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amauta (peru)
Mariátegui
no exagera cuando a mediados de la década del veinte las emprende contra
aquellos que todavía creen que la nueva literatura rusa es la de Andréiev
o la de Arzibachev. Conocido como «el apóstol de las tinieblas», Andréiev
es uno de los más grandes escritores profesionales de la Rusia de la
pre-guerra. Lejos de inscribirse en los rangos de la nueva literatura que
insurge con la Revolución de Octubre, es un típico novelista y dramaturgo
fin de síècle que se siente atraído por los tonos sombríos del
decadentismo y hace gala de una morbosidad que tiene algo en común con las
cavilaciones de Fiódor Dostoievski sobre el sentido del mal. Escribe
diversas obras narrativas como La risa roja, Los siete ahorcados, La voz de
la carne o Sacha Yegulev. De estas obras, la que prácticamente lo lanza a
la fama es Los siete ahorcados, que aparece en 1908 y se agota al cabo de
unos cuantos días. También incursiona en el teatro y compone piezas de la
calidad de Hacia las estrellas, La vida del hombre o Judas. En sus inicios,
Andréiev se muestra rebelde y misántropo e incluso es encarcelado por sus
actividades políticas, pero después se transforma en un conservador que
apoya la participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial, ataca a la
Revolución de Octubre y cruza la frontera con Finlandia, para desde allí
escribir apasionadas denuncias contra Lenin y los bolcheviques. En marzo de
1919 lanza un desesperado llamamiento para que los aliados intervengan en
Rusia y acaben de una vez con los Soviets. Fallece al poco tiempo, a raíz
de un ataque al corazón (3). Por
la misma época en que Alberti y otros jovénes españoles se estremecen con
la lectura de Sacha Yegulev, de Andréiev, las novelas de Arzibachev inundan
las librerías de América Latina y son prácticamente devoradas por la «generación
del año 20». En Chile, por ejemplo, Sanin, el personaje central de la
popular novela de Arzibachev, es tomado como modelo por los anarquistas, los
poetas y los estudiantes. Otro tanto ocurre con Andréiev, que es el
escritor de moda. Sus novelas -La risa roja, Los siete ahorcados, La voz de
la carne o Sacha Yegulev- pasan de mano en mano e inquietan el sueño de
muchos jóvenes latinoamericanos. Algunos de ellos, como Pablo Neruda, se
sienten tan identificados con Andréiev, que cuando empiezan a escribir sus
primeros artículos de crítica literaria -en 1923, para la revista
Claridad- firman con el seudónimo de Sacha, tomado de la novela Sacha
Yegulev. Por ese entonces, Neruda también lee con fruición El océano, del
mismo Andréiev, que tanto influye en su obra El habitante y su esperanza
(6). En el Perú, en mayo de 1923, tibios aún los últimos rescoldos de su
pasión juvenil por este tipo de literatura decadentista y finisecular, el
mismo Mariátegui declara que en materia de prosa su predilección se divide
entre Máximo Gorki y Leonid Andréiev (7). De
modo que cuando Mariátegui las emprende contra los que todavía se sienten
deslumbrados por la literatura de Andréiev y Arzibachev quizás también
está terminando de ajustar cuentas consigo mismo o, mejor, con lo que aún
queda de su denominada «edad de piedra». La oportunidad para este deslinde
se presenta a mediados de abril de 1927, cuando escribe un artículo sobre
Arzibachev, que justo por esos días acaba de fallecer. En este texto, Mariátegui
parte de una constatación fundamental: que, dentro de la historia de la
literatura rusa del novecientos, Andréiev y Arzibachev ocupan un lugar
menos importante que otros contemporáneos suyos, como, por ejemplo, Fiódor
Sogolub, que es uno de los primeros exponentes del simbolismo ruso. A partir
de esta premisa, Mariátegui trata de discutir la cuestión de por qué, a
nivel mundial, Andréiev y Arzibachev llegan a gozar de un renombre un tanto
desproporcionado. Su idea es que la fama mundial de Andréiev y Arzibachev
se debe a que éstos logran aprehender, desde el plano de la ficción, en
novelas que tienen más que nada el valor de documentos psicológicos, antes
que de creaciones artísticas, todo ese estado de ánimo de desolación,
frustración y escepticismo en que, tras la derrota de la revolución de
1905, cae un buen sector de la intelighentsia rusa: «El mundo de Arzibachev
-escribe Mariátegui- es generalmente menos atormentado y patético que el
de Andréiev, pero tiene la misma filiación histórica. Su sensibilidad se
emparenta asimismo, bajo algunos aspectos, con la de Andréiev. Escéptico,
nihilista, Arzibachev resume y expresa un estado de ánimo desolado y
negativo. Sus personajes parecen invariablemente condenados al suicidio.
