revista de cultura # 40 - fortaleza, são paulo - agosto de 2004






 

José Luis Vega: "Siempre vi la poesía como un destino"
(entrevista)

Carmen Dolores Hernández

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José Luis VegaProfesor de literatura, Decano de Humanidades en la UPR, director de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, crítico reconocido, José Luis Vega es, ante todo, un gran poeta. En los siete  poemarios que tiene a su haber ha ido forjando un mundo literario a la vez preciso y luminoso. Los ambientes conocidos –el entorno de Santurce-, las experiencias comunes –el erotismo, la sensualidad, la domesticidad también-, las ideas, los conocimientos, el arte, se nos revelan desde ángulos insospechados. José Luis busca –y encuentra- en su poesía la raíz de la experiencia y la devuelve a través de múltiples espejos. Por eso –más que conocer- esta poesía nos lleva a reconocer; nos mueve también a ensayar modos alternos de sentir, conformando un aprendizaje sensorial y afectivo en que la gama de emociones va desde la pasión hasta la ternura, desde la evocación hasta el asombro, desde la admiración hasta la provocación. La música –evidente- de sus versos refleja otra más íntima, escondida, trasunto de aquélla que concierta los mundos y rige las esferas, rozando el misterio, en palabras de Fray Luis de León: “A cuyo son divino/ el alma que en olvido está sumida,/tiende a cobrar el tino/ y la memoria perdida/ de su origen primero esclarecida”. Entre los libros de José Luis Vega se encuentran “Comienzo del canto”(1967) , “Signos vitales” (1974), “Suite erótica” (1974), “La naranja entera” (1983), “Tiempo de bolero” (1985), “Reunión de espejos” ( antología, 1988) “Bajo los efectos de la poesía” (1989), “Solo de pasión. Teoría del sueño” (1996), y “Techo a dos aguas” (1998). [CDH]

CDH - El primer libro que publicaste, antes aún de cumplir 20 años, fue “Comienzo del canto”. En el título mismo hay un manifiesto que remite a tu compromiso con la poesía.

JLV - Yo siempre vi la poesía como un destino y la sigo sintiendo así.

CDH - Pero además de poeta eres crítico y ensayista ¿cómo conjugas esas otras escrituras con la poesía?

JLV - Me siento fundamentalmente poeta. Los únicos ensayos que he escrito son los que aparecen en “Techo a dos aguas”: constituyen otra manera de plantear las obsesiones y las preocupaciones vitales, una manera de decir cosas que no puedo decir en los poemas. Comparten con la lírica la condición de la expresión directa sin la mediación de la ficción; sin la invención de la historia. Y es que yo disfruto mucho leyendo ensayos lúcidos. Me ponen en contacto directo con la inteligencia del escritor; eso me estimula para la creación poética, que es un fenómeno de inteligencia, pero de una inteligencia lúcida. Son instantes -que se pueden alcanzar en situaciones especiales- que no son necesariamente de emoción sino de una lucidez que combina la inteligencia con una intensidad que remite, entonces, al sentimiento.

En cuanto a la crítica, no soy un crítico literario profesional porque sólo he trabajado a autores y temas que me interesan profundamente. Se establece entonces una interacción con la obra y ocurre lo mismo: de repente se produce una lucidez, una visión que va más allá de lo puramente literario porque es una visión de vida, del mundo, de la naturaleza, que me ayuda a vivir a mí. En los últimos años he tenido ese relámpago de lucidez al descubrir la relación entre las teorías ocultistas y la literatura moderna, particularmente la poesía, desde el romanticismo hasta la vanguardia.

CDH - ¿Cómo te surgió ese interés por el ocultismo, por el espiritualismo en conjunción con la literatura?

