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revista
de cultura # 42 |
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Literatura menor y despreocupación poética Rafael Hernández Rodríguez
En
el caso latinoamericano en concreto me parece que dicha situación de
dependencia colonial y la directa relación con la cultura europea, que no
excluye la admiración ni la mezcla, han sido fundamentales para la
formación de lo que entendemos como culturas latinoamericanas. Ahora
bien, cualquier tipo de manifestación cultural, en cuanto producción
social, es lo mismo mercancía que mecanismo ideológico y por lo tanto el
hecho de que una sociedad o grupo dado produzca tal o cual “gran”
objeto o manifestación artística tiene una estrecha relación, sin duda,
con la manera como ese objeto o manifestación habrá de valorarse en
función de quien la produce y su manera de relacionarse con el resto de
las sociedades o grupos humanos. De esta forma, el hecho de que unas
literaturas sean más leídas e influyentes -tengan más demanda y
prestigio- en el mundo no tiene necesariamente una relación directa y lógica
con su “calidad”, sino principalmente con el hecho de que se trata de
expresiones culturales de las sociedades dominantes, o de sectores
dominantes aun en sociedades marginales, como observa Néstor García
Canclini con relación a la dinámica cultural mexicana, [e]l
patrimonio cultural funciona como recurso para reproducir las diferencias
entre los grupos sociales y la hegemonía de quienes logran un acceso
preferente a la producción y distribución de los bienes. Para configurar
lo culto tradicional, los sectores dominantes no sólo definen qué bienes
son superiores y merecen ser conservados; también disponen de los medios
económicos e intelectuales, el tiempo de trabajo y de ocio, para imprimir
a esos bienes mayor calidad y refinamiento. En
este sentido, se vuelve necesario ubicar más que definir a las
literaturas latinoamericanas en función del canon occidental según lo
entiende la crítica tradicional, el cual supuestamente está formado por
estrictos “principles of selectivity, which are elitist only to the
extent that they are founded upon severely artistic criteria”, como
escribe Harold Bloom. Es aquí donde reside gran parte del problema que
plantea la valoración de culturas hegemónicas y marginales, pues estos
criterios no pueden dejar de ser arbitrarios en la medida en que implican
una selectividad (es decir alguien decidiendo cuáles son los principios a
valorar) ni de estar fuertemente ideologizados en cuanto que dichos
criterios artísticos no son categorías divinas e incuestionables, sino
convenciones humanas. Ello
vuelve obvio que la constitución del canon cultural, y en particular
literario, no está fundada necesariamente sólo en severos criterios artísticos,
sino que es un mecanismo de convenciones sociales que en última instancia
tiene como función demostrar la superioridad de una actividad o
manifestación social sobre otra. Así pues, como señala Sara Castro-Klarén
siguiendo las ideas de Alvin Kibel, en materia literaria el texto canónico
existe sólo en función de otros textos “secundarios” que de antemano
presuponen la valoración de un “original”, o texto primario, del cual
dichos textos secundarios son derivados y por lo tanto peligrosos en
cuanto que llevan en su propia naturaleza la semilla de la herejía:
“[t]herefore, while the canonical text cannot be faithfully paraphrased,
it nevertheless does not fully exist outside of exegesis”. Para que
exista el canon, pues, debe existir un gran número de textos secundarios,
derivados o aspirantes al canon. Latinoamérica,
dado que pertenece a la cultura occidental -y más aún dado que desde sus
orígenes es erigida como heredera de Europa-, pero paradójicamente no
puede negar su pasado colonial, y por ello ha sido condenada a una
participación tangencial, pone en evidencia que la constitución del
canon es ante todo un aparato móvil cuya construcción depende no sólo
de criterios estéticos, sino también de decisiones políticas y económicas.
