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revista de cultura # 39 - fortaleza, são paulo - junho de 2004 |
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Murilo Mendes y João Cabral de Melo Neto: dos hispanistas brasileños Márcio Catunda
De ellos se puede afirmar que son adeptos a la
precedencia de lo imagístico sobre lo discursivo, de la conciliación de
contrarios, la búsqueda de máxima intensidad en un espacio mínimo.
Murilo Mendes tiene por dato más significativo, según el poeta y crítico
Haroldo de Campos, la disonancia que establece en el campo de la imagen.
El ritmo sincopado y las elipsis, que sugieren analogías y paralelismos,
sostienen la amalgama de símbolos, imágenes y mitos que elabora en su
laboratorio lexicográfico. João Cabral de Melo Neto, de la misma estirpe,
sigue semejante línea de composición constructiva, configurando en su
poesía el despojo de todo lo superfluo y el gusto de la imagen visual de
táctil sustantividad. Se trata de una construcción racionalista y
objetiva, impregnada de elementos concretos. El crítico Antonio Houaiss
llama “mentación poética” a las características de su poesía, su
reacción contra el vicio retórico y el sentimentalismo epidérmico, su
contenido racional, el realismo de un lenguaje duro, prosaico, casi
narrativo, y sin embargo lleno de metáforas, efectos sonoros, recursos métricos
y apoyos fonéticos. El libro Tiempo Español, publicado en 1959,
puede ser elucidado a través de los ensayos de la obra titulada Espacio
Español, escrita en prosa y a posteriori (1966-1969). En Tiempo
Español el poeta pone sus técnicas de escritura a servicio de la
interpretación del conocimiento del mundo español. Con plasticidad
visual y disonante rítmica devela “la España problemática y antagónica,
sufrida y altiva”, en el decir del murilista Julio Castañon. Su talento
y su talante de atraer lo terrestre y lo celeste, lo animal y lo
espiritual parecen adecuados para configurar las vicisitudes españolas, a
través del perfil de sus ciudades, sus escritores, pintores, poetas,
toreadores, místicos, su arquitectura, sus ritos, sus paisajes. “Tiempo Español” presenta un proceso de
sustantivación, de condensación poética, de depuración en que se
conjugan la concisión del lenguaje y la fulguración imagética. En ese
sentido, cada poema es un agente dialéctico de la conciliación del
contacto de España como idea, pensamiento, con España como experiencia
cotidiana y paisaje, conciliados en la totalidad de España como cultura.
España re-inventada en la hispanidad absorbida en poetas, prosadores,
pintores, guerreros, héroes y santos de la constelación hispánica. Es
un libro que incorpora la temática histórico-geográfico-cultural, al
tratar los elementos culturales con relación al espacio geográfico y al
horizonte histórico español. La historia de España está presente en
cada cosa o persona nombrada y trasfigurada en el espacio del lenguaje. El
conocimiento del mundo cultural y espiritual hispánico es expuesto y
transfigurado hermenéutica y heurísticamente. Así, por ejemplo, al
trazar el perfil poético de San Juan de la Cruz, plantea la fe como un
problema fundamental del espíritu. Considera la capacidad del santo poeta
de vivir intuyendo la faz del diamante y ocultándolo. Tratándole “con
ternura castigada.” Murilo Mendes nutre su ingenio con la perplejidad
suscitada por la capacidad de aquel fraile de “vivir consumido de su
gracia”, de no temer su pérdida en noche oscura. Se inspira en la
sensibilidad del poeta místico, absorbido en la consideración de lo
esencial, entre las azucenas olvidado, a sabiendas de que “para ser todo
es preciso ser nada”. En
lo que concierne a la transfiguración literaria de las ciudades, Murilo
Mendes presenta Ávila como espacio donde “el aeronauta conduce a bordo
la palabra silencio”. En el espacio secreto de esa ciudad austera y
castigada, el poeta se sintió revigorizado por el regocijo de encontrarse
entre los arquetipos de la fe y se declara “nutrido por el sol interior
que enciende el esqueleto”. Como expana en la prosa de Espacio Español:
Ávila es la Iglesia de Santa Teresa, definida por Pío X como “imán
del mundo”, y por Ramón Gómez de la Serna como “la gran flamenca de
lo místico”. Asimismo Murilo Mendes evoca a la santa de la casa de
Cepeda, cuyo “íntimo substrato es el fuego”, que invita “a eludir
lo superfluo”. Ávila es la tierra mística y tradicional, honesta y
dura, donde se escribe en las tabernas “es prohibido blasfemar”, y
donde la carmelita descalza fundará sus castillos interiores.
