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revista de cultura # 39 - fortaleza, são paulo - junho de 2004 |
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Los sueños sanguíneos de Irene Arias José Ángel Leyva
Imágenes que son gotas,
salpicaduras, rastros, desgarrones, presentimientos y sensaciones que se
ven con los ojos cerrados y con la mente abierta. Movimientos y pinceladas
que levantan el polvo y las cenizas del misterio para sugerir, en 54
cuadros de diverso formato, distintas facetas de una temática asociada en
principio no tanto con el horror o lo macabro, sino con el deseo, con la
sed inagotable del dolor, que es, en este caso, pasional y mística,
ritual y enigmática. Muchas son las pistas literarias y visuales que
Irene ha recorrido y asimilado, lo mismo va de la poesía al cine, de la
narración al tratado, pero en su discurso hay una digestión propia de
las fuentes, podría decirse que literalmente vampírica, pues la parte
que nos revela de esa dimensión maldita, o proscrita, no es precisamente
la siniestra, sino la dramática, la pasional, la que seduce por oponerse
al destino, la que se fuga y se transforma en argumento intemporal,
eterno.
Muchas son las
resonancias culturales que emite la muestra de Irene Arias, pues no se
limita al vampirismo en su sentido transilvánico, o al carácter
descriptivo de los seres que chupan y beben la sangre de sus víctimas,
sino además a la función del sacrificio, de la ofrenda para mantener la
esperanza, la luz, la tierra, el buen retorno al mundo de los
inexistentes. Ello nos hace pensar no sólo en la esfera de los mortales,
también nos conduce a la dimensión de los dioses. Quetzalcóatl hizo
penitencia perforándose el miembro viril con largas espinas de maguey y
rociando con su sangre los huesos sagrados del inframundo, de los cuales
habría de surgir el hombre. Los otros dioses no habrían de perdonarle
tal sacrilegio y lo condenarían a severos castigos. Cómo no podrían
entonces los humanos ofrecer a sus divinidades la sangre que les fue
concedida también con dolor y sacrificio. El cromatismo de Irene
nos empuja hacia el mensaje de la sangre, hacia el calor de su envase y
hacia la intensidad del color que se derrama, se vierte, se coagula, tiñe
y mancha la visión de las ausencias. La pincelada sugiere el frío de la
losa, pero mantiene con frecuencia la temperatura corporal de la
sustancia, el efecto publicitario del carmín y del granate. Si una
persona se enfundara en telas de esos tonos resaltaría seguramente más
la virtud apetitosa de las formas y la carne, antes que el carácter
sepulcral de su destino. Benetton lo sabe y lo utiliza, incluso en las
fotografías en las que Toscani nos confronta con la tragedia, es decir,
con el dolor, incluso con el sufrimiento que engendra la indolencia, la
estupidez destructora, la barbarie tecnológica con su signo aniquilante,
eliminador. El asesinato individual, en serie o en masa que nos despoja
del gusto por vivir, que nos asesta un golpe de vacío en el alma. Irene hace una ofrenda de
color, de sugerencias que invocan la otredad, al Eros que dialoga con
Thanatos. Sus cuadros hacen posible el sueño de la vida perdurable, pues
como dijera Calderón de la Barca, “los sueños, sueños son”.
Es este el caso de la
obra de Irene Arias, cuyo color proviene de un sedimento poético. No sólo
porque su hermana fue una de las poetas más prolijas y de mayores
alcances en Durango, México, Olga Arias, y con quien seguramente la unía
un hilo sensible y una conversación interminable, sino porque en Irene
hay una cultura literaria y plástica que le permite extraer imágenes de
un manantial cromático y verbal, en el sentido de una expresión que no
requiere explicarnos su naturaleza para tocarnos muy adentro. Gran parte
de su obra muestra cuadros colmados de tierras durangueñas, de cielos
intensos, de evocaciones y de actualidades. Una pintura que hace
referencia a un alma delicada y a una personalidad vigorosa: Irene Arias
en los terregales luminosos de Durango. Es esta la reflexión adelantada
de su exposición. Lo poético es el carácter
visual de Irene Arias, pintora que expresa con la fuerza del color y de
las formas el ámbito interior de sus miradas. Poseedora de un lirismo plástico,
la artista mazatleca, de naturaleza duranguense, nos expone un paisaje
terrenal y onírico, un recorrido por geografías, culturas e historias
visitadas o deseadas. Irene Arias ejecuta sus cuadros con la energía del
asombro matinal o con la nostalgia del crepúsculo, y a menudo con una luz
carmesí, en ámbitos carmines, cármenes y alientos.
La poesía cromática de Irene evoca y actualiza las huellas en los muros y el paisaje. La historia es asunto del presente y el sueño es continuación de la vigilia y a la inversa. El símbolo es textura y es color, mancha y forma, geometría y fondo, línea y chorro, tierra y tiempo. Irene Arias cultiva su poética como las verdes plantas espinosas que crecen en la aridez y el polvo, en la corteza y en la entraña. |
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José Ángel Leyva (México, 1958). Poeta, ensayista,
narrador, periodista y promotor cultural. Autor de libros como El
espinazo del diablo (poemas) y Lectura del mundo nuevo
(ensayos). Actualmente es codirector de Alforja, revista de poesía.
Contato: jangel_leyva@yahoo.com. |