JLV - Salió de una experiencia espiritual muy fuerte que tuvo que ver con la muerte de mi padre. En un fenómeno de sincronicidad –así lo llama Carl Jung- coincidió que una vecina, una señora mayor cuya madre fue la introductora de la teosofía en la República Dominicana, me regaló unos antiguos libros de teosofía. La muerte de mi padre de alguna manera extraña me puso a leer aquellos libros de espiritualismo y entendí muchísimas cosas. No desde el punto de vista religioso confesional, sino desde el punto de vista filosófico y espiritual. Luego leí mucho sobre doctrinas ocultistas y empecé a darme cuenta de que esas mismas lecturas que yo estaba haciendo a finales del siglo XX eran comunes a los intelectuales de finales del siglo XIX y principios del XX. Pero hay que conocer ese corpus de ideas para poderlo reconocer en textos como las “Rimas” de Becquer, la poesía de Juan Ramón Jiménez o la de la vanguardia. “Altazor” [de Vicente Huidobro], por ejemplo, está lleno de esas referencias. Y eso sin contar los artistas de los que se sabe que se nutrieron de esas ideas: Amado Nervo, Gabriela Mistral, Rubén Darío, Leopoldo Lugones. Ese corpus de ideas apeló a las clases cultas y a los sectores aristocráticos, contrario a lo que ocurre hoy día.      En el siglo XIX la corriente espiritualista y ocultista fue una reacción clara a la visión de mundo positivista, lo que a veces llaman el materialismo de la sociedad contemporánea. Y ahora toda esta ‘nueva era’ coincide con el fin de las utopías políticas, del desarrollo del neoliberalismo salvaje. Ha tocado un campanazo y la gente vuelve a la dimensión del espíritu y del misterio: a un sentido de trascendencia.

Francisco QuintanarCDH - Es un sentido –el del misterio- necesario a la poesía.

JLV - El descubrimiento del misterio tiene que ser un descubrimiento auténtico: no puede ser de naturaleza libresca. Tiene que nacer de una especie de imperativo o necesidad vital. Y cuando se da, en el momento en que se da, significa una transformación cualitativa en la estructura del poema. Hay poetas que son totalmente ajenos al sentido del misterio y su discurso puede ser más llano y a veces de mucha perfección formal, otros se regodean en la ironía o el humor. Eso está en mi poesía pero la otra dimensión ha contribuido a un sentido de madurez.

CDH - Además de grandes intuiciones, en tu poesía también hay elaboración, trabajo. ¿Cómo conjugas ambas cosas?

JLV - Más que trabajar la poesía, tengo que esperar el momento en que viene la intuición fuerte del contenido. Siempre viene acompañada de la intuición de la forma. Es decir, que no se trata sólo de tener una idea e irla esculpiendo, sino que esa idea no es eficaz hasta que no encuentra su propia forma. Casi siempre se me manifiesta un primer verso y ahí ya está todo. En ese primer verso está ya el ritmo, el tono. Entonces va saliendo lo demás. Sí aprendí que el poema no se puede distraer, que tiene que concentrarse en un solo efecto y que a veces hay que tener rigor para que el poema no siga ramificándose. Hay que podarlo. A veces escribo 30 versos y luego me doy cuenta de que el poema está en los primeros 15.

CDH - ¿De dónde surgen las intuiciones?

JVL - Lo que yo llamo intuición son unas ideas abstractas. Para poderlas expresar, sin embargo, adquieren de momento una forma personal, biográfica, inmediata, aunque el poema no tenga una conexión directa con la realidad inmediata. Se trata de ideas abstractas de tipo ético y uno las va vinculando con experiencias concretas o aparentemente concretas.

CDH - Lo biográfico -la familia y el entorno de Santurce- se trasluce claramente en algunos poemarios.

