revista de cultura # 41 - fortaleza, são paulo - outubro de 2004






 

Dois ensaios sobre George Orwell

Rolando Pérez Betancourt & Bernard Crick

.

 

1. Las predicciones de Orwell, por Rolando Pérez Betancourt

 

George OrwellSin bombos ni platillos por parte de aquellos que durante la Guerra Fría lo exaltaron como si fuera un dios de las letras, se están cumpliendo cien años del nacimiento del inglés George Orwell, el ingente crítico del Estado soviético y también del fascismo, y cuya sublime obsesión fue transformar en arte la literatura política.

Múltiple y contradictorio, en ocasiones profundo, en otras ingenuamente cismático a partir de un utópico concepto de independencia, Orwell se ganó la desconfianza de conservadores y anarquistas, de estalinistas y socialdemócratas.

Sus dos últimas novelas, sin embargo, lo convertirían en oriflama del anticomunismo internacional: Rebelión en la granja (1945) y 1984, que vio la luz en 1949, un año antes de su muerte por tuberculosis.

Como dejó esclarecido en su obra The Lion and the Unicorn (1941), Orwell quería para su país el triunfo de un socialismo inglés, libre de las influencias soviéticas. Para rivalizar contra ese «modelo foráneo», al que no le faltaban numerosos simpatizantes en Europa, escribió Rebelión en la granja, una sátira de animales que apuntaba directamente a quien él consideraba responsable de desviaciones en la Revolución rusa: Stalin. Pero el punto final de su novela coincide con la paliza que dan los soviéticos a los alemanes y ninguna editorial inglesa quiere arriesgarse a publicar algo que va contra los aplausos y agradecimientos de medio mundo. Finalmente hay una edición de 25 mil ejemplares en Inglaterra y la novela cruza el Atlántico para llegar a los Estados Unidos.

¡Gran sorpresa! La edición norteamericana de 1946 vende cerca de 600 mil ejemplares. El New Yorker, siempre parco en elogios, asegura que el libro es «absolutamente magistral», trae a colación comparaciones relacionadas con Voltaire y Swift y recomienda comenzar a pensar en Orwell como un autor de primera línea.

Como asegura el escritor norteamericano Michael Shelden en su biografía sobre George Orwell, «Rebelión en la granja hizo impacto en la imaginación popular en un momento en que la Guerra Fría empezaba a hacerse sentir. Durante muchos años el "anticomunismo" utilizó el libro como arma de propaganda, tergiversando de este modo el espíritu con que Orwell lo había concebido».

En plena guerra, Orwell había escrito: «Pienso que si la URSS fuera conquistada por algún país extranjero, la clase obrera de todo el mundo se descorazonaría, al menos por el momento, y los cretinos capitalistas que nunca han dejado de sospechar de Rusia se sentirían estimulados... Yo no querría ver a la URSS destruida y pienso que habría que defenderla si es necesario».

Ese «anticomunismo» sonoramente difundido en tiempos de la Guerra Fría y del que hablara el biógrafo Shelden, también impulsa como buque insignia la novela 1984, una obra que sin haberla leído pero lastrados por la propaganda  muchos la toman como supuesta referencia contra las ideas socialistas de Marx, y hablan de «universo orweliano» y otros conceptos desacreditadores prefigurados por el constante batallar de las derechas globales.

Satisfação, de Valdir RochaPero lo cierto es que 1984 no es una novela anticomunista, sino contra los totalitarismos de cualquier tendencia. En ella se describe un futuro tétrico y opresivo dominado por una Policía del pensamiento. Se desarrolla en Londres, donde Winston Smith es un funcionario del Ministerio de la Verdad responsabilizado con «corregir» datos históricos, de manera que estos coincidan siempre «con lo que se quiere» por parte de los dominadores. Unos dueños de medio mundo con ansias de sojuzgar el Universo y cuyas consignas principales son: «La Guerra es la Paz», «La Libertad es la Esclavitud» y «La Ignorancia es la Fuerza». Todo ello dominado por unas telepantallas, ojos y oídos del gobierno, de ese Gran Hermano empeñado en saberlo todo y de eli minar la más mínima intimidad.

Más de cincuenta años han transcurrido desde que Orwell escribiera este libro premonitorio del cual, luego de su febril exaltación anticomunista, en los últimos tiempos apenas se habla por parte de aquellos que lo glorificaron. Habría que sospechar.

Hoy un totalitarismo neoliberal con cabeza norteña pretende dominar el mundo y en él las tres consignas anteriormente citadas se amoldan como anillo al dedo: El Gran Hermano esgrime una manzana y miente como la bruja de Blanca Nieves para luego transmitir en sus pantallas lo que se le antoje; crea superministerios del espionaje, indaga en las bibliotecas lo que leen sus ciudadanos, controla teléfonos y otros medios de comunicación, acusa de antipatriotas a los que no los acompañan en las aventuras guerreristas (hace unos días a Tim Robins y Susan Sarandon les oscurecieron la pantalla mientras hablaban en directo en Today Show acerca de la libertad de expresión), les cortan los contratos a los contestatarios (el caso del actor Sean Penn y otros más), compra (como informó la AP) «el acceso a bancos de datos sobre cientos de millones de habitantes de países latinoamericanos», llama a filas a los fantasmas del macarthismo y crea una consigna máxima, sin espacio para ningún matiz: Los que no están con ellos, están en contra de ellos. 1984 llamó Orwell a su novela y sobran indicios para pensar que le faltaron veinte años para no quedarse corto.