La tensa relación entre aceptación y rechazo por parte de Europa y la no
menos ambigua manera en que América mira al viejo continente se reduce a
una ecuación simple: tradicionalmente la literatura latinoamericana ha
sido confinada a funcionar como la exégesis del texto “auténtico”
europeo, canónico, que se supone infinito (Castro-Klarén); en otras
palabras, se trata de una literatura con carácter marginal, y por ello
malinterpretada como menor, como juicio de valor. Y
efectivamente las literaturas de América Latina son menores, pero
literatura menor como yo la entiendo, lejos de interpretarse como lo
opuesto de las literaturas mayores o la exégesis del texto canónico,
debe verse como literatura despreocupada por perpetuar la esquematización
que implicaría la aceptación acrítica de la existencia de literaturas
mayores y menores. El carácter menor de las literaturas
latinoamericanas es un fenómeno que ya ha sido observado y mencionado,
aunque no estudiado sistemáticamente, y por lo general parte de la
aceptación de la supremacía o el carácter mayor (ya por su antigüedad,
ya por su posición hegemónica o por su originalidad, etcétera) de las
letras europeas. Mi intención en este ensayo es volver a dicha cuestión
desde una perspectiva diferente: ubicando a los poetas Manuel Bandeira y
Carlos Drummond de Andrade, lo que también es vealido para los mexicanos
Xavier Villaurrutia y Carlos Pellicer, dentro de la categoría de
“literatura menor”, pero como una opción del poeta -una estrategia de
desmantelación cultural si se quiere- y no como un fatalismo; esta opción
del poeta por la condición menor es en mi lectura ante todo una
despreocupación: despreocupación por el juego de poder que implica la
visión de las tradiciones literarias en términos de mayores y menores,
canónicas y no canónicas, centrales y marginales, viriles e inmaduras,
etcétera. De esta forma, la condición menor autoaceptada se vuelve
subversiva en el sentido en que implica un hacerse a un lado y por ello
mismo obliga con especial fuerza a ejercer una crítica cultural y social. La
potencialidad subversiva de las literaturas menores ha sido apuntada también
con cierta frecuencia en los últimos años, aunque quizás el intento más
interesante y en cierta forma el primero en analizar sistemáticamente
dicha cuestión es el libro de Gilles Deleuze y Félix Guattari Kafka:
Toward a Minor Literature. Aunque estos críticos no mencionan a las
literaturas latinoamericanas, la situación de los escritores
latinoamericanos es similar -en tanto que escriben desde una cultura
considerada no central y en una lengua que podríamos considerar
expropiada- a la que ellos señalan en la obra de Kafka, y de la
literatura de Europa oriental en general, aunque al mismo tiempo resulta
obvio que muchos de los postulados que ellos atribuyen a dichas
literaturas no son necesariamente aplicables, no totalmente por lo menos,
a las literaturas latinoamericanas, o han dejado de tener validez; sin
embargo la lucidez de las observaciones de estos críticos habrá de
servir como guía a nuestras propias meditaciones. Analizando,
pues, lo que hace de la literatura de Kafka una literatura menor, en opinión
de Deleuze y Guattari, encontramos tres aspectos fundamentales: el primero
es su pertenencia a una tradición lingüística mayor -es decir a una
lengua europea y central- así como la naturaleza política de su
escritura y su inevitable condición de expresión colectiva. De estas
características la que me parece más problemática es la segunda.
Quisiera, por lo tanto, referirme a ella aquí para revisar su validez en
el terreno de las literaturas mexicana y brasileña. No creo que la
afirmación de Deleuze y Guattari de que el restringido espacio de las
literaturas menores obliga a cada intriga individual a conectarse
inmediatamente a lo político se aplique directamente a la literatura
latinoamericana, o por lo menos no sin bastantes matices. Aceptar tal
postulado acríticamente reduciría nuestra literatura, y aun toda
literatura no central, a mera estrategia política, y le negaría una
presencia, universalidad y trascendencia -y al fin una capacidad crítica-
que desde luego es posible encontrar en nuestras letras y en las de
cualquier otra sociedad, ya que si se observa una fuerte preocupación
social o una tendencia al compromiso político en los intelectuales de América
latina, como en los de otras regiones del supuesto “mundo en
desarrollo”, no podemos ignorar, como apunta Frantz Fanon, que mientras
la lucha política se concretiza únicamente en función de los eventos
cotidianos, “men of culture take their stands in the field of
history”. Habría que entender, desde luego, estos “hombres de
cultura” no como los cultivados y enciclopédicos miembros de una elite
burguesa, sino más sencillamente como los artistas e intelectuales. Aceptar
que por su carácter marginal las literaturas de América latina -y las
erróneamente llamadas tercermundistas en general- están condenadas a
meras alegorías políticas perpetúa la visión lineal del desarrollo
cultural y reafirma la idea de que las culturas no centrales están
irremediablemente en desventaja frente a las centrales (o peor aún de que
quizás ese sea el único criterio utilizado para distinguir a unas y
otras), dado que éstas han alcanzado un nivel de sofisticación (están más
“adelantadas”), lo que les permite ocuparse de los problemas metafísicos
y psicológicos del individuo, mientras que aquéllas no han ganado ese
derecho, y no lo harán hasta que sus sistemas políticos sean aceptados
unánimemente dentro del ambiguo club de las democracias occidentales. Sin
embargo, gran parte del debate político e intelectual latinoamericanista,
dentro y fuera del continente, se centra con frecuencia, aún hoy, en una
visión elemental y dualista de la injusticia social que reconoce solo el
tener o no, el dar o no. Es curiosa la persistencia de esta visión,
incluso en años recientes, sobre todo porque es un postulado que parece más
cercano a una retórica romántica, si no es que populista, que a una
demanda de justicia social; esta retórica simplista, por otro lado, ha
estado presente en Latinoamérica desde el siglo pasado, tanto en el Rubén
Darío de la “Oda a Roosevelt” como en estos acertados versos de
Salvador Díaz Mirón que resumen tan bien dicha actitud: “Nadie tendrá
derecho a lo superfluo / mientras alguien carezca de lo estricto”.
