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revista de cultura # 40 - fortaleza, são paulo - agosto de 2004 |
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Anotaciones sobre lo cómico en Mijaíl Bulgákov Sandra Mercedes Espósito
Me río gustosamente de mí mismo y no conozco medio
mejor que perderme en la inmanencia Georges Bataille
Hacer foco sobre este “talante satírico”,
permite plantear la hipótesis de que las formas de lo cómico son variadas
(como así también sus efectos) en los trabajos de Mijail Bulgákov. La
propuesta exige un recorte de algunos textos: se tendrán en cuenta en el
presente análisis la novela ya mencionada [02] y Notas de un joven médico
[03] - en tanto estos relatos son los textos de ficción que mantienen
un vínculo más estrecho con las libretas requisadas por el orden soviético. Me permito insistir en las formas del verbo: “Reír”
tiene más de una entrada en el Diccionario de la R.A.E. Además de la
acepción más conocida de “manifestar regocijo con movimientos del
rostro, sacudidas del cuerpo y emisión de sonidos inarticulados”, “reír”
se usa para referirse a la “rotura de la tela de un vestido cuando aquélla
ya está gastada o es de mala calidad”. Diríamos que cuando el género se
rompe, se ríe. Si se piensa un rasgamiento como una escisión,
puede considerarse al sujeto que escribe. “Los artistas crean lo cómico”,
dice Baudelaire, [04] “sólo es artista a condición de ser doble y de no
ignorar ningún fenómeno de su doble naturaleza”. Los relatos del joven médico establecen este
desdoblamiento a partir de la imagen de sí que el personaje percibe en la
ventana, y se dice “me parezco al falso Dimitri”. Luego, la voz: una voz
ajena pero interior. Los diálogos interiores que el médico mantiene con su
alter ego, permite al lector el acceso a una forma de lo cómico. En ese
personaje hay un otro que muestra lo absurdo y que se burla de sí mismo:
“Podrías recetar bicarbonato, respondió, burlándose abiertamente de mí,
mi interlocutor interno”. Otras veces la voz ajena es la voz exterior, la
que dice lo que él no desea: “En mi interior pensaba: ¿qué estoy
haciendo? Voy a degollar a la niña. Pero decía otra cosa . -¡Pronto,
pronto, ¡Acepten! ¡ Acepten! Ya se le están poniendo azules las uñas”.
Esta escisión pone al personaje en una situación de absurdo, en un
“aprieto” ante la realidad. El problema cobra un sentido “espacial”,
el médico está “desubicado” frente a la tragedia. Y el relato produce
un deslizamiento de lo serio a lo absurdo. En el caso de las Notas de un jóven médico,
vemos dos mundos contrapuestos [05]: el mundo serio, cotidiano, la realidad
del hospital y los campesinos que llegan a él; y el mundo parcelario,
recortado en los pensamientos del médico a quien le falta la “experiencia
de la vida” [06] para adecuarse (ubicarse) en el plano real. Este mundo no
es serio, es absurdo. Cuando el joven médico llega al hospital al que había
sido designado, observa que su impronta es demasiado juvenil, y en el
intento de modificarla, se dice “lo que necesito es un par de gafas”, a
pesar de que su visión era buena; y luego: “procuraba hablar pausadamente
y con autoridad, intentaba controlar los movimientos bruscos, trataba de no
correr […], sino de caminar”. La angustia y la inseguridad del personaje
recibe una sola fría respuesta: “Ellos sonrieron y dijeron: ‘ya se
acostumbrará’. Vaya con el ‘ya se acostumbrarà’. ¿Y si alguien
llega con una hernia? Decidme, ¿cómo me voy a acostumbrar a ella? Pero,
sobre todo, ¿cómo va a sentirse el herniado en mis manos? Se acostumbrará,
sí, pero en el otro mundo”. El relato del devenir de esta mente es patético.
Sin embargo, al lector le llega con un deslizamiento hacia lo cómico. ¿Por
qué el lector puede reírse con este patetismo?. Quizá por aquello que
Escarpit llama el “rebote humorístico”. El médico que narra lo hace
desde la experiencia, pero el tiempo narrado es el de la inexperiencia. Se
cuentan los momentos de inseguridad y miedo, desde una seguridad recobrada.
Escarpit considera que la causa de tensión más frecuente y más antigua es
el miedo; y el médico relata: “¿qué ocurrirá con la hernia?, seguía
importunándome con tenacidad el miedo en forma de voz.” Cuando la tensión
desaparece, se produce la risa como un relajamiento; podría pensarse como
un reencuentro del espacio propio: “Acuéstate a dormir, desdichado
esculapio. Descansa y por la mañana ya se verá qué hacer. Tranquilízate, joven neurasténico”.
