revista de cultura # 39 - fortaleza, são paulo - junho de 2004

artista convidado: carlos m. luis






 

Este, fondo con Carlos Eme, es Carlos

Lorenzo García Vega

.

Carlos M. Luis¿Cómo es eso? ¿Cómo voy a decir sobre un fondo? ¿Se trata de un berenjenal bendito donde me pudiera meter ? ¿Hacia cuál salsipuedes me voy a dirigir? Veamos… ¿Lo digo?, ¿me atreveré? Bueno…, es algo así como… ¿Cómo qué?

Bueno…, el fondo…, ¿lo digo por fin?. Bien , me atrevo. Lo voy a señalar a como pueda, y quizá como dando brincos..

Se trata, como siempre estoy diciendo, de que vivo en una Playa Albina. Una Playa Albina, este lugar donde vivo, como ya he dicho y repetido es un lugar seco, y es un lugar donde hubo (por tiempo y tiempos) una colchoneta vieja tirada en una tierra baldía, y es un lugar lleno de feos canales, y es, en fin, eso donde, como quien no quiere la cosa, puede llegar a tropezar un fantasma de medio pelo.

O sea, para empezar, una Playa Albina es el inevitable telón de fondo para todo esto que voy a decir. Un telón de fondo, o paisaje, pues, como se sabe, todo requiere tener un telón de fondo o paisaje.

Pues bien, para hacer el cuento corto, y teniendo el telón de fondo Playa Albina, un día acompañado por el poeta Carlos Eme, o por el creador de collages Carlos Luis, o por el crítico de Arte Carlos Martínez Luis, o por el amigo Carlos M Luis (que de todas estas distintas maneras puede decirse éste, Carlos, que ahora nos va a acompañar), entramos por una sala situada en el horrible downtown, albino, de esta horrible Playa Albina; la recorrimos de punta a cabo y, al salir, ¡es increíble!, nos encontramos cargando una liebre. ¿Una liebre? Así mismo. Pues se trataba de que en la sala que recorrimos estaban los adminículos de Joseph Beuys, y Beuys tiene que ver con la liebre, y nosotros acabamos cargando con la liebre.

Con una liebre, así mismo. Desde ese momento, salidos de la sala del downtown cargamos con la liebre de Joseph Beuys. Cargamos y, a partir de ese momento, yo me decidí, homenajeando a Duchamp, a emprenderla con un palíndromo en otra cerradura, mientras que Carlos, liebre sobre el brazo, empezó a hablar de las experiencias del arte plástico literario. Habló Carlos del año 300, y habló de Teócrito de Siracusa, y habló de Sinias de Rodas, y esto, entonces, para, desde ese momento caer, de lleno, como el que cae desde esa nave intersistemaria "Karnak", relatada por Gurdjieff, en las ondulaciones y peligros de la escritura visual.

¿Se quiere una operación más difícil, entonces, que la asumida por Carlos Eme a partir del momento en que se metió en la sala del downtown? Una operación que, como a mí me obsesionar hacer eso, la voy a repetir, aunque aumentándola, por última vez, para así grabarla, o cifrarla, o lo que sea, en los siguientes puntos:

- primero, Carlos entró en la sala downtown, oyendo una musiquita sabrosa como de pianola del pasado;

- Carlos, entonces, salió de la sala, llevando en los brazos la liebre de Joseph Beuys;

Carlos M. Luis- Carlos, sofocado por la emoción, no sólo se puso a hablar de Sinias de Rodas y de Teócrito de Siracusa, sino que, en un instante de súbita comprensión, llegó a saber que la pianola que acababa de oír no era un anacrónico elefante musical del pasado (pues, en un primer momento, Carlos creyó, efectivamente, que se trataba de una anacrónica pianola de la década del 20 que estaba haciendo oír "Júrame", la canción romántica de María Greber), sino nada menos que la pianola de Nancarrow (pero, ¡dios!, ¿se puede saber cómo ese súbito comprensivo que sustituyó a la Greber por el Nancarrow, pudo caer, con la velocidad del rayo, sobre el Eme Luis?);

