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revista
de cultura # 44 |
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Notas para una generación perdida: literatura mexicana de finales del siglo XX R. Hernández Rodríguez
Sin
embargo, la observación más significativa que hace Agustín en este prólogo
-me centraré solamente en el prólogo y en sus implicaciones para mi
argumento y no en la antología o la obra de los escritores ahí
representados- es que en la generación antologada (léase en la juventud
escritora de este momento) “predomina una cierta tendencia a la
cautela” (11). Las manifestaciones literarias de los jóvenes
escribiendo a finales del siglo XX son, en palabras del propio Agustín,
“correctas, limpias, comedidas, contenidas, visiblemente auto
conscientes, pendientes del qué-dirán” (11). Esta cautela y este temor
al qué dirán, aunque no parecen alarmar demasiado al autor de La
tumba y Se está haciendo tarde, quien en su momento representó
a la juventud literaria anticonformista y osada de México y quien ahora
se muestra cauteloso y comedido en sus comentarios,1 sí son en
mi opinión un hecho lamentable. Lamentable
precisamente porque estamos hablando de los jóvenes escritores, quienes
tiene todo que probar y muy poco que perder. No hay nada de malo, desde
luego, en la corrección, la limpieza o la contención per se, pero
si estas actitudes son el resultado del temor al qué dirán (que sólo
puede entenderse como una preocupación excesiva con ganar reconocimiento
y prestigio a costa de la literatura), entonces es posible concluir que
hay algo fundamentalmente tramposo y desleal en ellas, pues no se trata de
convicciones sino de oportunismo. De ser ese el caso estamos hablando,
creo y sin caer en el dramatismo, de una crisis moral y estética en las
letras nacionales. Si
a primera vista puede parecer loable el que haya más gente joven
publicando a edad temprana, el que estos muchachos y muchachas estén tan
preocupados por el qué dirán, debería alarmarnos porque ello quiere
decir que ven a la literatura como un mero instrumento para complacer a la
mayoría y no como un medio auténtico de expresión. Antiguamente,
comenta Agustín, la imagen del escritor era la de un hombre maduro pues
se suponía que los jóvenes (o las mujeres, los homosexuales, los indígenas
y en general todo individuo que no correspondiera al modelo occidental y
patriarcal de madurez y virilidad) “no tenían vivencias, experiencias
ni sabiduría, lo cual sólo se obtenía con la edad” (7). Y aunque la
situación ha cambiado, si a los veinte o treinta años un joven escritor
considera más importante el complacer a los posibles lectores que se
convierten así en consumidores potenciales, entonces es irrelevante si
este escritor tiene o no vivencias, experiencias o sabiduría. ¿De qué
sirven al lector las susodichas experiencias de un escritor si estas no se
reflejan en los textos literarios con especulaciones honestas sobre la
condición humana; con visiones personales del mundo y la sociedad; con
una perspectiva que aunque diferente de la suya le permita suplementar su
propia visión de la realidad? Yo, como lector, prefiero a un escritor que
me irrite y no a uno que me adule, y como escritor prefiero a un lector
que sea “mon
semblable, mon frère”
y no a uno que sea sólo un cliente. “About
suffering they were never wrong, the old masters” escribió el poeta
inglés W. H. Auden, y quizás tenga razón. Tal
vez en arte la experiencia y la sabiduría están relacionadas a las
vivencias personales más íntimas y hasta dolorosas y son efectivamente
privilegios de la edad y el resultado de la honestidad. La idea
norteamericana de “lecturas de verano” cuya única misión es que
entretengan al lector mientras éste toma el sol o la proliferación de
los best sellers internacionales como El señor de los anillos y Harry
Potter tienen su lugar en la cada vez más compleja, posmoderna y
global era en que vivimos, sin duda, pero ni pueden ni desean competir con
la literatura de la que habla Agustín en su prólogo, simplemente porque
se trata de dos categorías diferentes. La literatura a la que se refiere
Agustín requiere de vivencias y sabiduría traducidas en especulaciones y
cuestionamientos críticos sobre la vida y la sociedad porque pertenece a