JVL - En el titulado “Tiempo de bolero” traté de recoger la experiencia de Santurce. Me crié en la Parada 18, en lo que entonces era la avenida Labra, que hoy es la Roberto H. Todd. Mi padre era un pequeño comerciante y tenía su comercio en esa avenida. Tengo una experiencia fronteriza porque si caminaba hacia el norte, llegaba a los barrios; si caminaba hacia el sur, llegaba a las barriadas. Los barrios son las partes más señoriales de Santurce: el Condado, por ejemplo. Lo mismo me iba a Trastalleres a alquilar bicicletas que al Condado a pasear. Como hijo de don José, que era muy respetado, me movía cómodamente. Eso ha sido importante para mi manera de ser. Ahora me siento bien lo mismo en un cafetín jugando billar que en una reunión de académicos.

CDH - La experiencia de Santurce en los años cincuenta era rica, estimulante.

JLV - Sin lugar a dudas. ¿Recuerdas cuando la gran diversión era irse a caminar por la Ponce de León a mirar las vitrinas? Se podía estar hasta las once o las doce de la noche, caminando por allí. Otra gran diversión era ir al cine. Hay testimonios literarios de ese tiempo: los de Magali [García Ramis], los de Ana Lydia [Vega]; también Martorell. Los cangrejeros, los santurcinos, compartimos una misma nostalgia.

Francisco QuintanarCDH - Tu padre está muy presente en “Tiempo de bolero”. Era, al parecer, muy dado a la música.

JLV - La verdadera vocación de mi padre era componer boleros. Era un excelente compositor de música popular, aunque ha permanecido inédito. Lo que pasa es que nunca le gustó la farándula; no quería meterse en ese ambiente. El mundo de la música tiene zonas oscuras y él era un hombre muy recto: no encajaba allí.

CDH - ¿Tienes esos boleros?

JLV - Sí los tengo; los tengo sobre todo en la memoria porque me crié escuchándolos. Él hizo copiar algunos; tengo las partituras. Componía la letra y la música. Era guitarrista espontáneo. Era fundamentalmente un poeta, un poeta popular. Siempre he pensado que el que lo hereda no lo hurta. Mi padre fue una influencia importante en mi vida, en mi vocación poética. Su gran frustración fue que él hubiera querido que yo fuera músico y difundiera sus composiciones.

CDH - ¿En qué escuelas te educaste?

JLV - Fui a la Labra, a la Cordero y a la Escuela Superior Central. Allí se celebraban los famosos juegos florales: se elegía una reina, se otorgaban premios, se invitaba a un escritor prominente a hablarle al estudiantado en el anfiteatro de la escuela. Una vez me dieron una mención honorífica en los juegos florales y el escritor invitado era Fonfrías. Yo veía a aquel señor vestido de dril blanco, ceceando, y pensaba para mis adentros, ‘¡qué señor tan culto y elegante!’ Fonfrías publicó una revista ambiciosa, “Prensa literaria”, la última gran revista en el sentido de que era un suplemento cultural a la manera de La Revista de las Antillas. Le llevé un escrito en prosa donde describía las azoteas del viejo San Juan y lo publicaron con una ilustración. Fue una gran emoción para mi.

CDH - ¿Fue lo primero que publicaste?

JLV - Lo primero fue un cuento en el periódico “El Imparcial”. Me presenté por allí - eran cosas que uno hacía de muchacho- fui a la redacción. Me entrevistó alguien que no sé quien era y a los dos días apareció el cuento publicado. Entonces yo quería ser periodista. Tenía una imagen romántica del periodismo. Cuando “El Imparcial” estaba en Puerta de Tierra y “El Mundo” en el Viejo San Juan, yo husmeaba por allí, olía las prensas. Me gustaban esos periódicos de linotipo, de prensas alborotosas, de periodistas desgarbados, de escritores viejos.

CDH - Has estado vinculado, de alguna manera, a publicaciones periódicas. Primero fue la revista “Ventana”, luego “Caribán” y las colaboraciones para EL NUEVO DÍA. Ha sido, me parece, un intento de darle a la literatura una presencia en la sociedad.