 

2. George Orwell o el ensayista perfecto, por Bernard Crick

 

El crítico estadounidense Irving Howe calificó a Orwell como «el mayor ensayista inglés desde Hazlitt, quizá desde el doctor Johnson»; y podía haber mencionado a Bacon y Swift. Como mínimo, Orwell debe ser leído como una figura de peso en esta tradición literaria antaño famosa y específicamente inglesa (por más que detrás de todos los escritores ingleses aceche la curiosidad especulativa de la figura tutelar del género, Montaigne). Los ensayos de Orwell no son meros apéndices agradables de sus libros, sino que muy bien pueden constituir su perdurable baza para alcanzar la grandeza como escritor. 

Omisso, de Valdir RochaKipling preguntó: «¿Qué sabrán de Inglaterra quienes sólo conocen Inglaterra?». En unas conferencias para profesores de inglés en Checoslovaquia y Polonia, poco después del colapso soviético, me sentí inclinado a preguntar: «¿Qué saben de Orwell quienes sólo conocen Mil novecientos ochenta y cuatro y Rebelión en la granja?». Y es que esos dos últimos libros son los que, casi por sí solos, le han dado fama internacional. Muy traducidos, son vistos ante todo como sátiras contra el comunismo: no cabe duda de que ante todo es así, pero no sólo son eso. Como ocurre en muchas grandes sátiras, los objetivos son más amplios y diversos. Quizá si mis amigos de Europa oriental hubieran conocido mejor al Orwell ensayista, al especulador, el humorista y el provocador burlón, habrían leído Mil novecientos ochenta y cuatro menos literal y morbosamente, y más como la «risa de los hombres libres», un poderosa arma satírica contra la tiranía y la opresión, ya sea doméstica o política. 

Sin embargo, rebajar a Orwell desde la categoría de profeta hasta la de ensayista o quizá promocionarlo desde novelista menor hasta gran ensayista implica enfrentarse a ciertas dificultades de la lectura del ensayo en general y de los suyos en particular. Hay que pagar un precio por la estrategia literaria de Eric Blair de crear (o, de modo más preciso, dejar evolucionar) el personaje adoptado de «George Orwell», el hombre sencillo, franco, honrado; un amigo no tanto del «proletariado» sino del «hombre común». Hay peligros en su elogiada sencillez estilística. Se pueden decir mentiras o contar cuentos con palabras simples y frases cortas. 

Cuando trabajaba en mi biografía de Orwell [George Orwell: A Life, London, Secker and Warburg, 1980], un hombre ya mayor me dijo que no había sido Eric Blair el niño golpeado con un vara por orinarse en la cama en el colegio, como escribió Orwell en «Such, such were the joys», sino otro niño. ¿Quién sabe? Sin embargo, ¿importa mucho que Orwell no asistiera a un ahorcamiento ni matara un elefante? La distinción entre un ensayo y un cuento no es absoluta. «Such, such were the joys», «A Hanging» y «Shooting an Elephant» podían igualmente imprimirse en una antología de cuentos y los dos primeros textos en una antología de escritos polémicos. Tanto el cuento como el ensayo basados en la experiencia directa o que pretendían estarlo fueron una forma típica en la literatura británica de la década de 1930. 

Sin embargo, el desarrollo por parte de Orwell de su particular máscara literaria tuvo tanto éxito que acabó reportándole críticas. Cuando uno se construye una reputación basada en la honestidad y las narraciones directas, el lector común llegará a admirar lo que lee más por la verdad literal que por el valor artístico y la verdad simbólica, a admirar la honradez del hombre más que la escritura; por lo tanto, quizá sienta después, si resulta que alguna parte de la narración no es cierta (es improbable que Orwell asistiera a un ahorcamiento en Birmania o que estuviera hospitalizado tanto tiempo como parece implicar), que tanto el ensayo, el cuento o el artículo (o lo que sea) como el hombre quedan disminuidos. Y los críticos literarios podrían llegar a subestimar sus poderes imaginativos y su capacidad crítica. 

Sin embargo, Orwell decidió escribir con estillo sencillo porque pensaba que era el mejor modo de llegar al lector común y transmitirle verdades. Percibía que el lector común era en potencia el idealizado «hombre común» de Thomas Jefferson e Immanuel Kant (quizá también con un toque Jean-Jacques Rousseau): una criatura de sentido común y decencia, ni servil ni necesitado de sirvientes, capaz de hacer casi todas las cosas con sus propias manos y que llevaba sin darle importancia cualquier conocimiento formal. El hombre común era la mejor esperanza para la civilización, más que el proletario, las aristocracias o las elites de cualquier tipo. Creyó haber encontrado al hombre común en bloque entre el POUM y los anarquistas de la Barcelona de 1936. Orwell intentaba seguir las huellas de Dickens y H. G. Wells escribiendo, por motivos literarios y políticos, para aquellos cuya única universidad había sido la biblioteca pública. 