la que aún tiene aspiraciones artísticas e intelectuales (después de
todo la antología que le sigue incluye también ensayos y poesía); esta
es la literatura que falla si cede ante intereses económicos, las críticas
del lector o cualquier otro aspecto que la aleje de un propósito artístico,
particularmente el qué dirán. El
inicio de un nuevo milenio es un acontecimiento simbólico apropiado para
todo tipo de revisiones, incluyendo la literaría, y es evidente que esa
es la idea que motivó a los editores de la antología de Generación
del 2000, quienes la subtitularon “Literatura mexicana hacia el
tercer milenio”. Metafóricamente el fin de siglo es un punto ideal para
hacer un alto en el camino y volver los ojos atrás; en especial me parece
una excelente oportunidad para mirar hacia un hecho particular del pasado
literario mexicano más cercano que por algún tiempo me ha intrigado y
del cual encuentro ciertos indicios de respuesta en el prólogo de Agustín:
se trata del auge que tuvo en los años setenta y ochenta un género
literario que después desapareció discretamente: me refiero a la llamada
“literatura gay”. Esta literatura tuvo su momento más lúcido con Las
aventuras, desventuras y sueños de Adonis García, El vampiro de la
colonia Roma de Luis Zapata y Las púberes canéforas de José
Joaquín Blanco, dos novelas de capital importancia para las letras
mexicanas, independientemente de su categorización como novelas gay.2 Tal
vez tan intrigante como la extinción del género, es la falta de interés
que despertaron en la crítica estos dos textos indispensables de la
literatura mexicana, desinterés que yo no atribuyo a la proverbial
homofobia latinoamericana, sino a una carencia más profunda y más real,
y a final de cuantas más nefasta: la separación entre las experiencias
personales y las experiencias del otro. De la misma manera que
antiguamente se creía que los jóvenes escritores no tenían experiencias
qué compartir con el lector ideal (que se suponía masculino, maduro y
heterosexual), también se asumía que las únicas experiencias válidas
eran aquellas con las que el lector se podía identificar inmediatamente.
En otras palabras, no era tanto que el otro de ese lector ideal no tuviera
experiencias ni vivencias, sino que sus experiencias o vivencias no eran
consideradas reales o importantes. Así, las experiencias de los jóvenes
lo mismo que las de las mujeres, los indígenas o las de los homosexuales
no eran las experiencias del hombre ideal y por lo tanto eran descartadas
de ante mano como ingenuas, sentimentales, inmaduras, frívolas o incluso
perversas. Precisamente
por esto me parece que un hecho esencialmente crítico y contestatario es
el escribir sobre o desde las propias experiencias sin que importe lo que
piensen los otros; más aún: existe un gran valor en el escribir sobre
las experiencias de los grupos considerados minoritarios, sean éstas
personales o no, ya que cuestionan la monolítica noción de que existe un
solo tipo de experiencia válida y una sola manera de entender la
realidad. En una metáfora bastante original de la poesía, el brasileño
Manuel Bandeira imagina a un hombre que se pone su traje de lino blanco y
sale a la calle con sombrero y bastón y de pronto pasa un coche y lo
salpica de lodo: así es la vida, dice Bandeira y continúa: el poema (el
arte) debe ser como el lodo en el lino: la poesía deber hacer desesperar
al lector satisfecho de sí. Esto es posible, desde luego, únicamente si
un escritor escribe honestamente y sin miedo a lo que se pueda pensar o
decir de él o de su obra, sin miedo a ensuciarse de lodo. Ese es, sin
duda, uno de los grandes logros de los dos novelistas mencionados aquí. Que
tanto Luis Zapata como José Joaquín Blanco escribieron sin miedo al qué
dirán es algo comprobable simplemente con leer sus novelas, crónicas y
cuentos; que ello representó un enriquecimiento de la literatura y de la
manera de entender la cultura moderna de México es algo que aún no han
logrado articular con toda precisión los críticos. Este ensayo ofrece
una lectura de El vampiro de la colonia Roma con el fin de
contribuir a la inclusión sistematizada de la literatura con tema
homosexual en el estudio de las letras mexicanas, para de esta manera
tener una visión más completa de la producción literaria de ese país.
