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revista de cultura # 38 - fortaleza, são paulo - abril de 2004 |
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artista convidada: mirta kupferminc |
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Caras de Mirta Kupferminc Carlos Barbarito
Me reconozco tanto en una carta escrita para explicar
el encogimiento íntimo de mi ser y la castración insensata de mi vida,
como en un ensayo exterior a mí mismo, y que aparece en mí como un
engendro indiferente de mi espíritu. Antonin Artaud, El ombligo de los limbos.
¿Por qué de madera y no
de cristal? Porque el arte de Mirta Kupferminc no me parece incoloro y
transparente sino engrosado, apiñado, está elaborado con lo que
permanece oculto debajo de la cáscara, la corteza. Ojalá fuese
posible un arte amable – siento que dice la artista -, un arte
cristalino, capaz de reflejar múltiples y permanentes colores. Pero
eso no le es, todavía, posible. Un ojo suyo está puesto en el pasado,
cuyo paradigma es el Ghetto de Lodz, en Polonia, con sus fantasmas y,
entre ellos, el de Daniel Kupferminc; el otro en un presente que, una y
otra vez, se obstina en repetirlo. Un lugar privilegiado en
el imaginario de la artista es Praga, la ciudad donde transitó el Golem,
donde nacieron Franz Kafka, Gustav Meyrink y Rainer Maria Rilke. La ciudad
de las cien cúpulas, compuesta por callejuelas de trazado irregular,
en la que se destacan el castillo de Hradcany, la catedral gótica de San
Vito, las iglesias barrocas de San Nicolás, la sinagoga vieja y el
antiguo cementerio judío en la Staré Mesto, es el escenario donde la
artista sitúa el perfil del Golem que sólo es posible, en medio del
trazado urbano, descubrir mediante un espejo. Nunca estuve en Praga - de
ella sólo conservo una piedra que unos amigos trajeron desde allí-, pero
sé más de Praga que de otros lugares en que sí estuve, sé de una Praga
mística, secreta, construida con armagasas de sueños, de imaginaciones.
Esta otra Praga es la de Mirta Kupferminc. Una ciudad invisible, pero
presente, debajo de la urbe visible, en la que la creación del rabino
Juda Low –que turbó la imaginación de Borges, entre muchos otros-
vuelve a corporizarse cada treinta y tres años.
Sillas, mesas. Mirta
Kupferminc me contó que siempre está tras esos muebles, pero cuanto están
rotos, cuando son declarados, por los otros, inútiles. Es decir, cuando
registran las huellas del tiempo o del maltrato y son abandonados en la
calle, en algún baldío. Incluso, en alguna oportunidad, tuvo cierta
discusión con un recolector de cosas viejas que acabó con una mezcla de
resignación y caballerosidad de este último. Kupferminc interviene esos
muebles, los transforma, los sitúa en otro plano. Les devuelve la
dignidad, sí, pero, también y sobre todo, los traslada de lo que
llamamos la realidad a lo que llamamos lo imaginario por el estrecho
pasadizo que los comunica. Es difícil no sentir emoción ante lo que,
salvado de su destino de trasto, de desecho, es centro de irradiación de
secretos, de luces, de saberes, de dudas. Incluso, en una obra
extraordinaria, La naturaleza imita al arte, frase de Oscar Wilde,
un Archimboldo, Invierno, de 1563, comparte un lugar con una raíz
tal y como fue encontrada, cuya disposición es semejante a la que el
pintor del siglo XVI dispusiera a modo de cabellera en el personaje que
representa la estación.
Hay en algunos grabados de
Kupferminc otros secretos, además de los ya comentados. En la serie de
los naipes y del joker fragmentos de las obras pueden ser vistos como
otras obras, con nuevos títulos. El joker, aguafuerte/aguatinta,
de 1983, puede ser dividido en dos, El joker entrega el corazón y El
joker no tiene dama, y cada una de estas obras adquieren entidad y
autonomía lejos de la “matriz” en la que estaban. Dice Julio
Sapollnik que, de ese modo, las obras dejan de tener un arriba y un abajo,
la composición encuentra orden sólo en el piso en damero sobre el que se
apoyan las figuras y las cosas. En apariencia esta serie no tiene vínculo
con otras, como la de Ahora Babel, infiernos o paraísos y Un
mundo feliz. Pero no es así, de nuevo caras estrechamente
relacionadas, diversos aspectos de un mismo asunto, la soledad, la
incomunicación, el eterno deambular, el no poder llegar a parte alguna,
el deseo de alcanzar una respuesta, una llave. Acaso los pequeños objetos
dorados que componen Un mundo feliz, en directa referencia al libro
de Aldous Huxley, con su carga de memoria de infancia -sometidos a la
intervención de la artista- signifiquen, más que la nostalgia por una
supuesta Edad de Oro, representada por la niñez, un ansia por alcanzarla,
asunto muy caro a la cultura judía desde su salida de Egipto: lo prometido
está adelante - su busca significa ni más ni menos que la historia-.
Dice la artista al respecto: En esta serie me propuse preservar valores
muy queridos para nuestra cultura y que está en riesgo de extinción.
Esta preservación es casi museológica. El uso del dorado es para
simbolizar algo muy valioso. |
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Carlos Barbarito (Argentina, 1955). Ha publicado libros como Páginas del poeta flaco (1988), Viga bajo el agua (1992), y La luz y alguna cosa (1998). Contato: carbar8@hotmail.com. Página ilustrada com obras da artista Mirta Kupferminc (Argentina). |