengo,
por eso no hay nostalgia, ni elegía en mi trabajo. Susana Díaz, con
quien llevé a cabo un experimento de teoría dialogada (Negociaciones.
Para una poética dialógica, 2002), me lo hizo ver en las
conversaciones que hemos mantenido para el libro que está terminando
sobre mi poesía (basado en su Tesi di Laurea en la Università degli
Studi de Florencia). Nunca me había dado cuenta de ello, pero es cierto
que la alteridad (variable, movediza, en flujo perpetuo) como elemento
constitutivo del yo (también inestable y en proceso continuo de
transformación) ha sido algo que me ha preocupado siempre como problema,
no sólo teórico, sino también vital. PA - Una pregunta más
sobre su poética: me parece que con los años usted ha puesto en diálogo
cada vez más la poesía con el cine, hasta llegar al poemario de 2000, Profundidad
de campo, cuyo título, si no me engaño, se refiere a una técnica fílmica.
¿Cómo concibe usted este diálogo ente poesía y cine? JT - Nunca pretendí
relacionar la poesía con el cine, pero es cierto que reflexionar sobre
cuestiones de enunciación poética me llevaron cada vez más al
territorio del cine. Fue la poesía quien me hizo trabajar sobre la imagen
fílmica y no al revés. La forma en que el cine, por su estatuto tecnológico,
pero también por la necesidad que implica de trabajar en equipo,
cuestionaba la centralidad de un sujeto enunciativo unívoco, planteándolo
como algo sólo abordable desde la noción de constructo, me hizo pensar
la literatura desde el cine, utilizando éste, no tanto en su función temática,
de educación sentimental o fascinante (tema que abunda mucho en la relación
entre ambos medios, pero que a mí me interesa más bien poco), sino como
procedimiento sintáctico discursivo. En ese sentido, la noción de
montaje (que es importante en el terreno del enunciado, pero cuya mayor
incidencia discursiva se sitúa en el plano de la enunciación) ha tenido
mucha importancia en mi trabajo como poeta. PA - En España se
publica mucha poesía hispano-americana contemporánea. ¿Cómo juzga
usted esta relación poética entre los dos continentes? ¿Piensa usted
que en España se conoce bien a la poesía escrita en el continente
americano?
PA - Jenaro Talens, ¿podría
usted hablarnos de la poesía española contemporánea, las tendencias,
las nuevas voces, etc... ¿Todavía existe la idea de «generación»
entre los poetas que se están afirmando hoy en España? JT - La poesía española
actual goza de excelente salud. Hay, por supuesto, muchas cosas que no
tienen el menor interés, pero eso no es nuevo. Ya Cervantes hablaba en su
Viaje del Parnaso de la
“poetambre”. Las luchas por imponer una línea sobre otra son también
tópicas y tradicionales. Lo de generación es otra cosa. Hoy las
“generaciones” parecen multiplicarse sin cesar. Si uno atiende a las
listas que definen los cambios generacionales, de antología en antología
(se publican una cada año o cada dos años), hay más generaciones sólo
en la segunda mitad del siglo XX que en los dos Siglos de Oro juntos.
