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revista de cultura # 38 - fortaleza, são paulo - abril de 2004 |
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Giuseppe Ungaretti, ¿hoy? Rodolfo Alonso
No dudo que me engaño pero, a la vista de palpables
evidencias, ¿cuál será hoy la respuesta? (Y no me refiero, por
supuesto, a la cantidad de ejemplares en circulación, que puede incluso
llegar a ser mayor, sino a la intensidad de su recepción, a la calidad de
la digestión no sólo estética sino también obviamente cultural que una
obra de semejante calibre estaría llamada a generar.) Aunque soy
dificultosamente optimista, o más bien
escéptico apasionado, como –salvando las distancias-- se aludió a un gran
humanista [2], no resisto la tentación de reproducir algunas reflexiones
que, ya en 1966 [3], el mismo Ungaretti puntualizó sobre estos temas,
acuciantes sin duda: “Hay algo en el mundo de los lenguajes que ha
acabado definitivamente. (...) El hombre, me parece, no atina más a
hablar. Hay una violencia en las cosas que se convierte en su propia
violencia y le impide hablar. Una violencia más fuerte que la palabra.
Las cosas cambian y nos impiden nombrarlas, y por lo tanto fundar reglas
para nombrarlas y permitir a los otros gozar de ellas. (...) Podría ser
éste el apocalipsis. Es cierto que al no poder imitar más al pasado ni
unirse a él, hemos perdido la ciencia de las cosas.” Para concluir, no
menos dramáticamente: “Somos hombres que han sido arrancados de su
profundidad... (...) No, las palabras no nos sirven. Las palabras de las
viejas retóricas son palabras sin suficiente fuerza de secreto.” Y si
tal era, para un extremado artista de la palabra, hace casi cuatro décadas,
la desolada situación de la poesía en un mundo desolado, ¿cuál sería
hoy su perspectiva al respecto, en estas áridas y ácidas circunstancias?
Fue Cernuda quien, citando nuevamente palabras de Bécquer
en su prólogo a La soledad de
Augusto Ferrán (la obra poética “adquiere las proporciones de la
imaginación que impresiona”) me hizo presente que, más allá de los
valores objetivos implícitos en una obra concreta, es difícil que ésta
acceda a ser justipreciada cabalmente por sus presuntos destinatarios si
ellos carecieran por ejemplo de oído.
Pero bien sabemos, nos consta que, ante tanta incertidumbre, estamos
partiendo desde una absoluta certeza: la poesía de Giuseppe Ungaretti es
sin duda alguna, si las hay, una evidencia cabal, más que lograda, y por
lo tanto todo está dispuesto para que “el rayo de la comunicación”
(esa magnífica alusión de un gran semiólogo, Roman Jakobson, con
respecto al instante en que el lenguaje humano se realiza) se perpetúe.
¿Pero ha de ser casual que fuera hace poco un
latinoamericano, es más, un brasileño, Haroldo de Campos [4], quien casi
como al pasar haya aportado cierta agudeza a estos enfoques, al
percibirlo, no sin lucidez. “desértico y barroquizante al mismo
tiempo”? (Tan poco casual como la propia relación de Ungaretti con
Brasil: después de participar en Buenos Aires de un congreso del Pen Club
Internacional, fue invitado dar clases en la Universidad de São Paulo,
donde permaneció desde 1936 a 1942, y donde en 1939 sufrió uno de los más
grandes dolores de su vida: la muerte de su hijo Antonietto, de sólo
nueve años.) Aunque el mismo Ungaretti resultó capaz de revelar las
implicancias de adoptar “la fe de que no puede concebirse el mundo si no
es por la revelación de una palabra inolvidable” [5]. “Miglior fabbro”, si, sin duda, tanto o más que
el Pound a quien Eliot dedicó de esa manera su Waste
land, pero también “uomo di pena”. Fue el mejor artífice porque quizá ningún otro en su tiempo, no sólo
por supuesto en su propia lengua sino acaso en toda Europa, llevó más
lejos y más alto aquella “prolongada oscilación entre sonido y
sentido” con que, tan cabalmente, Paul Valéry logró aludir al poema.
