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revista
de cultura # 43 |
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Biblioteca Ayacucho: notas para una primera historia Oscar Rodríguez Ortiz
En 1967 Ángel
Rama vino por primera vez a Caracas pero Marcha había publicado ya
trabajos venezolanos y hasta un libro de cuentos de Salvador Garmendia
apareció en Montevideo. En el 67 se
celebraba el cuatricentenario de la capital venezolana, que la ciudad
festejó con un terremoto. Se entregaba por primera vez el Premio Rómulo
Gallegos, ganado por el jovencísimo Vargas Llosa. Se reunía además el XIII Congreso Internacional de
Literatura Iberoamericana y lógicamente tantas personalidades juntas de
una sola vez se dedicaron a abordar la novedad de la reciente novelística.
Lo que se hizo en la Caracas de esa época en torno a ese tema produjo,
como en otras partes de Latinoamérica, algo tan impensable como que para
oír hablar de novelas se llenaran los teatros y no cupiera el público en
las salas. Así, Rodríguez Monegal tuvo que improvisar un ciclo de
charlas sobre la nueva novela en la Cinemateca Nacional, que fue
transmitido por Radio Nacional. La clausura del famoso congreso literario
se hizo en un espacio menos académico, como el Ateneo de Caracas, y allí
hablaron cada uno diez minutos: Vargas Llosa, García Márquez, Fernando
Alegría, José María Castellet, Emir Rodríguez Monegal, Ángel Rama,
Arturo Úslar Pietri, Adriano González León. Nunca se habían visto
tantas personalidades juntas en actitud de ser informales, de tratar lo
reciente, lo no trillado, lo casi desconocido, y de no parecer profesores
estirados. Personalidades que no jugaban a ser personalidades. Lo mismo
ocurriría los cinco años siguientes. Desde luego el novel peruano retenía
la atención, no sólo de las lectoras. Sin embargo las otras dos
verdaderas estrellas protagonistas de la atención pública eran, asunto
extrañísimo, inédito y original en Venezuela, precisamente lo que menos
se esperaría: los dos críticos, uruguayos ambos, que demostraban gran
vivacidad en sus planteamientos, despertaban una insospechada atención
por lo que decían y se decían mutuamente, el no menos curioso fenómeno
de tener en la cabeza, a la vez, la más reciente cultura literaria
latinoamericana entendida como un conjunto y un sistema de relaciones. El
presidente del Congreso Iberoamericano era José Ramón Medina.
Todo este torbellino de informaciones, teorías e
invenciones, estaba en ebullición constante en la cabeza de Rama y lo
compartió con José Ramón Medina, veterano de los oficios impresores,
dirigente de los complicados gremios de escritores y periodistas, poeta
reconocido y exitoso funcionario de alto nivel. En Venezuela hay un dicho
popular que reza para ocasiones como las del encuentro Rama-Medina, que se
juntaron el hambre con las ganas de comer. Se completaban y diferenciaban
en estilos, formas de reaccionar, y hasta estatura física. Se correspondían
en la misma obstinación de conseguir propósitos, en la convicción de
que tenían entre manos algo muy grande y serio que suponía respaldos
morales y materiales, internos e internacionales. Rama alentaba el
preproyecto urgentísimo de una gran colección de libros clásicos, con
ediciones modernas y analíticas. Nada de esos libros que se acostumbran
como para salir del paso a la hora de publicar la novela María de
Jorge Isaac o los textos de la emancipación hispanoamericana: había que
romper la inercia, poner a trabajar a todo el mundo, repensar, rehacer,
editar los clásicos como si fueran novedades, justamente en el momento en
que el mercado del libro en lengua española estaba determinado por el éxito
comercial, el rendimiento rápido y por el último alarido de la moda. Si
los intentos anteriores hechos en Latinoamérica fracasaron o se
interrumpieron, Venezuela parecía un lugar adecuado como para ponerlo en
movimiento, toda vez que el Cono Sur estaba asfixiado por las dictaduras
militares. Indudablemente Rama sabía, porque lo estudió particularmente
como autor egotista, el caso de Blanco Fombona, quien en los años veinte,
desde España, produjo por su propio esfuerzo la Biblioteca Americana, una
de cuyas colecciones, la de 1924, se llamaba Biblioteca Ayacucho.
Al proyecto sólo le faltaba financiamiento seguro y continuo, nada menos.
Medina trazó la estrategia para motivar a las más elevadas esferas del
gobierno venezolano, y consiguió el milagro de convencer al Estado, en su
maquinaria y en sus personeros, que no era un despilfarro, locura o
expresión elitesca y antidemocrática publicar libros especiales con lo
mejor de la cultura intelectual latinoamericana.
Hay cartas impresionantes. Una enigmática y
escalofriante: en febrero de 1976,
Darcy Ribeiro dice a Rama: “Escríbeme, preciso de ti muy vivo y lúcido
hasta octubre de 1983, cuando moriré”. En junio de 1983, seis meses antes de su muerte, Rama escribe a un
amigo: está alarmado porque teniendo Ayacucho firmados casi cincuenta
contratos de preparación de obras, los colegas latinoamericanos no
cumplen los plazos o se demoran en hacerlo. Desde mediados de los años
noventa Biblioteca Ayacucho conocería la situación contraria: tiene más
de cincuenta obras en distintas etapas de preparación, pero su producción
anual comienza a experimentar retrasos e incertidumbres porque su
presupuesto anual llega a destiempo y recortado. Del golpe recibido con la muerte de Rama, Ayacucho pudo recuperarse. Siguió existiendo con títulos y autores de la misma calidad que en su etapa inicial. Borges, Sábato, el propio Rama, los tomazos antologados por Sosnowski, etc. Al proyecto original se sumaron dos colecciones de bolsillo, complementarias de la clásica, dirigidas a públicos más amplios. Ya desde el principio se hablaba de diversificar los instrumentos para abarcar de maneras diferentes el único propósito de la cultura latinoamericana como un todo. Se pudo reunir un equipo de conocedores de diversas artes para montar una cronología general que cubre del siglo IX a.C. a 1991. Como en sus primeros momentos convocó a la comunidad intelectual latinoamericana, hubo la respuesta esperada, y unas quinientas firmas sólidas, de todas partes, hicieron posible el monumental Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina. Tal vez cuando Ayacucho termine su labor y cierre su ciclo se entenderá por fin cómo, por razones demasiado complicadas y muchas veces inexplicables los libros de distintas épocas y autores se relacionan y entrecruzan. Esta relación no la explican solamente la historia o la crítica, es más complicada. Dentro de cien años, concluida ya la labor de este sello, en las bibliotecas donde se conserven los grandes libros de la cultura latinoamericana junto a los monumentos escritos de las culturas de todo el mundo, se leerá con la debida perspectiva del tiempo esa trama secreta que enlaza a todos los libros.
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Oscar
Rodríguez Ortiz (Venezuela, 1944). Crítico e ensaísta. Autor
de livros como Antología fundamental del ensayo venezolano (1983),
Intromisión en el paisaje (1985), e Ensayistas venezolanos del
siglo XX (1989). Visite
a
Biblioteca Ayacucho (www.bibliotecaayacucho.com/intro.html).
Página
ilustrada com obras do artista Mario Maffioli (Costa Rica). |
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