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revista
de cultura # 45 |
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Magritte hace dudar todavía Federico Revilla
Pintor
atípico, impertérrito francotirador… ¿Un
genio del arte o un extravagante con suerte? Evidentemente, no es un genio
en la estría de Leonardo, Rembrandt, Velázquez ni siquiera Goya - el único
en la historia que no sólo se parangona con los modernos, sino que les
anticipa - , puesto que… no interesa en absoluto cómo pinta. Sólo se
atiende qué sea lo que pinta. Sin
embargo, tampoco sus temas son un pretexto para la admiración: Magritte
no particulariza los objetos que pinta. Son “un árbol” cualquiera,
“unos zapatos”, “una jaula”, habiendo eliminado los aspectos
concretos que hubieran hecho de ellos, precisamente, “este árbol” o
“aquellos zapatos”. Nada hay que detenga la mirada en algo ajeno a los
estrictos términos de una relación insólita entre objetos genéricos:
¡y en esto sí que hay algo definitorio de su arte! En esa relación insólita
se reconoce unos de los rasgos del surrealismo. Se
reconoce desde fuera, porque Magritte se pasó la vida “desmarcándose”
del surrealismo (pese a que tuviera con sus adalides algunos contactos,
durante un período limitado de tiempo). [1] Las
clasificaciones continúan haciéndose cada vez más incómodas, en cuanto
estrechas: aprietan por todas partes, ahogan a quienes hayan sido metidos
dentro de cada caja. ¿Surrealismo?
Bien, no cabe duda que en aquella efervescencia se desarrolló mucho de lo
más original en el arte del siglo XX. Pero, ¿cómo aproximar el
surrealismo de Yves Tanguy o de Max Ernst al de Paul Delvaux, por ejemplo?
¿Acaso fue propiamente surrealista Joan Miró, durante algún tiempo, o
bien su natural inquietud juvenil se dejó impregnar exteriormente por
algunas preferencias o maneras de sus compañeros de bohemia? En cuanto a
Matta, anchuroso hasta magnitudes cósmicas, deja muy atrás el
surrealismo estricto. Remedios Varo marcha a su aire, enlazando - en todo
caso - con el primer surrealista de la historia, Hyeronimus Bosch… No
obstante, en algunas de sus obras Magritte, efectivamente, ejerce como
surrealista de pro. “La juventud ilustrada” hubiera podido ser una
muestra, casi al pie de la letra, de la famosa frase-consigna (?) de Lautréamont:
[2]
en un largo camino se alinean perdiéndose, hacia el horizonte, un barril
destapado, la escultura mutilada de un torso femenino, un león en reposo,
una mesa de billar, un trombón, una bicicleta, una butaca, etc. Entre
tanta fecunda disensión, René Magritte continúa tan solo como siempre.
No parece necesitar a nadie y no disimula que la etiqueta de
“surrealista” le estorba, [3]
aunque le conceda mínima importancia, y posteriormente desorienta, de
entrada, a quienes se aproximen a su obra. Tampoco hace suyos los
principales puntales del surrealismo “canónico”: “Prescindo
del todo de creer en la necesidad de una actividad inconsciente. La
seriedad de los especialistas del inconsciente me parece cómica”. Quiere
Magritte recordar con ello que las continuas anomalías en lo que pinta
son perfectamente conscientes: más todavía, deliberadas, estudiadas y así
encaminadas a sugerir “otros” ámbitos de realidad. Ni soñados, ni
intuídos, ni resultantes del mero azar: antes bien, muy meditados para
producir su efecto. ¿Y qué
efecto sería éste? ¿Un efecto relativizador? Más bien, un
ensanchamiento de los horizontes. Magritte se habría propuesto decir, a
su manera, a todos sus contemporáneos que el ámbito donde parecen
moverse tan satisfechos es muy angosto y sobre todo engañoso y
empobrecedor. Practica,
pues, un permanente encausamiento de las apariencias. No es propiamente
fantasía: ya que ésta generalmente se manifiesta en lo brillante, lo
espectacular, lo estremecedor, lo extremoso, etc. Mientras que la temática
de Magritte es casi siempre cotidiana, burguesa, cuando no mezquina.