Incluso en fechas más recientes y ante el afán procedente sobre todo de
Inglaterra, Francia y Estados Unidos de abrir espacios e incluir a grupos
antes silenciados, excluidos o ignorados, se ha optado por posiciones a
veces más sentimentales que críticas. La
producción cultural americana, pues, está aún, de acuerdo con esta visión,
en desventaja frente a la madurez de la europea aunque la siga de cerca
(en registro menor). Quizás el ejemplo extremo de un reduccionismo y
simplificación con buenas intenciones sea el controversial ensayo de
Fredric Jameson “Third-World Literature in the Era of Multinational
Capitalism”, donde el crítico norteamericano infiere un tanto dogmáticamente
que la literatura tercermundista -incluyendo a la latinoamericana- es por
naturaleza alegórica de las situación de sus propias sociedades. “Third-world
texts”, escribe Jameson, “necessarily project a political dimension in
the form of national allegory: the story of the private individual
destiny is always an allegory of the embattled situation of the public
third-world culture and society”. Es
decir que para Jameson existe una enorme diferencia entre el tercer mundo
y el primero en cuanto que aquél no ha logrado superar lo meramente político
(que en este caso se entiende como lo opuesto a la individualidad)
precisamente porque no ha logrado consolidar una sociedad democrática
donde el individuo pueda explorar auténticamente otros aspectos más íntimos
y menos “elementales” o de grupo. En este sentido, las sociedades
latinoamericanas no tendrían derecho a cuestionar aspectos considerados
irrelevantes o “superfluos” como la represión sexual de mujeres y
homosexuales, la función del deseo en la creación artística o aún la
vida cotidiana, la capacidad subversiva de la recuperación del cuerpo a
través de prácticas sexuales muy poco o nada convencionales -fetichismo,
escatología, sadomasoquismo, etcétera- o la interpretación de la
individualidad hasta que no cubrieran sus necesidades básicas, las cuales
se reducen a la antidemocracia y la pobreza características de dichas
naciones: nadie tendrá, en efecto, derecho a lo superfluo. Aceptar
pasivamente afirmaciones como la de Jameson sería, sin embargo,
traicionar la propia producción cultural latinoamericana, que no se
reduce a utilizar sólo temas “tercermundistas” donde todo lo personal
es alegórico de su sociedad y sí ha tratado desde hace bastante tiempo
los mismos temas que el primer mundo europeo, dado que como ya lo dijera
Borges, la situación de las culturas latinoamericanas-como la judía o la
irlandesa- es tal que por un lado pertenecen a la tradición occidental
pero no están sujetas a ella, lo cual quiere decir que en América, tanto
del norte como del sur, “podemos manejar todos los temas europeos,
manejarlos sin supersticiones”, e incluso con irreverencia. Todos los
temas, incluso los que tradicionalmente han sido considerados exclusivos
de las sociedades primermundistas, y no sólo los que tienen que ver con
lo “autóctono” o con las imperfectas democracias que nos rigen -que
por otro lado son tan diversas entre una y otra región del tercer mundo
que resulta inoperante siquiera utilizar el término-, condenados a
excluir la experiencia personal, o a lo sumo otorgándole a ésta un
sentido sólo en cuanto alegoría nacional. [2]
Si
para Deleuze y Guattari las literaturas menores se caracterizan en
particular porque “todo en ello es político” y si la propuesta de
Jameson con relación a las literaturas “tercermundistas” de que estas
sólo funcionan como alegorías nacionales, convendría recordar que las
literaturas marginales por lo general adquieren una dimensión política
en función de hechos específicos, particularmente la opresión y en ese
sentido podemos decir que toda literatura oprimida -tercermundista o no,
mayor o no- es política. En el caso de Latinoamérica esa dimensión política
es asumida como respuesta directa a realidades concretas y momentos clave