Sin embargo, dando una vuelta más de lectura, la
risa se disipa en el relato “Morfina”, en el que nos llega el diario de
un morfinómano. El personaje es simple, no puede desdoblarse, está
emplastado a la tragedia. Incluso cuando uno de los enfermeros hace el
relato de una morfinómana que en la desesperación por no conseguir morfina
robaba opio, y se reía de este suceso, el morfinómano escribe en su
diario: “¿Qué hay de gracioso en eso? El enfermero me es odioso. ¿Qué
hay de gracioso? ¿Qué? He salido de la farmacia caminando como un ladrón.
¿Qué es lo que le resulta a usted gracioso en esa enfermedad?”. La risa
es aquí una ofensa porque el morfinómano no ha recobrado su seguridad, está
atrapado en su peligrosa simpleza. Otro caso en que la risa se disipa, es si se lee al
propio Bulgákov en busca de un lugar: “Si no me nombran director, me
ofrezco para el cargo fijo de figurante. Si tampoco puedo ser figurante, me
ofrezco para el cargo de tramoyista. Si tampoco esto resulta posible, pido
al gobierno soviético que haga conmigo lo que crea conveniente, pero que
haga algo, porque en cuanto a mí, un dramaturgo que ha escrito cinco obras,
conocidas en la URSS y en el extranjero, lo que me espera en el momento
presente es la miseria, la calle y la muerte”. [08] En este tono,
solicitaba en 1930 un espacio laboral a Stalin. El contenido de la carta no
provoca risa en absoluto, aunque haya alguien tan “desubicado”, acaso
porque adolece de peso el plano ficcional. O tal vez, porque también el
autor está pegado a la tragedia política. Aquí se observa nítidamente la
diferencia entre un texto cómico y un texto trágico. La materia temática
suele ser la misma, pero el humorista toma distancia, se desdobla, se
supera. Y el procedimiento es intelectual: “Los argentinos atribuimos al verbo gozar la
significación correspondiente a la forma intelectual de la risa.” - dice
José Ingenieros. Y luego completa: “los hombres capaces de procesos
psicológicos superiores pueden poseer la risa puramente intelectual […]
limitándose a ser (esta risa) un acto representativo.” [09] Este sesgo
positivista parece estar presente también en Bulgákov cuando decide no
escribir sobre los campesinos porque no le gusta el campo, ni sobre los
proletarios porque no los entiende; escribe sobre la intelectualidad rusa.
Por eso nunca leeremos en Bulgákov el grotesco rabelesiano. Acaso este
autor está más cerca de ese “gozar” del que hablaba José Ingenieros:
goza desde la intelectualidad y a la intelectualidad rusa. No hay risa
inocente ni alegría absoluta en sus trabajos. Se trata de una risa ya más
alejada del desahogo o de la catarsis, es una risa cómplice. Bomgard miente en ocasiones. Y la mentira posee una
complejidad intelectual alejada de lo instintivo. La complicidad con el
lector en la mentira, provoca ese “goce”: la primera vez que Bomgard
realiza una amputación, Ana Nikoláievna, felicitándolo, le preguntó si
había hecho muchas amputaciones: “- Hmm… yo… lo he hecho sólo dos
veces…- ¿Por qué mentí?, ahora no lo entiendo”. O, en “La garganta
de acero”, cuando el lector tiene pleno conocimiento del temor que se
apoderó del médico frente al paciente, se lee: “- Usted, doctor, es
excelente. ¡Es un encanto ver la sangre fría con que opera!”. – Sí… yo, usted sabe, jamás me pongo nervioso-
dije sin saber por qué, pero era tanto mi cansancio que ni siquiera pude
avergonzarme”. Otra forma de la mentira es la decadencia del intelectual
tratando de cuidar las apariencias: “intentaba ocultar mi intranquilidad
en lo más recóndito de mi ser, y no demostrarla de ninguna manera”. Y se
sonríe al sospechar que estos pasajes no son más que una crítica a la
propia decadencia (del autor y, ocasionalmente, del lector). La forma del chiste aparece en estos relatos como un
modo de marcar las diferencias de clases. Una noche, cuando reunido el médico
con las comadronas y el enfermero, ellos le cuentan anécdotas sobre los
campesinos, historias que apuntan a resaltar la ignorancia de éstos, el médico
dice: “solté una carcajada. Pelagueia Ivánovna reía y golpeaba con saña
un tronco con el atizador… –Usted dira lo que quiera, pero eso es un
chiste- dije- ¡No puede ser verdad! -¿¡Un chiste!? ¿¡Un chiste!? –
[…] – Aquí , sabe usted, la vida toda está hecha de esos
chistes…”. Luego de éste, comienzan a contar una sucesión de
acontecimientos anecdóticos, donde la frontera entre el horror y el chiste
es muy lábil, casi imperceptible, si no fuera por las risas exageradas de
los “intelectuales”, que miran desde la superioridad aquello que no podría
a ellos ocurrirles. En otra ocasión, la burla aparece contrapuesta y será
la campesina quien se ríe del médico: “y usted decía que no tenía
ojo… pues le ha salido uno. - Y la campesina rió burlonamente”. En
ambos casos se ve la rivalidad, la diferencia, la lucha de clases que el
gobierno soviético dice querer abolir. Esta literatura está diciendo desde
la risa, desde lo cómico, que aquello que se intenta es un imposible
absurdo.