En “El Día de El Escorial”, el poeta contempla
el monumento en “el espacio el espacio el espacio abierto”. La
repetición del vocablo espacio en disposición gráfica, con grandes
intervalos espaciales configura la amplitud a que el poeta quiere
referirse. “Desmembrada de la angustia del tiempo,/larga es la faja de
El Escorial: moviendo el espacio/subiste abstracta/en la arquitectura de
la sierra que supone/la fatiga del hombre”. El monasterio es una
construcción lógica, donde se encuentran conjugadas las nociones de
tiempo y de espacio, armonizando las líneas vertical y horizontal.
Representa una idea infinita dentro del área de lo finito. Es la
materialización del sueño de Felipe II, quien quiso catolizar Europa.
Dice el rey, personaje del poema: “he construido el cielo futuro”. Toledo es observada en la división de sus dos
superficies: la superficie de la solidez e intensidad y la superficie de
la soledad y del silencio. La intensa roca sobre la cual se ubica la
ciudad es una “peñascosa pesadumbre”. Aquí se evoca la palabra peso
y la resonancia de Garcilaso de la Vega, citado en “Espacio Español”:
“Estaba puesta en la sublime cumbre/del monte, y desde allí
sembrada,/aquella ilustre y clara pesadumbre,/de antiguos edificios
adornada”. La arquitectura de Santa María la Blanca es una soledad
blanca en el ocre de Toledo. La faz de la España judía,/silencio de
planta y azulejo. En su espesura concreta, Toledo aparece como el Greco la
pintó: el máximo de intensidad en el mínimo de espacio. Domenicos
Theotocopuli es el prototipo humano de la ciudad: supo incorporarla hasta
el hueso. La tijera de Toledo separa España en dos partes, relativas a
sus elementos de Europa y África. El río Tajo, que “transporta siglos
arcillosos”, divide España horizontalmente, en dos mundos, donde otrora
se ubicaron los reinos cristiano y moro en el territorio peninsular. Madrid es un encanto jamás medido por monumento o
paisaje. Su mayor monumento es el hombre. Es la ciudad donde el poeta
disfrutó de la amistad de los grandes de la literatura española, entre
ellos a Dámaso Alonso y a Vicente Aleixandre, sus íntimos amigos. El
encanto de madrileño viene de su “pueblo denso, nervioso, sensible/que
sabe amar, dialogar, dividir goce y trabajo, racionalizar su pena/y engañar
el cronómetro”. Explica Murilo Mendes en los teoremas de “Espacio
Español”, que Madrid es una ciudad que lucha por su pan diario, pero no
abandona la fiesta. “Hoy es día de huelga, mañana de verbena, sábado,
de corridas”. “Ese encanto viene aún de tus mujeres intensas/nacidas
para lucir/; de tus espacios abiertos/cantantes, comunicantes;/de tus
aires circulares /filtrados en los altos filtros /de la sierra de
Guadarrama”. Sopla en Madrid un viento afilado/de conspiración
permanente”. Madrid hierve, se siente en todas partes la pulsación de
su pueblo. Es una ciudad que camina, lucha, sueña y vive para hoy. En su
luminosa prosa, el poeta cuenta una anécdota de los tiempos de la
dictadura: el cardenal-arzobispo de Toledo y primado de España, Plá y
Daniel, publicó una pastoral en la que advierte que “es peligroso para
los enamorados pasear de manos juntas”. El poeta, que era un católico
practicante, reía de una tal pretensión incompatible con la índole
madrileña. Sus conceptos sobre Sevilla permiten establecer
comparaciones con la Sevilla expuesta en poesía por João Cabral. En
ambos poetas, la ciudad es alabada por sus cualidades humanas, su
similitud femenil, la personificación de un modelo estético. La de
Murilo es “musa de la sangre/viene desde lo romano hasta el barroco.