El
vampiro
es la historia de un muchacho homosexual, Adonis García, que sobrevive en
la ciudad de México de los años setenta relacionándose con todo tipo de
personajes urbanos y valiéndose de cualquier medio para subsistir,
incluyendo la prostitución masculina. La novela describe sus vivencias
(aventuras, desventuras y sueños) narradas frente a una hipotética
grabadora sin escatimar los detalles más gráficos de sus relaciones
sexuales; la novela tiene otra virtud: estas vivencias están contadas con
un desenfado y una gracia poco usuales. Su frescura, honestidad y tono
celebratorio sorprendieron en los años setenta y siguen sorprendiendo
ahora, en parte porque pese a lo que se pudo haber supuesto veinticinco años
atrás, no hay nada semejante en la literatura mexicana reciente. Aceptar
la importancia de las experiencias humanas más diversas requiere de
madurez y cierta osadía por parte del lector o espectador, pero a cambio
puede ayudarle a enriquecer su visión y entendimiento de la realidad y la
condición humana. Atreverse a presentar experiencias que no reflejan las
convenciones de la mayoría requiere del artista a su vez de una confianza
absoluta en la fuerza crítica del arte y desde luego una despreocupación
total por el qué dirán. Durante los años setenta en México, las cada
vez más visibles manifestaciones de una conciencia y una cultura
homosexual y las muestras solidarias de diferentes grupos civiles permiten
que la literatura se abra también a representar esas experiencias con una
valentía inusitada y un optimismo que permiten a José Joaquín Blanco
profetizar en Unomásuno, un diario de circulación nacional, que
en un futuro no muy lejano, dada la solidaridad de la juventud rebelde,
habría “una nueva minoría de amantes radicales, ya muy visible entre jóvenes
todavía ‘homosexuales’ y ‘heterosexuales’ (pero ya muy semejantes
en muchas actitudes ante la vida, muy solidarios recíprocamente)” que
“será más valiente y dichosa, más revolucionaria, de lo que ahora
somos los homosexuales de la intolerancia” (“Ojos que da pánico soñar”,
190). Es difícil saber si esta profecía se ha cumplido o no, pero la
falta de textos más atrevidos y radicales y las observaciones como la del
prólogo de Agustín hacen suponer que no. Atreverse
a narrar las vivencias homosexuales sin disculpa ni temor y ofrecerlas
como experiencias humanas válidas otorga toda su fuerza a la narrativa de
Zapata. Pero no es sólo el tema lo que distingue a El vampiro de la
colonia Roma de la mayoría de las novelas mexicanas contemporáneas;
su audacia y originalidad formal son igualmente notorias. No hay disculpas
ni mesura ni abdicaciones en la novela, la cual presenta a su personaje
principal como un ser feliz y en control de su sexualidad, lo que lleva al
lector a preguntarse sinceramente si en materia artística no son
contraproducentes la contención y el temor al qué dirán. No es mi
intención minimizar los logros de los escritores actuales ni proponer que
el tema de una novela, especialmente si es un tema controversial, es más
importante que la forma, sino llamar la atención hacia el hecho de que en
la novela aquí analizada tema y estructura narrativa forman un tejido
perfecto, en el cual es imposible privilegiar un solo aspecto. O en otras
palabras, que hay instancias en las que sí importa el tema ya que la
estructura depende de éste y viceversa. Luis
Zapata entiende esto perfectamente y al trabajar tema y estructura como
las dos partes fundamentales de un todo, logra genialmente amalgamarlas
utilizando una técnica aparentemente simple: la hipotética presencia de
una grabadora que registra las experiencias de Adonis García, las que
servirán luego de materia para la narración. Aislando de esta forma al
lector del narrador, el escritor se convierte en un vehículo
supuestamente objetivo de la expresión del sujeto. (La grabadora no puede
ser sino hipotética para el lector, quien sabe de su existencia porque es
mencionada por el escritor, sin que importe el que el personaje principal
haya sido o no entrevistado realmente.)
