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revista de cultura # 38 - fortaleza, são paulo - abril de 2004 |
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Juan Sánchez Peláez: el que arrojaba uvas ardientes Lorenzo García Vega
Algunos poetas, o literatos, o como quiera llamárseles,
que irrumpimos en aquel momento de la churumbela hispanoamericana
comprendida entre los años 1940 y 1955, nos encontramos en los cinematógrafos
viendo unos patéticos noticieros donde el locutor, com voz "de
circunstancia", nos señalaba que lo que estábamos viendo: una
explosión atómica sobre unas ciudades japonesas, era todo un nuevo Capítulo
de la Historia (así mismo, con mayúscula, o con voz de mayúscula, lo
decía el locutor) que iba a cambiarlo todo, o a descomponerlo todo. Así
que la angustia existencialista estaba a la orden del día. Una angustia
existencial que se nos teñía con los buenos fuegos del surrealismo. Así mismo fue. Entramos
bajo una explosión atómica relatada por un locutor, y nos refugiamos, a
como pudimos, bajo los últimos tiros del surrealismo. Así que los que éramos
jóvenes en aquellos tiempos –unos jóvenes que nos habíamos propuesto
refugiarnos bajo el desbarajuste metafórico de la vanguardia-, y vivíamos
en el aislamiento de una isla, nos alimentamos a como pudimos con lo que,
del mundo exterior, nos llegaba a través de las librerías de La Habana,
Y esto, mientras en la tierra firme, o sea, en el continente, un
venezolano a quien no conocíamos, Juan Sánchez Peláez, se desplazaba
hacia Chile, a recoger el legado de esa surrealista revista Mandrágora
donde, según un crítico: "Los mandragoristas se abrieron paso a
codazos, rompiendo salvajemente con todo; gritos, improperios, insultos al
medio sin preocupación por las buenas formas"; y esto para después,
en un viaje en velocípedo, según confesó Juan en uno de sus poemas,
terminar él en ese París donde conoció a Peret, y donde se
asimiló cosas tales como la "noche profunda y larga de mi
edad", señalada por Eluard.
Y, ¡qué lástima!,
salidos de aquellos cinematógrafos donde estallaba la bomba atómica los
jóvenes, que vivíamos rodeados de agua por todas partes, no pudimos
vincularnos, del todo, con las grandes sombras surrealistas,
hispanoamericanas, que rondaban por la tierra firme: César Moro, Molina,
o Emilio Adolfo Westphalen, o... En fin, que tuvieron que
pasar muchas cosas, y, entre ellas, el salir como en estampida de la isla,
para poder, después de algunos años, y después de la contra-cultura, y
ya en New York, podernos encontrar con el surrealista, amigo y coetáneo,
Juan Sánchez Peláez, conque nos debíamos de habernos encontrado antes,
mucho antes. Pero, en fin... Estábamos destinados a encontrarnos, y las
Leyes de la Necesidad Cósmica (unas Leyes que pudieron haber sido
dictadas por ese Gurdjieff que estuvo leyendo Juan la última vez
que lo vi ) condujo al poeta Octavio Armand a ponerme en contacto
con Juan (y con su compañera Malena, por supuesto), en una noche
neoyorkina de la década del 70. Y ¿quién era Juan, poeta
venezolano nacido en 1922, en Altagracia de Orituco, estado Guárico, y
que murió en Caracas, en noviembre del año pasado, ¿quién
ese Juan que, con camisa de cuello de tortuga y ojos picassistas,
conocí en una noche de New York? Pues bien, mirando por una ventana de
este mes de enero, por una ventana que, no se sabe cómo, me pone en
contacto directo con el oro viejo, ¿alquímico?, de una luz, esto
así, sin más ni más, me enfrenta con el peso de la ausencia de éste,
mi amigo el poeta Juan, quien
tan bien definirse supo de esta forma: Y sé de mis límites/
- poseo morada, mi morada es / la ironía,/ a lechuza viva, no/
embalsamada/ la lechuza que está en el pozo de la/ luna/ a la una muy
sola de la/ madrugada."
O Juan, ¿cómo sabría
decirlo?, con su sordera, en los lentísimos, lentísimos paseos que hacía,
y en los que él, como una figura del Zen a quien le
acabaran de haber quitado el bastón que en realidad nunca había
tenido. Lentísimos paseos, repito, y sobre todo recuerdo uno, paradigmático,
que nos dimos por el paseo de los Chorros en Caracas., y en
donde a mí se me ocurrió decirle a Juan que, en cualquier momento, de
brazos con la Emperatriz Carlota, bien se nos podría aparecer ese Ramos
Sucre, poeta venezolano tan cercano a nosotros. Se me ocurrió decirle y
el amigo Juan, poeta sin bastón, avanzó unos pasos, como el solía hacer
en sus paseos; y retrocedió un paso, como él enseguida volvía a hacer;
y me agarró del brazo, como a continuación siempre el solía hacer; y
esto para, como siempre, finalizar abriendo los ojos, o tapándose la
boca, tal como un genial personaje de película silente que supiera
decirlo todo sin tener que utilizar ningún sonido. Pues Juan, a su
manera, junto a lo colorinesco de su palabra, fue un personaje de película
silente. Aunque eso sí, un personaje silente, que en ciertos momentos,
supo cantarnos "Júrame", aquella canción, compuesta por María
Greber en 1926, y que él tanto quiso ("Estoy seguro -me dijo una
vez-que de haber sido conocida por los viejos surrealistas hubiera sido
una de sus canciones favoritas").
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Lorenzo Garcia Vega (Cuba, 1926). Poeta e novelista. Autor de libros como Vilis (1998) e Palindromo en otra cerradura (1999). Contato: logar8@yahoo.com. Página ilustrada com obras da artista Mirta Kupferminc (Argentina). |