revista de cultura # 43
fortaleza, são paulo - janeiro de 2005






 

Biblioteca Ayacucho: notas para una primera historia

Oscar Rodríguez Ortiz

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Biblioteca Ayacucho tiene una fecha cierta en 1974 pues ese año se creó oficialmente. Imposible olvidar que mucho antes comenzaron a tejerse los elementos que entonces parecían desunidos pero ahora pueden ser vistos como entrelazados y significativamente históricos.

En 1967 Ángel Rama vino por primera vez a Caracas pero Marcha había publicado ya trabajos venezolanos y hasta un libro de cuentos de Salvador Garmendia apareció en Montevideo. En el 67 se celebraba el cuatricentenario de la capital venezolana, que la ciudad festejó con un terremoto. Se entregaba por primera vez el Premio Rómulo Gallegos, ganado por el jovencísimo Vargas Llosa. Se reunía además el XIII Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana y lógicamente tantas personalidades juntas de una sola vez se dedicaron a abordar la novedad de la reciente novelística. Lo que se hizo en la Caracas de esa época en torno a ese tema produjo, como en otras partes de Latinoamérica, algo tan impensable como que para oír hablar de novelas se llenaran los teatros y no cupiera el público en las salas. Así, Rodríguez Monegal tuvo que improvisar un ciclo de charlas sobre la nueva novela en la Cinemateca Nacional, que fue transmitido por Radio Nacional. La clausura del famoso congreso literario se hizo en un espacio menos académico, como el Ateneo de Caracas, y allí hablaron cada uno diez minutos: Vargas Llosa, García Márquez, Fernando Alegría, José María Castellet, Emir Rodríguez Monegal, Ángel Rama, Arturo Úslar Pietri, Adriano González León. Nunca se habían visto tantas personalidades juntas en actitud de ser informales, de tratar lo reciente, lo no trillado, lo casi desconocido, y de no parecer profesores estirados. Personalidades que no jugaban a ser personalidades. Lo mismo ocurriría los cinco años siguientes. Desde luego el novel peruano retenía la atención, no sólo de las lectoras. Sin embargo las otras dos verdaderas estrellas protagonistas de la atención pública eran, asunto extrañísimo, inédito y original en Venezuela, precisamente lo que menos se esperaría: los dos críticos, uruguayos ambos, que demostraban gran vivacidad en sus planteamientos, despertaban una insospechada atención por lo que decían y se decían mutuamente, el no menos curioso fenómeno de tener en la cabeza, a la vez, la más reciente cultura literaria latinoamericana entendida como un conjunto y un sistema de relaciones. El presidente del Congreso Iberoamericano era José Ramón Medina.

Mario MaffioliLas visitas de los críticos púgiles se repitieron, y ver u oír discutir acerca de literatura a semejante nivel y con tanta astucia era, en el mejor sentido, un espectáculo que ayudó a popularizar la literatura como hecho y llevó a pensar en la manera de inventar otros medios para que literaturas y libros circularan mejor entre los países, en que lo nuevo no existía en el aire y se extendía hasta el pasado: no era tonto ni asunto escolar, sino cuestión de primer orden, releer y entender otra vez a los escritores realistas, a los románticos, clásicos, etc. Rama terminó por radicarse en Caracas y ser aquí tanto un apetecido profesor como un buscado polemista de foros. Uno de sus vecinos y amigo del mismo edificio, fue el poeta Alfredo Chacón, que sería después, presidente de Biblioteca Ayacucho entre 2001 y 2003.

Todo este torbellino de informaciones, teorías e invenciones, estaba en ebullición constante en la cabeza de Rama y lo compartió con José Ramón Medina, veterano de los oficios impresores, dirigente de los complicados gremios de escritores y periodistas, poeta reconocido y exitoso funcionario de alto nivel. En Venezuela hay un dicho popular que reza para ocasiones como las del encuentro Rama-Medina, que se juntaron el hambre con las ganas de comer. Se completaban y diferenciaban en estilos, formas de reaccionar, y hasta estatura física. Se correspondían en la misma obstinación de conseguir propósitos, en la convicción de que tenían entre manos algo muy grande y serio que suponía respaldos morales y materiales, internos e internacionales. Rama alentaba el preproyecto urgentísimo de una gran colección de libros clásicos, con ediciones modernas y analíticas. Nada de esos libros que se acostumbran como para salir del paso a la hora de publicar la novela María de Jorge Isaac o los textos de la emancipación hispanoamericana: había que romper la inercia, poner a trabajar a todo el mundo, repensar, rehacer, editar los clásicos como si fueran novedades, justamente en el momento en que el mercado del libro en lengua española estaba determinado por el éxito comercial, el rendimiento rápido y por el último alarido de la moda. Si los intentos anteriores hechos en Latinoamérica fracasaron o se interrumpieron, Venezuela parecía un lugar adecuado como para ponerlo en movimiento, toda vez que el Cono Sur estaba asfixiado por las dictaduras militares. Indudablemente Rama sabía, porque lo estudió particularmente como autor egotista, el caso de Blanco Fombona, quien en los años veinte, desde España, produjo por su propio esfuerzo la Biblioteca Americana, una de cuyas colecciones, la de 1924, se llamaba Biblioteca Ayacucho. Al proyecto sólo le faltaba financiamiento seguro y continuo, nada menos. Medina trazó la estrategia para motivar a las más elevadas esferas del gobierno venezolano, y consiguió el milagro de convencer al Estado, en su maquinaria y en sus personeros, que no era un despilfarro, locura o expresión elitesca y antidemocrática publicar libros especiales con lo mejor de la cultura intelectual latinoamericana.

