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revista de cultura # 40 - fortaleza, são paulo - agosto de 2004 |
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La intensidad interior de Giorgio Morandi Albert Ràfols-Casamada
I
Estos objetos,
que aparecen en las fotografías de Morandi en su estudio, son el punto de
partida y, debidamente absorbidos por la pintura, el punto de llegada
de sus obras, ya que parece que estos objetos sirvan únicamente
para construir unas determinadas arquitecturas plásticas, tema real de
tales pinturas. Pero hay otro sector importante de su obra: los
paisajes – que serán asimismo tema primordial de sus grabados y
acuarelas -, y algún florero que aparecerá de vez en cuando a lo largo
de su trayectoria. Podríamos decir que los paisajes tienen el mismo carácter
neutro de los objetos. Son paisajes cualesquiera, sin nada llamativo ni
especial, receptáculos de la luz que le permiten construir un espacio
habitado por unas manchas de color, donde siempre aparecen
de manera patente el juego del pincel, el gesto de la mano. Y los
floreros: masas de flores
carnosas, siempre delicadas en el
matiz, pero densas en la materia. Flores como pretexto para llegar a una
casi abstracción de formas inconcretas, un
juego de valores que centra el cuadro. Este acercamiento a la abstracción lo encontramos
en muchas de sus obras, casi en la mayoría, a partir de un cierto momento
de su evolución. Un acercamiento desde la figuración, sin rehuirla
nunca, valiéndose de ella para destacar lo que hay de abstracto en la
realidad. II
Hay siempre armonía, incluso cuando aparece alguna
asonancia, alguna tonalidad a primera vista discrepante, como algunos
rojos en cierta naturalezas muertas del año 1938; por ejemplo. Pero
pronto nos damos cuenta de que no hay
tal discrepancia, sino que esta nota más intensa es el acento que
da fuerza a toda la armonía. Sin embargo es un recurso que no utiliza con
frecuencia. La fuerza de sus composiciones se centra en la justeza de
tonos y valores, en el poder de los grises, en la luminosidad de los
blancos, nunca estridentes, y
en la densidad de los sienas y los rojizos, tan característicos de la
ciudad de Bolonia, su ciudad natal. III
Únicamente se apartan de esta idea los
bodegones cubistas del año 14, donde el tiempo se muestra fugaz.
Quizá por esto, en la época de madurez, Morandi los rechazaba. Pintura ensimismada, silenciosa, mejor dicho,
susurrante, que habla en voz bajo, como si hablase para sí. Quizá este
es el gran secreto de su pintura: un diálogo consigo mismo a media voz,
pero afirmando verdades incontrovertibles, verdades que se pueden decir
con pocas palabras, resonantes como voces lejanas, en el silencio que las
envuelve. Así, en un determinado momento sabrá mirar sus
botellas o cajas
con la mirada cubista, captando las energías dispersas
de los objetos que llenan todo el espacio de la pintura, sabiendo
jugar con el dinamismo de un claroscuro
vigoroso que da volumen al espacio. Más tarde tarde la mirada se
impregnará de la poética metafísica y la pintura ser volverá más
precisa, de límites recortados y sus
objetos habituales aparecerán más raramente. El claroscuro será
acentuado como en la Natura morta de
1919, con un frutero y una
servilleta bajo una luz violenta, de un tratamiento próximo a Casorati.
IV
Para que su obra nos hable no necesita de grandes formatos ni composiciones
complicadas. Su complicidad estriba en la sencillez, en la justeza, en el
ir más allá sin moverse de
sitio. Porque esta es la realidad: Morandi parece que no viajó nunca al
extranjero – por lo menos no tuvo pasaporte
hasta el año 1956-, viajó algo por Italia, pero casi siempre se
quedó en su ciudad, en su estudio, un estudio bastante pobre y poco
acogedor, a juzgar por las fotografías. Pero seguramente en ese limitarse
está su fuerza: supo sacar partido de sus limitaciones. Este conocer los
propios límites y profundizar en ellos es una enorma cualidad que evita
la dispersión y malgastar las fuerzas.
Naturalmente, no es el único camino a seguir, pero sin duda el que
correspondía a su temperamento. En último término creo que la lección de Morandi
es ésta. Es decir: aquí está la pintura con toda su fuerza y su
delicadeza, su misterio y su simplicidad, su riqueza y su pobreza, su
espíritu y su materia. Esta es la verdad que Morandi nos comunica a través
de su obra, la profunda verdad del arte, un arte como el suyo que no
necesita grandes gestos para ser elocuente, para emocionarnos. Porque su
pintura está llena de emoción, tiene el temblor de
las cosas vivas, las cosas que tienen alma. El suyo es un mundo de
formas que respiran verdad. |
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Albert Ràfols-Casamada (España, 1923). Considerado uno de los grandes pintores abstractos de la segunda mitad del siglo XX, un teórico del arte y uno de los mayores poetas catalanes. Autor de libros como Dietario (1975-1984), y Signo del aire. Obra poética (1939-1999). Página ilustrada com obras de Giorgio Morandi. |