Cabalgó luna creciente,/pero su marca es el sol./ Formada para
cantar,/Sevilla, morena, es blanca./Formada para danzar,/Sevilla,
cristiana, es mora. En estas calles femeninas/suponiendo clavel y
espliego, pasa el Cristo apuñalado,/moreno hijo de España. Sevilla se
mueve en curvas, torna plástica la pasión./Con presteza de
torero/despide la saeta en el aire. Sevilla blanca o morena/bailaora,
cantaora,/sabe a celos y menta,/suscita la fuerza de la sangre”. Es un
lugar carnal, explosivo, donde la fuerza telúrica se infiltra en todas
partes. Ciudad de fiestas y bailes, de sensualidad magnética. Todo en
Sevilla conduce a la seducción y al encanto: la temperatura, los
jardines, la gracia y belleza nativas, el estado de excitación a que tal
vez contribuyan los espiritosos vinos andaluces, el estado de fiesta a la
vez sagrada y profana, la fuerza humana del flamenco. El dinamismo y la
reciprocidad de que vive el flamenco, su participación mutua. La noche
sevillana montada en toro negro. A la manera de Federico García Lorca,
“Sevilla es una torre llena de arqueros finos./Sevilla para herir,/Córdoba
para morir”, Murilo Mendes se declara siempre herido por la saeta de
Sevilla, que no tiene cura ni pretende tenerla, pues concita y nutre su
alma con el saber que Sevilla existe y con el restituir su visión hembra. Córdoba es la tierra de Lucano, Séneca, Averroes y
Góngora. Su estructura tersa/toda nervio y hueso, contenida/en laberintos
de cal/y en patios de vida secreta” El estilo seco, severo, de la ciudad
proviene del azul de un cielo metálico, de la coherencia de la
arquitectura de los palacios con fuentes y paredes de azulejos, patios y
jardines, las calles solitarias, sordas, plazuelas íntimas donde el diálogo
cede el paso al monólogo, las sombras se ajustan a la cal. Tierra
gloriosamente generada en las entrañas de los califas. Según Góngora:
“fábrica escrupulosa y aunque incierta, / siempre murada pero siempre
abierta”. La mezquita, el cuadrilátero con su prodigioso parque de 888
columnas de mármol y pórfido verde-violeta, alterado durante los siglos,
con el injerto de una iglesia cristiana. Córdoba, la más africana de las
ciudades españolas, nos propone una síntesis concreta de Oriente y
Occidente.
En cuanto a João Cabral, su estilo disertante y plástico
configura estados y vivencias elegidos por su preferencia estética. Entre
los lugares de su identificación temática, Sevilla es la ciudad musa,
cuyas virtudes, en todo momento, el poeta compara a las de la mujer. Es
una especie de modelo universalizante de espacio humano. De hecho, el
poeta llega a decir que es necesario “sevillizar” el mundo. En todos
los lugares donde trabajó como diplomático, João Cabral hizo
prospecciones poéticas, fabulando su experiencia de viajero en forma prosódica.
Pero jamás dedicó tanto de su elocución literaria como lo hizo con la
geografía, la historia y las costumbres sevillanas. Cabral se impregnó
de la magia del recinto sevillano, se hizo íntimo de sus hábitos y
secretos. Veamos algunos ejemplos de eso. En el poema “La
Luz de Sevilla”, dice que “lo que hay (en Sevilla) es una luz interna,
luz que es de dentro, de ella arde. Luz de las casas blanqueadas con
cal/que viene desde abajo hacia arriba/que viene desde adentro hacia
afuera/como el agua de un pozo. … Luz de clara alegría interna/de
diamante extremo, de estrella”. La luz representa para el poeta el don
de ver y vivir, la gracia de andar por la ciudad o andar la ciudad en su
periplo imaginario. La luz simboliza el propósito clarificador de su
enunciación. En el
afán de develar el sentido poético de los elementos cotidianos, su
invención o mentación incorpora temas chistosos al poema, como en “El
Mito en Carne Viva”. En ese texto cita a una sevillana de habla
graciosa, a quien, al preguntarle su opinión sobre el dictador Franco, le
contesta que era como “la sierra del Alcor, bajita mas toda en
granito”. Añade que el tirano nunca supo distinguir quien era Pepe Luis
o quien Manolete, ni saber si estaban cantando un fandanguillo o un
martinete. A él le gustaba “ver soleares danzadas por obispos”. Alaba el carácter animado y encendido de Sevilla,
“donde lo alegre toca lo profundo”. Y la confronta con sus
competidoras, para mejor realzar su valor: “Madrid? Es el lugar donde
vas a danzar, mas hay demasiados carros./ Barcelona? Danzar es en vano,/no
aplauden, se sientan sobre las manos” . En el libro Sevilla Andando (1987-1993),
declara en el poema “El Secreto de Sevilla”, que “Sevilla es un
estado de ser”. Confirma esa sensación espiritual de vivencia en sintonía
con la ciudad, en el poema “Ciudad de Nervios”, al encontrar el
secreto de Sevilla en su “saber existir en los extremos/como llevando
dentro la chispa que re-enciende a cualquier tiempo”./ La personifica
para descubrir “la textura de la carne/en la materia de sus
paredes,/buena al cuerpo que la acaricia:/que es femenina su epidermis”
“...Sevilla es más que todo, nervio”. En “Sevilla de Bolsillo”, ve la ciudad como
“una atmósfera/ que nos envuelve, donde quiera que uno esté,/que
llevamos donde vamos/que crea para mi un entorno”. Esa experiencia de
sentir la existencia de un lugar físico es como algo familiar, entrañable,
la exprime en el texto de “Ciudad Viva”: Sevilla es una ciudad
viva/como la sevillana que la habita,/y que, andando, hace andar/todo por
donde ella pasa. Lleva dentro de sí, con gratitud, el recuerdo del
placentero ambiente urbano, que es una presencia permanente en su memoria:
“mal canté tu ser y tu canto/mientras te estuve, diez años./Cantaste
en mí y todavía tanto,/cantas en mí tus dos mil años” (“El Aire de
Sevilla”). Repite la misma aserción en “Presencia de Sevilla”:
“Canté tu ser y tu canto/mientras te estuve, diez años;/cantaste en mí
y todavía tanto/cantas en mí tus dos mil años”/.
