revista de cultura # 46
fortaleza, são paulo - julho de 2005






 

Diez marcas en la sombra

Benjamin Valdivia

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Benjamin ValdiviaSi alguien me preguntara cuáles son los diez poemas del siglo veinte que más han tenido influencia en mí o en mi obra, no sabría qué responder. Primero, porque serán, sin duda, más de diez. Luego, porque en veces la influencia se ejerce más por el estilo o por la obra total de un determinado autor. Y también porque, de hecho, toda obra es una red que se conduce por las influencias más inesperadas.

No obstante, sin mentir demasiado, agruparía una decena como se buscan diez marcas en la sombra: presencias, ecos, rescoldos, vestigios. Me gustaría señalar mejor mis poemas favoritos del siglo XIX, en no pocas ocasiones más intensos, versátiles, audaces y melodiosos que muchos del siglo posterior. En ese caso deberían aparecer “El desdichado” (Nerval), “El albatros” (Baudelaire), el primero de “Los cantos de Maldoror” (Lautréamont), el “Idilio salvaje” (Othón), “Silencio” (Poe) y otros de esa corte. Pero puestos a anotar los del siglo XX, sin que ello nos pueda llevar a un orden de ningún sentido, lo pondría así:

1. “Los grandes capitanes”. Este poema del argentino Jorge Leónidas Escudero sólo lo conozco de oído, dicho que me fue por Hugo de Sanctis una vez que caminábamos por la calle de Alonso, en Guanajuato. Aunque luego entablé correspondencia con Escudero, e incluso le presenté mi versión de memoria sobre su poema, sólo me dijo lo siguiente: algunas palabras no encuentran su acomodo. Y nunca lo vi ni escrito ni impreso, ni Escudero lo mencionó cuando preparé la antología de sus versos que se publicó en México en el año 1992 o 93. Entre las frases impresionantes que contiene ese poema hay ésta: “Las grandes construcciones y las grandes destrucciones vienen por un nudo con seso de golondrina, o por un corazón capaz de ser vela y de girar los huesos en redondo para clavarlos de punta en el mar”. Un poema grande.

2. “Viento Zonda”. De Hugo de Sanctis, es un poema que también aprendí de oídas por el propio autor y luego lo tuve impreso en su libro Prontuario en el sol (de 1965). La audacia de sus imágenes y la sencillez de su discurso producen el centelleo de dos pedernales contradictorios enfrentados sobre la chispa de una sola luz. El poema comienza diciendo: “Anoche me pasó un perro oblicuo por la mente. / Ladraba los desórdenes de agosto / y tan imposiblemente me miraba / que no supe contenerme / y eché a llorar la enormidad desde los huesos.” Muy pocas veces se logra esa síntesis a la par tan cotidiana y triste cuanto jubilosa y trascendental. Personalmente me llama la atención este poema, aunque lo mejor de la poesía de De Sanctis se encuentra en su libro Canción al prójimo, todavía inédito a pesar de haber obtenido el premio Aguascalientes en 1983 (el único libro del Premio Nacional de Poesía, en México, que no se atrevieron a publicar los editores ni los organizadores y que motivó cambios drásticos en la convocatoria de dicho premio desde 1984).

Vicente do Rego Monteiro3. El canto XI de la sección “Alturas de Macchu Picchu” en el Canto general de Neruda. Es una composición aérea y sólida en la cual el poeta muestra todo su magisterio de versificador en potentes endecasílabos de rima semiasonante alternada, dentro del mismo tono oratorio que define esa porción del libro, pero simultáneamente urdido en el encadenamiento de imágenes deslumbrantes y dinámicas en las cuales se equilibra todo el arte de la poesía: ritmo y sentido, imagen y concepto, implicación y presencia, instante y continuidad. En especial se llega, luego de hablar de los oficios de la tierra (“albañil del andamio desafiado: / aguador de las lágrimas andinas: / joyero de los dedos machacados: / agricultor temblando en la semilla: / alfarero en tu greda derramado: “) a señalar el furor de la historia: “como un río de rayos amarillos, / como un río de tigres enterrados”. Las aliteraciones de la erre resultan resplandecientes.

4. Dylan Thomas, el ebrio malogrado, tiene un poema-credo titulado “En mi oficio, mi arte taciturno”; y en él sostiene la terrible verdad de que el poema es para los amantes (quienes, por cierto, no hacen caso del arte sino del texto), y “no para el hombre altivo aparte de la furiosa luna”. La densidad de su expresión es seductora. Ya publiqué mi versión en español de este poema.