de su historia: la subyugación de sus sociedades primero por el
colonialismo imperialista europeo y después por el colonialismo económico
de los Estados Unidos, pero está lejos de ser una ininterrumpida perorata
en torno a un sólo tema. La politización de estas literaturas
supuestamente implícita en su condición periférica existe sólo en
función de la opresión que sufren o creen sufrir las sociedades que las
producen o ciertos miembros de ellas, pero no necesaria e inevitablemente
en las respuestas que dichas situaciones deben o suelen provocar, las
cuales pueden ser abiertamente políticas -combativas- o no. En
otras palabras: la situación de dependencia característica de las
sociedades latinoamericanas otorga un carácter político a su producción
literaria sólo en la medida en que el referente de éstas no es más un
estado abstracto e ideal al cual aspira lógicamente todo desarrollo
social y que rige las decisiones, las preferencias y los actos de los
individuos de la colectividad, sino que reconocen en él un patrón específico
de conducta impuesto por intereses diversos y con frecuencia ajenos, es
decir ejercido por una relación de poder. La dimensión política de la
literatura latinoamericana está implícita -latente- en su condición
marginal, pero la respuesta a esta condición -su concretización en
hechos políticos- puede manifestarse de manera combativa (especialmente
en los momentos de opresión social), aunque no necesariamente. Dada
la concreta situación de dependencia ante las culturas europeas
experimentada en Latinoamérica por cuatrocientos años, y más
recientemente ante los Estados Unidos, es verdad que un gran número de
escritores e intelectuales de la región han optado por una respuesta
abiertamente política, combativa, y sin embargo la diversidad de
manifestaciones culturales y más aún de culturas que componen la América
latina hace difícil afirmar que aquella respuesta -una de tantas- es la
que mejor representa al mundo iberoamericano. Me
parece que es precisamente ahí donde podemos ubicar a los poetas
mencionados en este ensayo. Al igual que otros escritores
latinoamericanos, tanto Bandeira como Drummond, Villaurrutia y Pellicer
proponen una respuesta alternativa a la situación marginal de sus
sociedades, pero a diferencia de muchos de ellos su respuesta es
considerablemente menos política en el sentido combativo (comprometido),
lo cual no quiere decir necesariamente que es apolítica. De hecho
Drummond y Pellicer escribieron bastante poesía que ha sido calificada de
social, y sin embargo no creo que podamos considerarlos escritores
comprometidos. No por lo menos en el mismo sentido en que podríamos
considerar comprometidos a Pablo Neruda o a José Revueltas. En
el caso mexicano en concreto, Villaurrutia y Pellicer están asociados
directamente al grupo de poetas reunido en torno a la revista Contemporáneos,
de donde recibió posteriormente el nombre, y que desde sus comienzos fue
considerado indiferente a la realidad social y política de México; sus
miembros fueron acusados constantemente, dentro y fuera del país, de
preocuparse únicamente por la literatura y el arte en sí y de desdeñar
la tradición mexicana, especialmente por no tocar los temas
“nacionales”, que en los años veinte y treinta en México quería
decir los temas revolucionarios. Contemporáneos, grupo riguroso y crítico
fue en palabras de Carlos Monsiváis un “momento capital de nuestra
cultura y conciencia literaria”, y si en efecto se mostró poco
agresivo, ello es cierto sólo si se le compara con la posición asumida
por otros grupos literarios activos por entonces, en especial el de los
estridentistas, grupo formado por artistas autoproclamados revolucionarios
y comprometidos socialmente. Esta es una de las principales razones por
las que tradicionalmente se ha considerado a los Contemporáneos un grupo
poético no sólo apolítico, sino especialmente apátrida -lo que en el México
posterior a la revolución era la misma cosa-, si no es que reaccionario.
