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revista
de cultura # 49 |
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Auguste Rodin: las sombras moduladas Jorge Leal Labrín
Para entrar directamente en el ámbito del S. XIX, y en particular en la obra de Rodin, son varios los elementos a considerar. El año 1800 inaugura una sensibilidad diferente, claramente opuesta al pasado. Un sentimiento no común, un ser nuevo en su profundidad viene de nacer más libre, lo cual permite al artista indagar en parajes hasta entonces insospechados. Lo oculto será puesto en evidencia. El corazón será su radar; latirá más fuerte; creará un temperamento nuevo. O sea, en gran medida, su trabajo cuenta más con el corazón que con la mente, con el alma más que con la razón y con la casualidad más que con la certeza.
Su infancia en el barrio de la calle “Mouffetard” marcará su aproximación sensible y la observación de la apariencia de lo real. Su modesta infancia es gratificada por la comprensión y el apoyo de su madre, quien entiende la inclinación de su hijo por el arte. Fue en la época de su más temprana adolescencia que quiso entrar a la llamada pequeña Escuela de Arte, para jóvenes de escasos recursos, en donde la enseñanza era gratuita y financiada por el estado. La escuela para jóvenes talentos competía con la academia de Bellas Artes que seguía el modernismo. En cambio, allí Rodin aprenderá el rigor de una enseñanza clásica, lo que derivará más tarde en su pasión por la figura humana. A los 15 años comienza a trabajar en un taller de “albañilería”; en donde realiza diversos trabajos para un escultor y orfebre. Se define así su interés por la escultura. Cuentan que Rodin a la hora de almuerzo dejaba su trabajo y atravesaba el puente que lo llevaba al Louvre, para estudiar las obras antiguas. Su conocimiento por los artistas del Renacimiento, su curiosidad por la pintura y la escultura de Miguel Ángel, lo llevan a admirar al gran maestro por la robustez y monumentalidad de sus obras, (homenajeado en su escultura “El esclavo”). El mismo sentimiento comparte por Dante, quien desde el medioevo marcó la temática y poética de sus sucesores. Rodin que no es indiferente a aquello, sabrá tomar su propio camino o sea una expresividad mayor de los cuerpos y un conocimiento más interior del sujeto, sea éste hombre o mujer, bañados siempre en un clímax -si así se requiere- más sensual, vibrante, corporal y erótico.Esto queda demostrado en la realización de la Puerta del Infierno destinada al Museo de Artes Decorativas, (encargo del estado),obra cuya temática alude a la “Divina Comedia” del Dante,distanciándose Rodin del neoplatonicismo de los cuerpos y belleza Renacentistas.
A medida que el artista avanzaba en edad, se acentuaba su pasión por la belleza de los cuerpos femeninos, por los surcos y los pliegues de la carne. A las mujeres las “desviste”, les exhibe su sexo, su candor y deseo; a los hombres los humaniza despojandolos de su postura de severidad y arrogancia. A los amantes los hace exaltar su ardor en las más atrevidas posturas y tanto más si son parejas lésbicas, como es el caso de su escultura “Mujeres condenadas”.Es curioso que esta temática del lesbianismo sea recurrente a lo largo de la historia del arte, en obras muchas veces realizadas por artistas anónimos. En complicidad con la obra de Baudelaire - están sus ilustraciones para “Les Fleurs du Mal”, trabajada en la misma libertad temática que su contemporáneo Toulouse-Lautrec. Las afinidades de ideas son múltiples entre el escultor y el poeta Charles Baudelaire: marcan su tiempo vivido y lo expresan en obras que darán vertiente a un sentido más vulnerable de la vida y el arte. Lo humano es tratado en Rodin con soltura e interioridad, hasta ser despojado de investidura, la temática de la sexualidad es claramente más libre y atrevida (como se aprecia en sus esculturas, croquis y acuarelas), rechazando la vulgaridad realista y proclamando una fantasía expresada por altos matices de sentimientos, sin autocomplacerse en las apariencias externas. Rodin hace prevalecer el siquismo al momento de ejecutar cada uno de sus personajes. En rigor, su arte no es de límites ni opta por la comodidad. Le costó mucho a Rodin imponer su estilo frente a la critica y los salones pero su particular sentido de la belleza y manera de hacer arte perseveraron, logrando provocar la atención del público de su tiempo. Hará valer aquello que para Baudelaire era importante: “La reina de todas las facultades, !la imaginación!”, cuyo espíritu no tiene regla ni timidez ni es obediente a la realidad… Es aconsejable, al aproximarse a la obra de Rodin, hacerlo desde el discurso filosófico de Baudelaire; por ser quien desencadenó las ideas de lo moderno, germinando así nociones de lo nuevo y lo diferente en el ámbito de la creación artística. Baudelaire fue el gran maestro indiscutible para muchos pintores y escultores; fue quien generó la corriente francesa que marcó la diferencia con las posturas filosóficas alemanas respecto al discurso de la belleza armónica. Anterior a Baudelaire la carga moral está siempre implícita en lo bello, hasta en el mismo sublime natural. Luego se acciona esta idea, la que estará magnificamente expuesta en los artistas del S. XX: lo “bizarre”; entendido esto como algo que deja de ser pasivo para ser explosivo y convulsivo, conteniendo también algo indeterminado. Dicha experiencia remite a esas zonas de semipenumbras en que se retocan e inventan maravillosamente un mundo de “bizarreria”, desplegando en los hombres otro sentimiento que no deja de sorprenderlo. “Lo bello es siempre “bizarre”. No quiero decir que sea voluntariamente, friamente “bizarre”, ya que en este caso sería un monstruo salido de los rieles de la vida. Digo que contiene siempre un poco de “bizarrerie”, de “bizarrerie naive”, no buscada, inconsciente y que es esta “bizarrerie” la que lo hace particularmente Bello”. [3] En Rodin su nerviosidad al momento de ejecutar sus piezas hace que éstas se parezcan a un “tourbillon” entre la fluidez de la materia y el aire, proyectando partículas de una belleza bizarre.
