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Música/ciudad: la ecología del sonido
Enrique
Verástegui
El
mundo de la ciudad, lo mismo que el de la música, esta ligado al fenomeno
de la cultura que, a traves, de diversos periodos historicos se ha ido
conformando una característica especial: la de una respuesta a fenómenos
concretos, como puede haber sido la política y la economia, por ejemplo.
Si hablamos de cultura lo hacemos en el sentido de cultivo del espíritu,
la mente, y el cuerpo, aunque también debemos recordar que hasta hace
poco-no más allá de 25 años- se hablaba de contracultura, como el hecho
que caracterizaba al fenómeno de sensibilidad y de inteligencia que
surgia en las ciudades. Por eso, el fenómeno de la contracultura y de una
sociología de la música hay que estudiarlo en su contexto pues toda
expresión cultural -poesia, narrativa, pintura, teatro, escultura,
affiche, cine, música, comix, fotografia, música, happening, danza,
arquitectura, entre otros- tiene un contexto socio-historico que la
sustenta. En este caso, la música que se hizo en la época de la
contracultura, que fue la epoca de la guerra de Vietnam, y por ello, la
del surgimiento de una generación pacifista, estuvo directamente ligada a
la historia. En el mismo sentido, la música que se hizo en las diversas
fases de la civilizacion occidental (me refiero, sobre todo, a Estados
Unidos y Europa) estuvo también ligada a los procesos socio-historicos
que se vivieron en las diferentes epocas en los cuales estos se
produjeron. Así, la Viena de los años veinte, por ejemplo, pudo inventar
tanto el positivismo lógico de Carnap y la música de Alban Berg, por
ejemplo. Ese refinamiento en el análisis (que, en buena cuenta, seria una
de-construccion) de la metafísica sólo podia homologarse con el
refinamiento de la música dodecafónica, que encontraria en Shomberg,
Alban Berg y Mahler sus maiximos exponentes, sin citar a otros que
pertenecieron al mismo circulo. Todo, ciencia y arte, esta relacionado,
dice Ilya Prigogine en su libro La nueva alianza, y es bueno que
ello suceda asi. Hasta la caída del muro de Berlin, el mundo fue una cosa
y, luego de esa caida, el mu do sólo podra ser otra cosa, aunque
entretanto los caminos de una nueva utopia (pues finalmente las utopias
han sido, en cierta medida, el motor de la historia) se reorganizan en
torno a un pensamiento libertario. Si el mundo se ha quedado sin utopias,
desde Berlin, lo mismo no ha ocurrido con la música que, sin embargo,
necesita también de utopias para sobrevivir. Por otro lado, el lugar
natural de expasión de la música ha sido la ciudad, donde, reciclada, ha
iluminado las mentes y los corazones de millones de oyentes. Una historia
de la música de las decadas recientes no puede hacerse sin recurrir a una
historia de las ideologías que estuvieron (y, en las nuevas condiciónes,
continuan estando) en pugna, como la ecología, los movimientos
espiritualistas, los movimientos feministas, los diversos movimientos artísticos,
los movimientos libertarios: habrá que volver a Georges Politzer o, si se
prefiere, a Louis Althusser, que se enfrentaron gallardamente a la ideología
dominante, pero también habra que reconocer que en las entrañas mismas
del capitalismo se genera un arte vital, libertario, universal, y b ello,
como el rock and roll. El rock and roll como nueva utopia, entonces. Una
utopia que, sin recurrir a la violencia, ha diseñado la sociedad de tal
modo que el pacifismo que moviliza a millones de personas en el mundo (o
grupos más radicales, como los ecologistas) han llegado al poder, como en
Alemania, Austria, y Suecia para precisar el sentido de sociedad en la que
queremos vivir: una sociedad humana que respete la naturaleza. El Pentágono
acaba de desembalzar un documento en que se afirma que los nuevos enemigos
ya no son las guerras convencionales, ni el terrorismo, sino el cambio del
medioambiente en el planeta: se combatirá por água y comida, afirman. En
esas condiciónes, la percepción de quienes hacen una música New Age se
presenta como misteriosamente profética: sólo el Espíritu, como dice el
filósofo catalán Eugenio Trías en su libro La edad del espíritu,
podrá salvar al mundo. Si quienes hemos tenido una formación musical
académica, o clásica, dentro de lo que cabe, no hemos querido alejarnos
del mundo para no dejar de gozar la música del rock and roll, también
habrá que recordar a los nuevos rockeros que la música de la urbe que
primó en los años setenta fue precisamente el rock sinfónico. El que
surgió, sin duda alguna, por influencia de Yoko Ono sibre John Lennon y,
con esa diversidad de opiniones, dividió a The Beatles, que no pasaban a
la amante del beatle asesinado.