Esta
estrategia es sumamente original y acertada, al grado que el texto se
puede interpretar como un discurso testimonial o incluso como una sesión
de psicoanálisis -como lo hace erróneamente Claudia Schaefer al comentar
la novela-. Sin embargo, el texto nos revela constantemente que Adonis
García no está hablando con un profesional, sino con un curioso
entrevistador improvisado, lo cual aumenta la credibilidad de la narración
como una fuente de vivencias espontáneas y reales: “¡puta madre! ¿contarte
mi vida? y ¿para qué? ¿a quien le puede interesar?” (15), dice el
narrador al principio de la novela, respondiendo, uno imagina, a la
invitación del escritor a que le cuente su vida. De igual forma, al final
del texto el mismo narrador ordena al entrevistador, suponemos: “y ora sí
ya apágale ¿no?” (223). El lector percibe en esta última orden una
especie de reticencia falsa, como si Adonis hubiera estado contando su
vida en contra de su voluntad y sólo después de muchos ruegos, lo que
paradójicamente aumenta la ilusión de veracidad. La distinción entre un
entrevistador profesional y uno espontáneo es importante aquí porque la
credibilidad que el lector está dispuesto a poner en la narración
depende de la confianza que tal entrevistador le inspire. La novela
contada entre un “a quién le pude interesar mi vida” y un “ya apágale”,
se nos presenta de esta forma como un cúmulo de vivencias, valiosas
obviamente en opinión del escritor, cuyo ímpetu reside en su
espontaneidad y su desinterés, algo que sería imposible de lograr si la
entrevista tuviese otro propósito, por ejemplo grabar una sesión de
psicoanálisis. El
vampiro de la colonia Roma,
por el contrario, es la narración de una vida, de un estilo de vida, que
se nos ofrece sin ninguna razón en particular, excepto la aceptación de
que representan una serie de vivencias humanas tan válidas como cualquier
otra. Esta idea da paso, asimismo, a la posibilidad de incorporar la
novela a la tradición picaresca. Zapata conscientemente nos revela desde
el principio que esa es su intención, que su novela está asociada a la
tradición picaresca y más aún que su novela es picaresca, como
lo sugiere fuertemente en el epígrafe tomado de la segunda parte del Lazarillo
de Tormes que precede al texto: Si
he de decir lo que siento, la vida picaresca es vida, que las otras no
merecen este nombre; si los ricos la gustasen, dejarían por ella sus
haciendas, como hacían los antiguos filósofos, que por alcanzarla
dejaban lo que poseían [o los pícaros que la buscaban] para correr a
rienda suelta por el campo de sus apetitos […] de manera que la vida
picaresca es más descansada que la de los reyes, emperadores y papas. Por
ella quise caminar como por camino más libre, menos peligroso y nada
triste. (Epígrafe
que precede la novela.) El
diálogo abierto y lúdico con la picaresca supone una visión paródica
de la creación literaria que trasciende las limitantes de época y altera
las de género. No es posible, obviamente, suponer que El vampiro de la
colonia Roma es una novela picaresca en el sentido en que el Lazarillo
de Tormes lo es, pero sí que, como lo señala el propio autor, se
trata de una actualización del género.4 En ese sentido, la
novela de Zapata se incorpora a dicha tradición manteniendo una distancia
por medio de la ironía implícita en el utilizar un género literario
asociado con el siglo XVII para describir las andanzas de un personaje
urbano y homosexual del siglo XX. Con este hecho, Zapata no sólo proyecta
(actualiza) el género, sino que lo transforma al devolverlo a un estado
original y rebelde de narrar sin disculpas una vida a todas luces
contraria a la vida considerada ejemplar por la sociedad convencional; una
vida que es además subversiva en cuanto que se presenta como “más
libre, menos peligrosa y nada triste”. Es
en esta actitud positiva, alegre e irónica de las vivencias marginales
donde mejor se aprecia la relación entre la novela de Zapata y las
novelas clásicas de la picaresca española, al grado que el mismo autor
quiere enfatizar astutamente sólo este hecho al afirmar que no se propuso
ser pionero, y si en algo pensaba al estructurar su texto era en el