La situación de los espacios, de los lugares
arrebatados e intercambiados, está narrada de tal modo que el absurdo toma
una dimensión que excede a la catástrofe política: puede vérsela (a la
catástrofe) como un estatuto de inferioridad, como un pozo en el cual un
intelectual avisado nunca caerá por iniciativa propia: -“no soy amigo de
los despropósitos”-, dice el médico. - “En estas condiciones no sólo
no puedo, sino que no tengo derecho a trabajar. Por esto abandono mis
actividades, cierro mi apartamento y me voy a Sochi”. En esta novela también está presente la lucha de
clases cuando la presidente del comité de la casa le dice que él debería
ser arrestado por odiar al proletariado, y Filípovich responde: “- Tiene
usted razón, no me gusta el proletariado” - . Incluso el perro, antes de
ser operado, odiaba a los proletarios, especialmente a los porteros. Este trabajo, por otro lado, está plagado de ironías
que apuntan al desenmascaramiento de la hegemonía soviética: “Y, por
Dios, antes de comer no lea jamás los periódicos soviéticos. - Hum. Pero si no hay otros. - Por eso, no lea ninguno.” La política de exclusión y de exilio al
propietario se ve cuando, tras una reunión de asamblea, Fílip Filípovich
dice: “Bueno, me parece que podemos despedirnos de la casa Kalabújov.
Tendremos que irnos, pero ¿ a dónde?, me pregunto”. No sólo se trata de
una pérdida de la propiedad inmueble, también hay un exilio de los objetos
personales: “Hasta abril de 1917 no hubo ni un caso, subrayo con lápiz a
rojo, ‘ni uno’, en que de nuestra entrada, que tenía una puerta común
abierta, desapareciera un solo par de chanclos”. Y luego: “Ahora el
proletariado lleva chanclos, ¡y esos chanclos son los míos! Son
precisamente los que desaparecieron el trece de abril del diecisiete”.
Esta lucha de clases, contracara de la hegemonía política y social soñada
por los revolucionarios, se acentúa y se fundamenta en Corazón de perro
con la suficiente fuerza como para que el censor (cuyo nombre es secreto ,
pero a quien Bulgákov inventó el apellido “Guepeújov”) escriba:
“Obras como ésta, leídas en los círculos literarios más brillantes de
Moscú, son mucho más peligrosas que las intervenciones inútiles e inicuas
de los escritores de ínfima categoría en las sesiones de la Unión de
Poetas soviéticos”. [10] Quizá en este sentido vale la concepción
nietzscheana de que no se mata con la cólera, sino con la risa, “¡Adelante,
matemos el espíritu de la pesadez!”, [11] dice Zaratustra.
“No es el absurdo lo insoportable, sino el
pensamiento de que el absurdo puede quererse”, dice Escarpit. Cuando el
perro, transformado en hombre, adopta las características de un
revolucionario (por supuesto, llevado a la caricatura por el procedimiento
de la escritura), lo absurdo es que ese pueda ser el modelo de ciudadano que
el sistema desee: el nuevo hombre de laboratorio se torna insolente con la
autoridad (en este caso el médico). Cuando Shárikov estaba sirviéndose
vodka y Bormental le explica que tiene que repartir a los demás, “en la
boca de Shárikov apareció, casi imperceptible, una sonrisa sarcástica”.