Sin embargo, no sólo las últimas decadas sino todo
el siglo XX ha estado impregnado de nueva música que, década tras década,
o período tras período, ha propuesto nuevas formas musicales. Unas
formas directamente ligadas a los avances de la tecnología que, desde el
lejanísimo fox-trot, que se difundía a través de las vitrolas, hasta el
mismo jazz, surgido casi en la misma época, han sido una metáfora de la
técnica que, para bien o para mal, ha revolucionado al mundo, entregándonos
la realidad de la belleza. Marx tenia razón en sus análisis de la economía
del mundo pero no la ha tenido tanta respecto a la cuestión política,
como cuando decía que lo que había que hacer era “transformar el
mundo”, cuando todos los artistas sabemos que la chispa que impulsa al
arte es embellecer el mundo, presentándolo como realidad transformada. Se
trata de un asunto del método de la pre-duccion (un método
inventado por mi, que lo expongo en mis libros de filosofía El modelo
del teorema y Apología pro-totalidad) donde las cosas deben
desconstruirse hacía su esencia: la música es un producto del alma que
sin el cuerpo no funciona. Sin embargo, no es de mi filosofía de la que
hablo sino que, a través de este ensayo, la expongo como um acercamiento
a la música que, al final, no sólo ha diseñado los cuerpos (la esbeltez
y la lucha contra el colesterol son impensables sin el rock and roll, por
ejemplo) sino, también, las ciudades: los grandes rascacielos, que no sólo
se ubican en Manhattan sino a lo largo del río Sena en Paris y en todas
las grandes ciudades del mundo, como Tokyo y otras. Pero esas ciudades han
tenido crecimientos diversos, como las ciudades del Tercer Mundo o, sin ir
tan lejos, como la propia Polonia, donde el despoblamiento de los campos
desactiva la agricultura, creando corrientes migratorias hacia las
ciudades que, tal como han sido diseñadas, ya no abastecen en água y
energia a sus pobladores. sólo la música, tal como se ha expandido,
parece satisfacer las necesidades espirituales de la población mundial:
ahora el rock and roll ya no es norteamericano sino universal, como su
imperio, aunque este imperio se encuentra cada vez más problematizado con
los nacionalismos y la reivindicación étnica surgidos de la pobreza que
conlleva la mundialización de la economía. Habría que preguntarse si el
imperio produce el rock, o si, como parece más claro, el rock ha
producido el imperio? No lo sabemos, pero lo probable es pensar que el
rock es parte indisoluble de nuestra vida y que, sin rock, no sentimos el
mundo. No sólo sin rock, tampoco sin cualquier tipo de música que se
hace ahora en el mundo podemos pasárnosla tan bien. Sucede que somos
producto de una civilización avanzada o, mejor dicho, somos producto de
la radio, el televisor, los videos, el cine y, ahora, la Internet: sin la
woodman ni la música stereo no somos nadie. Existimos porque escuchamos música:
musicalizo, luego existo, diría el estudiante underground que asiste a
clase de filosofía en la universidad. Pero lo mismo diría el gerente, la
mujer profesional, la ama de casa, el pequeño capitalista. Sin música, y
no necesariamente sin rock and roll, porque, por ejemplo, en Perú, los
pequeños nuevos capitalistas escuchan músicas híbridas como la
“chicha” (que es una mezcla de cumbia colombiana y folklore andino) ya
que del fragor de esas ciudades que han recibido a nuevos inmigrantes que
han llegado para capitalizarse han surgido esos nuevos tipos de música
que, como sucede en Lima, van dejando paso a las netamente folkloricas.