5. “La unión libre” es quizás el poema más famoso de André Bretón y uno de los suyos que más me gusta, pues al seguir la guía del cuerpo como tópico del lirismo hace descubrimientos que en su concatenación pasan por todos los registros surrealistas: la fusión de los distantes, el humor negro, la ensoñación, la imaginación, la crueldad, el automatismo, lo insólito. Desde la cabeza hasta los pies, el cuerpo femenino se convierte en una panoplia de estupefacciones. El pelo: “Mi mujer de cabellera de fuego de madera”; la cintura: “Mi mujer de talle de nutria entre los dientes del tigre”; la lengua: “con lengua de ámbar y de cristal frotados”; los ojos: “Mi mujer de ojos de bosque siempre bajo el hacha”.

6. El primer poema del libro Enemigo rumor, de Lezama Lima, que se llama “Ah, que tú escapes”. Ese poema, un muy alto momento del idioma español, trata de definir la cubanidad, según comentó el autor en una lectura pública. Para mí define más bien el espíritu de lo fugitivo, de aquello que está frente a nosotros en su plenitud y luego huye: la vida, el amor, el tiempo, el mundo. Es la revelación de ese instante “cuando en una misma agua discursiva / se bañan el inmóvil paisaje y los animales más finos”. Pero es una nostalgia no de lo que pasó sino de que nada de eso que pasó haya dejado su huella visible, “pues el viento, el viento gracioso, / se extiende como un gato para dejarse definir”.

Vicente do Rego Monteiro7. En los Poemas humanos, de César Vallejo, se encuentra el discurso tan compasivo cuanto lastimero del poema “Me viene, hay días, una gana ubérrima”. Y todo cuanto hay humano y todo lo íntimo y el júbilo de ser y de pertenecer, la gracia de compartir y esperar, la ráfaga de todos los sentimientos nobles (aunque melancólicos) se da cita en ese mensaje llevado hasta “el borde célebre de la violencia o lleno de pecho el corazón”. Vallejo dispone las cosas para auxiliar “al bueno a ser su poquillo de malo” y situarse “a la diestra del zurdo” y “lavarle al cojo el pie”. Pero la mejor celebración y venganza entre todo lo bueno de la vida lo cifra el poeta en esta frase: “ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca”. Por muchos años he buscado esos pajarillos para colocarlos donde ha de corresponder.

8. Borges escribió un par de sonetos con el título de “El ajedrez”. Los parangones de vida y juego los lleva a fronteras inusitadas. Sólo para hacernos comprender la vastedad de la trama en los infinitos reflejos en los que un universo no es sino el polvo de otro universo mayor. Tras darle carácter a las piezas y haber puesto a los jugadores “en su grave rincón”, conduce todo hacia el hombre; y luego hacia la divinidad. Las piezas no saben que son gobernadas por “un rigor adamantino”. Pero el hombre está en otro tablero “de negras noches y de blancos días”. El juego de las piezas, el del hombre y el de Dios son uno mismo: “Dios mueve al jugador, éste la pieza; / ¿qué Dios, detrás de Dios, la trama empieza...?”

9. Este poema de Archibald MacLeish, que traduzco así:

PSIQUE CON LA LINTERNA

El amor, que es el misterio más difícil,
busca de cada joven una respuesta
y más de los más ardientes y más hermosos —
El amor es un pájaro en un puño:
atraparlo lo esconde, mirarlo es dejarlo ir.
Girará desatado si levantas demasiado un dedo.
Se quedará si lo cubres —se quedará, mas ignoto e invisible.
Guárdalo para siempre con el puño cerrado
o déjalo volar
cantando en fervor de sol y en la canción desvanecido.
No hay respuesta otra para este misterio.

Vicente do Rego Monteiro10. Imprescindible, y tal vez al inicio de todos, el Canto II del extenso poema Altazor, de Vicente Huidobro. Un incendio en una gota, un océano en una sola flama. Todas las delicias y las memorias y las temperaturas de la vida de todos los enamorados se llevan a la cumbre del universo donde se arrojan “esas lanzas de luz entre planetas”. Allí está la amada: “eres el ruido de una calle populosa llena de admiración”. “Al irte dejas una estrella en tu sitio”. Y el gran tema de la muerte de la joven amada se plantea como una terrible posibilidad: “Si tú murieras / Las estrellas a pesar de su lámpara encendida / Perderían el camino / ¿Qué sería del universo?”.

Benjamin Valdivia (México, 1960). Ha publicado poesía, novela, cuento, teatro, ensayo y traducciones (del inglés, francés, portugués, italiano, alemán y latín) en diversos medios mexicanos y extranjeros. Es autor de treinta libros en diferentes géneros, por los que ha recibido distinciones nacionales e internacionales. Lo que se publica ahora es un capítulo de su libro Eros y Quimeras – Visiones sobre Sade, Paz, Nerval y otros. Contato: benjamin@valdivia.com.mx. Página ilustrada com obras do artista Vicente do Rego Monteiro (Brasil).

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