personaje, el cual quería que en su condición homosexual “fuese un
cuate libre, que no anduviera atormentado, como tenía que ser en alguien
que se dedicaba al talón” (Torres 212). Zapata
usa la picaresca para narrar y celebrar las vivencias de un homosexual,
las cuales no son las de la mayoría y han sido constantemente condenadas,
y con ello establece una crítica a la sociedad burguesa que valora la
heterosexualidad como la única norma de conducta sexual válida. Es
interesante en este sentido el juicio del crítico Luis Mario Schneider,
quien considera a Zapata “el escritor de tema homosexual de mayor
insistencia y de más éxito” (80), y quien sin embargo al referirse al
personaje de El vampiro, aclara que éste no es un vampiro, sino un
chichifo “cuyo único interés es una afirmación del poder del cuerpo.
En definitiva, es un pícaro moderno que cree explotar, pero, en realidad,
sin darse cuenta -a no ser ocasionalmente-, es gozado y explotado por otro
poder: el dinero”. (80). Es evidente el desdén del crítico por la
sexualidad de Adonis García al considerar que su único interés es la
reafirmación del cuerpo por medio del placer. Es
verdad que Schneider no sostiene que el interés del personaje por el
placer y la reafirmación del cuerpo se deban a su preferencia sexual, sin
embargo tal comentario no puede leerse aislado de su contexto social, lo
cual quiere decir que es imposible separarlo completamente del argumento
utilizado en contra de la homosexualidad hasta hace muy poco tiempo que
afirmaba que los homosexuales eran débiles porque eran seres hedonistas,
sin carácter y excesivamente sexuales. Para Schneider “la afirmación
del poder del cuerpo” es algo negativo o por lo menos algo que en sí es
menos importante; el cuerpo como fuente de placer es una manifestación de
puro interés en lo material y por lo tanto menos valioso que el control
de los deseos y las pasiones, lo que indica una actitud más intelectual o
incluso espiritual. Con
todo, la actitud que presenta el cuerpo como fuente de placer y poder y no
sólo como instrumento de producción o vehículo del espíritu es
bastante subversiva en el mismo sentido en que Marcuse considera que la
cosificación extrema del cuerpo niega la cosificación que le impone la
sociedad burguesa, la cual circunscribe la sexualidad a una actividad
estrictamente genital, porque como explica Kevin Floyd “he [Marcuse]
insisted […] that only by polymorphously re-eroticizing the
body-erotically objectifying it, reifying it, turning it into a thing,
into a (very different kind of ) instrument-could the former type of
reification [su función reproductiva] be negated” (102). En ese
sentido, la actitud de Adonis García aparece como una de las más
revolucionarias de las letras mexicanas y aún latinoamericanas, tal vez sólo
comparable -aunque no superada por ella- a la de los personajes de El
beso de la mujer araña del argentino Manuel Puig. Por
su parte la suposición de Schneider de que el personaje no se da cuenta
de que él es a su vez “gozado y explotado” por el dinero es una versión
extraña (¿cómo puede ser uno gozado por el dinero?) de la idea binaria
que opone la mente y el cuerpo, el materialismo y la espiritualidad. Esta
suposición no sólo presenta al personaje erróneamente como víctima
inocente y sin astucia (lo cual lo descalificaría como pícaro), sino que
contradice la primera (y acertada) observación de que Adonis reconoce y
afirma el poder de su cuerpo. Estas observaciones en un crítico tan
atento como Schneide son significativas porque muestran que no es tanto la
preferencia sexual lo que tradicionalmente le es difícil de aceptar a la
crítica cuando analiza novelas con tema homosexual, sino la otredad
de esta conducta que se basa en una abierta y franca aceptación del
cuerpo y la sexualidad, reconociéndola como una experiencia valiosa per
se. Esta actitud se opone -y por ello la cuestiona- a la sociedad que
Marcuse llama unidimensional, y que es tradicional, patriarcal y heterocéntrica;
esta sociedad acepta la sexualidad sólo en relación de otras funciones
“más importantes”: reproducción, unión de dos almas gemelas, etcétera.