El poeta no niega que su inmenso gusto de dejarse
vivir en su ambiente predilecto produce cambios en sus estados mentales.
El placer de caminar en algunas calles sevillanas le da la sensación de
flotar. La calle Sierpes, por ejemplo, título de otro de sus poemas,
indica esa extraordinaria evidencia: “Sevilla tiene barrios y
calles/donde andarse suelto, a la ventura,/donde pasear es navegación/
donde andar navegando a vela/y nada a la atención atropella/donde andar
es lo mismo que andarse /y van sueltas el alma y la carne.”/ “...Allí
navegar es en líneas curvas/como la culebra que le da nombre”. La historia del lugar contemplado suscita ideas
dilucidadoras. Los textos de “El Arenal de Sevilla” y “La
Catedral” lo ejemplifican. El primero: “ya nada queda del Arenal/de
que contó Lope de Vega./La Torre del Oro es sin oro/sino en la cúpula
amarilla. Ya no hay más flotas e Indias,/y esta hoy se dice América; ni
la multitud de mercado/que se armaba llegando ellas.” “La Catedral”
“hoy es como una cordillera/en la gracia rasante de Sevilla/es un
inmenso toro de pie/en medio de reses que dormitan. ... Allá se admira la
tercera tumba/de Colón, como otras, falsa./Las de Cuba y de Santo
Domingo/pretenden también la carcasa./Pero parece que la verdadera/es el
lecho del Guadalquivir/que una inundación antigua la llevó/de una
Cartuja que había allí”. Todo en fin es motivo de alumbramiento y foco de la
conciencia: Los barrios sevillanos, por ejemplo: “el de Santa María la
Blanca/el silencio se corta a cuchillo./...vértigos que aquí nos da
tanta cal virgen”. En “Sevilla y el Progreso” constata que
“Sevilla es una ciudad /que supo crecer sin matarse/ Creció del otro
lado el río/creció al rededor, como los circos/conservando puro su
centro,/intocable, sin que sus de adentro/tengan perdido la intimidad:/que
ella solo, entre todas ciudades,/puede el arrimo./ De mujer/, puede el
suave/ existir de la miel,/que otrora guardaba en los patios/y hoy es de
todo antiguo barrio” . Las diferencias entre ambos ocurren a nivel de
cosmovisión de la vida, su intrínseca formación personal. De hecho,
para João Cabral lo que importa es la objetividad analítica de lo real,
la observación inmediata del fenómeno existencial. Según su
extrovertida inferencia creativa, “España es una cosa de tripa, y que
es de donde el andaluz sabe/hacer subir su cantar tenso/ la expresión, la
explosión de todo/que se hace a la orilla de lo extremo/. España es cosa
de cojones/lo que el saburroso Neruda/ no entendió, pues prefirió/corazón,
sentimental y puta”. Murilo Mendes, por su parte, añade siempre una nota
mística a sus contenidos semánticos. Además de la consideración estética,
humana y social de la sustancia literaria, profundiza el cuestionamiento
de temas trascendentales. Asimismo pregunta sobre la muerte “que fascina
al español” como “en el rito decisivo donde toro y torero se
consumen”. La idea muriliana de España puede estar vinculada a diversos
elementos de naturaleza espiritual, como la música de Tomás Luis de
Victoria, en la cual el poeta percibe la expresión “columnas de
sonido”, evocando la idea de orden y disciplina creativas. Dicho
compositor suscita la sinestesia melódica, la visión auditiva del
discurso cromático de la música, la melodía visualizada como color. En síntesis, ambos poetas cantaron a España con
raro encanto, con semejante plasticidad y una percepción de la realidad
española muy peculiar, que unidas a las virtudes lúdicas y expresivas de
cada uno, nos ofrecen un admirable manantial de poesía e hispanidad. |
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Márcio Catunda (Brasil, 1957). Poeta. Autor de livros como Sermões ao vento (1990), No chão do destino (1999) e London garden and other journeys (2000). Contato: mcatunda@mre.gov.br. Página ilustrada com obras do artista Carlos M. Luis (Cuba). |