Suicidas larvados y suicidas latentes, hasta los del coro mismo de sus
obras. El destino del hombre es, en este mundo lívido, ineluctablemente
igual. El símbolo de la Rusia agoniosa, una horca. Esta literatura
reflejaba la Rusia de la reacción sombría que siguió a la derrota de la
revolución de 1905. Estudiantes tuberculosos, judíos alucinados,
intelectuales deprimidos, componían la escuálida y monótona teoría que
desfila por las novelas de Arzibachev bajo la sonrisa sarcástica de algún
nietzschano de similor que acabará también suicidándose» (8). Pero
la Rusia lívida, enferma y sombría de las novelas de Andréiev y
Arzibachev no es toda la Rusia de ese tiempo. Resulta que el movimiento de
1905 no es sólo una derrota, sino también una extraordinaria experiencia
que es debidamente aquilatada por aquellos hombres que más tarde, en 1917,
despliegan victoriosamente la bandera de la revolución sobre el Kremlin.
Desgraciadamente, esa otra faz de Rusia -la de la ilusión y la esperanza-
no puede ser conocida ni entendida por Andréiev y Arzibachev. Incluso,
cuando el último de ellos pretende diseñar un héroe, su imaginación no
va más allá de un personaje como Sanin, que aparece como un fruto de la
filosofía individualista y anarquizante de Max Stirner y las ideas de
Friedrich Nietzsche sobre el «super-hombre». Como dice el propio Mariátegui:
«Cuando [Arzibachev] pretendió crear un héroe, su imaginación de pequeño
burgués individualista inventó a Sanin, un super-hombre de provincia que
no sostiene ninguna lucha -ni siquiera una auténtica agonía interior- y
que exhibe como única prueba de su superioridad las victorias de su
instinto fuerte y de su cuerpo lozano de animal de presa» (9). La
situación de Arzibachev también le permite a Mariátegui discutir la
cuestión un poco más general de por qué gran parte de los escritores
rusos que pertenecen al ciclo del decadentismo y el simbolismo, no obstante
que en sus inicios hacen gala de cierta rebeldía, terminan oponiéndose a
la Revolución de Octubre. Así, pensando sobre todo en los decadentes y los
simbolistas rusos que en el San Petersburgo de comienzos del siglo XX se
agrupan alrededor de las figuras de Dimitri Merezhkovski y Zinaída Hippius,
escribe: «Arzibachev era un representante de la intelighentsia, como se
llama en Rusia, más que a una élite o una generación, a un ciclo o una época
de la literatura nacional. La intelighentsia era confusa y anáquicamente
subversiva más bien que revolucionaria. Se nutría de ideales humanitarios,
de utopías filantrópicas y de quimeras nihilistas. Cuando la revolución
vino, la intelighentsia no fue capaz de comprenderla. No era la revolución
vagamente soñada en los salones de Madame Zinaída Hippius entre la
musitación exquisita de un poeta simbolista y las fantasías helenizantes
de un humanista erudito. El pobre Arzibachev, como otros representantes de
la intelighentsia, se apresuró a protestar. Con un ardimiento de pequeño
burgués desencantado, combatió la Revolución que llegaba armada de dos
fuerzas que Arzibachev no conoció nunca y negó siempre: la ilusión y la
esperanza. Por esto, sobreviviente de sí mismo, exiliado de la historia, le
ha tocado morir melancólicamente en Varsovia. Sobre la estepa rusa no se
dibuja ya como antes el perfil de siete horcas» (10). En
otra parte de su artículo sobre Arzibachev, como algo que no le compete
directamente, Mariátegui lanza este comentario: «Se dice que Sanin, que
extremaba y exasperaba la tragedia rusa hasta lo indecible, produjo una
reacción oportuna. Muchos jóvenes revolucionarios se reconocieron
estremecidos en los retratos de Arzibachev. Después de sentirse impulsados
enfermizamente hacia la muerte y la nada, las almas volvieron a sentirse
impulsadas hacia la vida y el mito» (11). No se necesita ser muy zahorí
para descubrir que aquí Mariátegui -aunque se refiere a los jóvenes rusos
que logran superar la derrota de la revolución de 1905- también está
hablando de él y los otros integrantes de su generación que, en algún
momento de su juventud, se estremecen con las novelas de Andréiev y
Arzibachev y no pueden dormir durante varias noches. El
virtual desconocimiento de la nueva literatura rusa que tanto preocupa y
angustia a Mariátegui tiene mucho que ver con un factor que es más
cultural que político: la barrera del idioma. Por la época en que el autor
de los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928) retorna a
Lima, la literatura rusa de la revolución todavía no ha empezado a ser
traducida al español. Eso ocurre recién a partir de la segunda mitad de la