Sencillamente, él se ha propuesto mirarla de un modo tal que se cuele por
cualquier resquicio lo contradictorio y lo insólito, como si quisiera
revelar que la existencia dista mucho de agotarse en sus vertientes de
evidencia. Más todavía: ¡guerra al aburrimiento! Cuando la mayoría de
sus motivos hubieran sido fatalmente aburridos sin algún toque de
insolitez. Cabe
disentir de que Magritte pinte lo absurdo (también se ha escrito
repetidas veces): a menudo, más bien parece que pinta algo “tan
obvio” que su propia obviedad lo haya desalojado de la vida cotidiana.
Esas realidades no se relacionan así, pero “hubieran debido hacerlo”.
Magritte remonta aguas arriba el curso de la racionalidad o de la técnica
para mostrar lo que éstas no han permitido. Algún ejemplo: si el cristal
nos muestra un paisaje, ¿por qué no ha de continuar mostrándolo cuando
se ha roto en pedazos? [4]
“El misterio de lo visible y lo invisible” a que aludió el propio
Magritte, ¿no se hallará por ventura antes
de la manipulación de que ha sido objeto por una civilización
determinada (la nuestra)? Tampoco
le interesan los símbolos. Le hallamos a menudo tajante para establecer
sus distancias respecto de ellos: “Los
símbolos son mi bestia negra. Se supone que representan la realidad, pero
lo cierto es que no representan nada”. Como
quiera, cuando Magritte negaba la índole simbólica de sus sorprendentes
composiciones, se atenía a la concepción psicoanalítica: “El
psicoanálisis es un sistema muy inteligente. Pero no es más que una
interpretación entre otras. Atribuye un valor de símbolo a las cosas
representadas, a los objetos elegidos por el artista. Pero yo creo que una
nube en el cuadro no es más que una nube. No creo en el inconsciente, ni
creo que el mundo se ofrezca a nosotros como un sueño de otro modo que
mientras dormimos. Yo no creo en el sueño despierto. Tampoco creo en la
imaginación. Es arbitraria y yo busco la verdad y la verdad es el
misterio. En fin, no creo en las ‘ideas’. Si yo las tuviese, mis
cuadros serían simbólicos. Pues bien, afirmo que no lo son”. Como
pintor, en fin, no pasa de mediocre. Pero a él la estética no le
importaba: [5]
de ahí, el oficio “suficiente” - no más - con que despachaba
materialmente su trabajo (aprovechando a menudo postales, carteles y otras
producciones tomadas de la cultura popular), lo cual dio lugar a que Maria
Lluisa Borrás le caracterizase como “un gran pintor que no era
pintor”, [6]
expresiva paradoja. A Magritte le importaba otro orden: él se encaminaba
a la complejidad del mundo visible, ocupándose de reordenarlo en
contradicción con el orden del resto de la gente. Navegaba a sus anchas
en la polivalencia de los significados. [7]
Como hubiera escrito Pirandello: “Así es, si así os parece”. Un
“reventador” impenitente pudiera suponer que Magritte, convencido de
que como pintor no superaría nunca un discreto nivel artesanal, puso sus
limitadas condiciones al servicio de algo que fuese “más allá” de la
estricta representación formal, donde su inteligencia y su originalidad
le hiciesen invulnerable a la competencia. Aquel hipotético
“reventador” hubiera acertado, al menos, en un aspecto: en efecto,
Magritte ha sido invulnerable. ¿Un
hombre que lucha a solas contra la vulgaridad que le rodea por todas
partes?
¿Qué
decir de la voluntariedad de esa grisura que describe Suzi Gablik? ¿La
adoptaba Magritte precisamente para provocarse
la reacción en contra? ¿O bien era sólo inerte aceptación del
ambiente y los hechos como eran, sabedor de poseer el arte para
subvertirlos? Sin estridencia ni alarde alguno: en este orden, Magritte
fue la antítesis de Dalí, que se pasó la vida haciendo excentricidades.
