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revista de cultura # 41 - fortaleza, são paulo - outubro de 2004 |
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La muerte de Allen Ginsberg Raúl Henao
Sin embargo, a rajatabla o regañadientes,
habría que admitir al respecto, que dicha superficialidad o incomprensión
conforma al rasero común de la generalidad de los juicios
formulados sobre las grandes figuras
de la contracultura moderna por quienes les preceden en estas dos
últimas décadas y que incapaces de emularlos en alguna medida, optan por
rebajarlos a su estatura anodina, restándoles toda importancia o
significado en el ámbito de la llamada postmodernidad. Allen Ginsberg, aparte de ser
uno de los poetas más representativos
de la generación beatnik o hipster (años 1951 a 969) llegaría a
constituirse en una relevante, carismática,
figura pública, en un admirable, excepcional luchador en favor de
la libertad de expresión, de la libertad de conciencia, de la libertad humana en general… aun en aquellos aspectos
que la sociedad, prejuiciosamente, señala como ilícitos o prohibidos,
pero que por eso mismo afloran en todas partes y están a la orden del día
en las más disímiles manifestaciones del devenir histórico y social. Que el amor –así pensaba
Allen Ginsberg- precisamente
cuando se trata de un sentimiento auténtico
y sincero, no tiene límites de sexo, raza, religión o nacionalidad… O
que las denominadas “drogas
alucinógenas” tales como
la cannabis índica y sativa (el hachís y la marihuana), la mescalina, la
psilocibina o ciertos alcaloides, componentes químicos de algunas
plantas, cactus y hongos no comestibles que la humanidad ha venido usando
desde tiempos inmemoriales, pueden –opcionalmente- considerarse como
medios alternativos o heterodoxos de placer, curación, conocimiento y expansión de la mente humana –a pesar del riesgo que
encierra su abuso o adicción- es algo que el mundo actual se niega
reiteradamente a aceptar porque esa sola posibilidad pondría en evidencia
el ilusorio equilibrio de la sociedad capitalista y mercantilista moderna,
cuya única meta o ideal es Moloch, el becerro de oro bíblico , la
consecución del “lucro inmundo”
como lo califica Norman O.
Brown en su libro Eros y Thanatos, genial sicoanálisis
del espíritu (y sentido) de la sociedad norteamericana : modelo de
vida reformista y puritano que se pretende imponer
de manera policíaca y represiva a la totalidad
del planeta. Por haber incursionado en temas
semejantes, tanto en su obra como en la vida pública, Allen Ginsberg
alcanzaría una rápida notoriedad en
los medios de comunicación internacionales
de los años 50 y 60, en esos mismos medios publicitarios donde, paradójicamente,
se intentaría más adelante, tergiversarlo y desacreditarlo presentándolo
como un exhibicionista o
payaso, cuando no como un homosexual relapso y extravagante… Imagen
distorsionada que corroboraría aparentemente el
malestar que produjo en los círculos progresistas
de izquierda su expulsión de la Cuba castrista y de la
Checoslovaquia prosoviética… en momentos en los que cuestionar la
validez del comunismo
estalinista era visto como un error capital, un acto reaccionario de la
peor naturaleza.
“La gente me preguntaba qué
pensaba, por lo tanto se los dije. Hablé
de los valores superiores: el sentido de una nueva conciencia que parece
estar inquientando a la juventud de todos los países, la revolución
sexual, la expansión de la conciencia perseptiva, el rechazo de toda
ideología. El contacto directo (alma con alma, cuerpo con cuerpo), la
tolerancia de Dostoievsky y la visión de Blake, los mantras budistas (que
se ocupan principalmente de la conciencia hasta llegar a la conciencia
total). No tengo ningún tipo
de ideología formal , sino un pensamiento y acción concretos, distintos
de la rigidez intelectual del consumismo; estas son las ideas que presento
a la gente para hacerlos pensar sobre sí mismos (USA, ¿Revolución
cultural? – R. Kostelanetz, pág. 265). Allen Ginsberg, parece
entonces, a la claridad que nos proporciona el inicio del nuevo milenio, más
interesado en “cambiar la vida” que en “transformar el mundo”, según
reza la famosa enseña que los surrealistas franceses hicieron suya en un
intento desesperado de conjuntar la realidad y la utopía. Lo que él busca es una transformación de la conciencia y la
sensibilidad contemporánea, un cambio en los hábitos y costumbres, una
mayor comprensión y tolerancia social, una intensificación de la vida
experimentada como éxtasis,
embriaguez o locura pero nunca como algo tedioso, que se padece y soporta
como una enfermedad incurable. Hay en el poeta
norteamericanoel propósito de situarse en la línea bardica de los
antiguos rapsodas galeses e irlandeses que eran sacerdotes y cantores,
predicadores y hombres públicos a la vez.