La forma ensayística encajaba bien con Orwell, como descubrió poco a poco. Examinemos el famoso pasaje de «Why I write» (1946): «Lo que más he deseado hacer a lo largo de los diez últimos años es convertir el escrito político en arte. Mi punto de partida es siempre un sentimiento partidista, una sensación de injusticia. Cuando me siento a escribir un libro, no me digo: "Voy a producir una obra de arte". Lo escribo porque hay una mentira que quiero desenmascarar, algún hecho sobre el que quiero llamar la atención, y mi preocupación inicial es conseguir un público. De todos modos, no conseguiría hacer el trabajo de escribir un libro, ni siquiera un artículo largo para una revista, si no fuera también una experiencia estética». 

Cão, de Valdir RochaEl ensayo es una forma de escritura extraña pero razonablemente específica. Puede ser moral, didáctico y serio, incluso propagandístico hasta cierto punto; pero no es un sermón ni un discurso, tiene más informalidad y flexibilidad; por encima de todo, deja al lector con cierta dosis de incertidumbre acerca de lo que va a decirse a continuación, cómo se desarrollará el razonamiento discursivo; y el razonamiento no será concluyente ni estructurado lógicamente, un ensayo se puede contentar planteando una cuestión, haciendo que el lector se fije en ella, pero luego cavilar y especular sobre ella sin peroratas ni pontificaciones; por encima de todo, parecerá personal y no objetivo, trasmitirá la sensación de estar escuchando a un individuo extraño pero interesante. Un ensayo puede referirse a hechos, pruebas y autoridades, pero sólo de pasada. No es, como una defensa legal, un razonamiento ordenado expuesto con lógica paso a paso. Un ensayo especula e inquiere, como si el autor estuviera pensando en voz alta; no tiene que parecer demasiado artificioso, sino más bien como un conjunto de asociaciones libres realizadas por una mente sensible y bien dotada. 

El verdadero polemista o propagandista sabe exactamente qué quiere decir, pero un ensayista natural como Orwell, incluso cuando se propone escribir una polémica, dirá como observa él mismo muchas cosas que son irrelevantes. Se detiene a explorar cuestiones secundarias y disfruta con el juego entre la imaginación y el acto real de escribir siempre demasiado para ser un polemista solvente o un sociólogo plenamente objetivo. El estilo sencillo y la gran habilidad de Orwell en su utilización del ensayo como modo de expresión son parte de su culto de lo corriente, su fe en el sentido común y el hombre común. Esto me parece muy atractivo. La idea de Orwell de una sociedad igualitaria no era una sociedad donde sólo se discutieran los grandes temas, sino donde hubiera tiempo para sentarse y mirar, disfrutar de la naturaleza y el ocio; semejantes ideales no deben olvidarse, sobre todo en tiempos de profunda crisis. 

Claro que primero hay que haber elegido lo que uno elogia o acepta como corriente; pero una explicación de cómo se ha dado ese paso sólo podría ser un tratado sobre fenomenología al modo alemán o francés, no un ensayo inglés. Al examinar lo que parece corriente o importante para Orwell, no habría que olvidar que las pruebas de sus prioridades en cualquier momento concreto son necesariamente incompletas. Sólo tras el éxito de Rebelión en la granja alcanzó la fama y pudo elegir el tipo de periodismo y ensayos que deseaba escribir, sin tener que ceñirse a las preferencias de los directores de pequeñas revistas y sin tener que adaptar la escritura a la forma, cuando no al color, de una publicación determinada. Como el buen retórico de Aristóteles, el ensayista no sólo tiene que conocer un tema y tener algo que decir sobre él, sino también conocer un público y saber cómo llegar a él. A diferencia de un ensayista-columnista moderno, Orwell no tenía que tratar todas las cuestiones importantes del momento, a pesar de que sus mejores escritos eran, en el sentido más amplio, sobre temas políticos. En parte no tuvo oportunidad y en parte deseaba transmitir un conjunto de actitudes humanísticas y democráticas: el tema concreto no importaba. En cualquier caso, el ensayista que es un escritor que aún se está abriendo camino posee mucha más libertad que oportunidad. Quizá por eso tantos excelentes ensayistas británicos han surgido de la oscuridad, incluso de la poreza, lo cual que ha hecho que, al reflexionar sobre la vida corriente, nos parezcan a la mayoría mucho más atractivos e interesantes que los gestos elegantes y neoclásicos de Addison, Steele y los augustos ensayistas del Spectator

Ensaios publicados originalmente em La Hoja Latinoamericana # 85 (Uppsala, Julio/Septiembre de 2003), e reproduzidos com autorização de seu editor, Carlos Arroyo Reyes. Contato: carlos.arroyoreyes@telia.com. Página ilustrada com obras do artista Valdir Rocha (Brasil).

retorno à capa desta edição

índice geral

triplov.agulha

triplov.com.agulha.editores

jornal de poesia

Banda Hispânica (Jornal de Poesia)