Mi visión pasa por Paris y New York pero no puede
impedir detenerse en Lima, por ejemplo, ya que siendo peruano que ha
recorrido el mundo no puedo olvidar tampoco las diversas experiencias
musicales que he vivido a lo largo de mi vida. Al hecho de ser peruano se
agrega mi condición de latinoamericano: la música que he escuchado,
desde niño, ha sido siempre una música proveniente de todos los lugares
del mundo y, por tanto, no sólo soy peruano y latinoamericano sino, también,
un hombre formado en las mass media: periódicos, radios, televisión. Si
bien es cierto que a los cinco años una prima hermana, que me llevaba
muchos años de edad, me hacia bailar rock and roll con Billy Hollyday y
sus Cometas también lo es que, andando el tiempo, gustaba de los corridos
mexicanos y que, antes de la pubertad, me deleitaba con las rancheras de
la revolución mexicana que cantaba Nat King Cole en unas películas donde
la voz aterciopelada de este mulato era lo que más me estremecía. La
radio, por tanto: ese pequeño aparato donde salían todo tipo de músicas
que hacían que mi imaginación vagara por el mundo y que mi sensibilidad
se extasiara con el sonido mismo, con la música misma que hacia que mi
espíritu se elevara por el cielo. Si hablo del corrido mexicano, igual
puedo hablar del tango: ese himno de guerra a los amores perdidos o
prohibidos, que ha hecho que lo cantemos: “siglo veinte/porquería”,
dice el tango Cambalache pero igual podemos volver con la frente
marchita, las nieves del tiempo poblaron mi sien. Cada nuevo gobierno
militar que se hace del poder en Argentina prohibe Cambalache
precisamente porque es la eterna protesta del pueblo argentino ante el
imperio de la barbarie. Ahora sé que el tango no es sólo una música de
amores prohibidos sino, también, una danza sensual que permite a los
cuerpos expresarse libremente, a pesar de las reglas que lo conforman. Sin
embargo, la gran olvidada de los medios de comunicación masiva es Chavela
Vargas, esa guatemalteca residente en México cuya voz, que surge de sus
entrañas de mujer siempre en busca de marido, constituye una imagen misma
de la belleza. La radio y, después, los cassettes y los CD han hecho que
escuchemos todo tipo de música en esta aldea globalizada, como la denominó
McLuhan. He escrito todo un libro sobre la ciudad, en el que Henri Lefevre
sustenta las bases teóricas, pero la música hasta entonces sólo me había
servido de soporte para la creación de l proyecto de Etica, en el
que, metáfora de los tiempos, me intereso sobre todo por la estructura
musical para darle ese sustento que tanto ha seducido a mis lectores en
lengua castellana. A los 22 años, en un apartamento de San Isidro, el
corazón financiero de Lima, o la Manhattan limeña, salvando las
distancias, descubrí la música afro-peruana que interpretaba Nicomedes
Santa Cruz, formado en Lima y muerto en Madrid, con esa voz ronca a lo
Satchmo que se lamentaba de la triste condición de los negros peruanos
pero también de su esperanza (“negro será Presidente”). No lo había
escuchado antes porque en casa se hablaba del criollismo, como “música
de callejón” -una sola calleja pequeña rodeada de conventículos que
no poseian desague pero que tenian un sólo caño de agua, donde vivian
los más pobres de la ciudad-, hasta que se produjo la revolución
velazquista y la “música de callejón”, igual que el tango que había
salido de los burdeles, se posesionó de las estaciones de televisión. El
Perú es un país plurilingüe, multirracial y mestizo. Nadie, que yo
sepa, hasta los años 60 escuchaba el folklore andino, salvo los
campesinos que escuchaban sus huaynos a las 4 de la mañana por radio El
Sol en un programa dirigido por Pizarro Cerrón: la música del Ande no se
escuchaba en la ciudad, entonces tan pequeña, apenas un millón de
habitantes, pero luego de la revolución velazquista, y con el auge de los
nuevos medios de información masiva, el folklore andino ha llegado a las
pantallas de los televisores. Hoy el Perú está totalmente andinizado