Luego, cuando le preguntan acerca del teatro, el nuevo hombre opina: “Es
un juego de idiotas: hablan, hablan. Todos son unos
contrarrevolucionarios”. Más tarde, a medida que adquiere un perfil más
humano, las metamorfosis ideológicas son aún más evidentes: comienza a
reclamar un espacio (una superficie de cinco metros cuadrados) en el
apartamento de Fílip Filípovich. El médico, observando el monstruoso ser que surgió
de su experimento, dice que “lo más terrible de la situación es que su
corazón ya no es canino, sino humano. ¡Y el más podrido de todos los que
existen en el mundo!. El propio médico es quien declara ese grotesco
invertido, cuando admite que si tuviese corazón de perro, perseguiría a
los gatos, pero eso no sería tan horroroso. El lector, en esta instancia,
sabe el escándalo que armó Shárikov cuando intentó matar al gato dentro
del baño del departamento. Aún ese desastre, casi una catástrofe para una
casa, que alcanza los límites de la sátira, sería preferible para Fílip
Filípovich, antes que ese corazón humano que se degenera porque es
ideologizado por el comunismo. Este hombre declina cuando comienza a desear
una ley, cuando reclama estar dentro de la ley con una documentación,
cuando exige un espacio en la sociedad. Esto es lo que termina resultando
absurdo en la novela de Bulgákov, que pueda quererse este tipo de persona. El texto, finalmente, diluye la risa cuando el
experimento se revierte y el hombre vuelve a ser perro. El médico admite la
impotencia de la ciencia: “La ciencia no ha descubierto aún cómo
convertir a los animales en hombres. Yo lo intenté, pero sin éxito, como
pueden ver”. Podría decirse que esto, en retórica, se llama metáfora:
la civilización no pudo dominar a la barbarie. Pero tan entreverados están
la civilización y la barbarie, que la imagen final es la del perro que veía
“las cosas horribles que hacía el gran hombre: hundía sus manos,
enfundadas en sus resbaladizos guantes, en un recipiente, y sacaba un
cerebro; el hombre obstinado, insistente, buscaba algo, cortaba, observaba,
escudriñaba y cantaba”. Tanto en Corazón de perro, como en las Notas
de un joven médico, asistimos a la imagen de la revolución como una
temible tormenta de nieve. La tormenta aúlla, es un demonio, una bruja:
“La tormenta silbaba como una bruja, aullaba, escupía, reía”. “En el
invierno de 1917 fui feliz. ¡Un año inolvidable, impetuoso, acosado por
las tormentas de nieve!”. León Trotsky, en Literatura y revolución,
opina al respecto: “Tanto la tragedia como la broma suponen la misma
actitud romántica, pasiva, contemplativa y filistea, ante la revolución,
como ante cualquier otra fuerza nacional elemental desencadenada. Pero la revolución no es sólo una tormenta de
nieve”. [12] Luego del análisis sobre lo que Trotsky llama
“broma”, me permito opinar que a los trabajos de Bulgákov le faltan
muchos elementos para ser “románticos” (entre otros, el
sentimentalismo, la admiración por la naturaleza y el paisaje, la inclinación
a lo popular; elementos que, por lo demás, posiblemente sí tenga el ideal
de la revolución proletaria). Y que pareciera ser que los escritos de Bulgákov
no le parecieron “pasivos” a la censura, pues podían “envenenar” y
ser un “peligro” para las mentes brillantes de los escritores (y de los
lectores). Cambiaría el adjetivo “contemplativo” por el de
“observador” – este autor parece haberlo sido-. Y lo de “filisteo”
quizá sea un reduccionismo: si la novedad (política) era la revolución,
evidentemente Bulgákov no adhirió a ella. Pero sí a otras novedades: el
25 de mayo de 1935, un informe del servicio de vigilancia transcribía las
declaraciones del escritor: “En el Teatro Artístico hoy no se puede
trabajar. Me aburre la atmósfera que han creado estos dos viejos.
Stanislavski y Dánchenko ya chochean y desprecian todo lo que no tiene
doscientos años” [13]. Lo que Trotsky simplifica como “broma”, tiene en
Bulgákov varias formas: la sátira, el chiste, el grotesco, lo cómico
intelectual. Son las grietas, las rasgaduras de una tela que tal vez al
autor le parece de “mala calidad”, las rajaduras de los distintos géneros
(relato, novela, drama) que Bulgákov transitó para hacerlos reír. Por último, no me parece que Bulgákov considerara
que la revolución era una tormenta de nieve. Eso es literatura (¿Trotsky
no pudo verlo?), es una metáfora, o en términos de T. S. Eliot, un
“correlato objetivo”, un goce, un modo de decir más cuando sólo puede
decirse menos. NOTAS 01 Shentalisnki, Vitali; Prólogo a
Corazón de Perro. Ed. Galaxia Gutemberg. Barcelona, 1999. |
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Sandra Mercedes Espósito (Argentina, 1969). Es fotógrafa y actualmente se encuentra trabajando en un proyecto de investigación sobre el escritor ruso Mijaíl Bulgákov para la cátedra de literaturas eslavas de la Uuniversidad de Buenos Aires. Un acercamiento a dicho trabajo es este pequeño ensayo. Contato: sandraeme@yahoo.com.ar. Página ilustrada com obras do artista Francisco Quintanar (México). |