Una manera de entender la poesía (y al poeta) que todavía pervive
hasta Dylan Thomas, en el
contexto cultural anglosajón,
pero que se ha perdido completamente en la tradición francesa o española
(a nosotros –por ejemplo- nos
resulta imposible o francamente ridículo imaginar a Mario Rivero, por no
decir que a Dario Ruiz, bailando al sonido de unos címbalos –o siquiera
de un acordeón- en las calles de Bogotá o Medellín, como se cuenta que
lo hizo Ginsberg en las calles de Praga o la Habana. Para Ginsberg, en un sentido
literal, la poesía debe volver a religarse a la vida cotidiana, actitud
que comparte con la generalidad de los poetas de la generación beatnik y
hipster. Sus “guías
espirituales” son, por un lado, William
Blake (al que Robert Graves considera como el restaurador de la tradición
bárdica en Inglaterra), Walt Whitman y Henry
D. Thoreau, que al igual que Ralph W. Emerson y los
Trascendentalistas de Boston, se remiten continuamente a los grandes
libros sagrados de la India, más que a las escrituras cristianas o judías
(recuérdese al respecto que en alguna parte Ginsberg se define como un
“judio budista”). Todo
esto en abierta contraposición a la corriente academicista, scholar,
norteamericana; que proviene en línea directa del culto a la obra
formalista abstraccionista de T.S. Elliot y sus continuadores Ramson o
Tate… y tuvo una vigencia absoluta, hegemónica, durante el período
siguiente a la Segunda Guerra Mundial.
De manera que cuando en el célebre
PROCESO DE CHICAGO (1969-70) – donde el Establishment
fundamentalista y autoritario intenta desmantelar de una vez por todas el
movimiento libertario y
contracultural de los años sesenta -el juez Julius J. Hoffman (apodado irónicamente
Julius el justo) encuentra risible o ridícula
la intervención –como testigo de la defensa- de Allen Ginsberg
desde el momento que éste recita una
salmodia en sánscrito o intenta explicar su significado en el
contexto religioso hinduista, este hecho se constituye en un indicio
flagrante y revelador de lo
apartada que se encuentra la actual clase
dirigente y la justicia de
ese país de los valores culturales –como la libertad de opinión política
y religiosa- que conformaron originalmente la democracia estadounidense. Habría que agregar que durante
la intervención del testigo-poeta se intenta en todo momento
estigmatizarlo remarcando su
condición homosexual. A este
respecto nos dice Jean Pierre Palacio (prologista de la edición española
del libro Testimony/Chicago Trial donde se relatan los incidentes
de ese proceso al “festival de la Vida”): “El liberalismo acepta que
una persona profese una religión oriental , pero que se combine su
ascetismo original con un epicureísmo generoso, , confiere al que la
practica una falta de seriedad que no se perdona” (testimonio en
Chicago, pág. 42).
Lo cierto es que quienes
conocieron al poeta hacia el
final de su vida nos hablan de su extraordinaria cordialidad y humanidad,
de su trato amable y bondadoso. Aparentemente
nada hacia recordar al ángel radical, contestatario de su juventud porque
el poeta, al reconciliarse con lo vulgar y cotidiano de la condición
humana, -como antes le
aconteciera a Walt Whitman, que veía el milagro del mundo resumido en una
brizna de de hierba- había
terminado por reconciliarse con su propio rostro y cuerpo mortal (“una
gran cantidad de santos de la
india me señalaron el cuerpo, buscar en el cuerpo y no fuera de la figura
humana”)… Con ese cuerpo que él odiaba porque le recordaba el cuerpo
sudoroso, lacerado, desnudo de su madre psicótica.
“Su propio corazón es su gurú”, le había dicho finalmente
uno de sus maestros hindúes. Paz a sus cenizas. |
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Raúl Henao (Colombia, 1944). Poeta e ensaísta. Autor de livros como El bebedor nocturno (1978), El partido del diablo (1989), e La vida a la carta (1998). Contato: mediumnimico@yahoo.com. Página ilustrada com obras do artista Valdir Rocha (Brasil). |