- Carlos, entonces, alucinado con la pianola de Nancarrow que antes le pareció que sonaba a "Júrame", llegó a su casa y, sin abandonar la liebre de Beuys, se plantó frente al teclado de su computadora y, como si estuviera tocando una pieza de jazz en un piano (Carlos, debemos advertirlo, siempre sueña con teclear un texto escrito como si estuviera tocando el piano), se lanzó a la, delirante, difícil operación consistente en lo siguiente: conjurar la aparición de un lenguaje, pero no para escribir un texto, sino, primero, para contemplarlo tal como si fuera un voyeur de la palabra, y esto para después tratar de transmutar a la palabra en lo visual del grafismo;

-anótese bien esto, entonces: Carlos, un voyeur de la palabra;

- y no sólo un voyeur, sino que, también, liebre en mano, Carlos Eme, después de haber pasado por la sala del downtown, y después de haber salido con la liebre de Beuys, y después de haber oído "Júrame" en la pianola de Nancarrow, y después de haber ejecutado un jazz en el teclado de una computadora, termina convirtiéndose en un 'language designer"; pero, la manera en que esta conversión se efectuó, tenemos que referirla en otro epígrafe, en el epígrafe siguiente.

1 De la manera en que Carlos M. se ha llegado a convertir en un "language designer".

Pues bien, no sólo Carlos M. ejecuta en el teclado de su computadora una pieza de jazz, sino que también él, en el momento en que se acuesta a dormir, lleva a cabo el siguiente ceremonial: se sienta junto a su TV; enciende su TV; coloca, sobre la mesa donde está la TV, ese cartelito que con letras grandes dice EL POETA TRABAJA (cartelito que, antes, como ya se sabe, lo expuso también, al meterse en la cama, el poeta francés Saint-Pol-Roux) ; y, por último, acunado por las luces y sombras del noticiero televisivo, plácidamente se entrega al diálogo con el sueño.

Un diálogo con las sombras del sueño, entonces, en pleno siglo XXI, y bajo el cielo que sirve de techo a la Playa Albina, es lo que lleva (y he ahí el secreto), noche tras noche, al Carlos Eme hacia ese lugar donde, una onírica alucinación pictográfica, hace que el ícono sustituya a lo escrito.

Carlos M. LuisUn diálogo, entonces, con esas sombras del sueño que levanta la TV de la Playa Albina, exacerba al Luis M. hasta llevarlo a ver, noche tras noche, unas paredes que serían, ¡nada menos!, que las paredes que rodearían a ese Tim Finnegan, también conocido como Finnagain

¡Todo un rebumbio!, en fin.

Pero un rebumbio que, al despertar nuestro soñador del fiestongo onírico, no se convierte en anarquía, ya que Carlos M., temeroso siempre de perder el status quo, puede acogerse a la ventaja de poder mantenerse, como voyeur del lenguaje, en una posición serena, reposada, de 'language designer" (y, sobre esto, podemos recordar las palabras de Décio Pignatari, fundador del movimiento de poesía concreta: "el nuevo poeta visual se convierte en un "language designer" o diseñador de lenguaje, más que en portavoz del lenguaje".)

O sea, dicho de otro modo, que la trayectoria de Carlos M. Luis, ha sido la siguiente:

-entró (pero en esa época yo no lo conocí) en la semejanza, al llegar a su juventud, buscándole, a través de los cadáveres exquisitos, los tres pies al gato surrealista, y esto, increíblemente, para adquirir , para siempre, en un lugar donde nunca hubo vanguardia, la ciudadanía de la vanguardia;

-lo conocí, años más tarde, en un mundo catedralicio sobre el cual me he decidido a no hablar más o, al menos, a hablar sobre él (sobre el mundo catedralicio, por supuesto) lo menos posible:;

-volví a conocerlo, o lo conocí mejor, en un capítulo -con New York como telón de fondo- de mi siempre inédita autobiografía "El oficio de perder";