década del veinte, cuando varias editoriales españolas, como M. Aguilar,
la Biblioteca de la Revista de Occidente, Ediciones Biblos, Ediciones
Oriente, Cénit y Espasa-Calpe, empiezan a traducir y publicar algunas de
las obras más representativas de la literatura rusa de la revolución. Así,
en 1925, M. Aguilar publica el libro Literatura y revolución, de León
Trotski, que aborda, entre otros temas importantes, la situación del arte
anterior a la Revolución de Octubre, el problema del encuentro -y los
desencuentros- entre el futurismo y la revolución, el asunto de la relación
entre la escuela formalista de poesía y el marxismo, la cuestión de la
existencia del arte proletario, y la posición de los bolcheviques ante el
arte. En 1926, gracias a la iniciativa de la Biblioteca de la Revista de
Occidente, circulan las traducciones al español de Los tejones, de Leonid
Leónov, Caminantes, de Lidia Seifulina, y Tren blindado número 14-69, de
Vsevolod Ivánov. En ese mismo año, Espasa-Calpe publica el libro La nueva
Rusia, de Julio Alvarez del Vayo, donde aparecen -traducidos al español-
algunos fragmentos de la obra poética de Vladímir Maiakovski, Anna Ajmátova,
Serguéi Esenin y Alexandr Blok. Entre los textos poéticos, figuran «La
canción del perro», que es uno de los poemas más bellos y característicos
de Esenin, y algunos de los versos de Los doce, de Blok, que es una de las
obras más representativas del ciclo de la Revolución de Octubre. El autor
de estas traducciones de Maiakovski, Ajmátova, Esenin y Blok -como el mismo
Alvarez del Vayo se encarga de informar a sus lectores- es Enrique Díez-Canedo
(12). La
crítica en español Otro
factor que se opone a la adecuada difusión de la nueva literatura rusa en
el mundo de habla española es la critica un tanto equivocada de los pocos
escritores españoles que se ocupan de ella. Esos son los casos de Cristóbal
de Castro, de La Libertad, de Madrid, y, en cierta forma, de Ricardo Baeza y
Luis de Zulueta, asiduos colaboradores de una publicación española que
tiene cierta influencia en la «formación de minorías» en América
Latina: la Revista de Occidente. Al igual que los animadores de la Revista
de Occidente -que llegan a difundir las obras de Ivánov, Seifulina, Leonov
y Zamiátin-, Baeza y Zulueta se interesan por el fenómeno cultural ruso
(17). Incluso, en algún momento de su vida -allá en 1922-, el primero de
ellos colabora activamente con la misión de socorro que patrocina el
explorador y naturalista noruego Fridtjof Nansen con la finalidad de llevar
ayuda a los habitantes de Ucrania y el Volga (18). Pero, por sus mismos
prejuicios políticos, tanto Baeza como Zulueta no pueden entender ni
apreciar adecuadamente las consecuencias del fenómeno bolchevique en el
arte. De allí que Mariátegui polemice con ellos en diversas ocasiones. Así,
refiriéndose al ensayo «El nuevo teatro en la Rusia soviética», que en
1924 Baeza publica en la Revista de Occidente, Mariátegui escribe: «El
lector hispanoamericano -dice- no puede llegar por la sola vía del español
a la literatura rusa de la post-guerra. En español, de este tema no nos ha
hablado, con conocimiento y con simpatía, sino Julio Alvarez del Vayo. En
la Revista de Occidente, Ricardo Baeza dedicó hace algún tiempo un artículo
al teatro ruso; pero, aparte de que se limitaba a reflejar las impresiones
de un escritor inglés, y de que su evidente humor anti-revolucionario lo
inhabilitaba para entender y apreciar las consecuencias del fenómeno
bolchevique en el arte, enfocaba en su artículo sólo un género literario,
tal vez el que menos ha podido desarrollarse dentro de la situación creada
por la Revolución» (19). Casi
por la misma época en que La Libertad difunde el mencionado artículo de
Castro, Mariátegui termina de leer la traducción al italiano de Los
Artamonov, que publica la Editorial Fratelli Treves, y escribe un comentario
sobre ella. Se trata de su artículo «La última novela de Máximo Gorki»,
que el 20 de julio de 1928 aparece en la revista Mundial. Por esa
circunstancia, puede percatarse que Castro no ha leído Los Artamonov y lo
critica duramente en un trabajo que lleva el título de «Máximo Gorki,
Rusia y Cristóbal de Castro», pues considera que no tiene nada de ético
aquello de comentar o reseñar libros que no se han leído: «Al revés de
Gorki novelista -afirma Mariátegui-, el señor Cristóbal de Castro no ha
menester de documentarse para tratar un tema. Tiene la osadía irresponsable
del gacetillero para afirmar cualquier cosa, sin ningún temor de engañarse.
