revista de cultura # 39 - fortaleza, são paulo - junho de 2004






 

Los sueños sanguíneos de Irene Arias

José Ángel Leyva

.

Irene AriasTomado de un frase del cineasta y escritor Francisco Sánchez, el título de esta muestra pictórica que ahora presenta Agulhan: “El sueño imposible de la vida perdurable”, vierte la seducción que ejerce el tema de la vida más allá de la muerte, de la perdurabilidad de la tierra convertida en sangre, es decir, del color de la necesidad y del deseo. En el juego de sus significados, el verbo plasmar -él plasma o ella plasma-, deviene en líquido y en forma, en sustancia y en luz, en sangre y en color. Así, el artista desaparece la ausencia para convertirla en presencia o en apariciones que plasman sobre la superficie hechos que suceden en el interior de la existencia. Irene Arias emprende el desafío de plasmar el plasma de la vida rompiendo el cerco de la oscuridad, captar el aleteo de las criaturas que se refugian en la noche, entre las sombras de la imaginación y de los sueños, de las leyendas y de la oscuridad de los tiempos. Plasmar o entintar, colorear y manchar los espacios donde se ha descubierto el juego de la pasión de la muerte por la vida o de la vida que se alimenta de la muerte para seguir sangrando. Plasmática es, entonces, la paleta que registra el pulso de la creación seducida por la trascendencia y la inmortalidad, por el sueño imposible de la vida perdurable.

Imágenes que son gotas, salpicaduras, rastros, desgarrones, presentimientos y sensaciones que se ven con los ojos cerrados y con la mente abierta. Movimientos y pinceladas que levantan el polvo y las cenizas del misterio para sugerir, en 54 cuadros de diverso formato, distintas facetas de una temática asociada en principio no tanto con el horror o lo macabro, sino con el deseo, con la sed inagotable del dolor, que es, en este caso, pasional y mística, ritual y enigmática. Muchas son las pistas literarias y visuales que Irene ha recorrido y asimilado, lo mismo va de la poesía al cine, de la narración al tratado, pero en su discurso hay una digestión propia de las fuentes, podría decirse que literalmente vampírica, pues la parte que nos revela de esa dimensión maldita, o proscrita, no es precisamente la siniestra, sino la dramática, la pasional, la que seduce por oponerse al destino, la que se fuga y se transforma en argumento intemporal, eterno.

Irene AriasLa utopía del vampiro es, de algún modo, semejante a la ambición del artista, permanecer gracias a la vida que le dan los otros, ya sea a través de la lectura o de la contemplación. ¿Cuántos miles o millones de ojos estarán alimentando esta exposición que anhela ser mirada, que aspira a ser visible? El creador puede desaparecer y pasar a la inexistencia, pero quizás su obra pueda darle vida, abrirse paso en la memoria, reproducirse en la imaginación de los espectadores.

Muchas son las resonancias culturales que emite la muestra de Irene Arias, pues no se limita al vampirismo en su sentido transilvánico, o al carácter descriptivo de los seres que chupan y beben la sangre de sus víctimas, sino además a la función del sacrificio, de la ofrenda para mantener la esperanza, la luz, la tierra, el buen retorno al mundo de los inexistentes. Ello nos hace pensar no sólo en la esfera de los mortales, también nos conduce a la dimensión de los dioses. Quetzalcóatl hizo penitencia perforándose el miembro viril con largas espinas de maguey y rociando con su sangre los huesos sagrados del inframundo, de los cuales habría de surgir el hombre. Los otros dioses no habrían de perdonarle tal sacrilegio y lo condenarían a severos castigos. Cómo no podrían entonces los humanos ofrecer a sus divinidades la sangre que les fue concedida también con dolor y sacrificio.

El cromatismo de Irene nos empuja hacia el mensaje de la sangre, hacia el calor de su envase y hacia la intensidad del color que se derrama, se vierte, se coagula, tiñe y mancha la visión de las ausencias. La pincelada sugiere el frío de la losa, pero mantiene con frecuencia la temperatura corporal de la sustancia, el efecto publicitario del carmín y del granate. Si una persona se enfundara en telas de esos tonos resaltaría seguramente más la virtud apetitosa de las formas y la carne, antes que el carácter sepulcral de su destino. Benetton lo sabe y lo utiliza, incluso en las fotografías en las que Toscani nos confronta con la tragedia, es decir, con el dolor, incluso con el sufrimiento que engendra la indolencia, la estupidez destructora, la barbarie tecnológica con su signo aniquilante, eliminador. El asesinato individual, en serie o en masa que nos despoja del gusto por vivir, que nos asesta un golpe de vacío en el alma.

Irene hace una ofrenda de color, de sugerencias que invocan la otredad, al Eros que dialoga con Thanatos. Sus cuadros hacen posible el sueño de la vida perdurable, pues como dijera Calderón de la Barca, “los sueños, sueños son”.