JLV - Creo en el valor comunicante de la literatura; creo que la poesía tiene un potencial para ocupar espacios públicos que no se ha descubierto aún. En la TV, por ejemplo, sería perfectamente posible desarrollar cápsulas donde poesía e imagen se combinaran de manera interesante, creativa y estimulante. También habría espacio para la poesía en los autobuses, como en el ‘subway’ de Nueva York: entre un anuncio y otro, unos versos como un fogonazo. Eso es fundamental para romper la opacidad del lenguaje masivo contemporáneo: mostrarle a la gente esa llamarada, esa capacidad que puede tener el lenguaje. La gente –sobre todo los niños- reconoce la fuerza incantatoria que tiene la poesía. En la medida en que el artista tiene una actitud más abierta a la dimensión comunicativa, tiene que hacer ajustes en su escritura, en el código que emplea. Para mí es desolador que un lector me diga ‘No entendí’.

Francisco QuintanarClaro, hay que mantener un equilibrio porque la poesía es siempre un fenómeno de introspección, un fenómeno intensamente privado. Hay una línea fina, que pudiera ser un tanto quebradiza, entre la poesía y, digamos, la publicidad. Me he cuidado instintivamente de hacer concesiones a una literatura “light”, a temas que se ponen de moda. A la vez, me doy cuenta de que he buscado la comunicación a través de revistas y del servicio en posiciones como la que ocupo ahora de Decano o en la Academia de la Lengua. No pienso que se oponen a lo que debe ser el poeta o el artista. He querido conciliar esa dimensión de utilidad y de comunicación que yo creo que también tiene la literatura.

CDH - ¿Qué significado tiene, en el contexto nuestro, la Academia Puertorriqueña de la Lengua?

JLV - Creo que la Academia, por su naturaleza, es una institución importante en el particular contexto geopolítico puertorriqueño. Debe ser una institución pertinente para reflexionar sobre la lengua española desde perspectivas contemporáneas, sobre la producción cultural en esa lengua desde el contexto del Puerto Rico moderno. La capacidad que tiene la Academia para aglutinar a intelectuales y a escritores, a profesionales que han alcanzado cierto nivel de madurez en sus respectivos campos, la hace una institución bien dotada desde el punto de vista intelectual. Pero tiene que ser una institución moderna. Hay que alejarse del prejuicio decimonónico de la Academia como un círculo exclusivo de unos señores encopetados y apartados del resto de la gente.

CDH - En tu poesía han aparecido estímulos biográficos y vitales y reflexiones culturales, además de ecos de voces poéticas importantes, como César Vallejo, Juan Ramón Jiménez, Neruda y, por supuesto, Becquer. ¿Hacia adónde va ahora tu poesía?

JLV - Estoy escribiendo sobre el cielo. Me obsesiona la idea del universo. He leído muchos trabajos de divulgación científica sobre el universo. Es un tema tan y tan complejo, tan difícil de matizar, que la manera en que me he acercado a él es escribiendo una serie de poemas que creo que voy a titular “Los inventores del cielo” sobre las personas que han pensado y han inventado el cielo moderno desde el punto de vista científico. Ya tengo escritos poemas sobre Galileo, sobre Newton, Kepler e incluso uno sobre Stephen Hawking. Si uno se pone a pensar sobre el universo, pierde la razón porque es inconcebible. Como no se puede escribir sobre algo inconcebible, inefable, he buscado ese artilugio. La disciplina científica que tiene que ver con el universo es fundamentalmente imaginaria, poética. Es el campo más extraordinario de la imaginación humana en estos momentos. 

Carmen Dolores Hernández (Porto Rico, 1942). Periodista y escritora. Es autora de cuatro libros: Manuel Altolaguirre, vida y literatura (1974), De aquí y de allá. Libros de Puerto Rico y del extranjero (1986), Puerto Rican Voices in English.  Interviews with Writer (1997) y Ricardo Alegría. Una vida. (2002).  Contato: cdh@caribe.net. Página ilustrada com obras do artista Francisco Quintanar (México).

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