pero la música criolla, esa que realizó la gran Chabuca Granda, conserva
aun su señorio y su prestigio: esa música expresa al Perú mestizo, el
que ha hecho las más grandes realizaciones del espíritu en este lugar
del océano pacifico. Ya no existen “callejones de un sólo caño”
pero la música criolla se ha expandido a todo el Perú, siendo un signo
de elegancia el escucharla, como vivir en los Condominios (espacios
arquitectonicos más pequeños que las urbanizaciones pero con todos los
avances de la civilización, como una Vanlieuse). La música ha cambiado
al Perú, pues, pero igual que el Perú se podría afirmar que la música
ha cambiado al mundo: los nuevos espacios arquitectónicos se han hecho en
todo el mundo (y cuando digo todo el mundo, me refiero sobre todo a
occidente) a ritmo de la música, preferentemente el rock and roll, pero
también la música clásica. Sin música clásica no habría conciencia
de música, dado que esta contiene todos los elementos que permiten que
determinados sonidos sean considerados como música, y estos elementos -al
igual que los experimentos en pintura, y las demas artes- han permitido a
los arquitectos diseñar un nuevo tipo de ciudad: una ciudad ecológica (o
ese es el ideal) donde abunden los parques, jardines y areas verdes, a
imagen de una naturaleza tan soñada como deseada. El mundo de la ciudad
también es el del comix, al menos del comix tal como lo disfruté en
Paris: Metal Hurlant y Ah Nana, donde el mundo del futuro
-un futuro que se aparecía deseoso y lleno de imágenes geométricas,
como en Escher- estaba a la vuelta de la esquina, con su revolución
sexual y las muchachas y los muchachos trenzándose en cada esquina,
mientras el ruido del rock and roll apagaba los gemidos del orgasmo. Y es
que la ciudad, desde la edad media al renacimiento, y de este al siglo
veinte y al siglo veintiuno, ha ido creciendo hasta abarcar todo el
planeta. Baste leer las novelas de Asimov para darse cuenta que las
ciudades proliferaran en los mundos intergalácticos, donde las mentes
seran el campo de batalla de nuevos Harry Sheldon. El filósofo danés
Soren Kierkeegaard decia que el poeta es alguien que pronuncia bellas
melodías pero con una angustia detrás: cierto, la música es bella pero
detrás de la música cuanta angustia, cuanta locura, cuanto deseo no
consumado. Sin embargo, la música es una realidad perfecta: más allá de
ella, sólo los cielos galácticos, como lo demostró, en estos dos casos,
el matemático Pitágoras. Un arquitecto que no escuche música es alguien
alejado de la perfección, la que también se plasma en la pintura, que no
sólo es una utopia sino también una imagen del porvenir. En el centro
Georges Pompidou para las artes observé, más de una vez, extasiado, los
planos futuristas de ciudades que había imaginado Malevicht, ese pintor
soviético perteneciente a todas las escuelas que tenian que ver con la
productividad. La ciudad del futuro se presenta como el futuro de la música:
antes lo fue el jazz y ahora lo es la New Age, donde Kitaro, espíritualísimo,
fusiona ritmos orientales con quenas andinas. Se trata de formar una nueva
conciencia: la lucha por la ecología -mas parques, más areas verdes, más
lagos- implica defender al hombre, amenazado por su industria. El hombre
por si mismo no se sabe defender y, más bien, se autodestruye pero crea
elementos que lo protegen, como las computadoras. Uno de esos elementos de
protección con que cuenta el ser humano es la música, siempre que sea música,
y no simple ruido, aunque el año 2004 el músico aleman Stockhausen
realizó un concierto en que se utilizaron helicópteros, como se vió por
la televisión. La música serial ha reciclado la ciudad: todo desperdicio
-llámese ruido ambiental- sirva para hacer música, y de la buena. Todo
esta, pues, en interrelación: la industria contra la que tanto hablamos
crea los elementos que, desde el campo del arte, permiten controlarla. La
ciudad ha crecido y la música también: hasta las computadoras -me
refiero al teclado de las computadoras- tienen su música, y no faltará
