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revista de cultura # 38 - fortaleza, são paulo - abril de 2004 |
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Víctor Manuel Cárdenas: viajero de la poesía Ricardo Venegas
RV -
¿Qué te
ha dado la poesía? VMC - Me ha dado muchas satisfacciones, muchos
amigos, la oportunidad de viajar por el interior del país, de conocer prácticamente
toda la República. Si bien dinero nunca ha dado la poesía, sí ofrece la
enorme satisfacción de meterse de pronto a un mundo que nunca imaginé,
porque en realidad mi formación es de historiador, yo estudié la carrera
de Historia, la misma realidad y las cosas que me han sucedido me llevaron
a la poesía, lugar donde me siento como pez en el agua. RV - Hace poco en una conversación con Eduardo
Casar nos comentaba que a ti te gustaba y que en ocasiones tenías la
capacidad para poder hacer esos libros pero con una temática de lleno,
por ejemplo dejar de fumar, etc. que era lo que nos comentaba Casar ¿Cómo
haces este trabajo? VMC - Yo creo que ahí se delata la vocación de
historiador, de hecho el primer libro que escribí y se publicó, el Primer
libro de las Crónicas, en su primera parte, son una suerte de relatos
de sucesos que pasaron en
Chiapas en los años setentas; la segunda parte es el regreso a Colima, a
mi natal Colima. Creo que me
preocupan no los poemas aislados, de hecho casi no publico poemas sueltos,
me piden poemas para revistas pero no los entrego, no porque no me gusten
sino porque creo que los poemas son parte de un todo, yo los manejo como
cuadernos, son cuadernos temáticos, de hecho cada uno de mis libros son
como capítulos, ya que tengo cinco capítulos con una temática
diferenciada pues ya sale un nuevo libro. Eso además fue una cosa curiosa
porque yo no me lo propuse, sino que así fue como sucedió, primero con
unos textos sobre el blues, un poemario pequeño que se llama “Después
del blues”, que publicó Punto de partida, que es un homenaje a
cantantes del blues y que fue jugando, escuchando, descubriendo el blues y
comparándolo con los cantos indígenas; llega un momento en que recreo la
vida de las cantantes del blues, luego de algunos músicos y después de
los cantos indígenas; utilizo las formas del blues, utilizo las formas de
las lenguas indígenas y las llevo al texto, en ese momento yo no sabía
qué era la poesía, yo escribía porque me gustaba y me daba la gana y
los azares del destino me llevaron a conocer a Juan Bañuelos, él me
invitó a su taller en San Cristóbal de las Casas y ahí fue donde yo
empecé a trabajar. Lo primero que trabajé de hecho fueron esos textos
sobre el blues y enseguida, paralelamente a esto, estuvieron
los hechos trágicos, bastante desgarradores, como fueron las
matanzas de Naquém en 1976 y la de Wololchán en 1980,en Chiapas; estas
matanzas que fueron terribles y que fueron un parteaguas, no en la selva
lacandona sino en otra parte de la zona indígena de Chiapas, la zona
norte, fueron muy impactantes, recabamos muchos testimonios de lo que había
sucedido y esos textos los fui trabajando primero como crónicas y después
los trasladé a la poesía; entonces traté de construir, hacer un
intento, sobre todo en el poema “A la hora del fuego”, que son
monólogos de personajes que murieron o que sobrevivieron a la matanza de
Naquém. Hice una serie de relatos en primera persona donde cada uno va
dando su testimonio. En el caso de la matanza de Wololchán es un poema de
amor (“Árbol de ceniza”) que se desgarra cuando entra la matanza y
son las voces de los indígenas que empiezan a dar testimonios de qué fue
lo que pasó, de la doble matanza de Wololchán. En ese momento yo no tenía
claro lo que era la poesía, escribía casi como
para dar testimonio,
dar fe del asunto y ya fue con el taller de Bañuelos que empecé a
trabajarlos con un sentido más poético y empecé a conocer por dentro lo
que es la poesía. De hecho, cuando llegué al taller, yo ya tenía
material, digamos, para mis tres primeros libros y estaban trabajados así,
con una temática cada uno; era el del blues, el de los sucesos de Chiapas
y el del regreso a Colima; de hecho son los tres primeros libros que se
publicaron. Después ya lo seguí como una cosa natural y ya incluso
trabajo por temporadas, en vacaciones, es cuando me pongo a escribir,
escribo muchísimo pero siempre lo voy dejando y a un determinado tiempo
saco los materiales que tengo y veo por dónde se pueden ir tejiendo, a
partir de eso es que organizo los cuadernos y
voy trabajando cada uno de los cuadernos y
cuando creo que ya están los
uno, veo que no estén en contradicción uno con otro o si es contradicción
que sea una contradicción que produzca algo. Así es como he trabajado
hasta lo último. RV -
¿Cómo has logrado conciliar o
entrelazar el trabajo del historiador y el del poeta? VMC - Yo me pregunto muy poco sobre mi trabajo.