[9]
Pero, ¿acaso no es más profunda la subversión de Magritte? Los extraños
seres dalinianos, los relojes blandos, las jirafas llameantes, los tigres
en escorzo sobre el desnudo femenino, quedan en la superficie: son espectáculo,
aunque brillante muchas veces. En cambio, los quebrantamientos de la lógica
por Magritte - que se producen en contextos nada llamativos - afectan la
entraña misma de las cosas (con lo que repercuten sobre el ser humano que
las habita, fabrica o mira). Quizá a algunos contempladores les induzcan
a replantearse su propia condición. El
interés de Magritte hacia la novela policíaca, fue compartido por muchos
surrealistas. Algunos comentaristas han recurrido a la mitología policíaca
para ilustrar la obra de Magritte. Pudiera examinarse su obra también
bajo este prisma: como planteamiento
de unos enigmas que resolver. Nos inclinamos, sin embargo, por la
negativa: conociendo el carácter de Magritte, probablemente le importaría
muy poco que los contempladores de su obra se empeñasen en resolver nada.
Le debió bastar que “vieran” y, a lo sumo, se cuestionasen alguna que
otra evidencia mentida (?) por los sentidos. Despegado,
indiferente, casi “distraído” - sobre todo, respecto de las
implicaciones de sus obras - Magritte hubiera parecido burlarse de sus exégetas
si no fuera tan insistente en algunas de sus negaciones: “-¡No
tengo nada que expresar! Yo busco simplemente unas imágenes e invento,
invento... No tengo que preocuparme de la idea. Sólo cuenta la imagen, la
imagen inexplicable y misteriosa, porque todo es misterio en nuestra vida.
Pinto el más allá, muerto o vivo. El más allá de mis ideas, mediante
imágenes... “-¿No
es, pues, por azar el empleo de los tonos fríos? “-No,
porque todo ese universo misterioso es frío. Yo no experimento calor en
el vacío del más allá. Por lo demás, intento transformar en materia lo
insensible. Y eso insensible no puede ser más que frío”. Aceptado,
desde un principio, que él no se propuso nunca simbolizar, la cuestión
no deja, sin embargo, de planear sobre toda su producción. Puesto que
tanto le atrae e incluso le interesa el misterio : al cabo, es un rasgo
común a muchos hombres sencillos y aproblemáticos, que hallan solaz en
las novelas policíacas o las películas de misterio. El lo expresaba con
mayor altura: “El
misterio no es una de las posibilidades de la realidad. El misterio es lo
absolutamente necesario para que haya realidad”. Precisamente,
aquella sensibilidad respecto del misterio le condujo a una de sus escasas
aproximaciones teóricas a lo que “hubiera
podido ser” el símbolo para él:
“...los objetos familiares serán unidos en un orden que evoca el
misterio de su existencia y de la existencia en general”. Como
quiera, el misterio es en Magritte origen y pauta, quizá algo muy afín a
“alfa y omega”. “El primer sentimiento que experimenté y conservo en
la memoria es el del misterio”. Tendría
poco sentido, no obstante, pretender probar que Magritte “simbolizaba
sin saberlo”. Es una cuestión inconducente. La voluntad del artista o
su mayor o menor lucidez teorizante - casi siempre menor - tienen una
incidencia nula sobre el impacto que