el momento en que los robot -nos encaminamos a un mundo robotizado- bailen
al ritmo del rock and roll, que parece no envejecer, ya que no hay cuadra
de la ciudad que no posea sus adolescentes con la guitarra electrica y la
bateria funcionando, como un corazón, para crear nuevas canciónes que
enamoren a las muchachas. Esas muchachas que son también rockeras, como
sus pares, y que hacen al rock más atractivo : en la belleza de esos
cuerpos sensuales nos deleitamos y hasta queremos aparearlas. La historia
de la música (sobre todo, la del rock) hecha por mujeres está por
escribirse: allí está, por ejemplo, Patti Smith, que, desde el punk de
fines de los setenta, ha desarrollado una música llena de energia,
sensualidad, belleza. Al lado de Patti Smith (o Madona, que eligió un
mulato cubano como padre de su pregenie), españolas como Rocio Durcal,
esa “gata bajo la lluvia”, Marisol, Rocio Jurado, Paloma San Basilio,
o Massiel, esa cantante de la voz perfecta y el cuerpo tan sensual que yo
mismo he preparado mis maletas para viajar a España no a conquistar otra
cosa sino el cuerpo de Massiel, cuyo “brindaremos por el” realmente me
parece fascinante: una vez, al cruzar unas cartas con Roberto Bolaño,
este escritor me decía que prefería las cantantes de piernas delgadas,
como las inglesas, pero yo le respondia que el cuerpo de Massiel me
parecia tan sensual que me gustaría aparearla: en ese cuerpo espléndido,
ese rostro bellísimo, y esos gestos elegantes, se materializaba su voz
aterciopelada. Sin embargo, de este lado del Atlántico tampoco las
mujeres se quedan atrás: desde la Tormenta argentina que cantaba “Adiós
chico de mi barrio” hasta la peruana Regina Alcover recuerdan algo que
no se debe olvidar: todavía, cuarenta años después de haber surgido
como la “música de la nueva ola”, se sigue escuchando esa música de
letras bellas como el espíritu, que han forjado hasta tres generaciones
de terranautas: al ritmo de esa música, por ejemplo, han crecido las
ciudades en Perú, donde las radios continuan pasándolas y donde la gente
se continua reuniendo en torno a esos chamanes, que eso son los cantantes
de nueva ola, quienes aconsejan sobre lo mejor que se debe hacer en el
levantamiento de una nueva urbanización.
Esa
música de la nueva ola siempre me pareció metafórica y extrañamente erótica,
que a mis quince años me seducia con letras tales como “sabor a
salado/de mar encrespado” donde, obviamente, el sabor a salado que el
cantante solfeaba con fuerza era el sabor de la vulva mojada por la fruición
del amor. Los de la nueva ola son una generación que ha dejado hondas
huellas en el comportamiento de la gente: allí estan, entre otros,
Leonardo Favio, Sandro, Leo Dan, Piero, y Palito Ortega, que hizo una
carrera politica extraordinaria en la Argentina. Enrique Guzman, Cesar
Costa, lo mismo que el Raphael de “yo soy aquel/que cada noche te
persigue”, o el Julio Iglesias de “la vida sigue igual”, lo mismo
que el Duo Dinamico (una pizca de flamenco en el rock español lo hace
enormemente atractivo) que cantaba “esa mirada tuya, que me turbaba,/esa
mirada tuya, maravillosa” siendo poetizadas además por el poeta Felix
Grande en Blanco Spirituals, han sido, y son, adalides de una nueva
sensibilidad que ha sentado las bases sobre las que se has levantado esa
enorme civilización musical donde ahora las guitarras electricas
desgarran la atmosfera. Los peruanos, Joe Danova, Jimmy Santi, Cesar
Miranda, los Sheins, Cesar Ishikawa y los Doltons, han determinado toda
una manera de ver las cosas en Peru y la civilización urbana, aunque
andinizada, que ahora impera entre nosotros le debe todo a este casi
inmenso grupo de cantantes que una música casi espíritual y con unas
letras hermosas han guidado el modo de ser de los peruanos. La ciudad se
ha levantado, pues, a ritmo de la música y la música ha sido hecha para
levantar la ciudad. Gerardo Manuel, caballero del rock que mantiene vivo
el culto por The Beatles, y Daniel F, exponente del rock del siglo XXI, se