Eduardo Casar es muy preguntón y siempre está preguntando ¿y cómo le
haces para...? Es que no sé,
así sale, así se da pero ¿qué técnica es la que usas para tomar datos
de la realidad, luego meterlos con otros que son de ficción y que se
produzca la sensación que estás buscando? La verdad, incluso él, ha
tratado de escribir algunos poemas con lo que él dice que es mi método,
pero mi método es tan bruto que yo ni siquiera sé cómo es, sino que de pronto la
idea se me viene como fue, por ejemplo,
el caso de los poemas sobre del cigarro, que fue de los últimos;
empecé haciendo poemas para pitorrearme del cigarro y fue creciendo y
creciendo y creciendo, de hecho primero comenzó siendo
un “Poemas para
dejar el cigarro”, porque por razones de salud debí de haberlo dejado,
pero de pronto una noche se transformó el asunto y me pasé un fin de
semana escribiendo una serie de poemas, después mi mujer se daba de topes
contra la pared cuando descubrió que más bien había cambiado
completamente el rumbo del poemario y que pues ya con una mejor salud me
permití seguir fiel a mis principios.
También junto a ese poemario escribí otro sobre la historia de
Colima; se han escrito muchas
fábulas sobre la historia de Colima (como en todas las regiones del país),
entonces yo me permití crear las mías a partir de algunos elementos históricos
que hay y que los historiadores locales han publicado en muchos estudios
que en ocasiones no tienen sustento histórico, yo los retomo y los
llevo al extremo, y resulta que despierto en la época prehispánica, y de
pronto en la época de la Colonia y más tarde estoy en la batalla de no
se dónde… Me divertí mucho escribiendo esas crónicas de Caxitlán,
que es uno de los lugares míticos donde se funda Colima, y escribí toda
una hipótesis de la historia; obviamente los historiadores tradicionales
pusieron un grito en el cielo por todas las infamias que se decían ahí y
obviamente los historiadores
y los escritores gozaron muchísimo un texto que es realmente festivo, o
sea, no pretende ser un documento histórico sobre la
historia de Colima sino pitorrearse un poco de lo que se ha dicho
pero haciéndolo a través de la poesía. RV -
Dicen que
la infancia es destino VMC - La infancia es una escalera, digo yo en un
poema, pero no sé si sube o baja. RV -
Me gustaría
que nos contaras algo de esa historia personal. VMC - Sí, yo tuve dos infancias, una, la natural,
en Colima, era un pueblote. Mi madre es de Comala, que era más pueblito
todavía, y tuve la dicha de pasar los fines de semana en ese pueblito que
se llama Comala; yo no lo conocí por Juan Rulfo pero afortunadamente ese
Comala es el de Susana San Juan y no el de Pedro Páramo, es verde, es
fresco, es lluvia, etcétera. Mi familia por parte de mi madre, que es
supernumerosa y muy generosa, muy vital, muy festiva; fue una infancia
realmente dichosa porque fueron muy generosos con todos nosotros porque,
aunque mi padre no estaba en casa, la familia de mi madre estaba muy
atenta a la problemática que había en nuestra casa. La fiesta era de
viernes a domingo todos los fines de semana y todavía le agregamos unas
vacaciones en Zapotlán el Grande o Ciudad Guzmán, como se le conoce,
donde también es parte de la familia de mi madre, íbamos de vacaciones a
este Zapotlán bellísimo que es todavía el que registró Juan José
Arreola y que me tocó conocer. Entonces
esa parte del mundo de mi infancia fue muy bello, muy intenso, muy
festivo, no hubo libros, nunca hubo libros en mi casa pero lo que sí hubo
fue mucha generosidad, mucho cariño, en Comala ni sabíamos en dónde nos
quedábamos a dormir ni donde andábamos ni donde comíamos, nadie se
preocupaba porque el pueblo era nuestro, si acaso en la noche había
gritos de corral a corral: ¡allá está fulano!, ¡allá está mengano!,
¡allá está perengano! Entonces nos íbamos al cine que era de
otra tía, cosas bellísimas,
todavía la película se suspendía a la hora de la bendición con del
Santísimo: daban las tres campanadas y paraban la película, todo mundo
se ponía de pie, se santiguaba y continuaba la película.
