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revista
de cultura # 49 |
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Los horizontes estéticos de Miquel Barceló Miguel Ángel Muñoz
Ligado en un principio a planteamientos conceptuales y abstractos, a finales de los años setenta cultivó un tipo de figuración expresionista, lo que dio paso, en 1983-82, a un conjunto de naturalezas muertas alegóricas, a las que sigue la serie de las bibliotecas, con las cuales deslumbra al mundo en 1982 en la Documenta 7 de Kassel, Alemania. Como resultado de un viaje de varios meses al Sahara, que cruza desde Argelia para llegar a la ciudad de Gao (Malí), surgieron sus pinturas sobre la vida en el desierto. De ahí derivó a una pintura más atmosférica, de vagas y refinadas referencias paisajísticas. Formas compactas y desvaídas. Incidentes de manchas. Y bien apunta el artista cuando dice: "Hay que saber reconocer en la vida diaria los hallazgos inesperados, hay que tener el ojo entrenado. Las cosas ocurren cuando uno está atento. Es como reconocer en un cuadro una mancha desencadenante de sentido, pero si uno no está ahí pintando no sucede nada. Yo quiero pensar que las cosas siguen sucediendo incluso cuando no estoy, mi problema es no tener varios yos, uno que viva en Malí, otro en París, otro aquí: tengo la sensación de que cuando llegue a Malí encontraré que mis cuadros se han ido pintando. Ésa es mi ilusión, aunque es un poco esquiva. Siempre he admirado a Pessoa, me parece tentador tener heterónimos. Ahora asocio esos yos con mis talleres." Pero todo ello en el filo de la navaja de lo perceptible, en una superficie sin profundidad. Barceló ha sido siempre un artista completo - ha frecuentado la pintura, la escultura, la cerámica, los decorados para ópera, el dibujo y el grabado -, que alterna momentos de fuerte impulso creativo con otros más serenos, como la reflexión.
La rápida rememoración de este preludio puede ayudar a entender el decisivo paso que dio Barceló en la segunda década de los ochenta, cuando se instaló en París. En términos generales, este paso fue técnicamente el paso hacia una concepción de la pintura como objeto, con todo lo que eso significa de distanciamiento, congelación, neutralización. Para un artista, al que, en principio, se podría calificar de “efusivo”, no era éste, desde luego, un paso sencillo, pero, el desafío que se autoimpuso iba más allá – con más profundidad – de lo que llamamos cambiar de lo subjetivo a lo objetivo. Por ello, uno de sus temas principales es el paso del tiempo. Lo refleja en su obsesión en la transformación constante de la materia, en la inédita escenificación de los misterios cotidianos de la vida y la muerte. El tiempo y su paso invisible es, sin duda, lo que evocan sus imágenes de sedimentos y germinaciones, de desiertos y glaciares, de deltas, ríos y océanos. Lo que hizo y viene haciendo Barceló desde entonces es tratar de pintar el intervalo de la mirada, esa pausa que, en el visto y no visto, nos hace fijarnos en lo casi invisible de la cotidiana visibilidad, como son sus excelentes cuadros sobre el paisaje africano. Este paisaje de fondo que se oculta en el lienzo, tras cada trazo de dibujo y pintura, incluido el color que los satina. A partir de esta despliegue visual, el propio gesto pictórico es cristalizado, como si la propia pintura volviera a ser pintada. Nos enfrentamos, ante una visión que se interrumpe, se fragmenta y deviene una suerte de collage visual, un precipitado sintético de formas, figuras y pigmentos. Algo así como una pintura en la que lo real se queda en esa sutil pausa en que diverge lo caótico y lo ordenado.
“ Tal vez todo lo que llamamos espíritu es el nacimiento”, escribía Malevich en 1922. Y esa espiritualidad de la materia es, el secreto y la realidad en la obra de Barceló Su más grande lección de humildad y transparencia en sus múltiples facetas artísticas. Nos encontramos, ante una ocasión única para revisar la trayectoria de Barceló, cuando ha alcanzado la madurez y una óptima situación de proyección mundial, que lo ha llevado a exponer de forma individual en los museos más importantes del mundo como CAPC, Burdeos; ICA, Boston; Museo de Arte Contemporáneo, Montreal; Centro Georges Pompidou y Galería Nacional du Jeu de Paume, París; Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía…
En su obra reciente, Barceló ha jugado con obras de gran abigarramiento icónico, simbólico y pictórico, pero a las que ha forzado hasta el máximo. Son piezas, llenas de fuego y delirio, al límite de lo imposible, pero sin embargo, de una sabiduría y un refinamiento fuera de serie, que las hace en verdad admirables. Formas equilibradas, vibraciones intensas en sólo unos cuantos ritmos. Esta mezcla de energía a manos llenas, convierte a Barceló en un artista apasionado y melancólico, fascinante y peligroso, pero al mismo tiempo, en uno de los artistas más vitales del siglo XXI. |
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Miguel Angel Muñoz (México, 1972). Poeta, historiador y crítico de arte. Es autor de los libros de ensayos: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos; La imaginación del instante. Signos de José Luis Cuevas; Ricardo Martínez: una poética de la figura. Es director de la revista Tinta Seca. Contacto: miguelangelmunoz@prodigy.net.mx. Página ilustrada com obras de Miguel Barceló (Espanha). |
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