dan la mano en Peru, donde todas las mezclas son posibles. La fusión
rock/folklore andino fue hecha por el grupo El Polen y su canción
“Walicha” ha quedado como un himno de combate, exactamente como el
Desiderata que interpretaba Manolo Galvan en la canción hablada. Una
noche en un pub miraflorino alguien me presenta a Miki Gonzalez, español
nacionalizado peruano, que hace un extraordinaria música fusión de
muchas cosas, y estoy seguro que se da la mano con el también mitico
Andres Soto, sociólogo, compositor de música afro-peruana y de El
Tamalito, que cantan Cecilia Barraza, Eva Ayllon, y Susana Baca, ganadora
del Grammy latino. Augugusto Polo Campos, cuando canta sus valses
criollos, dice: “yo soy la Guardia nueva”, en referencia a toda la
tradición del criollismo peruano, y Eva Ayllon, que tiene una voz
potente, canta “que somos amantes,/que lo damos todo a la luz del
alba” (vals de Jose Escajadillo). Susana Baca sólo canta música hecha
especialmente para poemas y, en México, Tania Libertad, que ha grabado
con Serrat, hace otro tanto, aunque me pone celoso cuando canta a duo con
Armando Manzanero. Los cantautores, desde Pablo Milanés, Silvio Rodríguez
y la revolución cubana, hacen otro tanto, aunque quizá Atahualpa
Yupanqui, que internacionalizó el folklore andino, fue el primer
cantautor de estos lados del Atlántico, a quien sigue Mercedes Sosa,
Victor Jara, Daniel Vigilietti, Patricio Mans, León Grieco, Zitarrosa,
que identificaron vida con ideología para enfrentarse exitosamente a las
feroces dictaduras militares del cono sur. Ahora los cantauotres son legión,
pero sobre estas bases se ha fundado la ciudad, la que, igual que un
tulipan, se eleva hacia el cielo, espléndida y misteriosa. El mundo del
rock, que tiene mil y una variantes -no podemos olvidar las baladas de los
sesenta y setenta, ni a Estela Rabal (“la casa del sol naciente”) que
se sigue presentando en los teatros de Buenos Aires con los exitos de los
Cinco Latinos, o a Marta Serra Lima que es “la voz que se transforma en
mujer”-. ha hecho posible una civilización más humana, a pesar de las
guerras, determinadas sólo por unas cuantas personas, contra las que
manifiestan millones de personas en todo el mundo. Pero la música
continua y la ciudad crece: más allá de la música no hay nada, sólo un
silencio que investigó con fruición John Cage en las muchas piezas
musicales que creó y en Silence, ese libro sólo para iniciados.
De paso, una canción que hizo furor a comienzos de los setentas, y que
fue interpretada por Simon & Garfunkel, se llamó precisamente The
sound of silence, después que le dieran un sabor especial a El
condor pasa de Daniel Alomias Robles. Pero Silence, y Del
lunes en un año, los más importantes libros de John Cage, que ahora
en pleno siglo XXI están en boga, marcaron toda una época y los
experimentos musicales se suceden dia tras dia: Jaime Oliver, en Perú,
hace música de computadoras empleando instrumentos nazca. Arturo Ruiz del
Pozo ha realizado conciertos de música serial e instrumentos andinos en
Marcahuasi, a varios miles de metros de altura en las cordilleras limeñas,
donde se aparecen los OVNIS. La música no sólo ha influido en la expansión
de la ciudad sino en todo tipo de creación artística: no hay poema, y
cuando digo poema me refiero a esa estructura capaz de contenerlo todo -un
poema total, donde se ensamblen las formas dramáticas, narrativas, líricas,
ensayisticas-, no hay grupo de teatro experimental, no hay nueva película
que se precie de serlo, no hay nuevo condominio, que no tenga que ver con
las estructuras de sonido y silencio, estudiadas por Cage, Pierre Boulez,
Stockhausen, Xenakis, Luigi Nono, y otros, que a su vez han sido influidos
por el jazz. El tango suena bellísimo después de Astor Piazzola, y hay
que escuchar a Piazzola, quien le ha dado nueva energía al tango y, además,
un tono elegante. La ciudad se ha construido sobre la base de la música,
que también es silencio, lo que se prueba si se estudia el Carmina
Burana de Carl Orff, por ejemplo.
