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revista
de cultura # 46 |
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Diez marcas en la sombra Benjamin Valdivia
No obstante, sin mentir demasiado, agruparía una
decena como se buscan diez marcas en la sombra: presencias, ecos,
rescoldos, vestigios. Me gustaría señalar mejor mis poemas favoritos del
siglo XIX, en no pocas ocasiones más intensos, versátiles, audaces y
melodiosos que muchos del siglo posterior. En ese caso deberían aparecer
“El desdichado” (Nerval), “El albatros” (Baudelaire), el primero
de “Los cantos de Maldoror” (Lautréamont), el “Idilio salvaje”
(Othón), “Silencio” (Poe) y otros de esa corte. Pero puestos a anotar
los del siglo XX, sin que ello nos pueda llevar a un orden de ningún
sentido, lo pondría así: 1. “Los grandes capitanes”. Este poema del
argentino Jorge Leónidas Escudero sólo lo conozco de oído, dicho que me
fue por Hugo de Sanctis una vez que caminábamos por la calle de Alonso,
en Guanajuato. Aunque luego entablé correspondencia con Escudero, e
incluso le presenté mi versión de memoria sobre su poema, sólo me dijo
lo siguiente: algunas palabras no encuentran su acomodo. Y nunca lo vi ni
escrito ni impreso, ni Escudero lo mencionó cuando preparé la antología
de sus versos que se publicó en México en el año 1992 o 93. Entre las
frases impresionantes que contiene ese poema hay ésta: “Las grandes
construcciones y las grandes destrucciones vienen por un nudo con seso de
golondrina, o por un corazón capaz de ser vela y de girar los huesos en
redondo para clavarlos de punta en el mar”. Un poema grande. 2. “Viento Zonda”. De Hugo de Sanctis, es un poema
que también aprendí de oídas por el propio autor y luego lo tuve
impreso en su libro Prontuario en el
sol (de 1965). La audacia de sus imágenes y la sencillez de su
discurso producen el centelleo de dos pedernales contradictorios
enfrentados sobre la chispa de una sola luz. El poema comienza diciendo:
“Anoche me pasó un perro oblicuo por la mente. / Ladraba los desórdenes
de agosto / y tan imposiblemente me miraba / que no supe contenerme / y
eché a llorar la enormidad desde los huesos.” Muy pocas veces se logra
esa síntesis a la par tan cotidiana y triste cuanto jubilosa y
trascendental. Personalmente me llama la atención este poema, aunque lo
mejor de la poesía de De Sanctis se encuentra en su libro Canción al prójimo, todavía inédito a pesar de haber obtenido el
premio Aguascalientes en 1983
(el único libro del Premio Nacional de Poesía, en México, que no se
atrevieron a publicar los editores ni los organizadores y que motivó
cambios drásticos en la convocatoria de dicho premio desde 1984).
4. Dylan Thomas, el ebrio malogrado, tiene un
poema-credo titulado “En mi oficio, mi arte taciturno”; y en él
sostiene la terrible verdad de que el poema es para los amantes (quienes,
por cierto, no hacen caso del arte sino del texto), y “no para el hombre
altivo aparte de la furiosa luna”. La densidad de su expresión es
seductora. Ya publiqué mi versión en español de este poema. 5. “La unión libre” es quizás el poema más
famoso de André Bretón y uno de los suyos que más me gusta, pues al
seguir la guía del cuerpo como tópico del lirismo hace descubrimientos
que en su concatenación pasan por todos los registros surrealistas: la
fusión de los distantes, el humor negro, la ensoñación, la imaginación,
la crueldad, el automatismo, lo insólito. Desde la cabeza hasta los pies,
el cuerpo femenino se convierte en una panoplia de estupefacciones. El
pelo: “Mi mujer de cabellera de fuego de madera”; la cintura: “Mi
mujer de talle de nutria entre los dientes del tigre”; la lengua: “con
lengua de ámbar y de cristal frotados”; los ojos: “Mi mujer de ojos
de bosque siempre bajo el hacha”. 6. El primer poema del libro Enemigo rumor, de Lezama Lima, que se llama “Ah, que tú
escapes”. Ese poema, un muy alto momento del idioma español, trata de
definir la cubanidad, según comentó el autor en una lectura pública.
Para mí define más bien el espíritu de lo fugitivo, de aquello que está
frente a nosotros en su plenitud y luego huye: la vida, el amor, el
tiempo, el mundo. Es la revelación de ese instante “cuando en una misma
agua discursiva / se bañan el inmóvil paisaje y los animales más
finos”. Pero es una nostalgia no de lo que pasó sino de que nada de eso
que pasó haya dejado su huella visible, “pues el viento, el viento
gracioso, / se extiende como un gato para dejarse definir”.
8. Borges escribió un par de sonetos con el título de
“El ajedrez”. Los parangones de vida y juego los lleva a fronteras
inusitadas. Sólo para hacernos comprender la vastedad de la trama en los
infinitos reflejos en los que un universo no es sino el polvo de otro
universo mayor. Tras darle carácter a las piezas y haber puesto a los
jugadores “en su grave rincón”, conduce todo hacia el hombre; y luego
hacia la divinidad. Las piezas no saben que son gobernadas por “un rigor
adamantino”. Pero el hombre está en otro tablero “de negras noches y
de blancos días”. El juego de las piezas, el del hombre y el de Dios
son uno mismo: “Dios mueve al jugador, éste la pieza; / ¿qué Dios,
detrás de Dios, la trama empieza...?” 9. Este poema de Archibald MacLeish, que traduzco así: PSIQUE
CON LA LINTERNA El
amor, que es el misterio más difícil,
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Benjamin Valdivia (México, 1960). Ha publicado poesía, novela, cuento, teatro, ensayo y traducciones (del inglés, francés, portugués, italiano, alemán y latín) en diversos medios mexicanos y extranjeros. Es autor de treinta libros en diferentes géneros, por los que ha recibido distinciones nacionales e internacionales. Lo que se publica ahora es un capítulo de su libro Eros y Quimeras – Visiones sobre Sade, Paz, Nerval y otros. Contato: benjamin@valdivia.com.mx. Página ilustrada com obras do artista Vicente do Rego Monteiro (Brasil). |
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