Le bastan los recuerdos dispersos de sus lecturas apresuradas y vulgares
para escribir la historia. Puede trazar la biografía de Gorki, sin haberse
acercado jamás a su obra ni a su vida» (23). Por
último, referiéndose a cuál es el verdadero argumento de Los Artamonov,
Mariátegui agrega: «Y me siento en grado de suponer que el señor Cristóbal
de Castro no conoce Los Artamonov sino a través de uno de esos retazos de
crónica, recogidos sin ningún discernimiento crítico, de que se sirve
generalmente para su trabajo periodístico. Porque en caso de haber leído
Los Artamonov, su absurda interpretación lo dejaría en muy mala postura.
Resulta que el escritor de La Libertad no sólo está mal informado por
gacetilleros presurosos y confusos, sino que es incapaz de informarse mejor
por su cuenta. Habría leído Los Artamonov, pero sin entender una palabra
del asunto ni de los personajes. Remito a los lectores a mi anterior artículo.
Les será fácil enterarse de que ni el asunto ni los personajes de Los
Artamonov tienen algo que ver con el comunismo. Las tres generaciones de la
familia Artamonov que nos presenta Gorki son tres generaciones burguesas. El
fundador de esta precaria dinastía de burgueses de provincia, procede del
servicio de un príncipe expropiado. Es un siervo emancipado, como los que
se encuentran en los orígenes de la burguesía de otros países. Es un
campesino pero no es un mujik. Proviene quizá de una generación aldeana y
crédula, pero él mismo no lo es. En él se reconoce, más bien, el impulso
creador que mueve el surgimiento de toda burguesía. Toda la obra de la
familia Artamonov -una fábrica y su provecho-, es del viejo ex-doméstico.
De sus hijos, uno le sucede en el comando de la fábrica, el otro, un
jorobado, se refugia en un monasterio. Su sobrino, hijo natural de un noble,
se prolonga en un industrial de cierta facundia y presunción, contagiado de
ideas reformadoras y progresistas, que miran al afianzamiento del poder de
la burguesía contra el poder supérstite de la aristocracia. Uno de los
Artamonov de la tercera generación repudia la fábrica y la familia. Los
repudia por adhesión intelectual al socialismo; pero escapa por este mismo
acto al argumento de la novela. Es un personaje ausente, desertor. La ruina
de los Artamonov tiene un testigo implacable, el viejo portero Tikhon.
