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revista de cultura # 39 - fortaleza, são paulo - junho de 2004 |
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Manuel Bandeira y la lengua veraz del pueblo Rodolfo Alonso
En 1904, tras una
infancia que siempre recordará como muy feliz, enferma gravemente de un
pulmón. La tuberculosis deja sus secuelas en plena juventud: una
hemoptisis que lo obliga a interrumpir los estudios y lo confina a una
vida de absoluto reposo, que acentuará su temprana inclinación por la
lectura y la escritura. A ese primer contacto con la muerte se agregó en
1916 la pérdida de su madre, a quien estaba muy ligado, y que daría
comienzo a una serie de fallecimientos que, en el curso de seis años, le
harían perder a toda su familia. Resultaría fácil entonces apuntar que
esa presencia tan temprana de la tragedia (“Continué esperando la
muerte para cualquier momento, viviendo siempre como de manera
provisoria”), es la causa de la evidente ligazón amor-muerte que
aparece desde un primer momento en su poesía, y cuya elaboración –no sólo
en un sentido psicoanalítico- constituiría probablemente uno de sus
dominios esenciales. Pero Bandeira no se
abandonó a la autoconmiseración ni a la desesperación. Aunque en su
primer libro, A cinza das horas (1917), afirma “Yo hago versos
como quien muere”, el poeta que había leído desde muy joven a
Guillaume Apollinaire comenzaría pronto a abandonar las sutilezas del
simbolismo para emprender un camino propio. Con la aguda ironía de su
pueblo, en el contexto de una naturaleza exuberante y sensual, no sólo
apeló al sentido del humor sino que logró convertir su propia vida en un
milagro: “Me preguntó un amigo si yo creía en milagros. Por su gesto,
él no creía. Le respondí que sí, que creía, que en mí mismo, en
muchos aspectos, veía un ejemplo de milagro”. Es el mismo Bandeira
quien, en una cronología de su vida preparada para la primera edición de
su poesía completa, destaca lo trascendentes que fueron para él las
primeras relaciones extrafamiliares de su infancia, el hecho de haber
tomado contacto con la calle “y con la gente humilde como una especie de
intermediario entre su madre y los proveedores, vendedores ambulantes,
carniceros, verduleros y panaderos”, al mismo tiempo que comenzaba a
conversar sobre literatura con su compañero, el futuro filólogo Souza de
Silveira, vecino de Machado de Assis. Sin duda de allí surgió la fuente
viva de su experiencia del lenguaje, que nunca cesaría de nutrirlo; y a
ello aludiría claramente, tiempo después, en su largo poema autobiográfico
“Evocación de Recife”: “La vida no me llegaba por los diarios ni
por los libros / Venía de la boca del pueblo en la lengua errónea del
pueblo / Lengua veraz del pueblo / Porque él es quien habla sabroso el
portugués del Brasil / Mientras nosotros / Lo que hacemos / Es macaquear
la sintaxis lusíada”.