Publicidad aparte, lo que sí hay es un cambio de mentalidad entre
escritores nacidos y crecidos bajo circunstancias muy diferentes. Un poeta
que sólo ha conocido la transición que siguió a la muerte de Franco no
puede, por razones obvias, situarse ante el mundo de la misma manera que
lo hace alguien de mi edad. Por eso, a veces, las discusiones, si se miran
con suficiente distancia, recuerdan más a un diálogo de sordos que a un
verdadero debate. Afortunadamente los más jóvenes (los que están ahora
por debajo de los 30 años) parecen haberse decidido a salir de ese círculo
vicioso y buscan orígenes y padres donde les convienen, no donde se
supone que la inercia publicitaria les obligaría a buscarlos. Esa
libertad y variedad es buena, y existe, aunque en la superficie parezca
que no. PA - La poesía española
contemporanea tiene voces femininas muy interesantes, como testimonia la
antología publicada por Noni Benegas & Jesús Munárriz, Ellas tienen la palabra (Madrid, Hiperión), ¿no es cierto? JT - Desde mediados de
los años ochenta, la poesía escrita por mujeres ha crecido
exponencialmente. A mí me parece uno de los rasgos más definitorios del
fin de milenio en la poesía española. No tanto por el surgimiento de
nuevas voces (mujeres escritoras, y muy buenas, siempre las hubo, aunque
se les relegara por principio), sino por lo que ello ha implicado para
cambiar los modos de leer. Aunque a muchas de las nuevas escritoras les
reviente que las califiquen de feministas (por eso de rehuir,
inteligentemente, cualquier tipo de ghetto),
lo cierto es que desde la perspectiva del género, tampoco la poesía
masculina ha salido indemne del terremoto que ha supuesto el surgimiento
de eso que Vd. llama nuevas voces femeninas. Hay temas y formas de
expresar sensibilidades que no habrían sido posibles sin esa
efervescencia. Aunque sólo fuese por eso, ya merecerían el aplauso de
los que nos dedicamos a esta profesión. PA - Usted acaba de
traducir al castellano una selección de poetas portugueses contemporanos,
¿verdad? ¿Qué opina sobre la poesía escrita en portugués, la de
Portugal y la de Brasil? ¿Cuáles son los autores brasileños que usted
lee con mayor atención y gusto? JT - Participé en ese
proyecto porque me lo pidió mi amigo Nuno Júdice, uno de los poetas
contemporáneos europeos que más admiro. Nunca pensé en meterme en ese
berengenal. Leo portugués desde hace muchos años, pero nunca lo he
estudiado de manera sistemática y formal, así que temía no estar a la
altura, pero insistió y me decidí a afrontar el desafío. La poesía
portuguesa de los últimos años (la brasileña reciente la conozco peor)
me parece de lo mejor que se hace en Europa en estos momentos. No sólo
porque hay en ella algunos de los nombres vivos más brillantes (citar a
Eugénio de Andrade, Sofia de Melo, Fiama Hasse o al propio Júdice sería
dar una nómina muy reducida pero significativa de lo que quiero decir)
sino porque, en conjunto, el tono medio de lo que se escribe es muy
superior a lo que yo conozco en España, Francia, Italia, Inglaterra o
Alemania, por poner un ejemplo. De Brasil me he quedado en Cabral de Melo,
Drummond de Andrade, los hermanos Augusto y Haroldo de Campos, Décio
Pignatari y pocos más. Lo más reciente me es desconocido, aunque espero
ponerme al día en cuanto pueda, porque seguro que descubriré maravillas.
Una lengua tan musical como el portugués de Brasil tiene que haber dado
frutos excelentes, sin duda. PA - En 1992 se publicó
en Brasil, por la editorial Imago
de Río de Janeiro, una antología bilíngue de su poesía, Eutopia, con traducción y presentación de Roberto Reis. Usted me
dijo que nunca vino a Brasil. Le pregunto, pues, ¿cómo su poesía llegó
hasta la editora Imago y cómo, una vez publicado Eutopia,
la misma ha sido recibida por los lectores brasileños? JT - La idea surgió de
mi colega Roberto Reis, que era, a la sazón, catedrático de literatura
brasileña en la Universidad de Minnesota y que luego murió, muy joven,
de un ictus cerebral. Roberto era un estupendo poeta y narrador y me
sugirió la idea de hacer una selección de mis poemas para darlos a
conocer en Brasil. Brasil ha sido siempre un mundo referencial muy
importante para mí, así que dije que sí y trabajamos juntos en la versión.