Son cosas muy bellas, muy recordables, de ese mundo tan festivo y
cariñoso. Mi abuelo era el boticario del pueblo pero a mí ya no me tocó
conocerlo, pero como dice mi abuela: “fuiste su última sangre
conocida”, pues él murió unos meses después de que yo nací y como
que algo dejó ahí; el abuelo murió de cáncer en los huesos, entonces
se deformó mucho razón por la cual el único nieto que entraba a
saludarlo y que el abrazaba era a mí, mi abuela platica historias bellísimas
de cómo mi abuelo se ponía a platicar conmigo de toda su vida y yo creo
que algo cayó ahí, porque además este abuelo era el único que era
lector en toda mi innumerable familia, era el único que seguía las
noticias de la Segunda Guerra Mundial, fue el primero que tuvo radio en
Comala, entonces era el centro de reunión para informarse de qué pasaba
de la Guerra Mundial, todo eso yo lo gozo muchísimo y lo gocé muchísimo.
Después entré a un coro de niños cantores, a partir de este coro de niños
cantores conocí la biblioteca del Seminario de Colima que para mí fue
impresionante, nunca había visto tantos libros en mi vida, y entré al
Seminario para leer esa biblioteca y casi desde el principio me nombraron
encargado de la biblioteca, lo cual fue algo muy bueno para mí porque
significó que tenía acceso a los libros prohibidos. Entre los libros
prohibidos estaba Jean Paul Sartre, estaba Camus, estaba García Lorca,
estaba Neruda, RV -
Fuiste
muy afortunado, conociste a toda la Espiga Amontinada, ¿no? VMC - Sí, ahí me tocó conocer a toda
la Espiga Amontinada, eran muy amigos y gente muy vital y muy creativa y
muy crítica; empecé a trabajar con Juan y ya Juan fue el que dijo: es
que tú tienes que ponerte a estudiar en forma todo esto porque tú tienes
madera. Ese fue mi segundo nacimiento, y a partir de ahí ya me tocó la
poesía y dejé la historia, ya he hecho muy poca investigación histórica,
más bien cuando algún amigo muy querido me dice: oye investígame tal
cosa (si no le puedo decir que no), entonces ya voy a los archivos, pero más
bien me muevo en el mundo de la poesía, de la literatura, de la novela,
del cuento, que es en el mundo en el que estoy ahora. RV -
¿Qué es para ti la poesía? VMC - La poesía, lo dice Cardoza y Aragón: “es
la única prueba concreta de la existencia del hombre”, es lo que
incluso nos diferencia de los demás hombres, de los que son insensibles.