De todo ello, búsqueda y
concreción de una literatura nacional sin caer en chauvinismos, uso libre
y despreocupado (pero a la vez exigente y preciso) del lenguaje y los
estilos, con el oído más atento a los ritmos de la vida que a las reglas
de la preceptiva, presencia creadora del puebo como protagonista de su
propia cultura, vigilancia permanente de la más fina ironía, puede
encontrarse una excelente muestra en la obra y en la vida de Manuel
Bandeira. Bandeira no es sólo un
poeta original, sino que puede ser considerado con justicia el padre de la
moderna poesía brasileña. Porque aun habiendo comenzado por otros
rumbos, en la estela del ineludible Camões o en las ricas resonancias del
simbolismo, es justamente en su propia obra –a partir de Ritmo
dissoluto (libro aparecido en 1924), pero sobre todo con Libertinagem
(de 1930)- donde los presupuestos básicos del modernismo brasileño se
hacen plenamente evidentes. Su sensibilidad sólo necesitó coincidir con
la generación de 1922 para ubicarse en su contexto, tomar vuelo y cobrar
tanto expansión como hondura. Al igual que el espléndido
cacto de su célebre poema, en cuyas pocas líneas alcanza acaso a
irradiar como parábola todo el Brasil, su lirismo también es “bello,
áspero, intratable”. Decididamente volcada a percibir y transcribir las
vivencias y los modismos, la sangre y el lenguaje de la vida brasileña,
su poesía supo eludir los riesgos de un pintoresquismo superficial para
hacer manar, desde sus legítimas fuentes, lo que tenía en común con las
vertientes de la mejor poesía contemporánea. Superando la hoy ya diluída
dicotomía entre épica y lirismo, Bandeira suele servirse de una
escritura cuasi narrativa, que sin embargo se concreta luego como una metáfora
mayor, sumamente plástica, casi siempre relacionada con elementos de la
realidad trascendidos o sublimados pero nunca traicionados, y
profundamente lírica. Una poesía que, en la cumbre de una vida cumplida,
con Mafuá do malungo (que en 1948 João Cabral de Melo Neto editó
en Barcelona) quiso demostrar a la vez su exigente homenaje a la
extrordinaria poesía de circunstancias que acaso fue siempre, en el mejor
de los sentidos, y que ancló tanto en su experiencia personal como en la
realidad de su país y en el lenguaje vivo de su pueblo: “Sin duda no
cuesta nada escribir un trozo de prosa y después distribuirlo en líneas
irregulares, obedeciendo tan sólo las pautas del pensamiento. Pero eso
nunca fue verso libre. Si lo fuese, cualquier persona podría poner en
verso hasta el último informe del Ministro de Hacienda. Esa engañosa
facilidad es causa de la superpoblación de poetas que infecta ahora
nuestras letras. El modernismo tuvo eso de catastrófico: trayendo a
nuestra lengua el verso libre, dio a todo el mundo la ilusión de que una
serie de líneas desiguales es poema. Resultado: hoy cualquier
subescribiente de municipio con ataque de celos, cualquier niñita
desilusionada del novio, cualquier balzaquiana desubicada en su ambiente
familiar se juzgan habilitados para competir con Joaquim Cardozo o Cecília
Meireles”.
Con la lucidez necesaria
para no quedar atrapados en el regionalismo pintoresco y superficial, las
mentes más lúcidas del modernismo, como Mário de Andrade y Oswald de
Andrade, defendieron la necesidad de brasileñizar el portugués literario
siguiendo el lenguaje contagioso y fecundo que hablaba el pueblo brasileño.
Y también en esto Manuel Bandeira resultó un adelantado. Después de
todo, fue él quien precisó que “Para Mallarmé, como para todo
verdadero poeta, la poesía se confunde con el lenguaje, y, como explicó
Valéry, es lenguaje en estado naciente”. Cada vez con mayor nitidez, a
partir de Ritmo dissoluto (1924) y más abiertamente desde Libertinagem
(1930), Bandeira logra construir una gran poesía –desenfadada, musical
y emotiva-, que no se limita a incorporar la riqueza del habla popular
sino que la asume orgánicamente desde su interioridad, lo que da como
resultado exactamente lo contrario de lo que algunos ingenuos imaginan
como “color local”. Así se explica que en su libro De poetas e de
poesia (1954), dedique el ensayo inicial a ocuparse con lucidez y
rigor de Mário de Andrade y la cuestión de la lengua, y el segundo a
conmemorar el centenario de Stéphane Mallarmé, reivindicando la
excelencia del gran poeta francés – y desconcertando a quienes sólo
consideraban a Bandeira como un poeta ligado a lo coloquial y a lo
descriptivo.
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Rodolfo Alonso (Argentina, 1934). Poeta, tradutor e ensaísta. Autor de livros como El jardín de aclimatación (1959), Sol o sombra (1981) e Lengua viva (1994). Publicou mais recentemente Estrella de la vida entera, de Manuel Bandeira (2003). Contato: rodolfoalonso2002@yahoo.com.ar. Página ilustrada com obras do artista Carlos M. Luis (Cuba). |