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revista de cultura # 40 - fortaleza, são paulo - agosto de 2004 |
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José Luis Vega: "Siempre vi la poesía como un
destino" Carmen Dolores Hernández
CDH - El primer libro que
publicaste, antes aún de cumplir 20 años, fue “Comienzo del canto”.
En el título mismo hay un manifiesto que remite a tu compromiso con la
poesía. JLV - Yo siempre vi la poesía
como un destino y la sigo sintiendo así. CDH - Pero además de poeta
eres crítico y ensayista ¿cómo conjugas esas otras escrituras con la
poesía? JLV - Me siento
fundamentalmente poeta. Los únicos ensayos que he escrito son los que
aparecen en “Techo a dos aguas”: constituyen otra manera de plantear
las obsesiones y las preocupaciones vitales, una manera de decir cosas que
no puedo decir en los poemas. Comparten con la lírica la condición de la
expresión directa sin la mediación de la ficción; sin la invención de
la historia. Y es que yo disfruto mucho leyendo ensayos lúcidos. Me ponen
en contacto directo con la inteligencia del escritor; eso me estimula para
la creación poética, que es un fenómeno de inteligencia, pero de una
inteligencia lúcida. Son instantes -que se pueden alcanzar en situaciones
especiales- que no son necesariamente de emoción sino de una lucidez que
combina la inteligencia con una intensidad que remite, entonces, al
sentimiento. En cuanto a la crítica, no
soy un crítico literario profesional porque sólo he trabajado a autores
y temas que me interesan profundamente. Se establece entonces una
interacción con la obra y ocurre lo mismo: de repente se produce una
lucidez, una visión que va más allá de lo puramente literario porque es
una visión de vida, del mundo, de la naturaleza, que me ayuda a vivir a mí.
En los últimos años he tenido ese relámpago de lucidez al descubrir la
relación entre las teorías ocultistas y la literatura moderna,
particularmente la poesía, desde el romanticismo hasta la vanguardia. CDH - ¿Cómo te surgió ese
interés por el ocultismo, por el espiritualismo en conjunción con la
literatura? JLV - Salió de una
experiencia espiritual muy fuerte que tuvo que ver con la muerte de mi
padre. En un fenómeno de sincronicidad –así lo llama Carl Jung-
coincidió que una vecina, una señora mayor cuya madre fue la
introductora de la teosofía en la República Dominicana, me regaló unos
antiguos libros de teosofía. La muerte de mi padre de alguna manera extraña
me puso a leer aquellos libros de espiritualismo y entendí muchísimas
cosas. No desde el punto de vista religioso confesional, sino desde el
punto de vista filosófico y espiritual. Luego leí mucho sobre doctrinas
ocultistas y empecé a darme cuenta de que esas mismas lecturas que yo
estaba haciendo a finales del siglo XX eran comunes a los intelectuales de
finales del siglo XIX y principios del XX. Pero hay que conocer ese corpus
de ideas para poderlo reconocer en textos como las “Rimas” de Becquer,
la poesía de Juan Ramón Jiménez o la de la vanguardia. “Altazor”
[de Vicente Huidobro], por ejemplo, está lleno de esas referencias. Y eso
sin contar los artistas de los que se sabe que se nutrieron de esas ideas:
Amado Nervo, Gabriela Mistral, Rubén Darío, Leopoldo Lugones. Ese corpus
de ideas apeló a las clases cultas y a los sectores aristocráticos,
contrario a lo que ocurre hoy día.
En el siglo XIX la corriente espiritualista y ocultista fue una
reacción clara a la visión de mundo positivista, lo que a veces llaman
el materialismo de la sociedad contemporánea. Y ahora toda esta ‘nueva
era’ coincide con el fin de las utopías políticas, del desarrollo del
neoliberalismo salvaje. Ha tocado un campanazo y la gente vuelve a la
dimensión del espíritu y del misterio: a un sentido de trascendencia.