Creo que leer poesía, gozar
la poesía, es requisito indispensable para declararse como ser humano,
todo lo demás no tiene poesía, el único ser que puede gozar la poesía
y que puede crearla y que puede recrearla es el hombre, para mí eso es la
fundamental en la vida, es el requisito de que existimos, eso es todo, la
poesía es lo más vital, es lo más libre, lo más amargo, lo más dulce,
lo más todo, lo más bello y lo más espantoso, ahí es donde está la
poesía. RV - Hay
una diversidad de voces en tu generación con propuestas estéticas tan
disímiles, ¿cómo la concibes, cómo convives con ella? VMC - Yo creo que es parte de la riqueza de la
explosión que hubo (y eso se
lo tenemos que agradecer a Díaz Ordaz y a sus huestes) a partir del 68.
Antes del 68 en provincia no había nada de interés por la literatura,
era rarísimo, eran muy pocas las cosas que había y eran muy aisladas, a
partir de ahí como que uno empieza a buscar otras cosas, no nada más la
calle para gritar, sino que empiezas a crear mundos, a crear mundos
interiores. Esa explosión que hay de poetas en toda la República, se da
uno cuenta, poco a poco, que el tomar las calles no es la única forma de
cambiar el mundo, porque nosotros ya sentíamos que íbamos a cambiar el
mundo, nosotros sí lo creímos, parece que las nuevas generaciones no lo
creen, pero nosotros sí tuvimos esa ambición y esa ambición además muy
bella, muy bella porque sí creíamos que íbamos a cambiar la economía,
la política, todo, todo lo íbamos a cambiar. Cuando yo descubro la poesía,
y cuando por azares del destino gano el Premio Nacional de Poesía Joven
(que fue además una cosa muy curiosa, porque yo nunca mandé el libro al
concurso, yo le mandé a tres amigos lectores el libro ese para que me
hicieran críticas, y uno de ellos lo mandó, entonces, cuando a mí me
llamaron para decirme que había ganado yo les dije: RV -
¿Cómo siendo poeta y estando
al frente de una revista percibes y recibes la creación literaria de los
jóvenes? VMC - Con mucha riqueza, y lo puedo decir ahora sí
con los pelos en la mano, porque una de las cosas más gratas que me ha
dado la revista es la oportunidad de volver a viajar por todo el país; el
año pasado fue impresionante, estuve prácticamente en toda la república
y conocí sobre todo a muchos poetas y narradores jóvenes y con
excelentes grados de calidad; recientemente me invitaron a ser parte del
jurado de ensayo literario y en todas las ciudades a donde había ido el año
pasado había hecho un llamado a todos los jóvenes para que escribieran
ensayo, acepté ser jurado del Premio Nacional de Ensayo Joven porque creí
que no iban a llegar materiales, y mi gran
sorpresa es que de los treinta y tres libros que llegaron, la mayoría
son libros muy bien escritos, había unos diez, que con pequeñas
correcciones pueden ser publicables, había 5 que definitivamente pueden
ser ya publicados, de hecho el libro que ganó es muy bueno (sobre Julio
Cortázar), dos finalistas, uno con variedad de ensayos y otro sobre
Francisco Toledo, esto además nos habla que no nada más están haciendo
ensayo literario, sino que también están haciendo ensayo filosófico,
ensayo sobre artes plásticas, ensayo sobre cine, hay un libro sobre
Passolini muy interesante, este concurso me hizo cambiar radicalmente la
idea de que los jóvenes en México no están practicando el ensayo, de
esos treinta y tantos libros que llegaron quince estarían en la antesala
de la publicación y eso, para un concurso que es la primera vez que se
convoca, es realmente un éxito. Creo que la variedad de lo que están
haciendo los jóvenes en México a mí me hace afirmar: ya para que
escribo, hay muchas cosas que se están haciendo y bastante bien, ya no me
preocupa tanto escribir (risas). |
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Ricardo Venegas (México, 1973. Poeta. Dirige la revista literaria Mala Vida, Mester de Junglaría. Es autor de libros de poesía El silencio está solo (1994), Destierros de la voz (1995), y Escribir para seguir viviendo (2000), éste último de entrevistas con Ricardo Garibay. Esta entrevista pertenece al volumen Con-versaciones, de próxima aparición en México. Contato: ricardovenegas_2000@yahoo.com. Página ilustrada com obras da artista Mirta Kupferminc (Argentina). |