su obra cause: lo que ésta, al cabo, comunique a su contemplador. Es
difícil imaginar a un individuo que se plantee “Voy a simbolizar”. Si
algún insensato lo pretendiese, es seguro que le resultaría cualquier
cosa menos un solo símbolo. A la inversa, como éstos brotan tan discreta
y espontáneamente, si alguna vez alguien en particular sintoniza con sus
semejantes, su tiempo y su circunstancia de tal modo que pueda resultar de
ello alguna simbolización - más que probablemente, se reconocerá la
adaptación de alguno de los símbolos de siempre -, sería sin que el
individuo en cuestión se apercibiese de ello. No es
frecuente que Magritte se sincere acerca de su trabajo. Pero escribió
tanto, a pesar de todo, que es posible hallarle en algún “momento de
debilidad” comunicativa cuando explique algo de su proceso creativo. Por
ejemplo, en los siguientes recuerdos: “Una
noche de 1936, me desperté en una habitación donde se había colocado
una jaula con un pájaro dormido. Un magnífico error me hizo ver que de
la jaula había desaparecido el pájaro y había sido reemplazado por un
huevo. Allí tenía un nuevo secreto poético sorprendente, porque la
conmoción que yo experimenté había sido provocada precisamente por la
afinidad de ambos objetos, la jaula y el huevo, mientras que anteriormente
la conmoción había sido provocada por el encuentro de objetos mutuamente
extraños . “A
partir de ahí, busqué si acaso [hubiera] otros objetos que la jaula
pudiera revelarme - gracias al esclarecimiento de un elemento que le fuera
propio y que estuviese rigurosamente predestinado a ella - [dotados de] la
misma poesía evidente que el huevo y la jaula habían logrado causarme en
su coincidencia”.
Sin
embargo, hay diversas diferencias: No se
desencadena la pretendida simbolización - si acaso puede así denominarse
- para responder a ninguna necesidad, sino a una voluntad artística. Quizá
ésta sea apoyada por una voluntad existencial, casi filosófica o, si lo
fuera, filosófica con minúsculas. La
iniciativa y el trabajo son estrictamente personales. Intransitividad
de estos símbolos: no serán apropiados por nadie. Porque nadie los
necesita. Serán
objeto de admiración, sorpresa, regocijo, sobre todo desconcierto,
incluso discusión. Mas no reconducen a una esfera diferente, como es
propio de los símbolos. [10] A lo
sumo, sugieren que, a falta de esfera diferente, ésta donde nos movemos
es mucho más variada de lo que se sospecha. Magritte
en su actitud “reservona” acerca de todas estas cuestiones, prefiere
referirse habitualmente a “enigmas”: “Todas
esas cosas ignoradas que llegan a la luz ne hacen creer que nuestra
felicidad depende también de un enigma anejo al hombre y que nuestro único
deber consiste en procurar conocerlo”. En fin,
no estorba recordar otra de sus afirmaciones más rotundas: “Mis
cuadros son válidos para mi si se resisten a unas interpretaciones
mediante símbolos o mediante otras explicaciones”. Es
decir, lo que importa al pintor es precisamente la “resistencia” a
cualquier esclarecimiento, venga de donde viniere: él desea que se
mantengan en el orden de lo inasequible, ésto es, en el misterio.