JLV - El descubrimiento del
misterio tiene que ser un descubrimiento auténtico: no puede ser de
naturaleza libresca. Tiene que nacer de una especie de imperativo o
necesidad vital. Y cuando se da, en el momento en que se da, significa una
transformación cualitativa en la estructura del poema. Hay poetas que son
totalmente ajenos al sentido del misterio y su discurso puede ser más
llano y a veces de mucha perfección formal, otros se regodean en la ironía
o el humor. Eso está en mi poesía pero la otra dimensión ha contribuido
a un sentido de madurez. CDH - Además de grandes
intuiciones, en tu poesía también hay elaboración, trabajo. ¿Cómo
conjugas ambas cosas? JLV - Más que trabajar la
poesía, tengo que esperar el momento en que viene la intuición fuerte
del contenido. Siempre viene acompañada de la intuición de la forma. Es
decir, que no se trata sólo de tener una idea e irla esculpiendo, sino
que esa idea no es eficaz hasta que no encuentra su propia forma. Casi
siempre se me manifiesta un primer verso y ahí ya está todo. En ese
primer verso está ya el ritmo, el tono. Entonces va saliendo lo demás. Sí
aprendí que el poema no se puede distraer, que tiene que concentrarse en
un solo efecto y que a veces hay que tener rigor para que el poema no siga
ramificándose. Hay que podarlo. A veces escribo 30 versos y luego me doy
cuenta de que el poema está en los primeros 15. CDH - ¿De dónde surgen las
intuiciones? JVL - Lo que yo llamo
intuición son unas ideas abstractas. Para poderlas expresar, sin embargo,
adquieren de momento una forma personal, biográfica, inmediata, aunque el
poema no tenga una conexión directa con la realidad inmediata. Se trata
de ideas abstractas de tipo ético y uno las va vinculando con
experiencias concretas o aparentemente concretas. CDH - Lo biográfico -la
familia y el entorno de Santurce- se trasluce claramente en algunos
poemarios. JVL - En el titulado
“Tiempo de bolero” traté de recoger la experiencia de Santurce. Me
crié en la Parada 18, en lo que entonces era la avenida Labra, que hoy es
la Roberto H. Todd. Mi padre era un pequeño comerciante y tenía su
comercio en esa avenida. Tengo una experiencia fronteriza porque si
caminaba hacia el norte, llegaba a los barrios; si caminaba hacia el sur,
llegaba a las barriadas. Los barrios son las partes más señoriales de
Santurce: el Condado, por ejemplo. Lo mismo me iba a Trastalleres a
alquilar bicicletas que al Condado a pasear. Como hijo de don José, que
era muy respetado, me movía cómodamente. Eso ha sido importante para mi
manera de ser. Ahora me siento bien lo mismo en un cafetín jugando billar
que en una reunión de académicos. CDH - La experiencia de
Santurce en los años cincuenta era rica, estimulante. JLV - Sin lugar a dudas. ¿Recuerdas
cuando la gran diversión era irse a caminar por la Ponce de León a mirar
las vitrinas? Se podía estar hasta las once o las doce de la noche,
caminando por allí. Otra gran diversión era ir al cine. Hay testimonios
literarios de ese tiempo: los de Magali [García Ramis], los de Ana Lydia
[Vega]; también Martorell. Los cangrejeros, los santurcinos, compartimos
una misma nostalgia.
JLV - La verdadera vocación
de mi padre era componer boleros. Era un excelente compositor de música
popular, aunque ha permanecido inédito. Lo que pasa es que nunca le gustó
la farándula; no quería meterse en ese ambiente. El mundo de la música
tiene zonas oscuras y él era un hombre muy recto: no encajaba allí. CDH - ¿Tienes esos boleros? JLV - Sí los tengo; los
tengo sobre todo en la memoria porque me crié escuchándolos. Él hizo
copiar algunos; tengo las partituras. Componía la letra y la música. Era
guitarrista espontáneo. Era fundamentalmente un poeta, un poeta popular.
Siempre he pensado que el que lo hereda no lo hurta. Mi padre fue una
influencia importante en mi vida, en mi vocación poética. Su gran
frustración fue que él hubiera querido que yo fuera músico y difundiera
sus composiciones. CDH - ¿En qué escuelas te
educaste? JLV - Fui a la Labra, a la
Cordero y a la Escuela Superior Central. Allí se celebraban los famosos
juegos florales: se elegía una reina, se otorgaban premios, se invitaba a
un escritor prominente a hablarle al estudiantado en el anfiteatro de la
escuela. Una vez me dieron una mención honorífica en los juegos florales
y el escritor invitado era Fonfrías. Yo veía a aquel señor vestido de
dril blanco, ceceando, y pensaba para mis adentros, ‘¡qué señor tan
culto y elegante!’ Fonfrías publicó una revista ambiciosa, “Prensa
literaria”, la última gran revista en el sentido de que era un
suplemento cultural a la manera de La Revista de las Antillas. Le llevé
un escrito en prosa donde describía las azoteas del viejo San Juan y lo
publicaron con una ilustración. Fue una gran emoción para mi. CDH - ¿Fue lo primero que
publicaste? JLV - Lo primero fue un
cuento en el periódico “El Imparcial”. Me presenté por allí - eran
cosas que uno hacía de muchacho- fui a la redacción. Me entrevistó
alguien que no sé quien era y a los dos días apareció el cuento
publicado. Entonces yo quería ser periodista. Tenía una imagen romántica
del periodismo. Cuando “El Imparcial” estaba en Puerta de Tierra y
“El Mundo” en el Viejo San Juan, yo husmeaba por allí, olía las
prensas. Me gustaban esos periódicos de linotipo, de prensas alborotosas,
de periodistas desgarbados, de escritores viejos. CDH - Has estado vinculado,
de alguna manera, a publicaciones periódicas. Primero fue la revista
“Ventana”, luego “Caribán” y las colaboraciones para EL NUEVO DÍA.