Cuando la revolución sobreviene, habla por sus labios. Pero tampoco Tikhon
es comunista ni es obrero. No es sino un testigo rencoroso y desilusionado
del drama al que le toca asistir» (24). Más
cercano de la geología que de la política La
importancia que Mariátegui le atribuye a la tarea de la difusión de la
nueva literatura rusa, tanto en términos de traducción al español como de
una crítica adecuada y oportuna, es una cuestión que se relaciona con su
original aproximación al marxismo. Resulta que él está completamente
convencido que las realidades sociales también pueden ser abordadas desde
el punto de la cultura y desde ese sector tan menospreciado en otras
tradiciones marxistas que es la llamada «superestructura», en particular,
el mundo de la creación literaria y de la ficción (25). En este caso, se
trata de su convicción de que no se puede conocer la nueva Rusia de los
Soviets sin conocer su nueva literatura. De allí que glose con fruición a
Iliá Ehrenburg y, como algo que seguramente él mismo hubiese querido
escribir, repita que «los extranjeros que no conocen la nueva literatura
rusa no conocen a la nueva Rusia, pues sólo la literatura, al menos parcial
o convencionalmente, podría hacerles comprender el proceso grandioso, más
cercano de la Geología que de la política, que se opera en un pueblo de
ciento cincuenta millones de almas» (26). Con
el tiempo, las diversas iniciativas que Mariátegui toma para difundir a la
literatura rusa de la revolución se reflejan en el gusto y las preferencias
literarias de los diversos grupos intelectuales de Lima y provincias. Así,
si nos guiamos por el testimonio de Luis Alberto Sánchez, se descubre cómo
muchos de los más conspicuos representantes de la nueva literatura rusa,
como Fedor Gladkov, Leonid Leónov, Eugenio Zamiátin o Alexandr Fadéiev,
son incorporados con rapidez en el firmamento referencial de los
vanguardistas peruanos y acaban disputando devociones, preferencias y simpatías
con Jean Cocteau, Salvador Novo o Jorge Luis Borges (31) Esta especial atmósfera
intelectual es la que también explica por qué una revista como el Mercurio
Peruano, que nada tiene que ver con las vanguardias, termina interesándose
en la literatura rusa de la revolución y, en 1927, con ocasión del décimo
aniversario de la Revolución de Octubre, publica una selección -preparada
por el poeta Alberto Ureta- donde figuran «La canción del perro» de Serguéi
Esenin y algunos versos de Los doce de Alexandr Blok y Aventura
extraordinaria de Vladímir Maiakovski (32). De este modo, gracias al noble
esfuerzo de Mariátegui, la literatura rusa de la revolución logra
conquistar un lugar bajo el sol del nuevo ciclo de cosmopolitización
-internacionalización o modernización, como ahora se dice- que experimenta
la cultura peruana en la década de 1920. NOTAS
(1)
Mariátegui, José Carlos: «La nueva literatura rusa», Variedades, Lima,
20 de marzo de 1926, en El artista y la época, 12º Edición, Lima,
Biblioteca Amauta, 1987, pág. 158.
(2)
Carta de José Carlos Mariátegui a Ricardo Vegas García (11 de mayo de
1925), en Mariátegui, José Carlos: Correspondencia (Introducción,
compilación y notas de Antonio Melis), Lima, Biblioteca Amauta, 1984, tomo
I, pág. 82. (3)
Ver Cornwell, Neil (Ed.): Reference Guide to Russian Literature, Chicago,
Fitzroy Dearborn Publishers, 1998, págs. 110-114. (4)
Ibíd., págs. 118-120. (5)
Alberti, Rafael: La arboleda perdiada. Primero y Segundo libros (1902-1931),
Madrid, Alianza Editorial, 1998, pág. 178. (6)
Teitelboim, Volodia: El corazón escrito. Una lectura latinoamericana de la
literatura rusa y soviética, Moscú, Editorial Ráduga, 1986, pág. 213. (7)
Mariátegui, José Carlos: «Instantáneas», Variedades, Lima, 26 de mayo
de 1923, en La novela y la vida, 11º Edición, Lima, Biblioteca Amauta,
1985, pág. 139. (8)
Mariátegui, José Carlos: «Miguel Arzibachev», Variedades, Lima, 16 de
abril de 1927, en Signos y obras, 3º Edición, Lima, Biblioteca Amauta,
1971, pág. 95. (9)
Ibíd., pág. 96. (10)
Ibíd., págs. 96-97. (11)
Ibíd., pág. 95. (12)
Ver Alvarez del Vayo, Julio: La nueva Rusia, Madrid, Espasa-Calpe, 1926, págs.
232-241. (13)
Mariátegui, José Carlos: «Caminantes, por Lidia Seifulina», Variedades,
Lima, 15 de enero de 1927, en Signos y obras, págs. 91-92. (14)
Ver Schanzer, George D.: Russian Literature un the Hispanic World: A
Bibliography, University of Toronto Press, 1972. (15)
Ver Alvarez del Vayo, Julio: Rusia los doce años, Madrid, Espasa-Calpe,
1929, págs. 87 y siguientes. (16)
Portnoff, George: La literatura rusa en España, New York, Instituto de las
Españas, 1932, pág. 47. (17)
López Campillo, Evelyne: La «Revista de Occidente» y la formación de
minorías, Madrid, Taurus, 1972, pág. 121 y sgts. (18)
Alvarez del Vayo, Julio: La nueva Rusia, pág. 49. (19)
Mariátegui, José Carlos: «La nueva literatura rusa»,en El artista y la
época, págs. 158-159.