“Buscador de misterios”, que no elucidador ni siquiera exégeta,
quisiera que fuese su condición. Ahí está. Tomemos
como ejemplo el lienzo titulado por su autor “La
clef des champs”,
que fue catalogado en la Colección Thyssen-Bornemisza [11]
y más tarde expuesto en Barcelona bajo el título, traducido
literalmente, de “La llave de los campos”. [12]
No es tal. El traductor había ignorado la metáfora “Prendre
la clef des champs”, que en francés equivale a otra metáfora
castellana, “Tomar las de Villadiego”, a su vez resumible en la
expresión, tan directa como castiza, “Largarse”. Por tanto,
entendemos que su traducción más fiel sería algo así como “Se largó”. En
efecto, Magritte ha mostrado el vidrio roto de una ventana y al otro lado
de la misma una visión del campo, tan aséptica y convencional como
suelen ser todas sus representaciones. Lo único útil en este caso -
como en todos -
es enfrentarse a “Se largó” con espíritu abierto, a ser posible
totalmente “en blanco”. ¿Qué muestra la pintura en cuestión? Una
ausencia. Pero una ausencia derivada de una decisión súbita y/o una acción
violenta: una fuga, rompiendo el cristal de una ventana. El exterior es el
campo: el individuo fugado ha abandonado un lugar cerrado para correr por
los espacios abiertos. Recuperación de la libertad. El hombre doméstico
opta por volver al estado natural (retorno a los orígenes). El rastro que
deja en pos son los vidrios rotos, que por cierto no afectan en absoluto
la integridad del campo: ha sido dañada la civilidad, mas no la
naturaleza. El interior de la casa queda parcialmente maltrecho y además
vacío: porque la casa existe para el hombre; en su ausencia, carece de
justificación. Pero la naturaleza exterior queda incólume tanto si aquel
hombre ha escapado o no. En
cambio, hay “otra naturaleza”, la que se había visto a través del
cristal, que ha sido rota con éste. Un detalle importante en la visión
de Magritte, efectivamente, consiste en que los pedazos rotos conservan
los fragmentos de paisaje que en su estado de integridad hubieran
completado el “puzzle” del
paisaje. Este detalle parece insistir en la noción anterior. Cual
fuere su voluntad en este caso, René Magritte ha pintado “la
presencia de una ausencia”, en función de una recuperación del
estado natural. “Se largó” es también una “expulsión del paraíso”
a la inversa. Pero matizada de algo parecido a un humor austero y
contenido, muy propio de este artista. Su inquietud en torno al misterio,
siempre el misterio de la existencia, le conduce a una reiterada pesquisa
en torno al misterio del hombre, precisamente. No lo resuelve jamás, como
pudiera darse por descontado. Pero en esta ocasión, honradamente, deja
testimonio de la huella para él indescifrable que el hombre ha dejado en
su intento de reintegrarse a un estado de libertad primigenia. Huella
deleznable: cristales rotos. Casi nada. ¿Ha podido suponer que el hombre
fuese algo más que eso? No
habría que excluir que “Se largó” fuese también, o al mismo tiempo,
un quiebro desengañado para escapar del desastre de su tiempo -
que tanto condicionó la existencia misma del surrealismo -.
Este lienzo representaría entonces la ausencia, el vacío, ¿la frustración?,
pero sin drama, antes bien, asumida con un mohín de indiferencia. Formalmente,
pudiera tomarse por una apariencia fantasmal la que Magritte pintó en
“Homenaje a Mack Sennet”: un camisón colgado en el interior de un
armario. Este no contiene más prendas, al menos en la mitad cuya puerta
está abierta. También serían pseudo-fantasmales los individuos que hubo
pintado en otras ocasiones con las cabezas cubiertas por sendos lienzos:
aislados de todo y al mismo tiempo ignotos y despersonalizados. Pero, casi
con toda seguridad, su intención no era tan banal. El
camisón - tan ostensible - se metamorfosea en dos pechos femeninos
precisamente en el lugar que correspondería (dentro) a éstos. Se trata,
pues, por lo menos, de una alusión a la mujer. ¿Es tan determinante la
presencia de ésta que deja su impronta en una materia neutra como aquella
prenda? Dicho de otro modo: la ropa que ha ceñido los pechos ¿no puede
librarse ya de ser “menos ropa” porque ha devenido “más persona”?
Porque no se trata de una impronta cualquiera: son los pechos mismos,
trasladados a este lugar, con toda su morbidez. El pintor se ha esmerado
en que los pezones luzcan coloraditos. Por lo
demás, soledad absoluta. Aquella soledad opresiva que Magritte había
tomado de Giorgio de Chirico - artista que fue para él determinante en
sus comienzos - y que desde sus vastas plazas desiertas ha adaptado él a
muchos otros ambientes: en este caso, el armario, pobretón, feote, tópico.