Pero fue también, al mismo tiempo, ineludiblemente, hombre
de pena porque nunca hubo para él palabra, por más dignísimamente
elaborada, de la que no pudiera asegurar: “cavada está en mi vida /
como un abismo”. Y no sólo en un sentido existencial, individual, tan
legítimo, sino también para muchos no sin cierta sorpresa con un
inusitado alcance colectivo, no apenas por supuesto cultural, sino de
especie, genérico, humanísimo.
Tuvo que ser un poeta de varias generaciones
posteriores (incluso en sus comienzos bellamente dialectal, para nada
aquejado de hermetismo, y más cercano a un realismo que no se privaba de
lo político-social), que era también un intelectual tan desinhibido como
incisivo, Pier Paolo Pasolini, quien pudo ampliar cierta visión del gran
poeta: “la historia de la poesía de Ungaretti se despliega (...) por
definición en el centro de la historia de la poesía del siglo XX” [7]. Mi propia inmersión juvenil en el intento casi utópico
de traducir gran poesía, y de traducir nada menos que a Ungaretti,
llevado a cabo al mismo tiempo con tenacidad y beatíficamente, tanteando
en los dominios simultáneos del sonido y del sentido, a través del
razonamiento y del instinto, tanto las mil y una posibilidades
significativas como los múltiples, riquísimos efectos encarnados de
tono, densidad, ritmo, me colocó directamente en un estado de empatía,
que desde entonces siento esencial para encarar tan ardua, tan fecunda
tarea, que tiene a la de vez algo de Prometeo y algo de Sísifo. Tan
acuciante en sus detalles, tan enriquecedora en sus vivencias, que tampoco
estas palabras alcanzarían a describir cabalmente sus alcances. Si algo
puede conseguirlo es su propio resultado, por inestable y arriesgado que
por más honesto resulte, la versión en nuestra lengua, después de todo
aquejada, colmada por los mismos abismos y las mismas riquezas que, como
ser soberano y autónomo de lenguaje, implica el original. Sólo agregaré al respecto una circunstancia, tal
vez reveladora. Mi primera intuición de los textos escritos por
Ungaretti, con respecto a su eventual lectura oral por el autor, fue la de
imaginarlos dichos como secretos, hacia adentro, susurrados, casi íntimos.
Pero ya a partir de las primeras grabaciones de su poesía que pude
escucharle y luego, en 1967, al recibirlo en mi casa durante su nueva
visita a Buenos Aires, pude comprobar que en realidad él decía sus
poemas como un grito, que se me hizo una dolorosa, tensa, trágica
imprecación contra los cielos desde tierras desiertas, como nuestra auténtica
baguala escuchada en plena Puna, en trance, a solas, sin mediación
posible de espectáculo alguno, o como el no menos dignamente ajeno a
cualquier tipo de proscenio “cante alto” del mejor cante jondo, viva voz en silencio, sin música, “a palo seco”.
La gran poesía de Giuseppe Ungaretti se sabía
viva, no congelada, no concluida. Tras una vida entera destinada a no
“caer en servidumbre de palabras”, está todavía abierta, disponible,
ofrecida para cada uno de nosotros, temblorosa y latente, si somos dignos
de ella, si estamos a su altura, porque sigue realmente encarnada, en sus
magníficos poemas, la posibilidad de “conducir las palabras”, como él
quería, como él supo, “a una tensión que las colme de su
significado.” NOTAS
1. Poemas
escogidos, de Giuseppe Ungaretti (selección, traducción y
prólogo de Rodolfo Alonso), Fabril Editora, Buenos Aires, col. Los
Poetas, 1962. |
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Rodolfo Alonso (Buenos Aires, 1934). Poeta, ensaísta e tradutor. Tem se destacado como um dos mais importantes tradutores de poesia brasileira e portuguesa para o espanhol. Autor de livros como Sol o sombra (1981), No hay escritor inocente (1985), El fondo del asunto (1989). Contato: rodolfoalonso2002@yahoo.com.ar. Página ilustrada com obras da artista Mirta Kupferminc (Argentina). |