(20)
Mariátegui, José Carlos: «La Rusia de Dostoievski. A propósito del libro
de Stefan Zweig», en El artista y la época, pág. 166. (21)
Ibíd., págs. 166-167. (22)
Citado en Mariátegui, José Carlos: «Máximo Gorki, Rusia y Cristóbal de
Castro», Variedades, Lima, 3 de agosto de 1928, en Signos y obras, pág.
89-90. (23)
Ibíd, pág. 89. (24)
Ibíd, págs. 90-91. (25) Flores Galindo, Alberto: «Para
situar a Mariátegui», en Adrianzén, Alberto (Ed.): Pensamiento político
peruano, Lima, Desco, 1987, pág. 207. (26)
Mariátegui, José Carlos: «La nueva literatura rusa», en El artista y la
época, pág. 158.
(27)
Bazán, Armando: Biografía de José Carlos Mariátegui, Santiago, Zig-Zag,
1939, pág. 94.
(28)
Ver Mariátegui, José Carlos: «Máximo Gorki y Rusia», Variedades, Lima,
27 de octubre de 1923; «Trotski», Variedades, Lima, 19 de abril de 1924;
«Lunacharski», Variedades, Lima, 15 de febrero de 1925; «Alexandr Blok»,
Variedades, Lima, 19 de setiembre de 1925; «La nueva literatura rusa»,
Variedades, Lima, 20 de marzo de 1926; «Caminantes, por Lidia Seifulina»,
Variedades, Lima, 15 de enero de 1927; «Leonid Leónov», Variedades, Lima,
26 de febrero de 1927; «Sergio Esenin», Variedades, Lima, 1º de octubre
de 1927; «La última novela de Máximo Gorki», Mundial, Lima, 20 de julio
de 1928; «Máximo Gorki, Rusia y Cristóbal de Castro», Mundial, Lima, 3
de agosto de 1928; «El centenario de Tolstói», Variedades, Lima, 15 de
setiembre de 1928; «Cemento, por Fedor Gladkov», Variedades, Lima, 20 de
marzo de 1929 Edición, Lima, Biblioteca Amauta, 1987,; «La Rusia de
Dostoievski. A propósito del libro de Stefan Zweig», Variedades, Lima, 10
de abril de 1929; «Los mujics, por Konstantín Fedin», Variedades, Lima, 8
de mayo de 1929; «Rusia a los doce años», Variedades, Lima, 10 de julio
de 1929; «Teatro, cine y literatura rusa», Mundial, Lima, 19 de julio de
1929; «El diario de Kostia Riabtzev», Variedades, Lima, 14 de agosto de
1929; «La derrota, por A. Fadéiev», Variedades, Lima, 25 de diciembre de
1929; y «El realismo en la literatura rusa», Variedades, Lima, 7 de enero
de 1930.
(29)
Ver Ehrenburg, Iliá: «La literatura rusa de la revolución», Amauta,Nº
3, Lima, noviembre de 1926; Pilniak, Boris: «Arina», Amauta, Nº 3, Lima,
noviembre de 1926; Bábel, Isaak: «La sal», Amauta, II, Nº 6, Lima,
febrero de 1927, y «La carta», Amauta, Nº 7, Lima, marzo de 1927;
Zoschenko, Miguel: «Una noche terrible», Amauta, Nº 9, Lima, mayo de 1927
yNº 10, Lima, diciembre de 1927; Lunacharski, Anatoli: «El desarrollo de
la literatura soviética», Amauta, Nº 20, Lima, enero de 1929; y Gladkov,
Fedor: Cemento, Labor, Nº 10, Lima, setiembre de 1929. (30)
Miró, César: Testimonio y recaudo de José Carlos Mariátegui, Lima,
Editora Amauta, 1994, págs. 23-24 y 28. (31)
Sánchez, Luis Alberto: Testimonio personal. Memorias de un peruano del
siglo XX, tomo I, pág. 207. (32) Ureta, Alberto: «La poesía
rusa contemporánea», Mercurio Peruano, XVI, Lima, 1927, págs. 429-441. [Texto originalmente publicado em La Hoja Latinoamericana # 84 (Uppsala, abril/junio de 2003), com o título "José Carlos Mariátegui, Amauta y la literatura rusa de la revolución".]
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