-hasta que, en esta Playa Albina, como ya empecé diciendo, entré con él por una sala del downtown, y esto para acabar saliendo los dos con una liebre en los brazos;

- y he aquí, entonces que, quedando grabado por un telón de fondo albino, el surrealista Carlos busca que la palabra poética que él intentó cuando, una vez, entró en la semejanza, ahora se le convierta en una plástica glorieta izada sobre uno de los canales de esta Playa Albina, y esto con una paredes para Finnegan, que, también le puedan servir como un paradójico In Memoriam dedicado a recordar el futuro (¿un In Memoriam del futuro?).

2 Últimas credenciales de Carlos/

Pero además, pero además de esas credenciales para un creador de un In Memoriam del futuro que arriba hemos expuesto, cuáles son, para los amigos que lo conocemos desde antes del diluvio, las últimas credenciales de Carlos.

Bien, podemos decir que los que conocimos a Carlos en la pesada, muy pesada atmósfera de los poetas de una generación del 50 cubana, encontramos en él la alegría que podía comunicar quien, siguiendo a las vanguardias, comunicaba su ansiedad y sus volteretas a través, entre otras cosas, de esos brincoteos entre la plástica y la literatura que al final, en esta Playa Albina, y después de haber encontrado a la liebre de Beuys, lo ha llevado a caer bajo una buena definición: poeta visual.

Carlos M. LuisPero, sobre todo, si pudiera definir y no definir, agarrar y no agarrar, lo mejor de Carlos, diría que con él se trata de una paradójica disposición del cuerpo que lo lleva, como si fuera un palíndromo viviente, a no detenerse reposadamente ante nosotros, sino que, para ofrecernos su visión como de picoteo, su visión como de caracoleo, él siempre parece que mira, sin detenerse, diagonalmente, o que él entiende un texto desde una derecha-izquierda, pero a la vez leyéndolo desde una izquierda- derecha.

¿Cómo se entiende esto que estoy diciendo? No sé cómo podría hacerlo entender. Pero si quisiera hacer visible, a través de un relato, lo mucho, valioso, que Carlos nos entrega de su mirada, tendría que colocarlo a él, acompañándonos en una exposición de cuadros. Ahí, en esa visión es donde se nos concretiza la huidiza presencia de Carlos ante lo que tan bien sabe mirar.

Pues es que -y que entienda quien quiera o pueda entender- Carlos asiste a las exposiciones para esconderse. O sea, él caracolea, se escapa; convierte las diagonales en gestos corporales, y esto hasta que al final, cuando ya nos hemos cansado de buscarlo, se encuentra en la entrada de la exposición, lugar de donde, inquieto, nos está esperando para partir, sin que parezca que haya visto, sino de refilón, los cuadros, los cuadros que él ha entendido mejor que nadie, pero que sólo sabe explicarnos como en una taquigrafía nerviosa, donde toda clase de citas pueden aparecer, desde las nubes de Baruj Salinas, hasta quizá unos cometas ("pelucas vagabundas") del comunista utópico Louis Auguste Blanqui.

Así que no creo que haya que explicar más, pues como comencé diciendo, yo siempre temo meterme en un salsipuedes, pero por suerte, creo que en esta ocasión no me he metido en ningún berenjenal bendito, ya que, sin duda, este de que estoy hablando es Carlos, o Carlos Eme, o Carlos M. Luis, el poeta visual que, en una Playa Albina, le levanta paredes, espolvoreadas con perfumes parisinos, al tremebundo Finnegans Wake.

Lorenzo García Vega (Cuba, 1926). Poeta y novelista. Autor de livros como Suite para la espera (1948), Los años de Orígenes (1979) e Variaciones a como veredicto para sol de otras dudas (1993). Contato: logar8@yahoo.com. Página ilustrada com obras do artista Carlos M. Luis (Cuba).

retorno à capa desta edição

índice geral

triplov.agulha

triplov.com.agulha.editores

jornal de poesia

Banda Hispânica (Jornal de Poesia)