Simplemente, un armario entre miles de armarios. Nada ni nadie más. Por
eso destaca tanto la calidez de los dos pechos femeninos. Ahora
bien, éstos no comunican vitalidad ni ilusión algunas. Si hubieran sido
simbólicos, hubiesen conllevado una referencia erótica (aunque fuera en
su sentido más amplio): “algo se mueve”, “algo actúa”, “algo
impele”… Son solamente dos pechos vivos condenados al aburrimiento de
semejante armario. Nadie los acariciará jamás. ¿Quién abre un viejo
armario para acariciar unos pechos? Frustración, acaso, ¿una vez más?
Pechos que jamás se realizarán como tales. Olvidados. Guardados para
siempre en un armario que quizá no tarde en ser desmontado por el
chamarilero. ¿En ésto
para la grandeza de la mujer? ¿Para ésto se han acomodado los pechos a
una permanencia donde sólo debieron ser fugaces huéspedes? ¿Tiene
todo ello algún sentido? Probablemente,
no. Y por eso lo debió pintar René Magritte… Cavilaciones
semejantes son igualmente oportunas - o rematadamente inoportunas - ante
todas las obras de Magritte. Si ante la humilde fruta en el más usual
bodegón doméstico el contemplador no se quiebra la cabeza en busca de
ulteriores intenciones, [13]
¿por qué hacerlo cuando Magritte ha pintado un camisón, unos zapatos,
una jaula o una bicicleta? Porque como objetos son banales, pero “éstos”
no parecen serlo jamás. ¿Vale
la pena acaso esforzarse en pos de una interpretación? Serias dudas sobre
ello. Había zanjado Guido Almansi: “Nadie puede orientarse en el
planeta Magritte: en el mejor de los casos, se podrá encontrar un
duplicado, una copia en papel carbón de nuestra desorientación”. [14] Bien,
¿acaso no es suficiente? Enfrentar al contemplador ya no con la belleza:
ni pensarlo. Pero tampoco insinuarle una reflexión. Ni siquiera
plantearle un enigma, como hubiera podido sospecharse en un hombre tan
interesado en la materia. Simplemente, dejarle plantado frente a su
irremediable perplejidad : que no es siquiera trágica, aunque sobrarían
motivos para que lo fuese, sino probablemente trivial y acaso un poquillo
cómica. René Magritte se escurriría hacia el exterior con el mismo aire
indiferente -engañosamente indiferente - que el propio Alfred Hitchcok
cuando cruza por el foro, por lo general en una de las primeras secuencias
de cualquiera de sus películas. [15] Narcís
Comadira llega demasiado lejos: lo reduce a chiste. [16]
Lejos de compartir esta opinión, no obstante, quizá una interpretación
semejante fuese válida quedándose un poco más corto, al modo de quienes
han aproximado la actitud de Magritte a la de Gómez de la Serna en sus
“greguerías”. Muchas de las obras de Magritte - no todas, ni mucho
menos - pudieran mirarse como “greguerías visuales”. Pudiera
haber sido, por ejemplo, un cuadro de Magritte la siguiente greguería: “Mirando
a la altura en las calles estrechas se ve el nacimiento de los senos del
cielo”. O esta
otra: “En
los pianos de cola es donde duerme acostada el arpa”. O ésta: “Cuando
en el árbol no queda más que una hoja parece que le cuelgue la etiqueta
de su precio”.
Tal vez
la analogía no sea casual. Los textos de Magritte en “391” son prácticamente
greguerías. Por desgracia, son muy escasos y a falta de mayor abundancia
o nuevos intentos del pintor en la misma dirección no justifican más que
una simple comparación sin consecuencias. Como
quiera, si algo está claro es que René Magritte no fue, de ninguna
manera, un humorista. En
los lienzos de Magritte no rige la impenetrabilidad de los cuerpos (el
caballo avanza entre, por, sobre, contra… los troncos de los árboles y
el paisaje que componen, por ejemplo en “Carte Blanche”); la imagen se
revuelve contra su sentido primigenio (el pubis femenino deviene boca y
los pechos, ojos, en “La violación”, entre otras obras); las
metamorfosis pierden su aspecto maravilloso (las punteras de los zapatos
no son menos míseras porque se hayan convertido en dedos de los pies, en
“El modelo rojo”); los paisajes pintados se escapan más allá de su
marco (“La venganza”) o los paisajes reales se escapan de su ventana;
el desnudo femenino casi nunca es invitante [17]
(a menudo está suplido por correctas esculturas de gusto clásico, que,
sin embargo, sangran, como en “La venganza”)… Hay
excepciones, por supuesto. Una de las pocas mujeres pintadas por Magritte
que parecen vivir es la modelo para “La libertad del espíritu”.