Otras
lecturas a pesar de que sí reconocen la importancia de la sexualidad para
el personaje de la novela de Zapata no resultan necesariamente positivas.
En su libro Gay and Lesbian Themes in Latin American Writin, David
William Foster afirma, refiriéndose a la novelística gay mexicana, que
los narradores express
considerable pride in being able to satisfy [their] sexual needs, needs
that, although they may run counter to public morality in México, are
described as very easily met in a setting in which the seeker has
emotional and material good to offer, confirming Whitam and Mathy’s
research finding that, in a society like Mexico, homosexual acts serve as
marketable goods that do not impinge on the seller’s sexual
self-identity.
(Foster
104) En
este caso la opinión del crítico es demasiado esquemática al considerar
que la sexualidad -que él no condena directamente- es de todas formas
indicadora de otredad, la otredad mexicana, en la que la
sexualidad, la homosexualidad en particular, está supuestamente regida
por cuestiones económicas y no por convicciones, deseos o expresión de
la identidad, y mucho menos por decisiones revolucionarias que buscan
liberación personal y social en la sexualidad polimorfa. Estos ejemplos
muestran lo difícil que ha sido para la crítica valorar la literatura
con tema homosexual producida en Latinoamérica y en particular en México
principalmente porque la sexualidad no tradicional es vista como desviación
falla o imperfección y no como una experiencia humana natural y válida
pero también porque nustras sociedades con frecuencia son
“estudiadas” a partir de estereotipos que se suponen universalidades.
Sin duda muchas de las novelas con tema homosexual en México, pero en
particular El vampiro de la colonia Roma, cuestionan y desafían
tanto su propia sociedad, como la manera a veces esquemática y a veces
simplista como se ha estudiado ésta y su cultura. Al
comienzo de mi ensayo mencioné las opiniones de José Agustín con
respecto a los jóvenes escritores de comienzos del siglo XXI,
particularmente su timidez y su miedo al qué dirán; esos mismos
comentarios me han hecho pensar, por contraste, en la osadía de varias
novelas publicadas en los años setenta y ochenta, las cuales, como
acertadamente menciona Vicente Francisco Torres, no pueden separarse de
sus circunstancias históricas. Entre otras “las novelas libres,
juguetonas y soeces de Armando Ramírez, Paco Ignacio Taibo II y Luis
Zapata [que] sólo pudieron darse después de lo que sucedió -en
literatura, en moral, en política-, en la década de los 60” (253). En
el caso de El vampiro, novela que yo considero muy superior a las
otras mencionadas, su importancia reside en gran medida en la valentía
del autor que se atrevió a escribir positivamente sobre experiencias
pertenecientes a un grupo considerado minoritario y marginal y hasta
perverso debido a su sexualidad. Esta valentía dio paso también a un
arrojo formal que buscaba la estructura ideal para expresar la novedad de
dichas experiencias. Felizmente,
Luis Zapata encontró esta estructura al recurrir paródicamente a la
picaresca española y mexicana y al inventar una narración que quería
recrear la fidelidad de una conversación informal e íntima por medio de
la cual el autor y el narrador ofrecían complementar, sin ninguna razón
en particular, nuestro conocimiento de la diversidad de las experiencias
humanas. Si algo sorprende en el personaje Adonis García, aparte de su
jovialidad, es el alto grado de conciencia que tiene tanto de su
sexualidad como de su existencia en general; de ahí que utilice un
lenguaje ordinario, a veces cantinflesco, lleno de clichés y expresiones
propias de la jerga homosexual, pero siempre fresco y congruente consigo
mismo para describir su realidad: cuando
yo nací mis papás ya
eran grandes los dos
mi papá tenía creo sesenta años y mi mamá como cuarentaipico
ya casi menopauseando ¿no?