Irene AriasLa relación entre la plástica y la poesía no es tan antigua como la que existe entre la poesía y la música, pero es un antiguo vínculo entre las palabras y los iconos. Sin embargo, es en la modernidad donde esa conexión adquiere su mayor sentido. El espíritu del Renacimiento primero y después el del Romanticismo, dieron carácter a dicha búsqueda de complementación. Sobre todos los románticos, vieron en el arte un campo de libertad y de rebeldía, de fusiones y de encuentros con lo extraño y lo distante. El sueño fue el encuentro con el yo más profundo, con el instinto estético, con la originalidad y con la universalidad. Ese motor de la modernidad, reconocido como Romanticismo, abrió un cauce a las propias corrientes subversivas que pretendían negarlo en su afán vanguardista, en su agitada dinámica por la novedad. El hombre moderno, siempre distinto de sí mismo, como dijo Rimabud, perseguía sonámbulo las imágenes poéticas, fuese en el campo de la literatura o en el de las artes plásticas. La imagen que expresó Vicente Huidobro en su “Arte poética”: “Por qué cantáis la rosa. ¡oh Poetas!/ Hacedla florecer en el poema”, es la esencia de esa fuerza creadora también de los pintores poetas o de los poetas pintores, como sucedió con los modernistas, en cuyo pináculo se halla Darío. En fin, la autenticidad del artista viene de ese encuentro consigo mismo, de ese hallazgo del otro que sigue siendo él. Esto sólo puede ocurrir en un acto fundacional en los dominios de la poesía, el resultado puede aparecer sobre la pantalla, el escenario, el papel, la piedra, el bronce, la madera o el lienzo. Lo poético es lo único que puede aproximarnos a lo inexplicable y hacérnoslo sentir, hacerlo comprensible.

Es este el caso de la obra de Irene Arias, cuyo color proviene de un sedimento poético. No sólo porque su hermana fue una de las poetas más prolijas y de mayores alcances en Durango, México, Olga Arias, y con quien seguramente la unía un hilo sensible y una conversación interminable, sino porque en Irene hay una cultura literaria y plástica que le permite extraer imágenes de un manantial cromático y verbal, en el sentido de una expresión que no requiere explicarnos su naturaleza para tocarnos muy adentro. Gran parte de su obra muestra cuadros colmados de tierras durangueñas, de cielos intensos, de evocaciones y de actualidades. Una pintura que hace referencia a un alma delicada y a una personalidad vigorosa: Irene Arias en los terregales luminosos de Durango. Es esta la reflexión adelantada de su exposición.  

Lo poético es el carácter visual de Irene Arias, pintora que expresa con la fuerza del color y de las formas el ámbito interior de sus miradas. Poseedora de un lirismo plástico, la artista mazatleca, de naturaleza duranguense, nos expone un paisaje terrenal y onírico, un recorrido por geografías, culturas e historias visitadas o deseadas. Irene Arias ejecuta sus cuadros con la energía del asombro matinal o con la nostalgia del crepúsculo, y a menudo con una luz carmesí, en ámbitos carmines, cármenes y alientos.

Irene AriasMás que en estados de ánimo, el abstractismo y el figurativismo de Irene se conjugan en ámbitos de soledad y de desierto, donde vivir y florecer es descubrimiento, hallazgo de sí misma. La obra de Irene sugiere con vehemencia los territorios de su intimidad, entre incandescencias y sombras, en escenarios de telones y de tierras yermas, de fuegos y de escombros. Los vientos que trae su pincel encienden y apagan, avivan o contienen los silencios. El drama de su pintura no contiene la sensación del vacío de los románticos, el juego de absurdos aparentes del surrealismo, ni la dinámica del accidente provocado del expresionismo abstracto o el vuelo caligráfico de oriente, y sin embargo coexiste todo ello en su paleta de un modo sutil e intencionado, propio.

La poesía cromática de Irene evoca y actualiza las huellas en los muros y el paisaje. La historia es asunto del presente y el sueño es continuación de la vigilia y a la inversa. El símbolo es textura y es color, mancha y forma, geometría y fondo, línea y chorro, tierra y tiempo. Irene Arias cultiva su poética como las verdes plantas espinosas que crecen en la aridez y el polvo, en la corteza y en la entraña.

José Ángel Leyva (México, 1958). Poeta, ensayista, narrador, periodista y promotor cultural. Autor de libros como El espinazo del diablo (poemas) y Lectura del mundo nuevo (ensayos). Actualmente es codirector de Alforja, revista de poesía. Contato: jangel_leyva@yahoo.com. Página ilustrada com obras da artista Irene Arias (México).

retorno à capa desta edição

índice geral

triplov.agulha

triplov.com.agulha.editores

jornal de poesia

Banda Hispânica (Jornal de Poesia)