Aunque muy estática, su carne es auténtica y su mirada, algo perdida,
inteligente. Sostiene sobre su mano izquierda, como si fuera una joya
preciosa, una pipa vacía: objeto tan axial en la obra de Magritte. También
hay vida, esta vez en los ojos, muy claros y bellos, en “El hada
ignorante o retrato de Anne Marie Crowet”. La mirada de esta muchacha
rubia, tan frontal, se enseñorea de una composición muy simple, donde
los escasos objetos han sido subordinados a su presencia. A fe que no es
la mirada de una ignorante, sino de una joven tan perspicaz como dominante
y enérgica. Una vez
más, es evidente en este lienzo que René Magritte acostumbra a emplear
los títulos como un elemento discordante más que sumar a los que
aparecen visibles mediante su pintura. Los
pretextos temáticos importan poco. O así pudiera sospecharse desde el
exterior del proceso creativo de Magritte. Éste los halla por doquiera en
su inmediata proximidad. No hallará nunca, sin embargo, evidencias. Y si
lo hiciere, pasará de largo ante ellas. El medita sobre las excepciones y
las anomalías, que sin embargo trata con serenidad casi rutinaria: las
leyes naturales parecen ser suspendidas a cada momento. ¿No será ese el
fondo de todo misterio? “Mis
cuadros son pensamientos visibles. Estos pensamientos se forman
exclusivamente por las figuras que el mundo me ofrece. Estas figuras están
reunidas en un orden que evoca el misterio. Mi concepción del arte de
pintar no consiste en tratar un tema de manera que sea original o fantástica.
Se trata de descubrir algo que se pueda describir con la mayor precisión
posible”. Una
personalidad como la suya, vulgar en apariencia, se dedica a hacer visible
en la vida cotidiana justamente lo menos verosímil de ésta (que él
parece dar por obviamente contenido en la misma). Su talante, tan calmo,
tan ajeno a la rebeldía y a la exhibición - ni rastro de las ínfulas
dogmatizantes de André Breton -, elimina de raíz cualquier sospecha de
instrumentalizar aquella predisposición al servicio de cualesquiera fines
que no fuesen estrictamente la pintura misma (nada de “épater
le bourgeois”…). Probablemente, era para él una necesidad la
permanente relativización de la lógica, la verosimilitud y el hábito…
expresada una y otra vez sin estruendo ni alarde, con la rutinaria
terquedad del funcionario que recorre todos los días el mismo itinerario
hasta su puesto de trabajo. Magritte fue aquel impávido burgués que, sin
pretender dinamitar nada, dejaba en sus lienzos una constancia visible de
que los convencionalismos vigentes habían sido ya dinamitados desde su
propia constitución. Nadie
aplicó las consecuencias que se derivasen de ello: lo cual permitía
continuar viviendo apaciblemente en el convencionalismo perpetuo. He aquí
por qué muchos confundieron con chistes sus extrañas visiones. En aquel
convencionalismo continúan encantados la mayoría de sus descendientes,
varios decenios más tarde. Incluso
cuando son - sinceramente - creadores rupturistas. NOTAS |
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Federico Revilla (Espanha, 1934). Presidente de la Fundación Cultural de las Américas. Autor de livros como El Dios de todos nosotros (1986), Reflexiones sobre el más allá (1992), e ¡Empollar, no! (1995). Contato: f.revilla@cultuamericas.org. Página ilustrada com obras de René Magritte (Bélgica). |
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