Algo similar sucedió con los poetas brasileños. Frente a los
“modernistas heroicos” -es decir a los de la primera fase, aquellos
que tuvieron la función de pioneros-, la posición asumida por Drummond y
especialmente Bandeira parece bastante moderada, o incluso una abdicación
si tomamos en cuenta que ambos poetas estuvieron en sus orígenes bastante
cercanos al modernismo heroico. [3]
A
diferencia de México, en Brasil la cultura moderna se inicia como una
reacción abiertamente agresiva y programática contra el arte practicado
en el país hasta principios del siglo XX; el “modernismo” -que es
como generalmente se conoce esa reacción- representó en palabras de
Alfredo Bosi, “uma crítica global às estruturas mentais das velhas
greações e um esforço de penetrar mais fundo na realidade
brasileira”. Ahora bien, si la agresividad y la rebeldía unían de
alguna forma a los jóvenes poetas y artistas, no iba a ser sino con el
surgimiento de un hecho específico que dichas actitudes habrían de
concretarse en movimiento: la Semana de Arte Moderna, evento que en 1922
reunió artistas plásticos, músicos, escritores e intelectuales en una
serie de exposiciones, recitales, lecturas y conferencias que “foi, ao
mesmo tempo, o ponto de encontro das varias tendências modernas que desde
a I Guerra se vinham formando em São Paulo e no Rio, e a plataforma
que permitiu a consolidação de grupos, a publicação de livros,
revistas e manifestos” (Bosi). Asimismo, el momento inmediatamente
posterior a la semana del 22, “a ‘fase heróica’ do Modernismo[,]
foi especialmente rica de aventuras experimentais tanto no terreno poético
como no da ficção” (Bosi). Sin
embargo, la realidad social brasileña era mucho más compleja de lo que
pudiera suponerse a simple vista; lo mismo sucedía con su cultura: si por
un lado la semana del 22 sirvió como punto de convergencia del modernismo
brasileño, no podemos dejar de observar cómo las tendencias se ramifican
en facciones no siempre tolerantes una de la otra ni aliadas en el fin común
de la renovación de las letras brasileñas. Entre estas tendencias están
por ejemplo la de los “dinamistas” con Graça Aranha a la cabeza, de
los “primitivistas” con Oswald de Andrade como líder, de sus
oponentes, los “nacionalistas”, cuyo manifiesto “Verde-amarelo” es
una especie de respuesta al “Pau-brasil”, así como de los
“espiritualistas” de Fiesta, y los “desvairistas” con Mário de
Andrade como oficiante y público. [4] Ante esta fragmentación y
faccionalización del modernismo brasileño es imposible saber qué país
está alegorizando con tal eficacia Oswald, según lo veía Schwarz. Al
mismo tiempo, las figuras de Drummond y Bandeira permanecen al margen;
independientes, los llaman la mayoría de los críticos, fenómeno que es
notable especialmente en un momento en que las diferentes corrientes y
grupos modernistas se oponen entre sí, precisamente por su intención,
bastante desorganizada, de competir por el derecho a representar a su
sociedad, representatividad que inevitablemente llamaría a una alineación
con una u otra determinada tendencia que se autodenomina la auténtica,
sin darse cuenta de la trampa que ello implica, pues, como afirma Zilá
Bernd, [u]ma
literatura que se atribui a missão de articular o projeto nacional, de
fazer emergir os mitos fundadores de uma comunidade e de recuperar sua memória
coletiva, passa a exercer somente a função sacralizante, unificadora,
tendendo ao MESMO, ao monologismo, ou seja, à construção de uma
identidade do tipo etnocêntrico, que circunscreve a realidade a um único
quadro de referência. Llama
la atención a Bosi, al mismo tiempo, la falta de consistencia ideológica
del modernismo, cuyos diferentes grupos mantienen un interés puramente
literario y no entienden bien a bien su función dentro del proceso social
del Brasil. “O
culto da blague e o vezo das afirmações dogmáticas acabaram impedindo
que os modernistas da ‘fase heróica’ repensassem com objetividade o
problema da sua inserção na práxis brasileira”, escribe el
historiador. Es
claro que lo que a Bosi le parece la falta mayor del modernismo es la
desistematización política, y su falta de “seriedad” programática. Igualmente
caótico le parece el desenlace del modernismo a Marta Morais da Costa,
quien afirma: [a]s
linhas ganham contornos mais nítidos, as posições se afirmam. Os que
aderiram ao Modernismo um tanto quanto empolgados pelo escândalo do
momento, retraem-se, como M[ário de]A[ndrade]; desaparecem, como Graça
Aranha; retomam o fio da tradição, como Ronald de Carvalho; Oswald dilui
seu projeto ideológico num comunismo “de varal”, como ele mesmo