Él me puso en contacto con la editorial y el volumen se imprimió en
Valencia para que yo pudiese estar al cuidado de la edición en términos
técnicos. Luego el libro se envió a Rio de Janeiro y nunca supe nada más
del tema. Roberto murió y perdí todo contacto con la editorial. Ignoro cómo
le fue al libro; si fue leído y cómo. Nada de nada. Es una pena, porque
la aventura brasileña era muy importante para mí. PA - ¿En qué sentido lo
era? JT - Por razones
sentimentales, fundamentalmente. Antes hablábamos de mi abuela. Pues
bien, cuando tenía casi ochenta años, decidió irse a ver a tres de sus
hijos que habían emigrado a Brasil a principio de los años 50, en busca
de oportunidades de trabajo. Mi abuela vivía con la menor de sus hijas,
mi madre, y tenía otras tres en España (una en Granada, otra en Sevilla
y la tercera en Palma de Mallorca), a las que la relativa cercanía geográfica
le permitía ver con regularidad, pero su primogénita y los dos otros
hijos varones vivían en São Paulo, así que, pese a su edad avanzada,
aventurera como era, se metió en un barco y atravesó el océano. Nunca
volví a verla, porque allí murió en 1968, a punto de cumplir los 90 años
y allí está enterrada. Mi hermano ha viajado varias veces a Brasil y en
una ocasión me trajo una foto de la lápida, pero yo nunca puse los pies
allí y es algo que tengo que hacer algún día. Aunque sólo sea por ver
el país donde mi abuela decidió quedarse para morir. Hace un par de
semanas, de viaje hacia Buenos Aires, el avión que me llevaba desde Zürich
hizo escala en São Paulo. Sólo fueron un par de horas, pero no sé por
qué, mientras el aparato planeaba sobre la ciudad, antes de aterrizar, me
vino a la cabeza la imagen de mi abuela, allá abajo, en algún lugar,
bajo la tierra y en el mismo aeropuerto escribí un poema para ella, Otra
vez, sin pretenderlo, que dice así: “Millares de ojos ciegos
parpadean/ en el silencio de la noche./ Desde el cielo brumoso en cuyas
alas/ cruzo a vuelo de pájaro por la ciudad/ de São Paulo (ese otro
mundo/ tuyo que nunca conocí)/ vienes de nuevo a mi memoria:/ tu cuerpo
diminuto vuelto al polvo/ en una nada diferente,/ y en un lugar que no
distingo,/ la sola huella de tu paso, un nombre/ medio borrado por la
lluvia y dos/ fechas sobre una lápida en que el tiempo/ se habrá puesto
amarillo sin pensar en ti,/ Yeya nacida entre los balbuceos/ de otros días
azules,/ de otro sol,/ de otra infancia.” Por eso aquella antologia era
importante para mí. Es absurdo, porque mis tres tíos ya habían muerto y
mi abuela también y no tengo mucho contacto con mis primos, pero era como
un modo inconsciente de decirle a la memoria de la Yeya (como yo la
llamaba de pequeño) que no la había olvidado. PA - Para terminar, me
gustaría saber cuáles son sus proyectos poéticos futuros. JT - Acabo de terminar un nuevo libro. Precisamente el poema que le citaba antes pertenece a ese ciclo. Supongo que aparecerá en otoño o a principios del año próximo. Luego, no sé. Los poemas surgen cuando quieren. Sólo me queda aceptar ese periodo de silencio productivo, como lo llamaba Giorgos Seferis, que tengo por delante y prepararme para la nueva aventura, si es que llega, que espero que sí. |
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Prisca Agustoni (Suiza italiana.
1975). Vivió 9 años en Ginebra, donde se licenció en Literaturas Hispánicas
y Filosofía. Es poeta y traductora, escribe en italiano y en español.
Actualmente vive en Brasil, donde prepara una tesis de doctorado en
literatura comparada. Contato: bilbeli@hotmail.com.
Entrevista realizada en Ginebra, abril, 2003. Página ilustrada com obras
do artista Fernando Casás (Galiza). |