El merito de este genio es sin duda su postura de la modernidad que lo hace visionario. Se siente persuadido frente al nacimiento de la fotografía, casualmente contemporánea a él, que determinará en alguna medida el quehacer de los artistas de su época. Se pensó y se escribió muchísimo sobre este nuevo fenómeno. Algunos críticos comentaban que ésta reemplazaría la pintura, obviamente el dibujo y el grabado, pero era más que nada una placa o un cliché distinto. Rodin supo bien congeniar con ella desde su trabajo. La foto entra en la intimidad de la vida más friamente; no logra la atmósfera, ni el color, ni las variantes tonales que el pigmento otorga. La intimidad de la pintura como la escultura no es dañada; la intencionalidad y causa de este nuevo arte es distinta. Rodin se sirve de la fotografía, se acompaña de ella y ésta se transformará en un documento de su vida y una lectura permanente de su obra. Es así que reestudia los originales de la Puerta del Infierno, su obra inacabada y recurrente a lo largo del tiempo, desde donde rescata permanente temas. El escultor es verdadero en su vida y su trabajo, llevado siempre por un incesante imaginario que se ajusta a su determinante convicción en su usanza creativa. Nadie pudo variar lo que él consideraba su “verdad de la escultura”, ni los salones de pintura, ni aquellos funcionarios que le hacían los encargos. Su originalidad fue defendida por quienes le admiraron. Fue así como Emile Zola, en el periodo que presidió la Sociedad de Escritores, en 1891, logró a su favor el encargo del monumento-escultura de la figura de Balzac. Rodin se esmera con pasión, trabajará afanosamente 14 horas diarias, realizando diversos estudios de cabeza y cuerpo, llegando a soluciones de una alta imaginación como el estudio de la “Bata”. No descuidaba detalles. Era minucioso al extremo, llegando a localizar en la ciudad de Tours al sastre del escritor, con el fin de saber detalles de sus medidas y sus preferencias en el vestuario. Ello demuestra lo maniático que era el escultor al momento de dar solución a cada uno de sus personajes; como cuando realiza la escultura de Victor Hugo.
La escultura de Rodin se acerca más a la pintura y la fotografía, su obra es de advenimiento a las técnicas, más escenificada de fibra y corpulencia humana; logró así una presencia única en “El Pensador”; obra que la hace diferente en la escena de la representación histórica de figuras asimiles, las que miraban habitualmente el cielo. Aquí la idea de Rodin es otra; su escultura está meditando profundamente, mirando hacia la tierra de manera serena.
NOTAS 1. Françoise Morel, quien realizara la traducción de los textos del catalogo Rodin 2005. Titulada del Institut Supérieur d’Interprétariat et de Traduction - ISIT - de Paris, realizó traducciones de diversas revistas internacionales entre las cuales Connaissance des Arts y obras literarias. 2. Como: “La muerte de Sardanapale” de Delacroix (Tela: 395x496cm), “Las Bañistas” de Fragonard (Tela: 164x80cm), “La felicidad de Regencia” de Rubens (Tela: 394x295cm). 3. Baudelaire, “Ecrits Esthétiques”, Christian Bourgois Editeur, Paris, 1986 “bizarre”: usado por Baudelaire para definir lo “raro”, lo “extraño”. |
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Jorge Leal Labrin (Chile, 1953). Crítico de arte, profesor de Historia del Arte de la Universidad Andrés Bello. Contato: leallabrin@hotmail.com. Página ilustrada com obras do artista Auguste Rodin (França). |
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