confessou. Manuel Bandeira e Carlos Drummond assumen caminhos
individuais. (subrayado
mío). De
igual forma en México, la posición mesurada (el asumir caminos
individuales y despreocupados) de Contemporáneos resalta ante la
agresiva, incluso violenta alianza con el nacionalismo revolucionario de
los estridentistas quienes en su primer manifiesto proclaman “[h]acer
arte, con elementos propios y congénitos fecundados en su propio
ambiente” (citado en Schwartz), y en su celo extremo no dudan en
recurrir a la amenaza con la famosa afirmación de que a los que no
estuvieren con ellos se los comerían los zopilotes. Como Schwartz afirma,
el grupo de estridentistas “creó el único movimiento de vanguardia que
trató de aliar la creación estética a la revolución”, lo cual es
entendible hasta cierto punto si consideramos la situación política del
México de principios de siglo y si entendemos la palabra revolución en
su contexto estrictamente mexicano, pero no por ello deja de ser una
posición parcial y reduccionaista. El no circunscribirse a ese contexto y
a esa situación histórica ha sido el reproche hecho a Contemporáneos y
también, paradójicamente, la razón de su desconocimiento y hasta
rechazo fuera de México. Guillermo Sheridan documenta la indiferencia con
que fue recibida en Madrid ya desde muy temprano una selección de la obra
de estos poetas publicada en La gaceta literaria en 1927: cuya “única
recensión española que ameritó fue publicada por la misma Gaceta
y está redactada desde un punto de vista al que los Contemporáneos
comenzaban a resignarse: reproches a su nula militancia cívica y al
inexistente tono épico que se hallaba en flagrante contradicción con el
triunfal espíritu revolucionario”. Frente
a esta bipolarización cuyos extremos estaban representados
invariablemente por la combatividad política o la sumisión (asumidas
como actitud revolucionaria o reaccionaria, como vanguardismo o
tradicionalismo a ultranza, como avance o retroceso, como deseo de
independencia o abdicación), me parece que tanto Villaurrutia y Pellicer
como Bandeira y Drummond ofrecen una nueva posibilidad de entender la
modernidad: como despreocupación. Por un lado, nuestros poetas
aceptan que ellos no tienen un interés predominantemente político en términos
de militancia -acusación más fuertemente dirigida contra los mexicanos-
y que no comparten la extrema politización (entendida generalmente como
compromiso partidario) que otros intelectuales asumen y demandan de los
demás; por el otro, nuestros poetas ensayan, ejecutan y perfeccionan su
posición: el hacerse a un lado voluntariamente, negándose a jugar el
juego impuesto desde el centro. Su poesía puede ser leída, según mi
propuesta, como estrategia de reactivar dinámicamente la condición
marginal de las culturas desde donde estos textos son producidos. En este
sentido, como Kafka, nuestros poetas proponen un arte que no procura más
expresar un sentimiento o una idea, por más noble que ésta sea, ni mucho
menos representar un objeto o imitar a la naturaleza -es decir un arte que
sirve ante todo como vehículo-, sino un arte que sea un conglomerado de
signos cuyas combinaciones y significados produzcan mensajes que pueden
ser infinitos, lo que además no descarta la contaminación, la
reelaboración de los textos canónicos o incluso la mutilación o el
plagio de éstos. Esta
posición no es del todo nueva en nuestras letras ni se restringe a las
primeras décadas de este siglo, si aceptamos que un mecanismo similar fue
puesto en práctica en Hispanoamérica por el modernismo durante el siglo
XIX y posteriormente reforzado por escritores independientes como César
Vallejo o aún Jorge Cuesta o el propio Borges que, como mencionábamos,
proclama una pertenencia, si tangencial no por ello menos real, de
Latinoamérica a la cultura occidental; o si recordamos que en Brasil Mário
de Andrade propone una apertura del país a otras influencias, incluyendo
pero no exclusivamente a las hispanoamericanas, pues dice descreer de todo
latinoamericanismo dogmático por considerarlo una moda. Más todavía,
una propuesta similar puede adivinarse en la acertada, y ácida, frase con
que concluye La región más transparente (“Aquí nos tocó
vivir. ¿Qué le vamos a hacer?”) de Carlos Fuentes, expresando irónicamente
y décadas más tarde tanto la pertenencia a occidente como la negación
de ser trágicamente latinoamericanos -estar esencialmente solos, diría
Borges-, pero sin olvidar nunca la condición marginal de Latinoamérica;
es decir enfatizando la relación dinámica de la región con el mundo
occidental.