Ha sido, me parece, un intento de darle a la literatura una presencia en
la sociedad. JLV - Creo en el valor
comunicante de la literatura; creo que la poesía tiene un potencial para
ocupar espacios públicos que no se ha descubierto aún. En la TV, por
ejemplo, sería perfectamente posible desarrollar cápsulas donde poesía
e imagen se combinaran de manera interesante, creativa y estimulante.
También habría espacio para la poesía en los autobuses, como en el
‘subway’ de Nueva York: entre un anuncio y otro, unos versos como un
fogonazo. Eso es fundamental para romper la opacidad del lenguaje masivo
contemporáneo: mostrarle a la gente esa llamarada, esa capacidad que
puede tener el lenguaje. La gente –sobre todo los niños- reconoce la
fuerza incantatoria que tiene la poesía. En la medida en que el artista
tiene una actitud más abierta a la dimensión comunicativa, tiene que
hacer ajustes en su escritura, en el código que emplea. Para mí es
desolador que un lector me diga ‘No entendí’.
CDH - ¿Qué significado
tiene, en el contexto nuestro, la Academia Puertorriqueña de la Lengua? JLV - Creo que la Academia,
por su naturaleza, es una institución importante en el particular
contexto geopolítico puertorriqueño. Debe ser una institución
pertinente para reflexionar sobre la lengua española desde perspectivas
contemporáneas, sobre la producción cultural en esa lengua desde el
contexto del Puerto Rico moderno. La capacidad que tiene la Academia para
aglutinar a intelectuales y a escritores, a profesionales que han
alcanzado cierto nivel de madurez en sus respectivos campos, la hace una
institución bien dotada desde el punto de vista intelectual. Pero tiene
que ser una institución moderna. Hay que alejarse del prejuicio decimonónico
de la Academia como un círculo exclusivo de unos señores encopetados y
apartados del resto de la gente. CDH - En tu poesía han
aparecido estímulos biográficos y vitales y reflexiones culturales, además
de ecos de voces poéticas importantes, como César Vallejo, Juan Ramón
Jiménez, Neruda y, por supuesto, Becquer. ¿Hacia adónde va ahora tu
poesía? JLV - Estoy escribiendo sobre el cielo. Me obsesiona
la idea del universo. He leído muchos trabajos de divulgación científica
sobre el universo. Es un tema tan y tan complejo, tan difícil de matizar,
que la manera en que me he acercado a él es escribiendo una serie de
poemas que creo que voy a titular “Los inventores del cielo” sobre las
personas que han pensado y han inventado el cielo moderno desde el punto
de vista científico. Ya tengo escritos poemas sobre Galileo, sobre
Newton, Kepler e incluso uno sobre Stephen Hawking. Si uno se pone a
pensar sobre el universo, pierde la razón porque es inconcebible. Como no
se puede escribir sobre algo inconcebible, inefable, he buscado ese
artilugio. La disciplina científica que tiene que ver con el universo es
fundamentalmente imaginaria, poética. Es el campo más extraordinario de
la imaginación humana en estos momentos. |
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Carmen Dolores Hernández (Porto Rico, 1942). Periodista y escritora. Es autora de cuatro libros: Manuel Altolaguirre, vida y literatura (1974), De aquí y de allá. Libros de Puerto Rico y del extranjero (1986), Puerto Rican Voices in English. Interviews with Writer (1997) y Ricardo Alegría. Una vida. (2002). Contato: cdh@caribe.net. Página ilustrada com obras do artista Francisco Quintanar (México). |