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revista de cultura # 37 - fortaleza, são paulo - janeiro de 2004 |
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La ciudad para Lorca y Rimbaud: visiones de un poeta Federico Rivero Scarani
I.
Algo
a destacar es que para Rimbaud la realidad no llega a su interior de forma
ordenada, es decir, lo percibido, el objeto en sí, es aprehendido “como
una serie de olas de sensaciones diversas” siguiendo la comparación de
Martino, las cuales son yuxtapuestas por el poeta a través de imágenes
en el momento de la creación. A esto se suman los estados de alma que en
su intento de abrirse a las visiones del exterior asimilan el objeto y
“lo desconocido” que se supone estar subrepticiamente ligado a él.
Aquí estaría el tópico del “poeta vidente”, en
este caso desordenando sus sentidos con el objetivo de consubstanciarse
con la naturaleza, (actitud que se vincula con los Paraísos
artificiales de Baudelaire). Los
“cuadros coloreados”, como aseguró Verlaine, es el sentido que se le
debe atribuir al vocablo que ilustra el título de la obra; estos cuadros
pueden nuclearse en cinco grupos o ciclos poéticos: 1. el ciclo de las
vigilias, 2. el de los paisajes, 3. el de la reflexión del mundo, 4. el
de la ciudad (que servirá de motivo para García Lorca en Poeta
en Nueva York), y 5. el ciclo del genio. Personalmente optaré por el
cuarto ciclo o núcleo temático referido a la ciudad y a la modernidad
incipiente. En este ciclo se incluyen los siguientes poemas: “Los
puentes”, “Promontorio”, “Ciudad”, “Ciudades (I)”,
“Ciudades (II)”.
La
vida de los ciudadanos oscila entre el dramatismo brevemente referido:
”las tiendas han de contener dramas
bastantes sombríos”, y el ocio suntuoso y exótico de los pudientes:
“algunos potentados orientales (…) se dirigen hacia una diligencia
de diamantes” (“Ciudades II”). Rimbaud, a pesar del aparente
desorden asimilado, construye y monta las ciudades a veces sirviéndose de
lo hiperbólico: “y esta cúpula es una armadura de artístico acero, de
aproximadamente quince mil pies de diámetro” (“Ciudades II”), y
“sus trenes flanqueando, cruzando y remachando los bloques de este
hotel” (Promontorio), “corporaciones de cantantes gigantes”
(“Ciudades I”). Todo es desmesurado, pantagruélico como el afán de
progreso de la Modernidad. El
cosmopolitismo se asienta en estas grandes urbes; la acumulación de las
inmensas construcciones son percibidas por el poeta a través de una
perspectiva desde “abajo”: “imposible expresar la opacidad del día
producida por este cielo inmutablemente gris” (“Ciudades II”). Las
imágenes sobre las ciudades también son abordadas desde lo alto: el mar,
las construcciones, el momento del día, pero los objetos en sí, cuando
parecían estar unidos y yuxtapuestos, de pronto se separan disgregándose:
“un rayo blanco, cayendo desde lo alto del cielo, aniquila esta
comedia” (“Los puentes”). Caos y dispersión misteriosa, quizás por
el desarreglo de los sentidos, cierran una composición en donde el mundo
tangible cede ante el otro como un drama que sólo lo percibe el vidente,
el poeta. II.
La
voz angustiada se reafirma en su rebeldía de poeta y hombre, así como en
la libertad de imaginación para la elaboración de los poemas; esta última
parece converger con la estética surrealista sobre todo en lo que
respecta a la renovación de las imágenes y del lenguaje poético. A
fines de 1928 García Lorca abandona la estética gongorina y manifiesta
su posición estética del momento diciendo: “inspiración, puro
institnto, razón única del poeta. La poesía lógica me es
insoportable.”; el símbolo, la metáfora, la comparación, no pasan
enteramnete por el “filtro” de la razón decantando su “pureza”,
es ahora el inconciente quien moldea dichas “iluminaciones” que a su
vez poseen su propia lógica interna, o, para ser más precisos, su analogía.
Lorca
cuando llegó de NY trajo “hechos poéticos” que “no son aptos para
ser comprendidos rápidamente sin la ayuda cordial del duende”. El
duende se transforma en el método poético, en la inspiración para
acceder a la difícil comprensión de la metáfora; porque el duende posee
en su esencia la muerte y nace de la pena y del dolor, y es así que, para
consustanciarse con los verso de “Poeta en NY”, sea necesaria su
presencia, sentirla en la letra y dejarse invadir por “sonidos
oscuros”, sinestecia que ilustra el concepto,l a idea atávica que
desarrola el poeta en sus Conferencias. El duende además de creación e
interpretación del fenómeno artístico, es fuerza que radica desde los
tiempos antiguos (Tarsetos). Esta fuerza atávica permite la comunión
entre el poeta y el “hecho poético”, en este caso, experimentado en
la Gran Manzana. Lorca comprende la desdicha de aquellos ciudadanos anónimos,
oprimidos, en una ciudad arquetípica de la Modernidad que se comporta
como un matadero: “He venido para ver la turbia sangre/ la sangre que
lleva ma´quinas a las cataratas/ y el espíritu a la lengua de las
cobras/ Todods los días se matan en Nueva York/ cuatro millones de patos
…” (“NY Oficina y denuncia”). Es la vida bajo la égida de la
cantidad y de los números. Rimbaud
y García Lorca comparten casi la misma visión sobre la ciudad: el
tiempo, el número, la cifra. Para Rimbaud el hombre ya está muerto
“veo nuevos espectros”, para Lorca, los obreros gimen y aúllan de
desesperación llegando casi a la animalización que les niega la condición
humana.
Asesinado
por el cielo (…) No
sólo el poeta se ve como víctima, como un ser muerto por algo que debería
ser simbólicamente salvación (“cielo”), sino que se ve desorientado,
perdido en la ciudad aplastante donde la naturaleza está mutilada: “el
árbol de muñones … animalitos de cabeza rota”. El poemario comienza
con u emisor lírico en soledad, ignorando su identidad y desposeído. La
muerte está presente en la mutilación de la naturaleza que aparece como
escenario de fondo donde el poeta y los hombres se duelen. Este es un étymon
arraigado en esa visión del mundo cotidiano en el cual el sufrimiento da
lugar a un principio configurador. El
autor penetra en la aridez del mundo moderno; queda atrás su Granada
natal y se abisma en la ciudad donde la aurora es percibida como un
templo, o un edificio, una arquitectura más del paisaje urbano. Se
introduce en lo profundo de la contemplación visionaria, se deja habitar
por el duende: La
aurora de Nueva York tiene La
aurora de Nueva York gime La
aurora llega y nadie la recibe en su boca La
luz es sepultada por cadenas y ruidos La
Aurora, personificada, connota la esperanza y la redención, como fenómeno
natural es desnaturalizada. El vacío y la nada se expresan en negaciones.
El capitalismo en su antropofagia elige a la inocencia representada por niños
taladrados y abandonados por el sistema. Hasta la luz en toda su connotación
no tiene cabida, es sepultada, por la música urbana. |
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Federico Rivero Scarani (Uruguay, 1969). Poeta. Publicó La lira el cobre y el sur (1993), Ecos de la Estigia (1998) y Atmósferas (2000). Contato: fscarani2@yahoo.com. Página ilustrada com obras do artista Júlio Resende (Portugal). |