A
diferencia de esta proposición sumamente dinámica, la manera como la
tensión entre marginalidad y centralidad ha sido entendida en la mayoría
de los casos es, no con demasiada fortuna, un ir a los extremos. O una
aceptación fatalista de la condición marginal de las letras americanas,
o una exagerada preocupación por demostrar su grandeza, en un juego que
Frederick Jameson describe, no sin razón, como la paradójica estrategia
de pedir prestadas sus armas al enemigo “trying to prove that these
texts are as ‘great’ as those of the canon itself”. Una y otra
posiciones no son sino las dos caras de la misma moneda: tratar de
demostrar la grandeza de las letras americanas es aceptar de antemano la
invitación a jugar el juego de superioridad e inferioridad que dicha
posición supone, y al fin sería justificar afirmaciones como esta de
Jameson: “[t]he third-world novel will not offer the satisfactions of
Proust or Joyce”. Por
ello me parece que una estrategia más innovadora y efectiva se puede
encontrar en el hacerse a un lado de los poetas aquí mencionados; su
despreocupación puede entenderse fácilmente como una retórica e irónica
respuesta que sólo en apariencia confirma la opinión de Jameson de que
la literatura tercermundista no ofrece las satisfacciones de Joyce o
Proust. A la ociosa, pero constante, preocupación de no ser un escritor
mundialmente reconocido y aceptado en el canon, de no ser, pues, ni Proust
ni Joyce, nuestros poetas parecen responder burlones: pues no,
efectivamente, no. “Perdoai,
sou um poeta menor” dirá Bandeira. Y
de esta forma reclaman un espacio libre desde dónde escribir sus poemas.
Frente al resbaladizo juego que supone la categorización en términos de
mayor o menor validez, influencia, importancia de tal o cual cultura, la
posición que asumen los poetas aquí analizados es más bien una de
negación, pero negación rotunda a jugar el juego. En su poema “Irene
no céu”, Bandeira refleja esta tendencia de una manera un tanto entrañable:
la negra Irene, sin resentimientos (“sempre de bom humor”) pero
tampoco sin sentirse inferior, se presenta ante san Pedro: “-Licença,
meu branco!”, dice, a lo que san Pedro responde bonachón: “-Entra,
Irene. Você não precisa pedir licença”; lo que este poema pone de
manifiesto excelentemente es todo un tejido social y racial de dominación
y opresión que es eliminado en el momento en que el oprimido deja de
reconocer la efectividad de dicha estructura. De la misma manera que Irene
deja de sentirse excluida, no acepta más la polarización racial impuesta
sobre ella, aunque la reconoce (“meu branco”), y asume su derecho a
entrar al cielo, san Pedro no puede sino responder afirmativamente
(“Entra, Irene”); de igual forma nuestros poetas-Irenes asumen que el
acceso a la producción literaria-cielo está simplemente ahí para todos. Más
directamente Drummond, al confesar una angustia de existir, reconoce
ciertamente que dicha angustia puede agravarse en las sociedades menos
industrializadas y por lo tanto con mayores índices de pobreza e
injusticias sin que por ello se pueda afirmar que tal condición es
privativa de éstas; más aún, al utilizar en varios de sus poemas al
hombre del pueblo Charles Chaplin como el héroe de los desamparados,
Drummond enfatiza un sentimiento que queda así desenmascarado como lo que
efectivamente es: una angustia de existir a secas en la que el poeta menor
se identifica con el personaje menor al decirle que era preciso que él le
cantara, eliminando así distinciones de primer o tercer mundo, sociedad
central o marginal, etc, donde el heroismo no es guerra, sino ironía y
lucidez y sobre todo solidaridad entre los seres humanos: Era
preciso que um brasileiro, Para
dizer-ten como os brasileiros te amam Efectivamente
era preciso que ese poeta brasileño, no de los mayors y además de
provincia cantara el héroe simple, al héroe del pueblo Charles Chaplin.