En todos los supermercados de la ciudad hay,
adosados a las paredes, parlantes desde donde se desprende la música y
también los hay en los hospitales. Antes, en el colegio donde estudie,
desde algun lugar que siempre supuse era la oficina de los profesores, se
escuchaba la música de los Beatles, y The Rolling Stones, y yo me sentía
en el centro mismo de la civilización de occidente. Sin embargo, tampoco
olvido al oriente: el alemán Lila, un sacerdote de los Hare Krishnas, ha
compuesto una sinfonía electrónica titulada Meditación Cósmica.
La música electrónica avanza a toda velocidad y, ya en el siglo XXI,
nuestra sensibilidad, formada a lo largo de décadas por las diversas líneas
musicales que se han desarrollado, se encuentra capacitada para unir
computadora, música, y ciudad. Música serial, música aleatoria, música
electrónica: tres líneas para definir una sola estructura: la urbe se
encuentra globalizada no sólo por la economía, que ese es otro asunto,
sino por la tecnología, y eso viene desde McLuhan, que volvió al planeta
una aldea global. No obstante, esa utopia negativa de J. G. Ballard, Billenium,
donde la ciudad crece hasta ser una inmensa megalopolis que se traslada
incluso al espacio, y donde quienes deciden son las agencias
inmobiliarias, parece haberse cumplido. Hacia donde nos dirigimos? Si hay
algo de conciencia en la pasión musical, esta tendrá que ecologizar la
ciudad: más areas verdes, y más lagos, unidos a una economía que
permita el funcionamiento de los parados; el funcionamiento artístico,
quiero decir. Inmensas migraciones se vienen produciendo en todo el
planeta y quien tiene conciencia de esas migraciones es un musico: Jean
Michel Jarre, quien no sólo a traves de Equinoccio, sinfonía que
me seduce desde mi epoca de Paris, sino también de Oxigeno, El
viaje al extremo oriente, y otras sinfonías, ha propuesto unir la
televisión para millones de televidentes, aparte del millón de personas
que asiste a sus conciertos, y los fuegos artificiales, para generar un
nuevo estado de conciencia que no es sólo conciencia social sino también
conciencia espiritual. La utopia negativa se transforma, así, en utopia
positiva y, en la experiencia de la música de Jean Michel Jarre,
encontramos una imagen de nosotros mismos: somos más perfectos porque la
música nos ha perfeccionado, haciéndonos fuertes y delicados, bellos y
atroces, dulces y ácidos. Una conciencia universal la tiene, por ejemplo,
Pink Floyd cuyo The Wall es una flor misma de la mente. Esa misma
conciencia la tiene Leonard Cohen, aparte de extraordinario músico, un
extraordinario poeta, y un extraordinario novelista. También la tiene Lou
Reed: exímio poeta, exímio músico, cuya voz delicadamente marcial se
desgarra en cataratas de terciopelo que nos envuelven y nos visten para
hacernos más fuertes. También la tiene Chico Buarque de Holanda (“que
será, que será,/lo que cantan los poetas más delirantes”, como
escuchaba en las radios de Paris de fines de los setentas), otro
extraordinario novelista de la lengua brasilera. La música es planetaria
y cuanto quisiera yo que las grandes disqueerqs pusieran a la moda en todo
el mundo El tamalito de Andres Soto, interpretado por Cecilia
Barraza, Eva Ayllon, Susana Baca -a quien conocí cuando, a comienzos de
los setentas, cantaba en los bares intelectuales de Lima, y me dedicaba
canciones a mi, que gustaba del bossa nova, el jazz y el mambo- y todas
las mejores cantantes del mundo: la música de mi país seria conocida y
Andres Soto, igual que el Vinicius de Moraes de Garota de Ipanema,
sería considerado un gran compositor en las caves intelectuales de Paris,
como podría serlo José Escajadillo. Igual que lo estan Chico Buarque de
Holanda, Gilberto Gil, Gal Costa (“ni bien matabas,/ni bien morías”),