ha de ser por eso que nací tarado
pero no eso fue
por los golpes de la vida aunque
ni soy tarado ni la vida me ha golpeado” (16). El
atrevimiento de Luis Zapata al escribir sobre las vivencias de un
homosexual sin temor al qué dirán, sin recatos oportunistas y
recuperando la sexualidad y el cuerpo como fuentes de identidad y
transformación personal y social, permite a Adonis García hablar
libremente sobre su vida y sus sueños y al lector enriquecer su
experiencia de la realidad humana. NOTAS1
El propio Agustín comenta en una entrevista con Vicente Francisco Torres
que su generación quería que la literatura perdiera su rigidez,
encontrara nuevas formas, y por eso “en un principio nos llamaban los
antisolemnes” (11). 2
Con relación a la idea de la existencia de una literatura gay, Zapata
afirma que él no considera que exista tal categoría, pues aunque hay
varios escritores que escriben sobre la homosexualidad, su estilo y
acercamiento al tema es muy diferente, así que usar el tema como único
criterio para agruparlos no es suficiente. No está bien, dice, porque
entonces “habría que dividir la literatura entre homo y heterosexual.
Es arbitrario, facilón, y si tiene que haber una clasificación para que
la crítica no tenga problemas, pues que la haya” (Torres 212). 3
Véase el ensayo de Kevin Floyd que analiza estas mismas ideas en el
contexto de la cultura de Estados Unidos. Floyd ve tanto en la derecha
como en la izquierda norteamericanas un reconocimiento de la universalidad
de las conductas sexuales ya que “both homosexuality and heterosexuality
were potentially universal components of experience” (107). De
ahí que exista en las dos partes “a fear of homosexual
universalization, on the one hand, and a resistance to heterosexual
universalization on the other” (107). 4
Vicente Francisco Torres cita una entrevista de Zapata donde éste comenta
que al estructurar la novela vio semejanzas entre su texto y la picaresca
española y “entonces se me ocurrió explotar esa posibilidad, es decir,
de alguna manera actualizar lo que podría ser la picaresca, o de
contextualizarla concretamente en un ambiente urbano, pero con características
más propias de esta época” (204). 5 In 1979, the same year of the in which El Chanfalla appeared, Luis Zapata published Las aventuras, desventuras y sueños de Adonis García, el vampiro de la colonia Roma. The protagonist in this novel is homosexual, and his homosexual history and activities constitute its main concern. The narrative structure is obviously episodic in the picaresque sense-Adonis García is the only consistent link between episodes. He tells his own history in a retrospective, first-person point of view. Left without parents in his early teens, and feeling doubly alone because of his homosexual tendencies, he goes to México City and becomes a vampiro, or homosexual prostitute. He eventually turns to alcohol and drugs and despite many relationships both in and out of his profession, he feels no love or emotional support from anyone. The protagonist of La tumba, Gazapo, and La princesa del palacio de hierro also suffer from extreme loneliness, which suggests a relationship between sexual obsession and alienation. In addition to emotionally yarning, Adonís occasionally suffers from hunger and usually lives in shabby surroundings. Unlike most picaresque novels, this narrative lacked ironic and satiric tone. Adonís García, despite his several picaresque traits, does not belong among picaros.” (Compton 26) |
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Rafael Hernández Rodríguez es profesor de literatura, cultura y cine latinoamericano en la Universidad Estatal del Sur de Connecticut en los Estados Unidos. Es autor del libro Una poética de la despreocupación: modernidad e identidad en cuatro poetas latinoamericanos y co-editor de ¡Agítese bien! A new look at the Hispanic avant-gardes. Contato: rafah@unb.ca. Página ilustrada com obras do artista Leonel Maciel (México). |
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