Ante dicha angustia de existir (el reconocimiento y la solidaridad entre
poeta y héroe menor) y ante esa opción por el heroismo bañado en ironía
se pueden volver los ojos al cielo, con el inconveniente de que siempre
existe la certeza de que el cielo está tan lejos y la duda de que quizás
esté vacío. ¿Qué hacer, entonces?, se pregunta el poeta. Pero la
respuesta la había encontrtado ya en otro poema, en el cual concluye que É
melhor sorrir La
reacción de Drummond es callar, encerrarse entre dos paredes. No podemos,
por tanto, dejar de preguntarnos cuál es la diferencia entre esta posición
y la romántica y evasiva de la “torre de marfil”. La diferencia está,
creo, precisamente en el hecho de que en este caso el poeta es consciente
y responsable de su aislamiento al cual se ha recluido no para olvidarse
del mundo sino para criticarlo, para desde ahí verlo y entenderlo, sin cólera
ni humillación, sino con una sonrisa ya comprensiva, ya irónica.[5] No
es un encerrarse sino un hacerse a un lado estratégicamente. Drummond y Bandeira tanto como Pellicer y Villaurrutia están conscientes de pertenecer a culturas no centrales y por lo mismo excluidas sistemáticamente de la visión global de la cultura occidental -aunque inevitablemente inmersas en ella-; ante esto optan voluntariamente por la marginalidad a la cual han sido confinadas sus culturas para neutralizarla y así crear un espacio que les permita desplazarse libremente y participar de forma activa, por medio del entendimiento, la invención, el cuestionamiento incluso de su propia cultura, su tradición, sus precedentes, así como su relación con el resto de la cultura occidental, pero sin preocuparse ya por la competencia. Esta aceptación de la marginalidad, y de la despreocupación que implica, se manifiesta ya por la ironía, el reconocimiento o el desdén, ya por la parodia, la apropiación y reelaboración, el juego o la ridiculización de las culturas centrales y las obras que constituyen su canon, pero ante todo por una determinación a no aceptar una relación inflexible de dos extremos eternamente antagónicos. Se trata, por lo tanto, de una estrategia, con frecuencia mal interpretada como una abdicación o sumisión, cuyo verdadero fin es proveer al poeta, una vez más, de un espacio único, libre y propicio para la creación, donde cualquier necesidad de competencia ha sido eliminada. NOTAS 2
Antes que Borges, ya Jorge Cuesta en México había cuestionado la obsesión
con lo nacional como un artificio, puesto que según él una actitud crítica,
como la de sus compañeros de grupo, “[h]ace valer lo mismo la
literatura y el arte francés, que los de cualquier otro país. Admite
cualquier influencia. Admite la cultura y el conocimiento de las lenguas.
Admite viajar y conocer gentes. Admite encontrarse frente a cualquier
realidad, aun la mexicana. Es una actitud esencialmente social,
universal” (el subrayado es mío). 3
Frente a la diversidad y la fragmenteción del modernismo posterior a la
Semana del 22, Afânio Coutinho considera a Bandeira un independiente y a
Drummond un provinciano preocupado con su revista minera. Para Bosi la
propensión “crepuscular” de Bandeira “trai um inato
individualismo”, mientras que a Drummond, repitiendo el juicio de Otto
Maria Carpeaux, lo consider una “alma muito pessoal”, que según Bosi
“significa, no caso, a aguda percepção de um intervalo entre as convenções
e a realidade”. También
el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal escribe de Bandeira; según
él “although Manuel Bandeira always emphatically disclaimed any real
affiliation with the Brazilian modernist group . . . he nevertheless found
himself hailed as the John Baptist of the movement” (Anthology). 4
Esta es la ya clásica clasificación de Afrânio Coutinho. Véase
su Introdução à literatura no Brasil. También:
“Desdobramentos: da Semana ao Modernismo” en História concisa
de Bosi. 5
En este sentido, el título del diario de Drummond es especialmente
significativo y acertado: O observador no escritório. |
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Rafael Hernández Rodríguez es profesor de literatura, cultura y cine latinoamericano en la Universidad Estatal del Sur de Connecticut en los Estados Unidos. Es autor del libro Una poética de la despreocupación: modernidad e identidad en cuatro poetas latinoamericanos y co-editor de ¡Agítese bien! A new look at the Hispanic avant-gardes. Contato: hernandezr3@southernct.edu. Página ilustrada com obras do artista Ernesto Leon (Venezuela). |
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