el poeta Caetano Veloso, que impusieron el bossa nova en el mundo quizá
porque Vinicius de Moraes es también un eximio cronista de su lengua que
lee al poeta español Garcilazo. Para Navidad, Luisito Aguile, que tiene
varias novelas publicadas, me quedó con “ven a mi casa esta navidad”,
y es que me suscita emociones nostálgicas por un mundo por venir. En mi
país, Mabela Martínez, una disjokey que tiene la mente en claro, dirige
un programa que se llama “Sonidos del mundo”, en radio Stereo 100, una
radio en FM que pasa continuamente música de los años setenta: Mabela
Martínez, que también ha trabajado en Canadá, ha llenado de nuevos
sonidos al Peru con una programación que incluye música de los cinco
continentes. Esa será la música del porvenir: música de los cinco
continentes, grabadas por las grandes disqueras, para disfrute de los melómanos
que no sólo quieren escuchar buena música sino también vivir el
ambiente en que esta se produce. Vivimos el siglo XXI, la era de la
mundialización no sólo de la economía sino de todo tipo de relaciones
humanas, y sólo queda pedir que la música se universalice a través de
los medios de la “reproductibilidad técnica”, como llamó Walter
Benjamin a los avances tecnológicos. En esa música Locomía
(“Gorvachov es garantía”) decepciona, a pesar de su coreografia de
grandes abanicos pero Roxy Music logra mover las entrañas, hasta que llegó
Soda Sterep, Indochina, y los Hombres G cuyo cantante de voz aterciopelada
vuelve a poner “Venecia” en nuestras habitaciones. La música ha
contribuido, asi, a la universalizacion de la belleza, que es la ciudad:
un lugar para la creación de todo tipo de actividad artística y científica.
Sin ciudad no hubiera habido música (los chamanes de la tribu hacian
sonar sus sonajas para que caiga la lluvia) pero es seguro que sin música
no hubiera habido ciudad tal como la conocemos: inmensos rascacielos, aire
acondiciónado, grandes ventanales, calefacción. Una música en cierto
modo ecológica ha sido la de Bob Dylan, como la de Joan Baez, pero “a
mi manera” de Matt Monrro me lanzó a Europa, donde, entre otras cosas,
escribi mis libros y fui al cine-club. Tampoco el cine hubiera sido igual
sin la música: cada encuadre, cada flash-back, cada plano tiene una banda
musical que suscita no sólo la atención sino, también, la emocion y el
pensamiento. Todo esta relacionado y, en esa relación: música/ciudad,
hemos hallado un destino que vamos a legar a nuestros hijos. La música
italiana lo dice bastante claro: el Volare de Domenico Modugno,
bien pueden repetirlo Rita Pavone, o Angela Carra. Al descubrir la música
afro-peruana descubri también la canción francesa: desde Edith Piaf,
pasando por Gilbert Becaud hasta la actualísima Nana Mouskouri. El mundo
de la música es tan importante que el matemático Pitágoras estudio su
escala, y Jean Jacques Rousseau, el mayor de los estilistas franceses, lo
mismo que Federico Nietzche, otro de los grandes estilistas del idioma
aleman (así se considera el filósofo en Ecce Homo, su ultimo
libro antes de caer en la locura), escribieron música. Así yo, guiándome
también por Nietzche, escribí no hace mucho una opera New Age titulada Andrómeda,
que, en realidad, son diez canciones, que buscan una disquera para que
alguien -ese alguien debe amar la paz, la vida, la belleza, y el
conocimiento- las interprete: una manera de contribuir al sentido de la
lucha por un mundo mejor, un porvenir ecológico, y una ciudad
sensibilizada respecto de todo lo humano. El grupo sueco Abba tiene una
canción que sintetiza muy bien el espíritu de este ensayo: “Gracias
por la música”. El mundo de la música es un producto genético y la
ciudad también: interrelacionadas, no queda sino celebrar el paisaje
musical que ha determinado nuestro destino.
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