Mario MaffioliMedina se desempeñaba en esa época como fiscal general de la República. Recibida la aprobación oficial y la seguridad de que habría pronto un presupuesto y que se pasaría primero por convocar a los más sabios de América para escuchar sus consejos, se le abrió espacio a Rama en algún lugar de esa dependencia dirigida por Medina. Un escritorio y un teléfono. Y su máquina de escribir portátil con la que inmediatamente hizo colapsar el servicio de correos. Se conservan numerosas cartas en las que, por retazos, aquí y allá, mezclando lo personal con lo político y lo literario con lo práctico, cuenta a amigos, relacionados y desconocidos el proyecto que está tramando y pide colaboración o auxilio. Es muy divertido leer cómo muchos corresponsales se hacen la idea de que Rama, por fin, qué envidia, pudo montar una infraestructura de numerosos investigadores en cubículos aislados. Esta falsa idea de que somos legión los que trabajamos en Ayacucho es una de las leyendas más interesantes e inexactas de la historia de la institución. A mediados de los años noventa alguien escribió al “Departamento de cronologías” de la Fundación solicitando en préstamo o compra los materiales que tuviéramos procesados del último quinquenio. Es decir: Biblioteca Ayacucho evoca a la colectividad intelectual latinoamericana, que está presente, pero a través de sus trabajos, de sus colaboraciones, de su generosidad. Los equívocos han tenido otras manifestaciones tragicómicas: un funcionario oficial encargado de inspeccionar dependencias preguntó no hace mucho dónde estaban las mesas y sillas de ésta, que se hacía llamar biblioteca. Uno de esos profesionales de la medición y cuantificación de tareas, pedía en una planilla que se identificara a los “usuarios” de Ayacucho. Se le explicó el perfil de sus lectores, pero como no estaba satisfecho y supo que nuestros libros iban a las grandes bibliotecas del mundo, propuso que pidiéramos las estadísticas de lectura de Ayacucho a una de esas instituciones.

Mario MaffioliEntonces, la vida de Biblioteca Ayacucho tiene algún parecido con la de los personajes de las novelas clásicas que debe publicar porque es su campo y especialidad. Algunas veces Santos Luzardo, otras Macunaíma, muchas, para quienes empujamos la máquina, Cecilia Valdés. La correspondencia que se ha ido acumulando en los expedientes de cada título publicado o por publicar, acaso comente sin intención los períodos de la historia reciente de Latinoamérica: los problemas para documentarse desde aquí, conseguir las primeras ediciones o sus microfilmes. Seguir muy trabajosamente el rastro de una viuda que debe autorizar nuestra edición, pero como los derechos pasaron a los hijos y éstos se dispersaron por el mundo, las cartas van y vienen sin resultado durante años. Los excesos de un prologuista que envía un trabajo de quinientas cuartillas y no entiende por qué no se le puede aceptar. La magnífica disposición de quien nos fotocopia una edición rara y paga el correo rápido de su bolsillo. La imposibilidad de comunicarse con un escritor de estos días y esta hora porque se niega a tener correo electrónico.

Hay cartas impresionantes. Una enigmática y escalofriante: en febrero de 1976, Darcy Ribeiro dice a Rama: “Escríbeme, preciso de ti muy vivo y lúcido hasta octubre de 1983, cuando moriré”. En junio de 1983, seis meses antes de su muerte, Rama escribe a un amigo: está alarmado porque teniendo Ayacucho firmados casi cincuenta contratos de preparación de obras, los colegas latinoamericanos no cumplen los plazos o se demoran en hacerlo. Desde mediados de los años noventa Biblioteca Ayacucho conocería la situación contraria: tiene más de cincuenta obras en distintas etapas de preparación, pero su producción anual comienza a experimentar retrasos e incertidumbres porque su presupuesto anual llega a destiempo y recortado.

Del golpe recibido con la muerte de Rama, Ayacucho pudo recuperarse. Siguió existiendo con títulos y autores de la misma calidad que en su etapa inicial. Borges, Sábato, el propio Rama, los tomazos antologados por Sosnowski, etc. Al proyecto original se sumaron dos colecciones de bolsillo, complementarias de la clásica, dirigidas a públicos más amplios. Ya desde el principio se hablaba de diversificar los instrumentos para abarcar de maneras diferentes el único propósito de la cultura latinoamericana como un todo. Se pudo reunir un equipo de conocedores de diversas artes para montar una cronología general que cubre del siglo IX a.C. a 1991. Como en sus primeros momentos convocó a la comunidad intelectual latinoamericana, hubo la respuesta esperada, y unas quinientas firmas sólidas, de todas partes, hicieron posible el monumental Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina. Tal vez cuando Ayacucho termine su labor y cierre su ciclo se entenderá por fin cómo, por razones demasiado complicadas y muchas veces inexplicables los libros de distintas épocas y autores se relacionan y entrecruzan. Esta relación no la explican solamente la historia o la crítica, es más complicada. Dentro de cien años, concluida ya la labor de este sello, en las bibliotecas donde se conserven los grandes libros de la cultura latinoamericana junto a los monumentos escritos de las culturas de todo el mundo, se leerá con la debida perspectiva del tiempo esa trama secreta que enlaza a todos los libros.

Oscar Rodríguez Ortiz (Venezuela, 1944). Crítico e ensaísta. Autor de livros como Antología fundamental del ensayo venezolano (1983), Intromisión en el paisaje (1985), e Ensayistas venezolanos del siglo XX (1989). Visite a Biblioteca Ayacucho (www.bibliotecaayacucho.com/intro.html). Página ilustrada com obras do artista Mario Maffioli (Costa Rica).

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